Este libro puede matar Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Ahora está recabando accesorios mientras nosotros nos ocupamos de las montañas de prendas que hemos acumulado. Es el turno de Grant y, a juzgar por los refunfuños procedentes de su probador, despedirse de su look de profesor le está provocando una grave ansiedad por separación.

—Puede que tengamos que arreglarnos —le advierto desde mi banco—. Te hará falta un traje.

—Sí, pero ¿tiene que ser este? Es ridículo. Es demasiado… «aquí estoy yo».

—Es chic —replico—. Y «aquí estoy yo» viene a ser la…

Las palabras se me atascan cuando, de repente, sale del probador.

Es un buen traje. A ese precio, qué menos.

Pero lo que en la sección de caballeros parecía verde oliva, bajo esta luz es más bien un esmeralda chillón, y el bajo tobillero eurochic no acaba de pegar con su silueta desgarbada.

Da la impresión de que estuviera pegando el estirón ante mis ojos.

—Parezco Gumby —se lamenta.

Juro que estaba dispuesta a contradecirlo con educación, pero me traiciona una carcajada.

—Gumby no —respondo tratando de que no me falle la voz.

Grant avanza con pesadez por el pasillo enmoquetado hasta el espejo del final y ver el conjunto en movimiento es aún peor.

No sé si es el traje o lo incómodo que está con él, pero sí que le da cierto aire de figura de plastilina—.

Como mucho, pareces un personaje adorable de Pixar un poco friki.

Grant me lanza una mirada escéptica a través del espejo.

—¿Adorable?

—Creo que también he dicho «friki».

Pone los ojos en blanco y continúa examinando el traje. Sospecho que reaccionaría igual con independencia de lo que se probara.

—Venga, Grant. Tienes que admitir que es un gran comienzo.

—Puede que este no sea mi género, pero sé reconocer una escena de cambio de look al segundo.

Y, aunque tenga que autoengañarme sobre lo que traerá en el futuro, estoy más que dispuesta a disfrutar de esta parte.

Es bonito ver que, pese a todo, Anna Matthews no ha perdido la buena mano que tenía para la comedia romántica—.

¿Un día dándonos la gran vida en Harrods sin preocuparnos por el dinero? Mucho mejor no nos podría ir.

—Nos están ofreciendo un banquete de última cena antes de entrar en el corredor de la muerte.

—Bueno, pues ya sabes lo que se dice: mejor disfrutar de un banquete antes de la ejecución que morir en ayunas.

Lisa entra como una exhalación y se para de golpe, boquiabierta y encantada. Deja caer varias bolsas abarrotadas y mira a Grant de arriba abajo.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Pero si es don Estrella de Cine!

Si este es Grant en su versión estrella de cine, será de esos actores que solo participan en dramas superintensos sobre familias blancas que se hablan en susurros.

Cuando regresa al probador, Lisa se sienta a mi lado.

—Ufff, está empeñado en no divertirse.

—No te lo tomes como algo personal. Creo que lo decidió ya de pequeño.

Lisa me enseña con alegría todo lo que ha comprado: sombreros, bufandas, gafas de sol, joyería… De todo y en todo color y motivo que el ojo humano es capaz de distinguir.

—Puede que me haya vuelto un poco loca —reconoce al tiempo que se enrosca alrededor del cuello una boa de plumas turquesa—. Es que no lo he podido resistir.

Introduzco una mano en la bolsa y saco un grueso anillo de metacrilato.

—Esto viene siendo un soborno para que luego hagamos el trabajo sucio, ¿no?

Lisa se esponja las plumas alrededor del cuello.

—¿Está funcionando?

La luz que se refleja en mi anillo hace que emita destellos rosados.

—Puede.

Sacamos artículos de las bolsas: nos ponemos collares y posamos con los tocados a placer.

Cuando Grant sale del probador, Lisa lleva un sombrero vaquero y yo luzco un pañuelo de flores atado a la barbilla y unas gafas de sol con forma de estrella.

Grant pasa de largo con un montoncito de camisas y pantalones para desaparecer de vuelta en la planta de caballeros. Lisa me mira y sonríe de oreja a oreja.

—Te apuesto diez libras a que no consigues que sonría.

Le tiendo la mano enjoyada para cerrar el pacto con un apretón.

—Hecho.

Pero Grant es un hueso duro de roer. Mientras deambulamos por las secciones, no paro de señalar los artículos de lujo más absurdos y aventurar quién sería su cliente perfecto.

(Cerveza artesana para perros: Trevor, niño prodigio de las criptomonedas.

Plato de mármol para flores secas aromáticas: Judith, natural de Long Island, que desde que se mudó a Inglaterra pronuncia «literalmente» con acento de Oxford.

Mascarilla exfoliante para el ano: Gwyneth Paltrow). Grant no reacciona.

Se me están agotando las bromas sobre Goop en plena sección de ropa de deporte cuando me rindo.

—Vale —suspiro—. ¿A ti qué te pasa?

Grant enarca una ceja sorprendido.

—¿Qué me pasa?

—No estamos en peligro mortal inmediato. Estamos de compras. Con la tarjeta de crédito de un multimillonario, añadiré. Y algunas por aquí estamos intentando disfrutar de la ocasión.

Grant se me arrima y, bajando la voz, me dice en tono tenso:

—¿Se te olvida lo que tenemos que hacer mañana?

Un leve escalofrío me recorre la columna vertebral.

—No —respondo—. Pero eso es mañana, y hoy es hoy.

Y hoy… —saco un llamativo camisón ribeteado de plumas de entre mi montón de ropa— voy a ser Bianca, quien desde luego que no mató a su marido y desde luego que no aprecia la insinuación.

Puedes retirarte. —Cuando Grant me mira atónito, dejo escapar todo el aire de golpe—. Vamos, Grant, vive un poco.

Algo en su mandíbula se tensa. Tras unos graves instantes de vacilación, y sin que medie sonrisa alguna, termina por caminar hasta un perchero y saca una sudadera gris de lo más sosa.

—Bob —suspira—. Sumamente crédulo. El vendedor le dijo que setecientos dólares es el precio habitual de una sudadera.

—¡Ja! —Le doy una palmadita en el hombro—. Ay, Bob, pero qué tonto eres.

Al final no gano las diez libras, pero para cuando el alegre portero nos ayuda a cargar las bolsas en un coche, Grant ya no se retuerce tanto las manos, y juraría que camina algo más erguido.

Como si sus hombros hubieran dejado de cargar con el peso del mundo entero y ahora solo soportase uno o dos continentes.

No es poca cosa. Y dado lo que nos espera mañana, me daré por satisfecha.