Capítulo 13 #2
Se zafa de mis manos. Esquivo el codo que lanza contra mi cara.
Me echa la zancadilla para desestabilizarme.
Yo lo derribo tirando del bajo de su mugriento plumífero.
Al caer, tropieza con la garrafa de gasolina y el líquido sale por la abertura, formando un ponzoñoso charco a nuestro alrededor.
Alarga la mano y araña el suelo con los dedos en garra. Yo le inmovilizo el brazo.
—¡El mechero! —le grito a Grant, que se precipita a alejarlo de sus manos.
Las mías están resbaladizas por la gasolina, y me arden la nariz y los ojos, pero de alguna manera consigo poner al hombre bocabajo y cruzar sus brazos a la espalda. Las fuerzas deben de estar abandonándolo.
—¡Las bridas!
Grant se mete las manos a los bolsillos para buscarlas, pero no es lo bastante rápido. El hombre se agita y se retuerce hasta escapar de mí. Se da la vuelta y, cuando le agarro uno de los brazos, se lo lleva hasta la boca y me muerde la muñeca con sus dientes mellados y medio podridos.
—¡Puaj! —exclamo, aunque podríamos decir que el momento exigiría más bien un «ay».
En esa fracción de segundo de asco y sorpresa, el tipo se desase y se pone en pie.
El Terror sale volando hacia Grant, quien está petrificado. Se produce un momento de vacilación, pero enseguida se arroja hacia él. Grant por fin entra en acción.
—¡¡¡Aaah!!! —chilla con mirada enloquecida al tiempo que ejecuta la maniobra de desviación y ataque con absoluta perfección.
Lo cual habría sido estupendo de haberse encontrado lo bastante cerca del hombre. Pero como media más de un metro de distancia, golpea al aire.
Con todo, el Terror se detiene de golpe ante semejante arrebato, jadeante y casi sin aliento.
Acto seguido se vuelve hacia mí con cautela y, por un momento, todos permanecemos inmóviles, como en el juego del pañuelo, esperando a ver quién da el primer paso.
El hombre se limpia el sudor del labio superior con la respiración entrecortada.
Cambia el peso de pierna y agita los dedos como un pistolero en un spaghetti western .
Y entonces, por fin, en su rostro se dibuja una sonrisa demencial y el tipo rompe a reír.
Su sonido, agudo y chisporroteante, corta el aire nocturno.
Miro a Grant por si se trata de algún cliché típico de la novela criminal y puede darme una pista, pero él enarca las cejas y se encoge de hombros como diciendo: «Ni idea».
—Qué lástima —dice el Terror sin dejar de reír—, con lo que me gusta el asado de los domingos.
—Estamos a jueves —respondo.
—En alguna parte será domingo.
—No, no funciona así —replica Grant.
Él sigue buscando con discreción las bridas por los bolsillos, pero se detiene cuando el Terror hace un gesto defensivo.
Entonces me mira desconcertado. La idea era que redujéramos al asesino para que Lisa y Lesley pudieran interrogarlo, pero me da la impresión de que cualquier movimiento brusco lo espantaría de nuevo, y de verdad que no me apetece que me dé otro mordisco.
Además…, está hablando. Así que decido cambiar de estrategia sin consultarlo con nadie.
—¿Quién es mister Page y qué quiere? —exijo saber.
Seguro que no es la mejor manera de empezar un interrogatorio, pero ya da igual.
El hombre se vuelve de golpe hacia mí con los ojos muy abiertos. Entonces se dobla por la cintura y rompe a reír como un poseso. Miro a Grant, animándolo a intervenir con un gesto de las cejas. Él frunce las suyas.
«Te toca», articulo sin sonido.
Parece que va a negarse, pero en el último momento, aunque lo veo medio mareado, carraspea.
—Escuche —dice poniendo los tensos brazos en jarras—. Podemos hacer las cosas por las buenas… o por las malas.
Guau. Si esto es lo mejor que se le ocurre, no mentía cuando mencionó lo de su bloqueo del escritor.
El Terror se pasa la lengua por encima de los dientes mellados y sonríe de oreja a oreja.
—Por las malas, ¿eh? A ver, cuéntame cómo.
—Te cortaremos la cabeza con un cortaúñas —digo yo.
Me he pasado. Vale, sí, me he pasado. Grant me mira con cara de «pero qué coño dices», y hasta el Terror parece atónito.
—Anda, anda… —Da una palmada y se frota las manos—.
Así que pensáis que podéis ganar, ¿eh? ¿Creéis que podéis arrebatarme el premio gordo?
—Nos mira al uno y al otro sin dejar de chasquear la lengua—.
Todo el dinero y la sangre. Pero solo uno puede ser el mejor, ya lo sabéis.
Si me sacáis de la carrera, ¿cuál de los dos matará al otro?
—Sorbe por la nariz con fuerza, nos mira un instante y luego me señala—.
Apuesto a que aquí la señorita se cargaría a mister Espárrago.
—Pues claro —musito.
—Hey… —sisea Grant.
Cuadro los hombros con intención de resultar autoritaria, pero no amenazante.
—No vamos a matarte —le digo—. Solo queremos información. Si nos acompañas y cooperas…
—¿Entonces qué?
Mmm. Buena pregunta. La respuesta más obvia sería: «Entonces te entregamos a las autoridades para que te pudras en la cárcel», aunque es probable que no contribuya a que coopere. Pero es lo único que se me ocurre. De verdad que, cuando salgamos de esta, debería apuntarme a clases de improvisación.
—Entonces lo que te ocurra no será ni la mitad de terrible de lo que te hará mister Page.
—¡Eso! —exclamo apuntando hacia Grant con un asentimiento entusiasta—. ¿Es que no sabes lo que les hace a quienes fracasan? No deja que lo intenten de nuevo. No da segundas oportunidades.
Nos estamos tirando un poco de farol, ya que no tenemos pruebas como tal de que mister Page matara a la Bestia, pero el destello de pánico en la mirada del Terror es la confirmación que necesitaba.
Un atisbo de comprensión asoma en su locura, suficiente para prender una minúscula llama de esperanza en mi interior. Me anima a avanzar un paso.
—Mata a la gente, ¿sabes?
El tipo esboza una sonrisa burlona a pesar de la postura hierática.
—¿Y quién no?
—Se podría afirmar que la mayor parte de la población —tercia Grant.
Avanzo un nuevo paso y esta vez el Terror retrocede acercándose a Grant. Este se queda petrificado al percatarse de ello, mirándonos a mí y a él como si solo ahora se diera cuenta de dónde se ha metido.
—Hoy ya has fracasado —le digo—. Te superamos en número y se te ha acabado el tiempo. Aunque escaparas, mister Page te encontraría. Te mataría, y de una forma muy dolorosa.
—Así que, en vez de eso… —me mira achicando los ojos— quieres que nos aliemos, ¿eh?
—¿Qué? Claro que no, asqueroso.
Arruga la cara hasta formar una grotesca mueca de cachorrillo tristón.
—Pero —prosigo— puedes elegir el tipo de justicia al que prefieres enfrentarte. Y yo diría que las opciones son el sistema legal o un monstruo que con toda probabilidad te practicará una disección minuciosa y prolongada. Así que te lo preguntaré de nuevo: ¿quién es mister Page?
Jo, hoy estoy que me salgo. Debería haberme puesto con la novela negra hace un montón. Hasta Grant parece impresionado durante medio segundo más o menos.
El Terror abre la boca para responder. El corazón me palpita como un redoble de tambor ante la inminente confesión. Pero entonces, como si se hubiera propuesto crisparme hasta el último nervio, suelta una risita ridícula.
—Podría ser cualquiera: podrías ser tú, ¡podría ser yo!
—Ya, bueno, dudo mucho que seas tú —replica Grant.
—Tienes razón, Espárrago. —Dirige un gesto marcial a Grant antes de volver su mirada de demente hacia mí—. Y, al mismo tiempo, te equivocas por completo. Tú ves dos opciones; yo veo tres.
Y entonces, sin que su sonrisa delirante apenas se borre un instante, se mueve, pero no hacia mí, y tampoco hacia Grant. Echa a andar hacia la derecha, directo a la hoguera, y mete el brazo empapado de gasolina entre las brasas, que se prende de inmediato.
—¡¡¡No!!! —me abalanzo hacia él, pero Grant entra en acción al mismo tiempo, rebasa al hombre en llamas y me hace un placaje antes de que pueda dar ni tres pasos.
—Ni se te ocurra —me dice al oído mientras me sujeta firmemente con los brazos alrededor del cuerpo—. Tú también arderías.
La adrenalina bulle por mis venas y me urge a zafarme de Grant, pero poco a poco me doy cuenta de que está en lo cierto. La ropa me apesta a gasolina. No hay nada que pueda hacer por el hombre que se está quemando a lo bonzo a menos que quiera flambearme con él.
Mis rodillas ceden y Grant cae al suelo conmigo. Los dos aterrizamos con pesadez sobre los adoquines. El aire está impregnado del calor y el olor de la carne quemada.
Por encima del crepitar de las llamas se oye una fuerte carcajada.
—¡Si no vences a la primera —grita el Terror mientras arde—, muere, muere otra vez!
Es un espectáculo paralizante. Creo que no puedo ni parpadear. Nos quedamos sentados según hemos caído, arrugados como un papel, con los brazos de Grant rodeándome todavía con fuerza; ni siquiera sé si podría moverlos. Cuando me acuerdo de respirar, exhalo un largo y jadeante «joderrr».
Si quedaba la más mínima probabilidad de que esta historia terminase pareciéndose a las anteriores novelas de Anna Matthews, esta escena acaba de cargársela de un tiro en la nuca.
Pienso en Anna en este preciso instante. No debe de tener ni idea de lo que está sucediendo. Hasta donde yo sé, estará escribiéndolo en su sofá con una sudadera manchada de espaguetis, zampando M el pensamiento que, sospecho, me perseguirá durante mucho tiempo: a veces, el verdadero villano de la historia es el autor.