Este libro puede matar Capítulo 7
21%

Capítulo 7

E stás poniendo nerviosa a la gente —masculla Grant.

Aún es pronto, pero Boston Common está a reventar de madrugadores con ganas de aprovechar el fin de semana. Por lo visto, a la mitad de ellos más o menos ya les he puesto los pelos de punta.

Resoplo impaciente. ¿Me he pasado la última media hora mirando a los ojos de desconocidos con más intensidad de lo considerado socialmente aceptable?

Sí. ¿El músico callejero que tenemos delante está retrocediendo con paso cauteloso y la voz con que hace beatboxing ha empezado a temblar?

Puede. Pero así son las cosas cuando tu vida depende de una búsqueda y la única pista son un par de ojos tormentosos.

Recorremos el sendero con paso de todo menos victorioso. Hemos peinado cada metro cuadrado del parque, hemos comprobado las esquinas de cada calle adyacente, hemos echado un vistazo en cada callejón. Nada.

Derrotada, me dejo caer en un banco.

—No está.

Grant se sienta a mi lado y observa nuestros alrededores con el ceño fruncido y sin parar de rebotar la rodilla.

—No podía ser tan sencillo —suspira—. Un ente mágico que concede deseos no iría por ahí entregando tarjetas de visita con sus datos de contacto.

No me puedo creer que hace una hora el plan me pareciera infalible.

Que me encontrara a le Regalante una segunda vez fue pura suerte.

Si se metamorfosea y concede deseos, ¿quién dice que no pueda teletransportarse?

Ahora mismo podría estar en cualquier parte: Francia, Japón, Worcester.

Puede que esté flotando en alguna dimensión alternativa mientras Grant y yo permanecemos atados a la realidad, viendo cómo nuestro plan se desintegra como algodón de azúcar bajo la lluvia.

Peor aún, voy a perder a mi único aliado.

Sin le Regalante, estoy atrapada en esta historia hasta que Anna Matthews escriba «fin».

No puedo esperar que Grant decida quedarse dentro de una novela llena de crímenes y peligros.

En cualquier momento dejará de rebotar la rodilla con nerviosismo, se levantará y dirá: «Adiós. Cero encantado de haberte conocido».

Me froto las sienes, tratando de idear un nuevo plan. Lo único que me sale es un bostezo.

Grant se pone en pie, estira los largos brazos por encima de la cabeza y echa un vistazo al reloj, una sencilla esfera redonda con correa de cuero marrón.

Le otorga cierto aire intelectual, como si su lugar estuviera en alguna parte abriendo las páginas de un periódico, y no adentrándose en el caos conmigo.

—Necesitamos cafeína —anuncia.

Lo miro sorprendida.

—¿En serio?

—En serio. Llegados a este punto, necesitamos un día entero durmiendo y luego meses de terapia. Pero podemos empezar con la cafeína.

Me levanto de un salto más vigoroso de lo que, a estas alturas, debería ser capaz.

—Pues a por cafeína. —Me saco la tarjeta de crédito del bolsillo—. Invito yo.

Grant me lanza una mirada lacónica.

—Sería lo que me faltaba; por supuesto que invitas tú.

Después de lo sucedido a lo largo de las últimas diez horas, casi se me hace raro poner el pie en la cafetería del final de la calle, un lugar acogedor en el que la gente bebe a sorbitos en sus tazas redondas mientras en el aire flotan versiones acústicas de canciones pop.

Pero, dado que es un local que ofrece comida, no voy a quejarme.

—¿Te apetece compartir un bagel ? —le propongo a Grant mientras repaso el menú. Él murmura no sé qué—. Los tienen normales, con semillas de amapola, queso de Asiago… Yo soy más de pasas y canela. Puede que tengan alguno en la cocina.

—Roxie…

—Vale, pues normal. ¿Cómo lo quieres? ¿Tostado? ¿Con queso crema?

—¡Roxie!

—¿Qué? —Exasperada, me giro. Grant está petrificado delante de la caja registradora, como si acabara de establecer contacto visual con Medusa. Sigo su mirada y, al llegar a la persona que nos atiende, yo también me quedo de piedra.

Rostro redondo, con un atisbo de barba.

Pelo negro, rapado.

Rímel corrido alrededor de unos ojos rasgados azul hielo, inconfundibles.

Cuando logro moverme de nuevo, me abalanzo.

—¡Tú!

Su rostro se ilumina al reconocerme. Entonces me mira, luego observa a Grant, me vuelve a mirar y abre la boca con expresión escandalizada y divertida.

—¡Madre mía! —exclama con voz ahogada al tiempo que levanta la mano abierta («¡quietos todos!») y apunta a Grant con el dedo. Entonces articula sin producir sonido alguno: «¡¿Es él?!».

—No, no es «él» —mascullo entre dientes—. Este es el tipo que secuestré sin querer después de que «él» intentara ¡clavarme un puto cuchillo en el pecho!

—Tal vez deberías bajar un poco la voz —me advierte Grant, disimulando entre toses.

No le hago el menor caso.

—Nuestra amiga Anna está escribiendo una novela negra.

Le Regalante ahoga un gritito digno de los mejores escenarios y se lleva la mano abierta al pecho.

—Guau. Girazo de guion. —Se aleja contoneándose tras el mostrador, llena dos vasos de papel y añade varios chorros de diversos jarabes que, estoy segura, Grant no ha pedido—.

Es que te lo juro, ¿podemos pararnos un momento y apreciar lo valiente que es por atreverse a probar un nuevo género?

Se ha dicho: «Nadie va a encasillar a Anna Matthews». Empoderada. Reina. Faraona.

—Ya le daré la enhorabuena más tarde —espeto.

Le Regalante suelta aire con fuerza negando con la cabeza.

—Pero a ti te ha tocado bailar con la más fea, chata. Ya siento decirte que «cuidado con lo que deseas», porque pedazo de cliché, pero… tal cual, ¿no?

—Pues sí —respondo—. Pero, como comprenderás, necesito revocar mi deseo de inmediato.

Le Regalante levanta un dedo a modo de advertencia.

—Vale, lo primero que debes saber sobre mí es que hago lo que me da la gana.

Lo segundo: no puedo. Yo no «desconcedo» deseos, los concedo.

Y hoy, ni eso. —Pone la tapa en los vasos sin interrumpir el contacto visual—.

En fin, son nueve dólares. ¿O noventa? La verdad es que no sé cómo va esto.

Solo pensé que sería supermono ser barista por un día.

—Toquetea al tuntún la pantalla que tiene delante, casi sin mirarla.

—Ya está bien. —Grant avanza un paso y apoya ambas manos con firmeza sobre el mostrador, al menos hasta que le Regalante las mira con las cejas enarcadas y los labios fruncidos.

Entonces retrocede y carraspea—. No sé de qué vas, pero no te puedes imaginar la pesadilla por la que hemos pasado.

Ha sido horrendo. Así que, por favor te lo pido, haz lo que puedas por ayudarnos.

—Aaay. —Le Regalante une las manos sobre el corazón y hace un puchero compasivo. Y entonces, de golpe, cambia de expresión—. No. Un deseo es un deseo. Un libro es un libro. O sobrevivís hasta la última página o, yo qué sé, haced que Anna Matthews deje de escribirlo.

—¡Es injusto! —exclamo—. Esto no es lo que yo deseaba, y lo sabes.

—Esto es justito lo que deseabas —replica le Regalante—. No es culpa mía que no fueras más específica. Aquí no vale lo de «si no está satisfecho, le devolvemos su dinero». —Se pone a toquetear el iPad de nuevo—. Y ahora, si no tenéis más preguntas…

—¡Tengo un millón más! —protesto.

Le Regalante echa la cabeza hacia atrás con hastío.

—Dios, ¿por qué la gente es tan pesadísima? Encima de que te hago un regalo… Es como si te llega un desconocido y te dice: «Mira, aquí tienes cuatro millones de dólares; de nada», ¿en serio te vas a poner a interrogarle al respecto?

—No —farfullo.

—Por supuesto —responde Grant al mismo tiempo.

Los dos nos miramos sorprendidos y, en el caso de Grant, juzgándome no poco. Le Regalante suspira.

—Mira, estoy segure de que no va a pasarte nada.

Este no es mi primer «ojalá estuviera dentro de un libro».

Aunque también te digo que la gente suele ser lo bastante lista como para elegir uno ya publicado, que se saben.

Cuando ni siquiera conoces la trama, es una lotería —concluye enarcando una ceja con gesto profundamente crítico.

—Pero ¿y después? —quiere saber Grant—. ¿Todo se esfuma sin más? Digamos, por ejemplo, que…

—Matáramos a uno de los personajes —termino yo por él. Grant arruga la cara—. Sería como si nunca hubiera sucedido, ¿no? No habría consecuencias en la vida real.

No sé cómo, pero los ojos de le Regalante de pronto brillan aún más.

—¡Huuuy, vosotros dos sois lo peor! —exclama con júbilo—.

Pero sí, una vez que termina, ¡puf!, desaparece de vuestras vidas.

Los protagonistas reales volveréis a la programación habitual y los personajes, o los que sobrevivan, vaya, volverán a donde quiera que vuelvan los personajes cuando une no lee sobre ellos.

Sin consecuencias, sin malos rollos, sin cárcel de por medio.

Grant exhala y casi puedo oír cómo ese puntito de tensión abandona su cuerpo.

—Genial. Vale. Solo quiero pasar página y olvidarme de todo esto.

—Bueno… —le Regalante resopla con desdén—, eso no va a ocurrir. Yo no meto mano en la memoria de la gente. Si no, ¿cómo aprenderían la lección quienes expresan sus deseos?

—¡Es que yo no he expresado nada! —contesta Grant—. A mí me han metido en esto sin comerlo ni beberlo.

—Da igual. La historia funciona como un agujero negro.

Si estás lo bastante lejos, sigues flotando por ahí y te olvidas de todo.

Pero si te acercas demasiado, ¡vaya si te vas a acordar!

—Emite un monstruoso ruido de absorción—.

Así es como la historia te arrastra a su interior.

Estás metidito hasta el cuello, majo. La única forma de salir es yendo hacia delante. Lo dice la ciencia.

—La ciencia no dice nada de eso —replica Grant en voz cada vez más alta. Le Regalante le dirige una mirada lacónica—. Y, la verdad, no estoy convencido de que sepas nada de cosmología.

—No le hagas caso. El maquillaje te queda de vicio —tercio yo colocándome por delante de Grant—. No queremos problemas. Lo que queremos es librarnos de ellos. ¿No puedes ofrecerme alguna recomendación? Por favor…

Con una sonrisa encantadora, le Regalante responde: