Este libro puede matar Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Sin hacer caso del semáforo, que sigue en rojo, me subo al sillín y empiezo a pedalear, provocando una vez más un concierto de bocinazos.

Descubro que los bicitaxis no son los vehículos más veloces.

En el mejor de los casos, son pesados, torpes y difíciles de manejar.

Y este, con los coches gritándome desde el lado equivocado de la calzada y un asesino alejándose más a cada segundo, no es el mejor de los casos, no.

Bajo a trompicones por la calle y, nada más doblar la esquina, me detengo de golpe poco antes de chocar con un bordillo. Miro con desesperación en ambas direcciones.

No está.

El torrente de maldiciones que escapa de mi boca merece una mirada reprobatoria de una mujer madura y muy bien vestida que pasa a mi lado.

Un hombre, que va empujando un cochecito, se detiene para taparle los oídos a la criatura y me mira ceñudo.

Me dejo caer sobre el manillar y me froto las sienes mientras intento recuperar la respiración.

Me siento tentada de pensar que la cosa podría haber salido peor. Por supuesto que el peor escenario cuando una se enfrenta a un asesino es que la asesinen. Pero dejarlo escapar cuando te habían pedido explícitamente que lo atraparas no queda muy por detrás.

El sonido de una respiración entrecortada llena mis oídos, y solo cuando aumenta de volumen me doy cuenta de que no soy yo. Al alzar la vista, veo que Grant da varias zancadas hasta alcanzarme, antes de agacharse y apoyar las manos en las rodillas.

—¡Pero ¿qué haces?! —le grito—. ¡¿Dónde está tu bici?!

—La dejé atrás —jadea—. Pensé que así iría más rápido.

—¿Qué era lo que tenías que decirme con tanta urgencia como para echar a perder nuestra puta primera misión?

Por fin levanta la vista, sin dejar de respirar con esfuerzo.

—Anna Matthews —responde—. Creo que la he visto.

Me permito fulminarlo con la mirada un instante más. Acto seguido, señalo la cabina de pasajeros con el pulgar.

—Súbete.

Por supuesto que no me lo creo. Es imposible que se haya topado justo con la mujer que buscamos en una ciudad de millones de personas, al día siguiente de aterrizar en el país; estoy segura de que vio a alguien que encajaba más o menos con la descripción y aprovechó para abortar la misión.

Pero, madre mía, estoy deseando dar rienda suelta a la furia acumulada en cuanto compruebe que se ha equivocado.

No es fácil, pero consigo que regresemos con el bicitaxi de una pieza, solo hemos tenido un pequeño percance con un taxi negro cuyo conductor me ha hecho un gesto con dos dedos. Yo le respondo con el mismo sarcástico ademán de paz.

—No significa lo que tú crees —comenta Grant desde atrás—. En este país quiere decir: «Te lo metes por donde te quepa».

Detesto que sepa este tipo de cosas. Bajo el índice y giro la muñeca para hacer una peineta de las nuestras. Y luego se la dirijo a Grant.

—Qué bonito. Gracias —responde.

Me detengo junto a la acera de la librería donde, supuestamente, ha entrado Anna y me bajo del sillín con gesto torpe al tiempo que Grant se apea de la cabina. Antes de llegar a la puerta, me agarra del hombro.

—Mira —dice indicando otro punto de la calle—. Ahí la tienes.

Cuando me giro para dirigir una mirada escéptica hacia la persona en cuestión, me quedo de piedra al contemplar el pelo rizado de una cabeza bien conocida meciéndose mientras se aleja.

La mujer se guarda un rotulador en el bolso y echa a trotar hacia un autobús parado.

Cuando se vuelve para montarse y la veo de perfil, no hay duda. Es ella.

Me cago en todo lo que se menea.

—¡Anna! —grito echando a correr tras ella. Grant hace lo mismo, y ambos agitamos los brazos mientras la llamamos por su nombre. Pero las puertas del vehículo se cierran antes de llegar a ellas y el autobús baja cada vez más rápido por la calle.

Al pasar a nuestro lado, la veo por la ventana: Anna Matthews sonríe como perdida en una fantasía. Es probable que esté imaginando nuevas pesadillas con las que torturarnos.

Grant y yo nos quedamos plantados mirando impotentes cómo el autobús se pierde entre el tráfico. Es el tipo de coincidencia que Anna no permitiría a sus personajes, pero aquí la tenemos, escurriéndose entre nuestros dedos.

Hoy tendríamos que haber atrapado a una persona, y resulta que ya se nos han escapado dos.

La sola idea me hace sentir una llamarada de irritación que, mezclada con la adrenalina malgastada, me provoca un grito frustrado.

Una bandada de palomas cercana se asusta y echa a volar. Grant arruga la cara.

—Intenté avisarte —me dice.

—¿Por qué no la detuviste tú? —salto—. ¡Podrías haberla seguido hasta la tienda!

Me mira atónito.

—¿Te estás enfadando conmigo por no haberte abandonado con un asesino en serie?

—Un asesino en serie ¡al que supuestamente yo debía atrapar! Y supuestamente tú debías ayudarme. Pero no, solo se te ocurre espantarlo con tu numerito a lo Misión imposible .

Grant se cuadra de hombros.

—No ha sido culpa mía, ¿sabes? Diría que te delataste con el papel de «turista sueca número uno». Pero si sonabas como el chef de Los teleñecos .

—¡Pues claro, porque el chef es sueco!

Grant ejecuta lo que no puedo más que describir como «poner los ojos en blanco con el cuerpo entero» y alza las manos al aire antes de darme la espalda.

—Ha sido culpa tuya y lo sabes —añado—. O vas en busca de Anna o te ciñes al plan, pero no te cargas ambas opciones solo porque no creas que puedo valerme por mí misma.

—¡Claro que sé que puedes valerte por ti misma! —replica acercándose a mí—. Pero la idea era trabajar juntos. ¿Y qué quieres que haga? Tú, como protagonista, al menos tienes una red de seguridad, además de seis años de defensa personal.

—¡Siete!

No es que la respuesta fuera necesaria, pero por una vez no he podido evitar corregirlo yo a él.

—¡Lo que sea! —vocifera—. El caso es que tienes formación y experiencia. ¿Pero yo? Yo tengo un máster en Escritura creativa. ¿Qué voy a hacer, criticar el desarrollo del personaje del villano que me está matando a golpes?

Solo entonces me doy cuenta de que no me está gritando a mí. El deje de terror en su voz indica más bien un clamor, desesperado y lleno de pánico, a la nada.

—No, Grant. —Trato de mantener un tono lo más mesurado posible—. Lo que tenías que hacer era considerar la situación en conjunto y ver qué podía pasar. Y tal vez ofrecer alguna consigna antes de que nos maten a golpes.

—Anda que… —gruñe—. Se ve que no tienes ni la más remota idea de cómo funciona la estructura narrativa.

—Lo único que digo es que cada uno tiene sus virtudes. Y tenemos que aprovecharlas lo mejor posible.

Ya sé que no es consuelo. Grant tiene razón.

Aunque mi formación en defensa personal fuera insuficiente, soy la protagonista de esta historia.

A menos que se produzca un giro de guion, dudo que Anna me mate a mitad de la novela.

Grant, en cambio, no goza de ese privilegio.

Y tampoco puede contar con tener siempre a mano algún artículo de menaje pesado.

—Sabemos dónde estará nuestra autora dentro de una semana —digo—. Hasta entonces, nos esperan numerosos peligros. Así que te propongo un plan.

Grant frunce el ceño.

—¿Dar con ella antes? —Su voz está cubierta por un velo de cautela, del tipo «no quiero hacerme ilusiones al respecto». Lo cual es estupendo, porque ahora mismo se las voy a arruinar.

Niego con la cabeza.

—Ayudarte a que seas capaz de contraatacar. Mañana empezamos a entrenar. Bienvenido a defensa personal para principiantes.

Cuando le doy un golpecito amigable en el hombro, pega un respingo. Lo cual no augura nada bueno.