Capítulo 13
A l mirar a Grant, no puedo sino pensar en que no he visto en mi vida a nadie tostar una nubecilla de azúcar tan en contra de su voluntad.
No estamos lo que se dice de acampada. Pero cuando la vida te brinda una cuenta atrás antes de un intento de asesinato y una fogata dentro de un contenedor en un callejón, a tostar se ha dicho.
La diabólica amenaza que nos aguarda esta noche es conocida, según Lesley, como el Terror de las Tiendas, debido a su encantadora costumbre de incendiar campamentos mientras sus residentes duermen.
A las dos de la madrugada, cuando llegue a este callejón, verá que sus habitantes habituales se han mudado misteriosamente a otro lugar y que los únicos a los que podría asesinar van a darle para el pelo.
Por ahora, echamos el rato junto al fuego con el fin de aparentar que vivimos aquí y no nos esperamos para nada un ataque, por si acaso estuviera vigilando.
Y, si fuera capaz de obviar los sonidos de la ciudad, el frío hormigón y el hecho de que hay alguien cerca que nos quiere muertos, casi podría disfrutar tanto como si estuviéramos haciendo camping.
Grant, por supuesto, no podría. Está deprimido, nervioso y odia esto. Lo sé porque no para de repetirlo.
—Cómo odio esto —murmura por milésima vez mientras las llamas derriten su nubecilla.
—Arriba ese ánimo —le digo levantando una bolsa entera—. Tenemos de sobra.
—Me refiero a todo esto —replica moviendo el brazo en círculo—. Servir de cebo. Esperar sentados a que algún psicópata venga a matarnos sin hacer nada.
—Sin hacer nada, no. Entre los dos, ahora sumamos siete años y un par de días de entrenamiento en defensa personal. Podemos plantarle cara. —O eso es lo que quiero creer, vaya, dado que no tenemos alternativa.
En cualquier caso, no creo que la charla motivacional haya salido como yo quería. Grant contempla el fuego con añoranza, como si deseara adelantarse al Terror y arrojarse él solito a las llamas.
Lo intento de nuevo.
—¿No crees que es demasiado pronto en la trama para que todo salga mal, lo que se dice rematadamente mal? La pifiamos en nuestra primera misión, ¿no sería lógico que esta nos saliera mejor?
—Creo que me estás confundiendo con un pitoniso —responde—. Estoy familiarizado con la novela negra y con la estructura narrativa. Eso no quiere decir que pueda predecir el futuro. Es la gracia de leer, ¿sabes? Que descubres lo que pasa porque no puedes saberlo.
Me meto una nubecilla medio derretida en la boca y hablo mientras introduzco la mano en la bolsa para sacar otra.
—No estoy de acuerdo. A veces, saber hacia dónde se dirige la historia es parte del encanto.
Grant frunce aún más el ceño, algo que no creía posible.
—Explícate.
Podría hablarle de mis libros favoritos, que son predecibles, pero de la mejor manera posible.
Una sabe que el extraño encontronazo casual es en realidad el «encuentro cuqui», que la ruptura en el tercer acto no es más que un malentendido temporal.
Que el rubio con pico de oro suele ser un imbécil y que el tipo rudo y arisco es el héroe.
Que una sentirá el calorcito del amor como en la vida real, y sin que le rompan el corazón.
Pero si hay algo que no necesito esta noche es un debate sobre los méritos de la novela romántica.
Pincho una nubecilla y la acerco a las llamas.
—Lo único que digo es que no todos los géneros son trágicos y cruentos. A veces una lee un libro para disfrutar de un final feliz garantizado, sabiendo que todo va a terminar tan bien que sería imposible en la vida real.
Él se queda callado un momento, mirándome como si yo fuera un sudoku y no acabara de dar con el número correcto.
—Para nuestra desgracia —termina por decir—, no creo que nuestro libro sea de esos.
—No me digas…
La verdad es que casi me da risa comparar lo que nos está sucediendo con una novela de Anna Matthews. El recuento de actos es mucho menor, al menos los de tipo criminal. Y el hombre al que he arrastrado conmigo no es tanto «rudo y arisco» como «nerviosito perdido».
Pero puede que me esté pasando de severa, pienso al ver a Grant frotarse el mentón con gesto distraído.
Seguro que habrá a quien le encaje como héroe romántico.
Me apostaría algo a que más de un par de estudiantes beben los vientos por él.
Esa expresión preocupada…, imagino que en mejores circunstancias tirará más por lo inquisitivo.
Y parece ser de los que escuchan, de los que se interesan por lo que el otro tiene que decir.
Sí, es posible que su sentido del humor no sea el del típico héroe mordaz y que prefiera hacer mofa de sí mismo, y no descarto que padezca una verdadera alergia física a la acción.
Pero es buena gente, eso está claro. Puede que hasta sea la mejor persona que jamás haya matado a otra de un sartenazo.
Las llamaradas que ocupan el lugar donde solía estar mi nubecilla interrumpen mis cavilaciones y dejo caer el engrudo. Sin mediar palabra, Grant introduce la mano en la bolsa y me tiende otra.
Es una lástima, la verdad. Creo que, si se tratara de un verdadero personaje de ficción, me habría gustado leer sobre él. Y si este fuera otro tipo de libro.
—Es interesante que dijeras… —rota los hombros— que «pifiamos» nuestra primera misión. En plural.
—Sí, bueno, es que me sentía generosa.
La mirada cortante que me dirige me quita las ganas de bromear a su costa.
—Vale —continúo, intentando que no se me note el menor atisbo de diversión—. Podría haberme preparado un poco mejor el personaje. Lo tendré en cuenta para la próxima.
—Y yo intentaré no cargarme el plan. —Por el modo en que lo dice, si achicara los ojos, casi podría convencerme de que en la comisura de su boca asoma una sonrisilla.
—Trato hecho —concluyo.
Grant me tiende la mano, cálida por la cercanía del fuego, y yo se la estrecho.
A medida que las llamas se van apagando, nos sumimos en un silencio que nadie en su sano juicio denominaría cómodo, pero puede que sea algo más agradable que antes.
Cuando ya hemos reducido a cenizas nuestras últimas nubecillas, en el teléfono de Grant suena una alarma.
—Creo que es hora de ponernos en marcha —anuncio.
—Ufff —responde.
Me sigue hasta nuestra tienda y, una vez dentro, cierro la cremallera. Dentro no hay nada más que una oscuridad inquietante y un denso aire de suspense. Ahora empieza la espera de verdad. Puede que sea lo más duro: pasar una hora en silencio, fingiendo que dormimos sin enterarnos de nada.
Mientras Grant se acomoda en un rincón, yo sacudo los brazos y estiro las piernas, tratando de mantenerme flexible y en calor.
Siento brotar del pecho una oleada de anticipación ya conocida; es una sensación que he aprendido a saborear.
Claro que lo habitual es que me sobrevenga antes de lanzarme en tirolina en medio de la selva o de saltar desde un acantilado…
, cosas que hago por diversión. Esto es bastante diferente.
Pero parece que mi cuerpo no se ha enterado.
Con tan poca luz y nuestra respiración y el distante rumor de la ciudad como único sonido, es difícil saber cuánto tiempo ha pasado. Puede que hayan sido minutos, tal vez horas. Mi única referencia es que Grant jamás había pasado tanto tiempo sin quejarse.
Como si me hubiera leído la mente, rompe el silencio para musitar:
—Sigo odiando todo esto.
—Tú piensa en cosas bonitas —le susurro—. Helados, cachorritos. Lo mucho que moló cuando le hice un Grand Theft Auto a tu coche.
A pesar de la oscuridad, distingo el desdén en su mirada de reojo.
—Cómo que «hacer un Grand Theft Auto ». Lo que hiciste fue robar un coche y punto.
—No, no, pero lo hice como en el videojuego.
—Ya, ya sé que hay un videojuego que se llama así. Pero no es como se dice. Se dice «robar un coche». Es una cuestión de gramát…
—Shhh. —Le agarro el brazo para que se calle y escuche. En algún lugar cerca, la torre de un reloj da las dos y, en ese instante, se oyen unos pasos suaves y puntuales. Un escalofrío me eriza la piel.
Las pisadas se acercan cada vez más, hasta que su sonido parece rodear nuestra hoguera abandonada. Quienquiera que sea la está inspeccionando, evaluando la escena. Luego continúa caminando hacia nosotros, con una lentitud angustiosa, hasta llegar a la entrada. Entonces se detiene.
Se oye un ruido de plástico, como si alguien quitara un tapón, tan bajo que no lo habría percibido si no estuviera prestando atención. Cae un líquido, huele a gasolina. Los pasos continúan a lo largo de la tienda.
Grant y yo esperamos, tal y como habíamos acordado.
Si salimos demasiado pronto, nos arriesgamos a dejar escapar a un segundo asesino en serie.
Si lo hacemos demasiado tarde, nos convertimos en barbacoa.
Los pasos y el vertido de la gasolina describen el perímetro de la tienda, discurren hacia la parte trasera.
Cuando el leve chapoteo llega a nuestras espaldas, inspiro hondo y en silencio.
—Ahora —termino por susurrar, casi sin voz. Grant levanta una mano trémula y abre con lentitud la cremallera.
Salimos con cuidado de no pisar los charcos de gasolina, y apenas tenemos tiempo de alejarnos un par de metros cuando vemos una figura menuda, agachada por detrás de la estructura.
Está de espaldas a nosotros y tiene la cabeza inclinada mientras vierte con cuidado la gasolina de una garrafa roja, deteniéndose cada pocos metros para empapar bien los laterales.
Cuando dobla la última esquina, le hago un gesto de asentimiento a Grant.
Cuando el hombre suelta la garrafa y se saca un mechero del bolsillo, me abalanzo sobre él.
Grita al tiempo que el mechero sale volando por el doble golpe que le he asestado. Pero no se acobarda. Es pequeño pero ágil y, cuando se gira y me clava una mirada febril y desorbitada, entiendo al instante que este no va a huir como la Bestia. El Terror de las Tiendas va a luchar.