Este libro puede matar Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Sí. No te estreses demasiado. Eres la protagonista. Es casi probable que Anna no quiera matarte a propósito.

Diría que todo el aire se ha evaporado de la cafetería.

—¿Cómo que… «es casi probable»?

—Ya… —Le Regalante se encoge de hombros—. A ver, lo siento, nena. Yo no prometo nada.

Grant inspira trémulo.

—Pero ¿y yo? Yo no soy de ficción. Ni siquiera debería estar aquí, y mira… —Casi puedo oírle decir: «Ahora soy un homicida que huye de la justicia».

Le Regalante lo mira con los ojos entrecerrados mientras tamborilea sobre el mostrador con las uñas de purpurina.

—En tu caso, sí puedo ofrecerte algo. Pero debes escucharme con atención. —Se inclina hacia delante con expresión casi solemne y susurra como si compartiera un gran secreto—: Ajo y agua.

Los dos nos quedamos ahí parados, en silencio y boquiabiertos, mientras le Regalante sonríe y nos tiende los cafés.

—¿Algo más?

Yo no acierto a responder. La voz de Grant suena ahogada:

—Un bagel de pasas y canela. Por favor.

Estamos de vuelta en el banco del parque, consumidos por un terror existencial. Los cafés se han enfriado; el bagel sigue entero.

—Entonces… —termino por decir—, ¿ahora ya me crees?

Grant permanece callado un momento.

—No sé qué creer —responde—. Tal vez me ha dado un infarto y estoy soñando, en una especie de último coma antes de apagarme del todo. Eso en el mejor de los casos.

Le doy un pellizco y se aparta con una palabrota.

—En los sueños no se siente dolor —señalo.

—Una vez más, eso no es cierto. En serio, ¿de dónde sacas esos datos sobre los sueños?

—Ni idea. La cuestión es que esto es real. Ya has oído a le Regalante: estamos atrapados hasta el desenlace.

—Esto es ridículo —suspira Grant—. No puedo abandonar todas mis responsabilidades para jugar a los prófugos. Tengo una vida a la que regresar.

Cuando se frota la cara con la mano, no puedo evitar pensar que parece de todo menos entusiasmado con la idea.

—Bueno, pues te tomaste unas vacaciones en el momento en que me subí a tu Uber —respondo—. Que, he de decir, moló un montón.

—Ya, pues a mí no me lo pareció —replica Grant con la cabeza entre las manos.

—Me refiero a mí —aclaro—. ¿Sacar al tío aquel del coche, a lo Grand Theft Auto ? Lo más molón que he hecho en la vida, con diferencia.

Grant levanta la cabeza lentamente y me mira; sus labios forman una fina línea. Por el modo en que el sol se refleja en sus ojos castaño tostado, casi me parece ver las llamas del desconcierto ardiendo en ellos. Me encojo como arrepentida de lo que he dicho.

—¿Demasiado pronto para reconocerlo?

—Estás loca —dice—. Pero de remate.

Agito una mano quitándole importancia.

—Pues vale. Centrémonos en lo importante. Por ejemplo, qué va a pasar ahora.

Paciente, lo miro esperando a que aporte un mínimo de sus vastos conocimientos, y él me sostiene la mirada. Es como verse en un espejo, hasta que sus cejas se enarcan al percatarse de lo que pretendo.

—Ah, ¿que quieres que te lo diga yo? Y yo qué sé.

—¡Eres el experto en el género! Venga, tampoco te estoy pidiendo que lo predigas con exactitud, pero ¿qué deberíamos esperarnos ahora?

La carcajada burlona que suelta me toca un poco las narices. Como si yo quisiera verme en esta situación, bombardeándole a preguntas sobre convenciones del género. Puede que sea culpa mía que se haya visto implicado, pero tampoco es que yo lo pidiera. Al final suspira.

—Supongo que… las cosas han estado más o menos tranquilas desde anoche. Así que lo siguiente sería que se produzca un poco de acción. Algo que haga subir el tono.

Subir el tono… Fenomenal.

—Así que no estamos lo que se dice a salvo.

—No —responde. Las sombras oscuras por debajo de sus ojos resultan aún más pronunciadas bajo la cruda luz matutina—. No estamos lo que se dice a salvo. —Deja escapar una carcajada áspera y desprovista de humor—. Aunque, según le barista del infierno, es probable que tú acabes bien.

—«Casi» probable —lo corrijo—. Y tampoco lo sabemos. Es evidente que Anna Matthews ha apostado por el caos en su nueva novela. A saber qué tiene previsto.

Solía admirar la habilidad de Anna para sorprender a los lectores, incluso dentro de las reglas del «te quiero, me quieres, vivamos felices y comamos perdices» de la novela romántica.

Era de las cosas que más me gustaban de su escritura.

Todo esto, claro, antes de que descarrilara y nos arrastrara a Grant y a mí como un par de peleles.

Claro que también podríamos parar el tren.

«Haced que Anna Matthews deje de escribirlo», dijo le Regalante.

Arrollada por una oleada de determinación, saco el móvil.

Entro a toda prisa en Instagram y, para mi desgracia, veo que no hay notificaciones.

Es probable que Anna ni siquiera haya visto mis comentarios de anoche, como para responder.

Así que me voy de cabeza al buzón de entrada.

Ha llegado el momento de enviar un mensaje directo.

Por las buenas o por las malas, voy a contactar con Anna.

Me niego a que termine de escribir esta historia.

Hola, Anna: Me llamo Roxie Mitchell. Te va a parecer una locura, pero estoy atrapada en tu próxima novela. ¿Podrías ponerte en contacto conmigo cuanto antes? Gracias.

Lo releo y añado:

(Es urgente).

Me quedo mirando la pantalla unos segundos.

No sé por qué, pero cuando lanzo el mensaje a la inmensidad virtual no me parece tan útil como esperaba.

La sensación es menos la de una hoguera prendida para mandar un SOS desde una playa desierta y más la de una minúscula cerilla que se extingue en la oscuridad.

Acto seguido, vuelvo al perfil de Anna, donde encuentro una nueva publicación.

No es una foto, sino un fondo sólido con un texto sobrescrito: dos fechas, dos horas y dos nombres de librerías. Leo el pie de la imagen:

¡Hola, corazones! Gracias por todo el cariño.

Tras unos años difíciles, me lo estoy pasando en grande escribiendo esta novela: no hay nada como una espeluznante historia de asesinatos y el apoyo de miles de lectores para levantarle el ánimo a una.

Estoy a punto de desaparecer en mi exilio escritor, pero este mes saldré de la cueva en dos ocasiones para visitar La Trama Perdida y Libros Bramble, donde hablaré sobre el proceso de escritura y firmaré mis anteriores títulos.

Y puede que hasta os muestre un adelanto de «El beso de la muerte». ¡Espero veros por allí! Besos

Antes de haber acabado de leerlo ya le estoy dando golpecitos a Grant en el brazo.

—Ay, ¡ay!, ¡¡¡ay!!! —se queja.

—Tenemos nuevo plan —anuncio—. Si Anna no responde a mis mensajes, iremos a ella. Mira.

Le tiendo el teléfono. Lee el post entrecerrando los ojos antes de mirarme con el ceño fruncido.

—Esas librerías están en Londres —señala—. Y falta más de una semana para la primera cita.

Sonrío de oreja a oreja.

—¿No decías que te gustaría viajar más?