Capítulo 6 #2
—Y vete pensando dónde podemos dejarlo. —Grant alza la voz para que lo oiga.
Me detengo y vuelvo la cabeza, con cuidado de que Jack no entre en mi ángulo de visión.
—¿A ti te parece el tipo de tío al que le gustaría acabar en el mar?
Grant se queda parado un instante.
—¿… No?
Se me dibuja una sonrisilla vengativa.
—Perfecto.
La escena no podría ser más típica de Anna Matthews: las olas lamen el casco del bote, el mundo permanece envuelto en el silencio previo al alba, la superficie del agua riela con los últimos rayos de luna.
Solo que en el bote estamos una servidora, el hombre que intentó matarme y el que lo mató a él.
Una escena propia de Anna Matthews, si le hubiera dado un aneurisma.
Cuando la casa no es más que una pequeña sombra a nuestras espaldas, Grant recoge los remos y yo lo ayudo a alzar el bulto envuelto en lona que solía ser Jack.
Nos cuesta levantarlo por la borda de la barca, ya que hemos añadido las piedras más grandes que encontramos en la playa para que pese.
Cuando por fin lo arrojamos al mar, se hunde bajo las olas con un satisfactorio chapoteo.
Vuelvo a sentarme en mi lugar, temblando por el frío matutino. El cielo muestra toda una gama de azules; solo en el extremo oriental asoma un rastro naranja tostado. La silueta de Grant se recorta contra el horizonte mientras contempla el agua con el ceño fruncido.
—Gracias, por cierto —digo en voz baja. Él me mira sin alterar el gesto; los primeros rayos del día iluminan su rostro con suavidad—. Por lo que has hecho… —entonces me apresuro a añadir—: aunque no era necesario.
—Claro —responde aparentando curiosidad—. Tenía toda la pinta de que le estabas dando su merecido.
—Los siete años de entrenamiento en defensa personal por fin han servido para algo. Deberían darme un trofeo o similar.
El día que me inscribí en la primera clase ahora me parece historia antigua.
Lo que empezó como una forma de sentirme más segura cuando viajo sola pronto se convirtió en una obsesión.
Me sentía la más dura, machacando a mis oponentes y mejorando la técnica en el gimnasio mientras me repetía la cantinela que todos los alumnos sensatos se dicen en todas partes: «Espero no tener que usarlo nunca».
Qué iba a saber yo que la frasecita iba a quedar nula y sin efecto de la mano de una caprichosa autora británica y del sádico aficionado a los cuchillos nacido de su mente.
Hago girar el cuello para aliviar algo de tensión, pero siento que se me ha acumulado toda en la cabeza.
—No lo entiendo —admito—. Nos hemos librado del malo. ¿Estamos en la novela más corta del mundo? ¿Nos hemos cargado, a saber cómo, la trama? —Teniendo en cuenta que soy la protagonista y casi no lo cuento, me alegro, claro. Pero ¿como lectora? ¿La verdad? Una decepción.
Grant se remueve con incomodidad y su mirada se pierde en la bahía.
—A menos que se trate de una falsa victoria —murmura.
—¿Qué quieres decir?
—Que, si me creyera lo que me estás contando, que ya es mucho pedir… —me lanza una mirada severa, aunque pierde efecto en cuanto se estremece—, él no era el malo.
El estómago se me encoge. ¿Va a haber otro malo, peor que Jack? No quiero ni imaginármelo. Me desinflo como un globo tristón y apoyo la cabeza en las manos.
—Me siento muy confusa —gimo—. Ya no sé qué es real y qué no. ¿Cómo hemos podido matar a Jack si no es más que el personaje de un libro? No me fastidies, ¿se disolvió como la Bruja Mala del Este en cuanto tocó el agua? ¿Cómo funciona todo esto?
Me quedo mirando a Grant, desesperada por obtener una respuesta que sé que no me puede dar. Él también me mira.
—Del Oeste —termina por murmurar.
—¿Cómo?
—Del Oeste. La Bruja Mala del Oeste es la del agua. La del Este es la de… —echa el tronco hacia atrás cuando lo fulmino con la mirada— los zapatos.
—Deben de hacer cola para invitarte a jugar al Trivial —comento cortante.
—Mi equipo es imbatible —responde—, pero no viene al caso.
Le quito los remos y empiezo a remar; necesito hacer algo que no sea seguir sentada sin más.
—Imagino que ninguno de esos datos que guardas en la cabeza nos ayudará a saber qué va a pasar ahora…
El sol, que se está levantando, ilumina las ojeras oscuras y resplandece sobre el pelo alborotado de Grant cuando este se frota la frente.
—¿Hay alguna posibilidad de que esto sea una campaña de marketing de guerrilla para publicitar el libro? —me pregunta con la voz arrastrada por el cansancio.
Niego con la cabeza, aunque tiene cierta gracia macabra imaginar a una asistente de relaciones públicas cagadita en sus pantalones de Aritzia al descubrir lo que hemos hecho.
—Lo que de verdad no entiendo es cómo Jack me encontró —reconozco—. No pudo seguirnos, ¿no? ¿Lo viste cuando dejamos atrás la ciudad?
Grant se encoge de hombros.
—No lo sé. Estaba más bien ocupado viendo pasar mi vida ante los ojos. —Bosteza antes de añadir—: ¿Has comprobado tu teléfono? ¿Tal vez te estaba rastreando de alguna forma?
Dejo de remar, petrificada por un recuerdo: Jack me quitó el teléfono de las manos para «añadir su número» a las puertas de la biblioteca.
Lo saco del bolsillo. No parece que haya nada raro; no se ven aplicaciones sospechosas ni notificaciones.
Está la aplicación integrada para compartir la ubicación, pero dudo que fuera tan obvio.
Aunque, pensándolo bien, es probable que para Anna Matthews eso sea alta tecnología.
Doy un par de toques en la pantalla y ahí está:
Jack Smith puede ver tu ubicación.
Madre del amor hermoso. Está visto que soy ese personaje tan tonto al que gritas que no sea tan tonto. ¿Y Smith? ¿No se podía haber inventado un apellido falso mejor? Esto es echar sal en la herida.
Deniego el permiso para compartir mi ubicación con Jack (podría decirse, y con razón, que un par de horas demasiado tarde) y, maldiciendo, tiro el teléfono al suelo de la barca.
—¿Ves por qué te necesito? —le suelto a Grant, puede que con una pizca más de agresividad de la deseada—. Para no caer en trampas así de estúpidas. Tú sabes en qué debería fijarme. Yo puedo derrotar a los malos, pero tú puedes avisarme cuando vengan.
Él se pasa una mano por la cara.
—No hay una fórmula infalible, ¿sabes? Ahí está el quid. Se supone que en la novela negra tiene que haber suspense.
—Claro que sí —me río—. Como que tú no las lees regodeándote en haber resuelto el crimen antes de que lo hagan los personajes.
La mirada silenciosa que me lanza confirma que tengo razón. Pero de pronto algo asoma en su expresión, algo un poco más sincero, puede que hasta vulnerable, y dice en voz baja:
—No quiero volver a matar a nadie.
—Me parece bien —contesto—. Yo seré la criminal y tú el cerebro de la operación. —Vuelvo a agarrar los remos—. Podrías empezar por ayudarme a pensar cómo localizar a le Regalante, ya que ahora mismo estamos varados en esa casa sin medio de transporte, comida, agua ni calefacción.
—Podemos coger el coche —responde Grant con voz suave.
—¿El que ahora es un submarino?
—No, el que está aparcado en la entrada —me corrige—. Jack vino en coche. Y sigue ahí delante. Le quité las llaves del bolsillo antes de envolverlo en la lona.
Se las saca del suyo y las agita con desgana. Yo me quedo mirando cómo el sol naciente se refleja sobre ellas. Estoy demasiado agotada como para sentir alivio.
Cuando llegamos a la orilla, Grant me ayuda a arrastrar el bote hasta el cobertizo y lo colocamos con cuidado para que parezca que lleva meses sin usarse y, desde luego, que nada indique que se ha utilizado para transportar un cadáver hasta su tumba bajo el mar.
—Y ahora… —anuncio— a buscar a le Regalante.
Grant levanta las llaves y echa a andar con paso firme hacia la entrada.
—Perfecto —suspira—, pero esta vez conduzco yo.