Este libro puede matar Capítulo 8
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Capítulo 8

E sto es ridículo —se queja Grant desde el asiento del conductor del coche de Jack—. No podemos largarnos a un país extranjero así, como quien no quiere la cosa.

—¿Por qué no? Yo lo hago cada vez que me lo puedo permitir. —Bostezo y reclino mi asiento—. Dejé plantada la ceremonia de graduación de la uni por un billete de último minuto, baratísimo, a Marruecos.

Quiero usar el breve trayecto para descansar, para hundirme en el asiento calefactado y templarme un poco los huesos.

Grant lo está usando (¡menuda sorpresa!) para seguir flipando.

Con los pies en el salpicadero y la luz del sol matutino pintando trazos rojizos sobre mis párpados cerrados, casi puedo bloquear su sonido y fingir que el coche lo maneja una máquina de ruido blanco con ansiedad.

Grant enumera los motivos por los que no puede ir a Londres, ninguno de ellos lo bastante convincente.

Nos dirigimos a su apartamento, pero solo para recobrar fuerzas y dar de comer a su gato, dice, pero no voy a dudar en buscar el pasaporte por todo el piso y secuestrarlo de nuevo si hace falta.

Puede que haya una luz al final de este túnel, pero el camino sería demasiado largo sin mi consultor sobre ficción criminal.

—Mmm… —digo en respuesta a su última objeción, fuera cual fuera.

—Lo digo en serio —advierte, ahora con mayor firmeza—. Yo no voy.

Con un gruñido impaciente, me incorporo y lo miro.

—Entonces ¿qué sugieres? ¿Nos quedamos aquí?

¿Dejamos que la retorcida trama de Anna se desarrolle a saber por cuánto tiempo?

—La nuez de Grant sube y baja al oír mi sugerencia, así que aprovecho para que mi voz suene aún más dramática.

Me inclino hacia él con los ojos como platos—.

Podrías pasarte semanas, meses, incluso años, guardándote las espaldas.

Esquivando intentos de asesinato. Huyendo de explosiones a cámara lenta.

Él me mira incómodo.

—Vale. No me acaba de gustar lo entusiasmada que suenas al decirlo. —Puede que esté sonriendo, así que me obligo a curvar la boca hacia abajo—. Además, estás pensando en películas de acción. En las novelas, nadie huye a cámara lenta. No tendría sentido.

—Claro que sí.

—¿Cómo? ¿Cómo haces que alguien se mueva a cámara lenta en una novela?

—Así: «Y entonces se alejaron, a cámara lenta».

En su cara sigue dibujada una máscara de escepticismo.

Me vuelvo a recostar en el asiento, cruzada de brazos.

No hay argumento que este hombre no me pueda desmontar.

Tal vez debería dejarlo plantado e irme yo sola a ver a Anna.

Que se quede y se pase a saber cuánto tiempo sintiéndose culpable, sobresaltándose al menor ruido, sudando cada vez que ve a alguien con mala pinta o un coche sospechoso.

Como el que tenemos justo detrás, por ejemplo.

Miro por el retrovisor lateral. Un hombre maduro, con gafas de sol de aviador, conduce un SUV negro, con una mujer en el asiento del pasajero. Los dos miran fijamente hacia delante. Cuando Grant gira a la izquierda en la intersección, el SUV hace lo mismo.

—Ajá —digo.

—¿Qué pasa?

—Solo por saber —digo—, en teoría, ¿que nos siguiera un coche contaría como «un poco de acción»?

Los ojos de Grant se vuelven disparados hacia el retrovisor central, luego hacia el lateral y, de nuevo, al central.

—Ay, Dios —pronuncia de esa forma que precede a un nuevo arrebato de histeria.

—Grant, relájate —le digo—. Puede que no sea nada. —Ahora me arrepiento un poco de haber empujado a mi conductor a un ataque de pánico estando al volante.

Grant gira a la derecha para acceder a una calle secundaria.

El SUV lo imita. Suelto un largo suspiro; Grant, una retahíla de obscenidades.

Gira de nuevo. El SUV lo sigue. Sugiero que vuelva a hacerlo, sin poner el intermitente.

Es evidente que la idea lo incomoda, pero, aun así, lo intenta.

Incluso acelera unos respetables tres o cuatro kilómetros por hora.

Pero no sirve de nada. Cada vez que maniobramos por las calles, el SUV repite nuestros movimientos.

Grant mira por el retrovisor con los ojos entrecerrados y la cara cada vez más pálida.

—¿Querrán decirnos algo?

Me giro para ver. En efecto, parecen estar diciendo algo, aunque no puedo saber el qué, claro. Y tampoco parecen contentos.

—Puede que no sea nada —sugiero—. Tal vez nos dejamos un vaso de café encima del techo y quieren hacérnoslo saber.

—¿Tú te has dejado un vaso de café encima del techo?

—… No.

Grant traga saliva, esa es su respuesta.

—Puede que se hayan perdido y quieran preguntarnos.

—O puede que sean los malos y quieran matarnos —replica Grant, que agarra el volante como si fuera a estrangularlo.

—O puede que quieran convencernos de extender la garantía del coche —propongo.

—Sí, o puede que sean, atención, los malos y quieran, fíjate tú, matarnos.

Levanto las manos, rendida.

—Vale, si quieres ponerte en lo peor, por mí bien.

Pero tal vez no deberíamos adelantar acontecimientos.

—El semáforo que tenemos delante se pone en rojo y Grant maldice entre dientes al tiempo que se detiene.

Yo intento no hacer caso del SUV que se nos aproxima por el espejo retrovisor—.

Lo único que hacen es ir por la misma ruta que nosotros.

Podría haber un montón de motivos, algunos de ellos incluso no maliciosos.

Además, ¿qué van a hacer, seguirnos hasta matarnos de cansancio?

Me giro para observarlos con mayor atención. Es entonces cuando veo al hombre que conduce agacharse con el ceño fruncido y levantar un objeto brillante.

—¡Un arma! —grito—. ¡Tiene un arma! ¡¡¡Vámonos!!!

Se diría que he pronunciado las palabras mágicas.

Grant atraviesa volando la intersección.

Pone el intermitente a la izquierda y gira a la derecha para engañar a nuestros perseguidores, y por un momento parece haber funcionado.

Pero entonces hacen un cambio de sentido; las ruedas chirrían, se oyen bocinazos a nuestro alrededor.

No sabría decir con exactitud cuándo se produce el primer disparo, pero el fuerte restallido hace que, de forma instintiva, nos agachemos y gritemos. Grant se pone de lado para mantener el control del volante, sin dejar de maldecir.

—¿Quiénes son? —Vuelvo la vista a nuestras espaldas, pero no hay nada que permita la más mínima identificación, más allá del evidente desprecio con que el tipo de la boca fruncida nos apunta con el arma.

Suenan nuevos disparos rebotando contra metal mientras nos precipitamos por callejones y carreteras secundarias, alejándonos cada vez más de nuestro destino.

—No sé quiénes serán, pero dudo que esta sea su primera persecución en coche —masculla Grant con los dientes apretados—. No consigo quitármelos de encima. ¿No hay nada en el asiento trasero que podamos usar? ¿Algo que podamos lanzarles, quizá?

Lo miro con incredulidad.

—Sí, de hecho, hay una caja llena de cáscaras de plátano.

—¿En serio?

—¡¡¡No!!! ¡Ni que esto fuera Mario Kart !

—Anda, ¿ahora me vienes con que copiar las estrategias de un videojuego no resulta práctico en la vida real?

—Cállate —le suelto, pero entonces veo de reojo algo que asoma desde el asiento trasero. Algo metálico. Con un gatillo. Y aunque ahora mismo parece nuestra única esperanza, el estómago se me revuelve. Cojo el objeto con cuidado, sujetándolo con el índice y el pulgar como si fuera un pañal sucio.

—Esto… Puede que haya encontrado algo.

Grant echa un vistazo a la pistola mientras gira el volante para esquivar otra andanada de disparos. Atravesamos un callejón y salimos de vuelta a la calle principal, para horror de los peatones en la acera, que empiezan a gritar.

—Mierda —sisea Grant—. ¿Sabes disparar?

—No, y tampoco quiero aprender —respondo. Hasta las armas de plástico que usamos en las clases de Uri me ponen nerviosa, por lo que he aprendido a desarmar al enemigo tocándolas lo menos posible. Horrorizada, miro a Grant—. ¿De verdad insinúas que debería disparar a esa gente?

—¡No! —protesta virando de golpe para esquivar a un ciclista. El SUV hace un movimiento idéntico segundos más tarde—. Pero tal vez podrías intentar acertarle al coche o algo, solamente para frenarlos.

Observo la pistola con desconfianza y, a regañadientes, la sujeto como he visto hacerlo en las películas. La sensación en mis manos es extraña, antinatural. Veo por la ventanilla cómo rebasamos los edificios a toda velocidad.

El tráfico peatonal se reduce a medida que nos acercamos a la autovía, pero es muy posible que le dé a alguien intentando disparar al SUV. No tengo ningún interés en herir a nadie… o algo peor.

El hombre que nos persigue no parece tener tantos escrúpulos, o puede que se fíe mucho más de su puntería. Una vez que adelantamos a un Mini Cooper, lanza una nueva descarga. Grant y yo nos tensamos.

—¿Y si agito la pistola con ademán amenazador? —Cuando hago una demostración, Grant se encoge sobre el volante intentando protegerse.

—¡Joder! —chilla—. ¡Al menos comprueba primero que el seguro esté puesto!

—¿Qué parte del modo en que sujeto la pistola te hace pensar que sé hacer lo que me dices? —La voz me sale aguda y acelerada.

Grant maldice y se limpia el sudor de la frente.

—Yo te enseño.

Casi se me cae la pistola del susto.

—¿Eres pistolero?

—No soy «pistolero» —replica enfadado al tiempo que le corta el camino a una camioneta para meterse en el carril de incorporación—. A mi padre le gustaba tirar. Intentó enseñarme cuando era pequeño.

Eso tiene más sentido. Me cuadra que Grant aprendiera todo lo que sabe sobre armas en contra de su voluntad. Aun así, el caso es que lo aprendió.

Los dos nos sobresaltamos y maldecimos cuando una bala destroza el cristal de la ventanilla. Sin pensármelo dos veces, dejo la pistola en el salpicadero, me desabrocho el cinturón de seguridad y me levanto del asiento.

—Cambio de planes —anuncio—. Yo conduzco y tú disparas.