Capítulo 9 #2
Lesley se encoge de hombros enarcando una ceja, sin confirmarlo ni desmentirlo, y en sus ojos brilla una chispa cómplice que me recuerda al momento en que nos conocimos. Lo que me recuerda que estoy cabreada con él.
—Lo que sigo sin entender es por qué, una vez identificado el asesino, lo invitaste a la escena del crimen, por no hablar de todo lo puto demás.
Lesley junta las puntas de los dedos formando una cúpula sobre la mesa mugrienta.
—Era básicamente una cuestión de tener a los amigos cerca y a los enemigos aún más cerca.
Mi idea era intervenir en el momento clave, agarrar al Demonio de Dewey y salvarte la vida.
—Se sube las gafas y carraspea—. Solo que…
el momento clave se vio, ejem, dificultado por una serie de factores imprevistos relacionados con… la ubicación.
Rememoro el momento previo al golpe de cuchillo que dividió la noche en dos. Pienso en la luz de la luna que entraba en la sala. En los besos lentos en la oscuridad. En el subidón de adrenalina previo, la búsqueda, el misterio…
Me río. Al principio es una súbita carcajada de sorpresa, pero pronto se convierte en un ataque de risa con todo el cuerpo que me agita los hombros.
—Estábamos jugando al escondite —señalo entre carcajadas— y no fuiste capaz de encontrarnos.
Intento recuperar el aliento, pero cada vez me viene una imagen de Lesley corriendo medio desesperado por la biblioteca a oscuras, fracasando estrepitosamente en su intento de participar en un juego al que ni siquiera lo habían invitado.
Buscando bajo las mesas y por detrás de los libros.
Gritando en medio del silencio un exasperado «¡Se acabó el juego, ya podéis salir! ». Y me da otra vez el ataque de risa.
—Ay, madre. —Me enjugo los ojos con una servilleta—. Eres el peor detective del que haya oído hablar.
Lesley me mira desdeñoso.
—¿Cuántos detectives conoces, a ver?
—Yo he leído sobre unos cuantos —tercia Grant—, y he de decir que lo tuyo no tiene muy buena pinta.
—Venga, chicos, un poco de comprensión. —Lisa se cruza de brazos—. En lo que a recopilar información se refiere, debéis admitir que su papel ha sido impresionante. Es solo que… el trabajo de campo no se nos da tan bien.
—En mi defensa diré que tengo una rodilla fastidiada —se defiende Lesley.
—Y miradme a mí —añade Lisa, señalando con gesto vago su pequeña estatura. Incluso sentados, Lesley le saca tres cabezas—. Somos muy buenos a la hora de obtener e interpretar datos. No tanto cuando hay que atrapar a un asesino.
—Casi habíamos dado por perdido a Jack cuando los dos huisteis de la biblioteca —me cuenta Lesley—.
Nos pasamos la mañana rastreando la ciudad en busca del coche, pensando que tal vez habría regresado a la escena del crimen, pero la cosa no tenía buena pinta.
Hasta que… allí estaba. Como si fuera el destino.
«El destino». Bonita palabra para referirnos a Anna y su empeño en no concederme ni una mañana de tranquilidad.
—Imagina nuestra sorpresa cuando vimos que conducías tú y que habías acabado con Jack —reconoce Lisa.
—Bueno, ¿y ahora qué queréis? —pregunto—. Ya os hemos dicho todo lo que sabíamos sobre Jack. Tampoco es que nos sincerásemos el uno con el otro antes de que Grant le arreara un sartenazo.
Grant, a mi lado, se encoge.
—Mujer… —murmura.
—¿Qué? Es lo que hiciste.
—Pero ¿es necesario que seas tan gráfica? Fue un accidente.
—Vale, perdón. Antes de que Grant lo invitara muy amable a abandonar este mundo. —Me vuelvo hacia él—. ¿Mejor así?
—No —responde con la cabeza entre las manos.
Lesley nos interrumpe con un gesto.
—Mirad, me da igual si lo metisteis en un triturador de ramas o lo dormisteis cantándole una nana en un barco a pique.
La cuestión es que lo atrapasteis. Conseguisteis algo de lo que nosotros no fuimos capaces.
Es cierto que lo ideal habría sido no llegar al desenlace fatal y sonsacarle al muy cerdo algo de información. Pero eso para la próxima.
Grant deja escapar un sonido ahogado entre las manos.
—La próxima… —repito, mientras mi estómago comienza a burbujear de la anticipación.
—Esa es la parte interesante —subraya Lisa—. Va a cometerse un asesinato en Londres, donde empezó todo, dentro de dos días.
—¡Mister Page vuelve a casa, nena! —exclama Lesley con los brazos alzados en un gesto triunfal—. Y vosotros dos podéis ayudarnos a atraparlo. El Dúo Dinámico. El Par Sin Par. Los Vengadores.
—Esos ya existen —advierte Lisa.
—Los Otros Vengadores.
Grant, cansado, se frota la cara.
—Todo esto ha sido un error. Nosotros dos ni siquiera nos conocemos. ¡Si estoy aquí es solo porque anoche secuestró mi Uber!
—Da igual; piensa en todo lo que habéis conseguido hasta ahora —responde Lesley—. Habéis escapado de un asesino, y dos veces. Le arruinasteis el plan. Tenéis unas habilidades de huida en coche excelentes. Buena puntería con la pistola… como proyectil, al menos. ¿Y lo de secuestrar coches? Mola.
—Te lo dije… —le murmuro a Grant.
—Shhh —me acalla.
—Para un par de desconocidos que se cruzaron de casualidad, formáis un equipo de lo más sólido —afirma Lisa—.
Y os queremos en el nuestro. Lo único que tenéis que hacer es aparentar ser las víctimas; una vez que vayan a por vosotros, le dais la vuelta a la tortilla, los atrapamos y nos los llevamos para interrogarlos.
Grant suelta una carcajada desdeñosa.
—Ah, bueno, si eso es lo único que hay que hacer…
Me cruzo de brazos.
—¿Por qué querríamos ayudaros?
—¿Justicia? ¿Moralidad? —Lesley se encoge de hombros—. ¿Viajar gratis a Londres, quizá?
Es la última parte, que suelta casi de broma, la que hace que me guarde la respuesta cortante que tenía preparada y me calle. Porque, sin que Lesley lo sepa, ha dicho justo las palabras mágicas.
—Esto no tiene vuelta de hoja, así que explícame por qué parece que te lo estás pensando… o que te ha dado un aneurisma.
Grant y yo hemos salido para debatir a solas la propuesta de Lesley. Una mera formalidad, o eso creía yo. Anna Matthews está en Londres. Londres es la clave para escapar de esta historia. La respuesta no podría estar más clara, ¿no?
Pues según Grant, es todo lo contrario.
—Ni siquiera los conocemos —explica sujetándose el puente de la nariz con el pulgar y el índice—. No podemos largarnos con ellos sin más.
—A ver, conocerlos los conocemos —replico—. Él podría ser Banksy.
—No es Banksy.
—Además, tú fuiste el primero en decidir que debíamos irnos con ellos —le recuerdo.
—Sí, ¡a la cafetería de la esquina! No al otro lado del Atlántico. Lo único que digo es que esta es una decisión importante. Tenemos vidas y responsabilidades. ¿Qué va a pensar la gente si desaparecemos sin más?
Otra vez con lo de las responsabilidades. Bah. De pronto se me ocurre algo.
—¿Qué pasa, que tienes novia y no quieres dejarla atrás?
—No tengo novia —responde con el ceño fruncido.
La verdad es que me sorprende. Es alto, guapo, tiene trabajo y sabe usar una sartén. Eso le daría un montón de puntos en el mercado de las citas.
—Hay muchos otros motivos válidos por los que uno no sigue a unos desconocidos armados hasta otro país —argumenta.
Empieza a enumerar una larguísima lista que podríamos titular «Un “y si” para cada ocasión».
¿Y si perdemos el trabajo? ¿Y si es una trampa?
¿Y si se estrella el avión? ¿Y si la policía nos anda buscando y al salir del país no hacemos más que empeorar las cosas?
¿Y si Lisa y Lesley al final no son los buenos, sino unos diabólicos psicópatas?
Los observo a través del ventanal de la cafetería. Lesley se acaba de pedir otro iced latte y no hace más que tomar un sorbo, poner cara de asco, tomar otro, y suma y sigue. A su lado, Lisa está plegando una servilleta hasta transformarla en un comecocos.
—Muy diabólicos no parecen. —Me vuelvo hacia Grant—. Mira, la mejor forma de acabar con esto es ir al encuentro de Anna que se celebra en Londres el lunes que viene. Una semana, ¿vale? Es todo el tiempo que tendríamos que pasar con esos pringados. Luego, adiós muy buenas.
—Es más de una semana —repone Grant.
—Estaba redondeando. Sabes lo que es redondear, ¿no?
—Pero ¿de verdad tenemos que ir con ellos? Podríamos comprarnos nuestros propios billetes, sin tener que ofrecernos como cebo a unos asesinos en serie.
—La trama nos acabará involucrando igualmente —señalo—.
No sé tú, pero yo prefiero seguir con estos dos, que al menos parecen tener alguna idea de lo que pasa.
Además, tú eres profesor adjunto; yo tengo un trabajo temporal.
¿Alguno de los dos prefiere gastarse lo que cuesta un billete para el día siguiente cuando alguien le ofrece volar gratis?
Grant aprieta la mandíbula de nuevo. Como no ande con cuidado, se va a partir un diente.
—Es la única manera —le digo—. Y lo sabes.
Deja escapar un suspiro trémulo.
—Poco más de una semana infernal a cambio de una vida entera de normalidad —sopesa.
—¿Una vida entera de normalidad? —Arrugo la cara—. Por Dios, Grant. Un poco de optimismo, por favor.
Él vuelve a arrugar el ceño, ahí de pie con su postura de derrota y sus ojos cansados y sus pantalones caqui.
—Estaba siendo optimista.
Bueno, para gustos…
—Entonces ¿estamos de acuerdo? —propongo—. ¿Nos vamos a Londres?
—No tenemos los pasaportes —responde con un último y débil conato de resistencia.
—Habla por ti. Yo nunca salgo de casa sin el mío. —Me alejo para dar un golpecito en el cristal y llamar la atención de Lesley y Lisa—. De camino podemos pasar a por el tuyo.
Nuestros nuevos compañeros nos miran expectantes por el ventanal. Cuando asiento, a Lisa se le ilumina el rostro y empieza a dar palmadas; Lesley sigue tomándose el café con leche y levanta el pulgar con gesto estoico.
Es imposible saber lo que nos espera en Londres, pero sí sé una cosa: de una u otra forma, va a ser una aventura. Y no permita Dios que yo renuncie a una aventura cuando se me presenta la oportunidad.