Capítulo 8 #2
Grant me mira con los ojos desorbitados mientras accedemos a la autovía a una velocidad endiablada. La calzada se extiende ante nosotros, no hay donde girar o esconderse.
—¿Perdona?
—Vamos a intercambiarnos los asientos. No hay otra. Desabróchate el cinturón.
—¡¿Cómo?!
—¡Que te desabroches el cinturón!
—¡No puedo! ¡Estoy ocupado!
Arrugo la cara cuando el tipo del SUV anuncia su llegada a la autovía con un nuevo disparo.
—Eres el único presente que haya aprendido nunca a usar una pistola.
—Ya, y que se encargó de olvidarlo todo excepto cómo inutilizarlas.
—¡Pues ya es más de lo que yo sé! No he disparado con nada que no sea un láser. Los dos sabemos que es más probable que le acierte a un espectador inocente, y eso cargará sobre tu conciencia, Grant. Así que ¡desabróchate el cinturón de una vez!
Grant aprieta la mandíbula y, al cabo de unos instantes de tensión, suelta algo a medio camino entre un gruñido y un chillido.
—Vale —espeta—. ¿Cómo ves tú que esto vaya a funcionar?
No respondo…, más que nada porque no lo sé, pero decido que ya se me ocurrirá algo.
Paso el brazo por encima de él y apoyo la mano en la puerta.
Con todo el cuidado que una puede poner mientras va a tres mil por hora por la autovía, me aprieto por delante de él, haciendo lo posible por no impedirle la visión.
El SUV va quedándose atrás, a suficiente distancia como para dejar de disparar, pero es solo cuestión de tiempo.
Tomo el volante y retiro las manos de Grant, perfectamente situadas a las diez y a las dos, antes de apartar su pie del acelerador con el mío.
—¿Puedes quitarte?
Grant chasquea la lengua mientras se escurre con torpeza por detrás de mí.
—Lo estoy intentando —gruñe—, pero digamos que tengo tu culo en medio.
—Lo siento. Si hubiera sabido lo que íbamos a hacer hoy, me habría traído un culo más pequeño.
Grant termina por arrastrarse sin ninguna gracia y aterriza hecho un gurruño de largas extremidades en el hueco del pasajero, sin dejar de jurar en arameo. Cuando por fin se incorpora, el cambio de asiento queda completado. Lanzo un aullido triunfal.
—Tienes que admitir que ha molado muchísimo —le digo mientras él se coloca en posición y toma la pistola—. Casi tanto como cuando yo…
—Ni se te ocurra acabar la frase. —Hay en su voz un deje de advertencia, pero cuando lo miro de reojo, casi rompo a reír.
Puede que sostenga una pistola, pero su mirada y su mandíbula prieta dan más impresión de «como te pases, te planto un suspenso» que de «tengo un arma y estoy dispuesto a usarla».
Cruzo hasta el carril de adelantamiento para que Grant tenga mejor visión del SUV, que se nos va aproximando por la derecha.
Toquetea la pistola, tira de no sé qué piezas con renuencia, pero sabiendo lo que hace, y a continuación suelta el aire y parece aliviado.
O todo lo aliviado que puede parecer uno mientras huye de un atacante en el coche de un tipo muerto.
—Gracias a Dios —dice—, no está cargada.
—¿Cómo que «gracias a Dios», Grant?
—Es que no quiero disparar a nadie, Roxie —me suelta.
Yo intento interponer mayor distancia entre nuestro coche y el SUV, pero hay un camión articulado en el carril de la derecha y un descapotable rojo a paso de tortuga delante de nosotros, con una pegatina que dice SERVICIO DE TAXI DE LA ABUELITA y seis monigotes, representación de otros tantos niños, adornando el parachoques.
—¡¡¡Aparte!!! —vocifero haciendo sonar el claxon al tiempo que me pego al descapotable. La conductora, con su esponjoso cabello blanco ondeando al viento, me hace una peineta.
El corazón se me sube a la garganta cuando veo el SUV acercándose cada vez más. Grant murmura nervioso, con los hombros encogidos hasta las orejas, mientras enarbola el arma como si fuera capaz de hacer cualquier cosa.
El SUV se pone a nuestra altura, pero cuando en mi cabeza ya me estoy preparando para lo peor, el conductor nos mira con sorpresa y baja el arma. Y luego baja la ventanilla.
—¡¡¡Parad!!! —le oigo gritar a pesar del viento.
—¡¡¡No!!! —gritamos Grant y yo al unísono.
El hombre frunce el ceño y vuelve a gritar algo que suena más o menos a «¡o paráis o disparo!». Aunque no estoy segura, sus palabras me provocan un escalofrío que desciende por la nuca.
Y entonces, con un gruñido por el esfuerzo, Grant hace algo increíblemente estúpido e increíblemente oportuno: lanza la pistola por la ventanilla. El hombre se agacha para esquivarla, pero se le va el volante y me deja el espacio justo para adelantar por la derecha.
Nos dirigimos volando hacia la salida, y casi no me lo creo: vamos a salir de esta. O, como mínimo, de la maldita autovía. Creo que jamás en la vida he sentido semejante subidón.
Entonces oigo un nuevo restallido. Nuestro coche se tambalea y vira hacia la cuneta, fuera de control.
—Pero ¿qué…?
—Le han dado al neumático —masculla Grant sujetándose con un brazo contra el techo.
El coche se sale de la autovía. Grant chilla como si fuera montado en una montaña rusa camino del infierno mientras giramos descontrolados por la curva de la rampa de salida de la autovía.
No sé cómo consigo escorarme hacia la carretera y maniobrar para tomar la primera salida a la derecha, que resulta ser…
el aparcamiento de un edificio de apartamentos. Es decir, un callejón sin salida.
Se oye un chirrido cuando el SUV se detiene detrás de nosotros, acorralándonos.
El silencio dentro del coche podría cortarse con un cuchillo. Ninguno de los dos nos movemos.
—¿Qué parte del libro dirías que es esta? —pregunto en voz baja.
—La parte en que estamos jodidos —responde.
Las puertas del coche a nuestras espaldas se cierran con un fuerte golpe.
Al darme la vuelta, veo cómo el hombre y la mujer caminan hacia nosotros.
Para ser un par de personajes siniestros, tienen un aspecto sorprendentemente informal.
Modernete, incluso. Él lleva una americana a medida encima de una camisa con estampado de cebra, con los primeros botones abiertos; ella tiene el pelo rosa y unas botas de combate fosforescentes a juego.
Con la respiración acelerada, alargo la mano al tirador.
—¿Qué haces? —sisea Grant—. ¡Uno no se baja del coche!
—Eso es para los controles de tráfico. Estoy bastante segura de que no es aplicable al enfrentamiento con unos villanos de ficción.
—Pero…
—No voy a morir en el coche cutre de un asesino frustrado —respondo—. Tú quédate dentro si quieres.
Grant se lo piensa unos segundos, con el semblante un poco verdoso, antes de meter una mano por dentro de la chaqueta y agarrar el tirador con la otra.
—¿Y tú? ¿Qué haces?
—Tal vez piensen que tengo otra pistola escondida —responde en un áspero susurro.
Abrimos las dos puertas al mismo tiempo y rodeamos el vehículo.
—No os acerquéis más —les advierte Grant con voz temblorosa.
Nuestros enemigos se disponen a detenerse, y solo entonces me doy cuenta de que el hombre lleva las manos vacías.
Levanta las palmas en un gesto de buena voluntad antes de abrirse la chaqueta, dejando entrever que tiene la pistola de antes, y otra más, enfundada a la cadera. Hay algo en él que me suena.
—Siento los daños en el coche —nos dice. Todo en él, desde el acento británico hasta la actitud relajada, transmite indolencia—. Solo queríamos llamaros la atención.
—No vamos a haceros daño, prometido —nos asegura la mujer, con un brillante y alegre acento londinense.
De pronto siento una enorme empatía por el escepticismo que Grant mostraba anoche.
—Cuando uno quiere llamar la atención, hace sonar el claxon —replico—. Parecía más bien que queríais matarnos.
Al hombre se le escapa una risita mientras se señala las pistolas.
—¿Cómo? ¿Con esto? Pero si no son más que Higgins y Wiggins. No sirven para matar. Son solo para emergencias y para fardar.
—¿En serio? ¿Por eso nos gritasteis «o paráis o disparo»?
—Por no decir que nos dispararon, varias veces —añade Grant.
—No, no —replica el hombre con un dejo de impaciencia—. Lo que dije era «no voy a dispararos». En realidad no os apuntaba a vosotros, solo quería que no os alejarais. Y ahora me alegro por ello.
Se sube las gafas de sol hasta lo alto de la cabeza y señala con un gesto a la mujer que lo acompaña.
—Esta es Lisa Roant, mi asistente. —Ella sonríe de oreja a oreja y nos saluda con la mano. El hombre apoya los puños en las caderas y adopta una pose tan arrogante que resulta casi cómica—. A mí podéis llamarme Burns.
—Podéis llamarlo Lesley —nos dice Lisa antes de lanzarle una mirada de «déjate de chorradas»—. Pasad del Burns, guapis.
Él deja escapar un suspiro exasperado.
—Vale. Soy Lesley. Lesley Burns. Detective Lesley Burns.
Cuando me sonríe, caigo en la cuenta. Una gélida descarga eléctrica baja por mi espalda.
—No, no lo eres —respondo—. Eres el tipo de la biblioteca.
Veo de soslayo cómo Grant se remueve, llevándose la mano a la chaqueta.
—¿Quién?
—El tipo que conocía Jack, el que nos dejó entrar en la biblioteca. Trabaja allí. No es detective. Es su cómplice.
Lesley se ríe.
—Y que te lo creyeras no hace más que confirmar lo bien que me infiltro. Espero que me dejes una buena puntuación en Yelp. Pero no, no estaba ayudando a Jack, y tampoco trabajo allí.
—¡Claro que sí! Pero si llevabas el distintivo y todo.
—¿Te refieres a esto?
Se mete la mano en el bolsillo y me arroja algo que atrapo en el aire. Me quedo mirando las palabras impresas en la tarjeta, algo descentradas, y las leo en alto:
—¿«Bibliteca Púbica de Boxton»?
Lisa suspira.
—No pude hacerlo mejor en tan poco tiempo. De todas formas, en el momento nadie se fija en esos detallitos.
—Tú, desde luego, no te fijaste. —Lesley me sonríe abiertamente—. Y Jack tampoco.
Le lanzo el distintivo, apuntando a la cara. Para mi desgracia, lo coge al vuelo.
—Bueno, dime, ¿dónde está el Despreciable Ligón de los Libros?
Entonces enderezo los hombros.
—Lo mandamos con billete de solo ida a la bahía de Ipswich —respondo intentando sonar amenazadora. Grant se estremece a ojos vista, pero Lesley y Lisa tan solo parecen impresionados.
—Bien hecho —me felicita Lesley—. Escuchad, tenemos mucho de lo que hablar, pero ya llegaremos a ello. Os aseguro que estamos de vuestra parte. Intentamos acabar con esos cabrones.
¿«Cabrones»? ¿En plural? Una sensación incómoda se desliza por mi estómago. Grant mueve los pies, pero se asegura de dejar quieta la mano.
—¿Qué sois, del MI5?
Lesley arruga el ceño.
—No como tal.
—¿FBI?
—No, por Dios.
Se hace el silencio. Grant inspira hondo, como para infundirse ánimos, como si supiera que la respuesta a su siguiente pregunta podría suponer el fin de la vida que ha conocido hasta el momento.
—¿No serás… —pregunta con lenta cautela— un estrafalario detective privado con un asunto peliagudo entre manos que necesita desesperadamente nuestra ayuda?
El rostro de Lesley se ilumina.
—¡Justo! Has dado en el clavo.
Grant deja caer la mano vacía que escondía por dentro de la chaqueta y se vuelve hacia mí.
—Vale —murmura resignado—. Estamos dentro de una novela.