Capítulo 11
E stoy presente. Estoy preparada. Tengo el control».
Recito los breves mantras en mi cabeza a pesar de que me encuentro parada en la esquina de una calle tratando por todos los medios de proyectar la sensación opuesta: «Estoy perdida, estoy sola, tengo un aspecto de lo más asesinable».
Me doy un tironcito a la peluca rubio platino y examino con el ceño fruncido un mapa extragrande de Londres.
Si el asesino quiere una turista rubia despistada, una turista rubia despistada tendrá.
En Boston no serán ni las siete de la mañana. Allí, estaría tapadita con mis mantas, preparándome mentalmente para pasar las distintas fases del duelo de camino a mi cubículo. Tiene gracia que esté más dispuesta a afrontar el día cuando este implica servirle de cebo a un asesino en serie.
Lo cual me recuerda una cosa: no he llamado para notificar que faltaría al trabajo.
Tomo nota mental para hacerlo más tarde, no sea que los ciento siete seguidores de HillCare en Twitter se sientan abandonados.
La verdad es que no hace falta avisar a nadie más: mi familia y mis amigos están más que acostumbrados a que desaparezca de la ciudad en el último minuto.
Y tampoco es que suponga demasiado cambio con Steph.
Unas pequeñas vacaciones criminales no van a interferir gran cosa en nuestro intercambio de memes bibliófilos.
Grant, en cambio, empezó a enviar sus excusas por correo electrónico en cuanto encontramos un cargador de móviles en el aeropuerto. Antes incluso de embarcar ya había conseguido un cuidador para Arthur.
Dado que no hay bicitaxis a la vista, aprovecho para echarle un vistazo a él.
Está apoyado en la fachada del edificio a mi espalda con una bici alquilada, un casco que se empeñó en que el tipo de los alquileres sacara de un rincón polvoriento de la tienda y un desprecio flagrante por la instrucción de actuar con naturalidad.
En su caso, el plan es que siga con discreción al bicitaxi una vez que me recoja para servirme de apoyo y avisar a Lisa y a Lesley cuando lleguemos a nuestro destino.
Por ahora se limita a mirar el móvil, pero la forma en que lo sujeta como si fuera a estrangularlo resulta de todo menos despreocupada.
Es probable que esté arrasando Google con búsquedas del tipo «cómo dar caza a un asesino» y «dirección personal de Anna Matthews».
Miro la hora y recorro con la mirada la calle, a tope de actividad con el ajetreo propio de un día laboral. El post de Facebook decía específicamente que la Bestia daría el golpe a mediodía. ¿Dónde está?
Estoy casi segura de que me ha dejado plantada cuando oigo rechinar unas ruedas al final de la calle.
Los pelos se me ponen de punta por la expectación.
Parado en el semáforo hay un hombre con gorro de lana agarrado al manillar de un bicitaxi, encorvado en una postura habitualmente reservada a los participantes en el Tour de Francia.
Tiene la boca fruncida en una línea severa. Mira el reloj. Va tarde.
Debe de ser él. No me imagino otro escenario en el que alguien corriera a contrarreloj en un bicitaxi, a menos que fuera camino de impedir que el amor de su vida se casase con otro. Pero aquí no estamos en ese tipo de novela de Anna Matthews.
El semáforo cambia de color y el hombre se pone a pedalear con furia.
Mientras se acerca, inspiro hondo el aire frío para serenarme.
Rebasado el cruce, se pega a la acera y mira a su alrededor.
Cuando me ve, sus hombros se relajan. Sonríe.
Y me hace un gesto de invitación a la cabina de pasajeros a su espalda.
Resisto las ganas de volverme hacia Grant conforme me acerco al hombre —la Bestia del Bicitaxi en persona— y siento cómo una boa constrictor se enrosca alrededor de mi cuello.
Para tener un sobrenombre tan dramático, ofrece un aspecto bastante anodino; hay poco que llame la atención más allá de un atisbo de barba entrecana y un pequeño pendiente de plata.
Pero el destello de desprecio en su mirada me dice que es él. Enseguida lo tapa con una leve sonrisa.
—¿La llevo?
Puede que esta sea la parte más difícil, actuar en contra de mis instintos y aceptar la invitación de un asesino. Es el tipo de cosas que a una suelen desaconsejarle.
Me tomo un segundo en inspirar para armarme de valor y meterme en el personaje. «Piensa como una turista. Sé una turista». Entonces abro la boca.
— Ja —es lo que me sale, en un inexplicable intento por imitar un acento escandinavo.
Con el corazón acelerado, me subo al bicitaxi y busco con la mirada rutas de escape y ángulos de protección.
—¿A dónde va? —Su voz es áspera, con un leve toque de amabilidad artificial.
—Al palacio de Buckingham —menciono el primer destino turístico que me viene a la cabeza. Qué más da, si no me va a llevar allí. Aun así, vuelve la cabeza hacia mí y juraría que pone los ojos en blanco. Manda narices que me juzgue él, el ciclista homicida. A mí—. ¿Cuánto es?
—Cincuenta libras.
«Menudo robo». Sobre todo teniendo en cuenta que tiene pensado matarme.
Lucho contra las ganas de regatear y empiezo a rebuscar en el bolso el dinero suelto de Lesley cuando por el rabillo del ojo veo acercarse a alguien.
—Ahí estás, cariño. —Grant se agarra al marco de la cabina con lo que, técnicamente, es la primera sonrisa que le veo en la cara.
Aunque por la alarma que distingo en sus ojos, no sé si cuenta.
Se ha quitado el casco; supongo que lo habrá dejado con la bici—.
¿Por qué no vamos mejor andando? Tengo que contarte una cosa.
Me quedo mirándolo estupefacta. ¿Qué demonios pasa?
—No —replico con los dientes apretados—. ¡Soy sueca!
Maldita sea. La actuación nunca ha sido lo mío. Mi principal estrategia consistía en no hablar demasiado, y Grant no me está ayudando.
El conductor se gira y frunce el ceño.
—¿Conoce a este tipo?
Yo sacudo la cabeza con fuerza, consciente de que mi papel de turista solitaria peligra.
—Créeme cuando te digo… —señala cortante Grant— que quieres oír lo que tengo que contarte.
Lo miro con incredulidad. Está a punto de cargarse nuestra tapadera, ¿y para qué? ¿Para indicar el enésimo motivo por el que no deberíamos estar haciendo esto? Le despego los dedos del marco.
—Arranque, por favor —le digo a la Bestia, al tiempo que dirijo una mirada de advertencia a Grant—. Pedalee, quiero decir. Danke .
Mierda. Eso es alemán, ¿no? Esto es un puto desastre sobre ruedas.
Nos ponemos en marcha y dejamos a un nervioso Grant atrás.
—¿De dónde eres, guapa? —me grita el conductor para que lo oiga a pesar del tráfico mientras bajamos por la calle. Quiero pensar que el tono escéptico en su voz son imaginaciones mías.
—¡Suecia! —respondo, quizá con demasiado entusiasmo—. Estocolmo.
—Estocolmo… —Suena como si estuviera decidiendo si un crío le ha mentido o no. Esto tiene mala pinta—. ¿Y a qué te dedicas en Estocolmo?
Revuelvo y vuelco cada cajón de mi cerebro, maldiciéndome por haber elegido uno de los pocos lugares que nunca he visitado.
—Bah, ya sabe —respondo con despreocupación—. Voy a Ikea, escucho a Abba… Paso frío…
Ay, mierda, no. Que a qué me dedico profesionalmente…
—A las ventas —me apresuro a responder—. Soy comercial.
Pero hay algo raro. Y me refiero a algo más que a lo de ir en bicitaxi con un asesino en serie. Se ha extendido un silencio pesado, de esos que dan a entender que el otro está cavilando. Es como si lo oyera unir los puntos: mi historia, mi acento terrible, mi pelo artificial más que obvio.
Vuelve la cabeza un instante y, al momento, repite el gesto y se queda mirando boquiabierto la acera. Cuando sigo su mirada, entiendo por qué.
Grant se encuentra sorprendentemente cerca.
Baja corriendo a toda velocidad por la acera, los brazos moviéndose a buen ritmo, la chaqueta ondeando al viento, su cuerpo esquivando por un pelo a los viandantes.
Aunque sé que es una bandera roja tremenda y que debería estar fulminándolo con la mirada, me quedo como un pasmarote.
Es rápido el tío. Aunque nosotros vamos volando sobre tres ruedas, él viene pisándonos los talones.
Cuando miro otra vez a la Bestia, no tiene los ojos en la calzada, sino fijos en mí. Y en ellos se lee el miedo.
—Os ha mandado él, ¿verdad?
Se diría que el mundo ha enmudecido.
—¿Quién? ¿Mister Page?
El horror se dibuja en sus facciones, y yo me quedo helada. Si el solo nombre le inspira terror a un asesino en serie, mister Page debe de ser un malo malísimo, pero de verdad.
Sin mediar palab ra, la Bestia se baja de un salto del sillín, aterriza sobre ambos pies y echa a correr.
—¡¡¡Eh!!! —le grito cual bostoniano en el atasco de la hora punta. Sin nadie al manillar, el bicitaxi va descontrolado y provoca unos cuantos bocinazos y frenazos a su alrededor.
Me abalanzo hacia el manillar y termino con el tronco aplastado contra el sillín y los dedos alargándose desesperados hacia los frenos.
Apenas los rozo. Voy derechita hacia una intersección y se me está acabando el tiempo.
Cuando me impulso con los pies contra la cabina del bicitaxi, no gano más que un par de centímetros, pero me bastan.
Agarro los frenos un nanosegundo antes de saltarme un semáforo en rojo, donde sin lugar a duda se me habría llevado por delante la ambulancia que pasa a toda velocidad.
Giro la cabeza a la derecha justo a tiempo de ver cómo la Bestia del Bicitaxi desaparece por una esquina.
Algo por detrás, Grant se ha detenido de golpe y me contempla horrorizado; por lo que se ve, está más interesado en presenciar mi casi desastre que en perseguir a nuestro objetivo. «Joder, joder, joder».