Este libro puede matar Capítulo 12
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Capítulo 12

V ale, la mejor manera de abordar la defensa personal es sacar partido a los puntos fuertes de uno —explico mientras cruzo por encima del pecho un brazo para estirarlo.

Un brazo cubierto por el enorme logo del carísimo conjunto deportivo con el que parezco un tributo de Los juegos del hambre patrocinado por Fendi, que es lo que sucede cuando una compra en Harrods.

Grant lleva un pantalón de chándal y una sudadera con capucha, que es lo que sucede cuando uno es Grant.

Damos comienzo al entrenamiento matutino en el jardín trasero de Lesley, lo más parecido a un gimnasio que tiene en casa…

, a pesar de que posee dos equipos de cine doméstico, un vestidor entero solo para americanas y una sala llena de instrumentos de músicos famosos que no sabe tocar pero que ganó en subastas solo por fastidiar al resto de los postores.

Según él, el concepto de entrenar es un timo inventado por el lobby de las cintas de correr.

Me lo explicó anoche, justo antes de que Lisa le trajera las pastillas para la tensión y se pusiera a refunfuñar.

—Bueno —le digo a Grant—, ¿cuáles son tus puntos fuertes?

—Soy un as de la puntuación —responde al tiempo que espanta un mosquito de un manotazo.

—Muy gracioso. Ahora dime cómo te va a ayudar eso en una situación de vida o muerte.

—Así, si me apuñalan, podré enumerar el proceso con sus pertinentes comas: me apuñalan, me desangro y, por último, muero. Con la conciencia tranquila, he de añadir.

—Grant…

Suelta un suspiro exasperado antes de responder:

—He corrido un par de carreras de diez kilómetros. ¿Es eso a lo que te refieres? ¿Cómo va a ayudarme, a menos que salga huyendo?

—Bueno, para empezar está bien —respondo, aunque no sé muy bien cómo podríamos aprovecharlo.

Las piernas las tiene fuertes; eso ya lo vi ayer mientras perseguía a la Bestia.

Y por el vistazo que eché a sus brazos mientras se probaba carísimas camisetas en Harrods, diría que algo más que un par de libros pesados sí que ha levantado en su vida.

Pero lo que busco es algo más relacionado con la coordinación del cuerpo entero—.

¿Y de niño? —sugiero—. ¿Practicabas algún deporte como actividad extraescolar? ¿Algún pasatiempo que pueda servirnos?

Vacila un instante. Parpadea.

—No.

Lo miro achicando los ojos. Él permanece impasible, demasiado impasible. Entonces se me dibuja una sonrisa maliciosa en la cara.

—Tienes un pasatiempo que da mogollón de vergüenza, ¿a que sí?

Grant resopla con exagerado desdén antes de responder un hiperbólico no, totalmente a la defensiva. No me hace falta más.

—¿El qué, Grant? ¿Qué podría ser tan terrible? ¿Ballet? Porque el ballet es buenísimo para la coordinación, ¿sabes? Lo practican muchos jugadores profesionales de fútbol americano.

—No es ballet. ¿Podemos cambiar de tema?

—Así que algo hay… —Le dirijo una mirada suspicaz y divertida. Entonces ahogo un grito—. Ahí va, ¿no serás furro?

—¿Fu… qué?

Mi cabeza es una montaña rusa de posibilidades.

—¿Tienes una vitrina en casa llena de figuras de acción que consideras objetos de coleccionista, pero cuando no hay nadie cerca las sacas y haces que se den besitos?

—No. —Tiene el ceño fruncido, pero si no lo conociera tan bien, diría que trata de reprimir una sonrisa.

—Te vuelves loco con los cupones. Presides un club de fans. ¿Eres campeón de boggle ?

—Me defiendo bastante bien al boggle —masculla.

—Pero no eres campeón. Mmm… —Me doy toquecitos en la barbilla—. Tiene que ser otra cosa. Pienso desenmascararte, Grant Hoffman.

Por ahora, me conformo con enseñarle lo básico, como la importancia de ser consciente de la situación, o que gritar algo tan sencillo como «¡atrás!

» o «¡detente!» puede contribuir a repeler a un asaltante.

Me veo un poco ridícula repitiéndole lo que he aprendido en mis clases.

Me siento más como una preescolar jugando a ser maestra el fin de semana que como una maestra de verdad.

Le muestro una sencilla maniobra dos en uno para desviar un puñetazo o un arma, empujando hacia un lado la mano del atacante al tiempo que le golpeas la cara con el talón de la mano y hago que la practique conmigo sin parar.

—Otra vez —le digo cuando da un paso atrás y agita los brazos.

Esboza una mueca y rota el cuello.

—Creo que lo tengo.

—Claro, porque la atacante soy yo. Pero es distinto cuando alguien se te acerca con intención de hacerte daño de verdad.

Tienes que grabártelo en la memoria muscular.

No basta con practicarlo hasta hacerlo bien; debes repetirlo hasta que sea imposible hacerlo mal. —Ya estoy plagiando de nuevo a Uri.

—Solo nos quedan seis días para conseguirlo. —El escepticismo se lee por toda su cara.

—Me duele tener que decírtelo, pero eso viene a ser unos cinco días, veintitrés horas y cincuenta y nueve segundos más de lo que tardaría alguien en matarte.

—Pero no lo suficiente para reprogramar cada uno de mis instintos y convertirme en una especie de crac de la defensa personal.

—No hay por qué. —Le hago un gesto para que vuelva a levantar los brazos—. Solo tienes que programar tu cuerpo lo suficiente. Lo justo para que, cuando te llegue alguien con un arma, puede que te cagues de miedo, sí. Pero te cagarás y, al mismo tiempo, pivotarás tal y como hemos practicado.

Consigo que acceda a repetir la maniobra diez veces más antes de parar, y no lo hace nada mal.

Vale, puede que sus movimientos no sean los más pulidos, y cuando su mano encuentra mi antebrazo parece más una petición cortés para que no lo apuñale que una exigencia desafiante.

Pero veo lo mucho que se esfuerza, que hasta frunce el ceño por la concentración.

Entonces, en el séptimo intento, por fin responde con más decisión…

, aunque sea en la dirección equivocada, y me golpee, con fuerza, en la garganta.

—Mierda. —Arruga la cara cuando doy un paso atrás, tosiendo y farfullando—. Lo siento. ¿Estás bien?

Levanto los dos pulgares mientras intento tomar aire.

—Bien —jadeo—. Voy… por… agua. Tú… sigue…

Me dirijo dando tumbos hasta la barra dispuesta en el jardín y saco una botella de agua del minifrigo.

Grant reanuda la maniobra a regañadientes, sin adversario, como si luchara con un fantasma.

A pesar de los espasmos en la tráquea, o puede que precisamente por eso…

, empiezo a albergar alguna esperanza sobre sus posibilidades de supervivencia.

Oigo un leve gruñido y, al volver la vista hacia la casa, veo emerger a Lisa de entre las sombras. Aunque está nublado, lleva unas gafas de sol extragrandes que me impiden ver sus ojos.

Cuando trago el agua, mi garganta está lo bastante recuperada como para hablar.

—¿Te lo pasaste bien anoche?

Vuelve a gruñir.

—Prohibido mezclar tequila con Dance Dance Revolution . Recuérdamelo la próxima vez.

Agarra una botella de agua y se bebe la mitad antes de mirarme con gesto de disculpa.

—Siento que lo de ayer no funcionara.

—Quien lo siente soy yo —respondo—. Bueno, los dos. No fue nuestro mejor momento.

Cuando Lisa agita la mano quitándole importancia al asunto, una docena de anillos de oro reflejan la luz matutina.

—Así son las cosas, guapi. A veces se gana y otras se pierde. Ya sabes lo que se suele decir: perder sin que te aniquile una Bestia es ganar.

Asiento.

—Sí que se suele decir, sí.

En el otro extremo del jardín, Grant sigue pivotando y golpeando una y otra vez. Lisa lo señala con un gesto de la barbilla.

—¿Y esto?

—Un poco de entrenamiento —respondo—. He pensado que no nos vendría mal.

Entre maniobra y maniobra, Grant nos mira. Lisa agita los dedos a modo de saludo.

—¡Estás que te sales, Grant! —Entonces se me arrima y baja la voz para señalar con tono sugerente—. Y tanto que sí…

La miro sorprendida antes de volverme hacia él.

Parece un GIF humano, repitiendo hasta el infinito el mismo movimiento, como si estuviera atascado.

Pero a Lisa no le falta razón. Está pillándole el punto: sus movimientos son limpios y precisos; su postura es correcta.

Siento una oleada de orgullo por haberle enseñado a hacerlo.

Lisa lo contempla por encima de las gafas de sol. Con una sonrisa pícara, agita un dedo entre Grant y yo al tiempo que pregunta:

—¿Vosotros dos estáis…?

Tardo un segundo en entenderla, y respondo con un pelín más de vehemencia de la que probablemente sería necesaria o justa para Grant.

—No, por Dios. Además, acabamos de conocernos. —Al volverme hacia él, me sobresalto un poco cuando nuestros ojos se cruzan. Me sostiene la mirada un instante antes de retomar el ejercicio, por lo que me pregunto si me habrá oído.

Lisa se encoge de hombros.

—Es más tiempo del que he tardado yo en conocer a alguien, comprometerme y separarme. Aunque es verdad que solo me pasó dos veces, y en Ibiza —aclara antes de terminarse la botella de agua.

Nos interrumpe un sonoro golpe desde el interior de la casa, seguido de una extraña cantinela: «Idiota, idiota, idiota».

Lesley llega volando, aunque es cierto que en su versión es poco más que su habitual caminar elegante, aunque con pisada más firme.

Pero su postura se ve más tensa, y estruja un periódico en la mano como si quisiera estrangularlo.

Se detiene en mitad del jardín, se pone las gafas de cerca, abre el diario y lee:

—«El cadáver hallado ya ha sido identificado. Se trata de… —tuerce la boca con desagrado— el Destripador del Rickshaw».

Grant ha dejado de practicar, y los tres escuchamos a Lesley en un silencio pasmado.

Es él, el asesino que se nos escapó de las manos no hace ni veinticuatro horas, descuartizado en un contenedor de basura y con otro apodo pegadizo.

Lesley frunce el ceño mientras lee en voz alta acerca de su descubrimiento y cómo las pruebas de ADN lo vinculan a los asesinatos del bicitaxi.

—¿Pruebas de ADN? —Grant el Escéptico hace acto de presencia—. ¿No deberían tardar más? ¿Y cómo es que ya aparece en el periódico?

—Pregúntaselo a Anna —murmuro.

Empiezo a comprenderlo: Grant y yo no somos los únicos que fallamos ayer.

También fue el caso de la Bestia, y por eso lo han matado.

¿Será el castigo por no haber cumplido su misión?

Un escalofrío recorre mi cuerpo como un fantasma cuando me doy cuenta de lo cerca que hemos debido de estar de mister Page.

Pero eso no parece ser lo que más preocupa a Lesley. Su voz adquiere un tono despectivo cuando lee el nombre de la persona que ha identificado el cadáver: el inspector de homicidios Walter Akinyemi.

Lesley arruga el periódico y pretende alejarlo de un puntapié con su bota Chelsea azul de piel de cocodrilo, pero falla miserablemente.

—No podía ser otro que Wally —comenta Lisa con honda empatía al tiempo que niega con la cabeza.

—¿Y cómo que «el Destripador del Rickshaw»? Es la Bestia del Bicitaxi —señala Lesley—. Ya hubo un Destripador, ¿es que no han oído hablar de él?

—¿Quién es Wally?

Lesley y Lisa responden al unísono:

—Mi archienemigo.

—Su archienemigo.

Se me escapa un conato de carcajada, por lo que ambos me miran ceñudos.

—Perdón —me disculpo—. Se me había olvidado que la gente tiene archienemigos en este… —«género»— negocio.

Lesley suelta una carcajada desprovista de humor.

—Tú espera, que ya te ganarás unos cuantos.

Nos ofrece un resumen tan breve de su relación con Wally que sospecho que está omitiendo un montón de detalles.

Hubo un tiempo en que colaboraban. Se produjo un incidente.

Wally culpó a Lesley, ambos se enemistaron y desde entonces viven enfrentados en una guerra fría en la que uno intenta resolver más crímenes que el otro; el detective miembro de la policía frente al sabueso extraoficial e independiente.

—Lo importante es que se ha anotado un punto —concluye Lesley—. Nosotros cazaremos al resto de estos rufianes, como que me llamo Lesley Michael Burns… y también, a veces, Banksy.

—No eres Banksy —señala Grant.

—Y, hablando de rufianes —tercia Lisa al tiempo que da un codazo a su compañero—, creo que tienes una buena noticia que compartir, ¿no?

Lesley pasa de una inquietud despreocupada a una despreocupada satisfacción.

—Cierto. Eso. —Nos mira con una sonrisita que ya conocemos bien y que provoca en Grant un atribulado suspiro—. Sacad las cañas, amigos míos. Nos espera un pez bien gordo.