Capítulo 10
H ace una hora, el oficial de aduanas me preguntó el motivo de mi visita a Londres.
—Turismo —respondí.
Supongo que podría ser la verdad, si mi idea de turismo fuera un cincuenta por ciento peli de terror, un treinta por ciento glamour y un ciento setenta por ciento privación del sueño.
Llevo todo el día sintiéndome como una pelota de ping-pong que se alternaran en golpear el lujo y el desastre.
Me he pasado el vuelo en primera clase zampando canapés y viendo pelis de Richard Curtis mientras me preparaba mentalmente para ejercer de cebo para un asesino. Lo de dormir ni entraba en los planes.
A juzgar por la incomodidad de Grant y las veces que lo he visto agarrarse al reposabrazos con los nudillos blancos de hacer fuerza, creo que él tampoco ha dormido.
Tras un viaje largo y brumoso en el Jaguar clásico negro de Lesley, finalmente aparcamos entre un parque privado y una fila de casas señoriales. Lesley anunció nuestra llegada con el ahúúúga de su bocina personalizada.
—Bienvenidos a la base de operaciones —nos dice con orgullo.
La casa es maravillosa, desde los setos ornamentales y los ventanales en saledizo hasta la ecléctica grandeza del interior.
El vestíbulo cuenta con un resplandeciente suelo de baldosas, una gran escalera curva y lo que parece un ascensor antiguo, con reja de persiana, al final del pasillo.
Tomo nota mental para que todo ello me impresione cuando deje de ser una zombi.
Lisa nos acompaña a nuestras habitaciones trotando escaleras arriba con más energía de la que nadie debería exhibir cuando casi son las tres de la madrugada.
Me cuesta seguirle el hilo cuando se lanza a contarnos todo lo que encontraremos en los dormitorios: pijamas de invitados, sábanas de lino, cafeteras expreso, cámaras antigravedad, yo qué sé.
Apenas escucho, tan solo espero oír las palabras «superficie horizontal sobre la que desplomarse».
—Aquí estamos —dice cuando se detiene en mitad del pasillo de paredes empapeladas y señala sendas puertas a cada lado—.
Si necesitáis algo, dadme un grito. Por lo demás, descansad, ¡que tenemos grandes planes para mañana!
—Cuando Grant inspira hondo, levanta la mano con gesto tranquilizador—.
Nada que ver con los asesinatos. Aún. Solo información, planificación, cosas de esas…
¡Y una excursión sorpresa! Superdiver. —Da una palmada y media vuelta para echar otra vez a trotar, escaleras abajo, al tiempo que exclama—: ¡Buenas noches!
Nos quedamos mirándola agotados y estupefactos, acostumbrándonos poco a poco al silencio del pasillo.
—¿Cuál crees que será su idea de algo «superdiver»? —pregunta Grant.
Reflexiono.
—Un tiovivo impulsado por algodón de azúcar y Coca.
—¿El refresco o la droga?
—Sí —respondo.
Cuando por fin entro en mi habitación, podría llorar ante la visión que me recibe.
Todo en el dormitorio, desde la chimenea hasta las mantas tendidas con falso descuido sobre el sofá verde musgo, encarna esa lujosa despreocupación de tipo: «¿Esto?
No es más que un mueble viejo». Es como si estuviera dentro de las páginas del apartado «Estancias informales» de una revista de decoración de alto copete.
Pero es la cama de matrimonio extragrande con cabecero Chesterfield la que me abduce como un platillo volante.
Me zafo de la ropa que he llevado todo el día para ponerme el pijama de franela de cortesía, y tengo toda la intención de buscar el cepillo de dientes y el jabón para la cara, pero al final no puedo resistir la llamada del edredón de plumas y la montaña de almohadas.
Me dejo caer cual cucharada de glaseado sobre la tarta más esponjosa del mundo y se acabó lo que se daba.
Cuando despierto, no me siento ni medio descansada, pero parece que a los primeros rayos de sol que entran por la ventana y a quienquiera que esté golpeando la puerta les da bastante igual.
Cuando la abro, me encuentro a Grant aferrando una libreta y un bolígrafo con aspecto agobiado.
Lleva la misma ropa de ayer, aunque sin chaqueta y con las mangas del jersey subidas hasta los codos.
Aun así, a juzgar por su pelo levemente húmedo y su olor a limpio, diría que en algún momento de la noche consiguió darse una ducha.
Por el nerviosismo que transmite, diría que no fue demasiado relajante.
—¿Puedo entrar? —pregunta a toda prisa.
No deben de ser mucho más de las siete. La capacidad de hablar no suelo recuperarla hasta las ocho, como mínimo, así que le hago un gesto cansado para invitarlo a que pase.
Me arrastro hasta una butaca junto a la chimenea y me hundo en su mullido asiento sobre las piernas dobladas. Grant hace caso omiso de la butaca que tengo enfrente, prefiere caminar arriba y abajo como si fuera un profesional de la marcha atlética.
—Vale —dice—. Vale, vale, vale. He pensado que, ahora que estamos aquí, deberíamos repasar el plan para localizar a Anna.
—Las palabras le salen en tromba y casi ni se le entiende.
Balancea el bolígrafo de forma compulsiva entre dos dedos y está tan agitado que en cualquier momento se le saldrá el alma del cuerpo.
—Veo que has dado buen uso a la cafetera de tu habitación. —Bostezo—. En fin, yo creía que eso ya lo teníamos decidido, ¿no? Vamos al encuentro en la librería. Ese es el plan.
—Correcto. O bien… —no sé cómo, pero sus ojos parecen soñolientos y desorbitados a la vez— la localizamos antes.
—Se deja caer en la otra butaca y me tiende la libreta—.
No podía dormir, así que me tomé la libertad de hacer una lluvia de ideas con todas las formas en que podríamos entrar en contacto con Anna y decirle que está perpetuando un escenario desastroso que les está arruinando la vida a dos inocentes bostonianos.
Inocentes, dice.
—Yo saqué a empujones a un hombre de su coche y secuestré al pasajero, y tú mataste a un tipo con una sartén de hierro; pero vale.
Grant me fulmina con la mirada antes de carraspear y revisar sus apuntes.
—Número uno —lee con convicción—: le mandamos un correo electrónico.
Tiene que estar de coña.
—¿Esa es tu primera sugerencia? ¿De verdad crees que no se me había ocurrido ya?
—Bueno, yo…
—Grant —le digo al tiempo que me pellizco el puente de la nariz—.
Va a estar fuera del mapa hasta que acabe el libro.
Ya he intentado contactarla por todos los medios posibles: Instagram, e-mail, LinkedIn, un foro de asistencia técnica para problemas de wifi en el que estoy casi segura de que posteó algo hace unos años.
Nada. Créeme, puedes saltarte todo lo que suponga contactarla online.
Lo veo soltar una bocanada de aire y volver a ojear la lista. Pasa una página, otra y otra más.
—Vale —termina por decir—. Peinamos sus libros ya publicados en busca de pistas sobre dónde suele ir a tomar algo.
—Todos tienen lugar en localidades ficticias —respondo. Luego añado—: O eso tengo entendido.
—Pues contratemos a un investigador privado, pero uno real, para que la busque.
—¿Tú tienes el dinero que cuesta un investigador privado?
—¡Está bien! —exclama dejando caer la libreta al suelo y poniéndose de pie—.
Pues llamamos a su agente. O a su editor.
Publicista. Ama de llaves. Y si no le transmiten el mensaje, la llamamos a ella.
No puede haber tantos números de teléfono con prefijo de Londres, ¿no?
Estadísticamente, acabaríamos dando con él.
Voy a concederle el beneficio de la duda e imaginar que es la falta de sueño la que habla por su boca.
Al cabo de un momento, la esperanza se esfuma de sus ojos y se deja caer en la descalzadora al pie de mi cama. No puedo evitar sentir una punzada de lástima.
—Mira, tampoco es que estemos tan mal —lo animo—.
Sabemos con exactitud dónde estará la semana que viene y entonces podremos contárselo todo.
Hasta entonces, vía libre, tú llama a donde quieras, pero tenemos que estar preparados para lo que pueda pasar.
—Me levanto y acompaño a Grant hasta la puerta.
Se ve con claridad que tiene mucha menos energía que cuando llegó—.
En tu caso, eso significa que estés a tope con tus predicciones sobre la trama.
Y en el mío, ahora mismo, significa como mínimo dos horas más de sueño.
El despacho de Lesley es cálido y acogedor a esa manera tan inglesa que me hace desear ser una novelista de misterio o un reportero de la vieja escuela, tecleando sin parar en su máquina de escribir.
Madera oscura y paredes verde esmeralda, una chimenea con su fuego ardiendo, butacas pulcramente disparejas.
Y, por supuesto, un estante tras otro de libros.
Es una reconfortante fantasía literaria.
Y, con toda probabilidad, la idea de Grant del paraíso.
Aunque, ahora que lo veo, tal vez sea su personalísima idea del infierno. Está encogido en el sofá, mirando la mesita de centro como si hubiera matado a toda su familia.
Me centro en el surtido de bollería dispuesto en la consola. Lisa se ha estado ocupando de traer té, café y bandejas con comida para desayunar. Teniendo en cuenta las circunstancias, podría ser mucho peor.
—¿Un cruasán? —Se lo tiendo a Grant ofreciéndoselo.
Sin mirarme siquiera, niega con el menor movimiento de la cabeza—.
¿ Scone ? ¿Cuenquito de macedonia? ¿Carbón de la chimenea?
—Cuando levanta la vista con el ceño fruncido, me encojo de hombros—.
Se te ve con tanta presión que, ya que estamos, podíamos sacar un diamante.
—Perdona si se me ve con presión. Es que estoy un pelín estresado.
—Anda, ¿y eso? —pregunto con tono inocente, solo para contemplar su expresión de incredulidad.
Las puertas de caoba se abren de golpe y Lesley entra con los brazos abiertos de par en par. Avanza unos pasos y se detiene sin abandonar su postura.