Capítulo 9
F ue idea de Lesley celebrar nuestra sesión de puesta al día en el Dunkin’ más cercano. Fue culpa de Grant que accediéramos y que ahora estemos sentados como tontos entre destellos rosa chicle y naranja chillón, esperando a que Lesley termine de beberse un iced latte entero de un solo trago.
De vuelta en el aparcamiento, nos habíamos puesto a deliberar tras el baqueteado coche de Jack mientras Lesley y Lisa esperaban en la acera.
—¿Que confiemos en ellos? —le siseé a Grant—. Pero ¿es que se te cayó el cerebro en la autovía? ¿Qué le ha pasado al tío que prefiere ejercer de niñera de un gato a enfrentarse a los problemas?
—No metas a Arthur en esto. Segundo, no es ejercer de niñera, porque es mi gato. Y, tercero, entre acceder a tomar un café y convertirse en un fugitivo internacional hay mucha diferencia.
Para mi desgracia, fue ahí donde decidió jugar la carta del experto en estructura narrativa.
Por lo visto, era demasiado pronto para que nos enfrentáramos cara a cara con el malo malísimo, pero sí podía ser hora de cruzarnos con un mentor o aliado de algún tipo.
Un peculiar detective privado y su alegre asistente encajarían en el concepto, aunque se hubieran pasado la última media hora disparándonos.
Así que llegamos a un acuerdo: primero cumpliríamos con la parte del libro en que escuchábamos lo que tuvieran que decirnos. Y luego ya decidiría yo si llegábamos o no a la parte en que les metía un puñetazo.
El modo en que Lesley sorbe el café hace que me plantee saltar directamente a esa última.
Le prometí a Grant que, como mínimo, escucharía lo que tuviera que decir, pero no puedo librarme del escepticismo.
Entre la ropa de aspecto caro y el pelo gris revuelto, este hombre parece más una estrella del rock retirada que un detective privado.
Y su asistente, con los dos moñitos y la cazadora verde lima con ribetes de piel, parece haber salido treinta años tarde del casting para las Spice Girls.
Diría que es pasarse, incluso para una autora de romántica con cierta querencia por lo extravagante.
Cuando a Lesley ya solo le queda hielo en el vaso, lo deja en la mesa, se lame los labios con delicadeza y pronuncia:
—Sabía a pis.
—Ya —coincide Grant.
Lesley frunce el ceño.
—Creía que a los bostonianos os encantaba este lugar.
—Y nos encanta —respondo yo.
El inglés asiente lacónico y se saca el móvil del bolsillo interior de la chaqueta.
—Bueno. —Pulsa varias veces la pantalla y nos la muestra a Grant y a mí—. ¿Qué veis?
Ambos nos inclinamos hacia el móvil con los ojos entrecerrados.
—Un club de lectura en Facebook —respondo. El Club de Lectura de West Brompton, en concreto. Desciendo por unos cuantos posts, todos ellos citas de libros, con su referencia completa: autor, capítulo, número de página, hasta el ISBN.
—Ah, pero fijaos bien. —Lesley se desliza por la página—. ¿Hay alguna discusión? ¿Debates sobre qué libro leer a continuación? ¿Memes del tipo «Mi club de lectura es más de vino que de libros»? —Se guarda el teléfono con gesto ufano—. Esto, amigos míos, es una red internacional de asesinos.
Puede que eso entre en el top cinco de las cosas más raras que me han dicho en un Dunkin’.
—Como conclusión es un tanto… precipitada —dice Grant.
Lesley chasquea la lengua.
—Venga ya. Pero si es de lo más obvio. No existe ningún club de lectura en West Brompton. Todos esos perfiles son falsos. Las citas son falsas. No coinciden con los libros de los que se supone que proceden.
—Es un código, ¿vale? —Lisa se inclina hacia delante con los ojos echando chispas—.
Lesley lo descifró tras infiltrarse. Los números de página son fechas; los capítulos, horas; los ISBN, coordenadas.
Lugares escondidos a plena vista. ¿Y qué creéis que sucede en esos lugares, en esas fechas y a esas horas?
Lesley da una palmada en la mesa.
—¡Asesinatos! —susurra a un volumen ensordecedor, mirándonos por encima de las gafas de montura negra.
Ni Grant ni yo respondemos de inmediato. Lesley toma un dónut y le da un mordisco, esperando paciente a que procesemos la información. Al cabo de un minuto, enarca las cejas.
—¿En serio? ¿Nada? Pues vale. Pensaba que esto os impresionaría más.
—Shhh. No lo estropees —le advierte Lisa dándole un leve codazo—.
Creemos que es una especie de grupo de apoyo para asesinos en serie.
Un sitio donde los profesionales presumen ante sus colegas y se animan los unos a los otros.
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante: al principio, los posts indicaban asesinatos que ya se habían cometido, la mayoría en el Reino Unido.
Pero luego se produjo un cambio: las publicaciones empezaron a indicar fechas futuras, con la hora y el lugar exactos de asesinatos por cometerse.
—Y ya no aparecen sin más —añade Lesley entre bocado y bocado al dónut—. Los miembros del grupo solo los publican una vez que el administrador los ha etiquetado.
Lisa le pide el móvil a Lesley con gesto impaciente y nos lo enseña, apuntando con una uña amarillo fosforito la pantalla para darse énfasis. Ahí, justo al lado de su dedo, aparece un minúsculo símbolo azul de «Administrador» junto a un nombre: MR PAGE.
Voy a ser sincera: si fuera yo quien está leyendo este libro en el que estoy atrapada, imagino que me saltaría esta parte. No es que prefiera que me disparen mientras conduzco a toda velocidad, pero al menos ese fragmento no era aburrido ni me daba dolor de cabeza.
Me acomodo en la rígida silla de laminado, lista para pasar página. Sin embargo, Lisa baja un poco más y me tiende el teléfono agitándolo.
—¿No te suena esto, por cierto? Es tu publicación.
¿Mi publicación?
Ah, el post que Jack publicó sobre mí.
Es como un sartenazo en la cabeza. Con todas las catástrofes que han ido acumulándose en las últimas horas, llevo como un minuto sin pensar en el intento de asesinato que lo empezó todo.
Justo debajo de la etiqueta de mister Page, Jack Smith (con una foto de perfil de un banco de imágenes) ha publicado:
«De alguna manera, el desamor sienta bien en un lugar como este».
David Foster Wallace, «La broma infinita», p. 282, cap. 22.
ISBN: 423494-710783
Traduzco de cabeza. El 28 de febrero a las diez de la noche.
Imagino que lo siguiente son las coordenadas del que hasta ahora era mi lugar favorito en la ciudad.
Y, para colmo, una chorrada pseudoliteraria para que parezca profundo y molón, incluso entre una audiencia de lo más despreciable.
No sé por qué, pero eso me cabrea aún más que el que haya intentado matarme.
—No me jodas. —Las palabras arden como llamas en mis labios al pronunciarlas—. Pedazo de gilipollas. Pero si eso ni siquiera es de La broma infinita .
Grant me mira sorprendido.
—¿Has leído La broma infinita ?
—No, ¡pero sí vi el anuncio del canal AMC en el que Nicole Kidman decía la frase!
—Mi voz va subiendo de volumen por la indignación, lo que provoca varias miradas de desaprobación de algunos clientes a mi alrededor.
No sé con quién estoy más enfadada: con Jack, por motivos obvios, o conmigo por haber caído en sus redes.
—¿Ahora lo entiendes? —me pregunta Lesley—. Mister Page invita a los asesinos a compartir sus golpes, pero antes de que sucedan.
—Lo que no sabemos es quién es mister Page —reconoce Lisa—, ni por qué parece estar ordenando todos estos asesinatos sin relación.
Lo que sí sabemos es que lo está haciendo ciudad por ciudad.
Ha estado trabajando en lotes, geográficamente hablando: Ámsterdam, Moscú, Nairobi, Hong Kong.
Ha dado la vuelta al mundo y ahora ha llegado a Boston.
—Vale —respondo—. A ver si me entero, ¿mi asesinato habría sido la aportación de Jack a la etapa en Nueva Inglaterra de esta pequeña gira de asesinatos?
—Correcto —confirma Lesley.
—Pues qué bien —digo—. La siguiente pregunta que tengo es ¿por qué coño estabas ayudándolo?
Lesley arruga la cara.
—Ah, ya me imaginaba yo que surgiría la cuestión. Mira, desde que los posts sobre los asesinatos pasaron a ser predictivos, hemos estado siguiéndolos por todo el mundo.
—La idea es impedir los crímenes —tercia Lisa—, atrapar al presunto asesino y averiguar qué sabe para poder llegar a la fuente y detener a mister Page. —Entonces vacila—. Hasta ahora, sin embargo…, no hemos tenido demasiada suerte con la parte de impedir los crímenes.
—Teníamos buenas perspectivas de atrapar al Diezmador del Sistema Decimal Dewey —explica Lesley.
Debo de mirarlo con perplejidad, porque pone los ojos en blanco y añade con tono conciliatorio—: O Jack, si quieres ponerte aburrida.
Al principio fue cuestión de suerte. En cuanto publicaron el post, fuimos a la biblioteca disfrazados de empleados para echar un vistazo e imaginar cómo podría colarse uno para matar a alguien en plena noche.
Pues adivina quién me da un toquecito en el hombro y me pregunta con timidez si podría darle información sobre cómo acceder a la biblioteca fuera del horario de apertura.
Un escalofrío de repugnancia me atraviesa entera al recordar esa sonrisita tímida. Me enfurece que le funcionara conmigo. Que nunca llegara a reconocer que se trataba de un arma.
Grant niega con la cabeza.
—Así que ¿estaba dispuesto a cometer el crimen incluso antes de haber solucionado el problema logístico? ¿Por qué?
—Temeridad —respondo con amargura.
Grant se vuelve hacia Lesley.
—¿Cómo conseguiste tú acceder por la noche si no trabajas allí?
Lesley agita una mano como quitándose importancia.
—Soborné a los de seguridad. Soy un hombre muy rico. ¿Has oído hablar de Banksy? —Se apunta a sí mismo y se pone a silbar una pequeña melodía de dos notas, como si llamara a un pájaro.
—No —exclamo con voz ahogada.
—No —contesta Grant con mayor decisión—. Eso no es verdad.