Este libro puede matar Capítulo 6
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Capítulo 6

E squivo a Jack por un pelo y chillo cuando trata de apuñalarme otra vez.

El cuchillo corta el aire, ha estado a punto de alcanzarme en el cuello.

La piel me hormiguea por la cercanía de la hoja.

He practicado la defensa contra ataques de arma blanca cientos de veces, si no miles.

Pero este cuchillo no es de goma y Jack no es Uri.

Claro que, si lo fuera, habría señalado que acabo de cometer un flagrante error: con las prisas por apartarme, lo he hecho en la dirección equivocada. Ahora estoy acorralada contra la ventana y tengo al hombre de mis pesadillas bloqueándome la salida.

Jack pasa por encima del borde de la bañera con gesto tranquilo y me dirige una sonrisa perversa. O puede que sea la misma, despiadadamente encantadora, que me dedicó cuando nos conocimos y yo fui demasiado estúpida como para detectar ningún peligro en ella.

—Roxie, Roxie, Roxie… —suspira—. Eres mi chica y no te dejaré escapar, ¿lo entiendes?

—Yo no soy nada tuyo, imbécil.

Jack arruga la cara con gesto teatral y toma aire entre dientes.

—¿Apelativos cariñosos? Ay, no sabía yo que hubiéramos llegado ya a esa fase.

Se me acerca más. El foco del techo le hace brillar el pelo.

Las extremidades me hormiguean de los nervios, listas para atacar, pero debo esperar el momento adecuado.

No aparto los ojos de los suyos, velados por la oscuridad, pero sin dejar de percibir cualquier movimiento periférico.

En su rostro se dibuja una amplia sonrisa.

—Bueno, ¿por dónde íbamos?

En ese instante, le asesto una fuerte patada en el estómago, pero se ve que Anna, por la costumbre, le ha dado unos abdominales de acero, así que apenas se tambalea un poco.

Enseguida se recupera y viene a por mí con ánimos redoblados y blandiendo el cuchillo con gesto dramático.

Casi puedo oír las cuerdas quedas de la banda sonora de Psicosis .

«Este me lo sé». Alargo el brazo para bloquearlo, con el codo un poco doblado y la mano plana, como me han enseñado. Supongo que funciona, porque sigo ilesa. Pero no es suficiente. Tengo que arrebatarle el cuchillo.

Con un movimiento rápido, lanzo la rodilla y le agarro la muñeca, pero él no suelta el arma.

Tengo las manos sudorosas y mi confianza empieza a flaquear.

«Céntrate». Intento oír la voz de Uri, como si me estuviera dando instrucciones de pie en la bañera con los brazos cruzados, la mirada escrutadora fija en mí y todo su arsenal de acrónimos.

OODA: «observa, orienta, decide, actúa». SFI: «sin florituras, idiota».

Pivoto para esquivar a Jack, pero sin soltarle el brazo, aprovechando la rotación de mi cuerpo para hacerle perder el equilibrio y debilitar su agarre. Él grita de dolor y suelta el cuchillo, que cae por la ventana y se pierde en la oscuridad de la noche.

—Hija de puta —gruñe, asombrado por que haya tenido la osadía de desarmarlo, y casi me echo a reír.

Pero no hay tiempo. Antes de que lo vea venir, cierra las manos alrededor de mi garganta y me empuja contra la ventana.

Me golpeo la cabeza con la hoja subida y el cristal rechina contra mi coronilla dolorida, pero no es nada en comparación con los dedos que se hunden en mi cuello y me impiden respirar.

Los oídos me zumban, los pensamientos se difuminan. «No entres en pánico. ¡No entres en pánico!». Dispongo de distintas maniobras para elegir, combinaciones de giros y llaves y movimientos con los que liberarme y hacerlo retroceder. Alguno funcionará. Tendrá que funcionar.

No me hace falta decidir cuál. En mitad de un sonido desgarrador, Jack afloja las manos y el cuerpo se le tensa. La mirada se le nubla antes de desplomarse, revelando la escena a su espalda: Grant, con una gigantesca sartén de hierro fundido, respira con pesadez; parece conmocionado.

Lo miro con los ojos como platos y el corazón acelerado mientras el aire vuelve a penetrar en mis pulmones. Él contempla a Jack, tendido en el suelo. Por un instante, los dos permanecemos atrapados en el silencio como moscas en la miel, y es que ¿qué se puede decir en un momento como este?

—Lo tenía controlado —suelto, casi sin respiración.

Pero él ni me mira. La sartén se le cae de la mano y choca estrepitosa en el suelo. Solo entonces parece despertar del trance.

—Ay, Dios —musita—. ¿Lo he…? ¿Está…? —Se inclina sobre Jack, supongo que para tomarle el pulso, pero no puedo mirar. Cierro los ojos con fuerza hasta que Grant vuelve a hablar—. Joderrr…

Da un tambaleante paso hacia atrás; en sus ojos desorbitados se distingue un nuevo terror. Sus jadeos, entrecortados y acelerados, llenan el pasillo mientras camina adelante y atrás mesándose el pelo.

Procuro no bajar la vista cuando rodeo a Jack para salir del cuarto de baño.

—Respira, Grant —le digo—. Tienes que respirar.

Se detiene de golpe, con los mechones disparados en todas direcciones y la cara desprovista de color, y señala con el dedo hacia Jack.

—En defensa propia —afirma con voz ahogada—. Ha sido… en defensa propia. Te estaba matando. Y me habría matado también a mí. He tenido que hacerlo.

Retrocede hasta pegar la espalda a la pared y se desliza hasta el suelo.

—Está bien —le miento. Levanto una mano y dudo un instante antes de darle una torpe palmadita en el hombro. Tampoco es que exista un manual sobre cómo consolar a un homicida novato.

Él me mira con incredulidad.

—¿Qué va a estar bien? Nada de esto está bien. He matado a una persona. ¡A una persona! Y de la manera menos original imaginable. —Se frota la cara con las manos y emite un gemido de dolor—. ¿Qué está pasando?

—Te lo dije, yo…

Levanta la mano para hacerme callar.

—Te juro por Dios que como digas «novela negra» una vez más…

Me apoyo en la pared de enfrente. Si Grant no me cree ahora, nunca lo hará.

Aun así, que haya acudido en mi ayuda parece buena señal.

Diría que es pronto para el síndrome de Estocolmo.

Puede que tan solo sea un buen tipo que no querría que estrangularan a nadie en un cuarto de baño, ni siquiera a mí.

Señalo su pie con un gesto de la barbilla.

—¿Cómo has conseguido subir?

—No lo sé —reconoce haciendo rotar el tobillo—.

¿Adrenalina? Creo que solo lo tengo torcido.

—Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás hasta tocar la pared—.

Esto tiene muy mala pinta —se lamenta—. Aunque diga que ha sido en defensa propia, y aunque me creyeran, la cosa no va a acabar sin más.

Uno no dice: «Ay, es que fue en defensa propia», y dejan que se vaya de rositas, ¿verdad?

Me mira con el rostro demacrado. Yo me encojo de hombros. No tengo ni idea de cómo funcionan estas cosas.

—Pues claro que no. —Niega con la cabeza—.

Tiene que haber un protocolo que cumplir.

Puede que hasta vaya a juicio. No puedo permitirme un abogado.

Y, aunque me declaren inocente, seré la comidilla.

A la gente no le gusta que uno vaya arreando mamporros por ahí.

Ay, Dios, me voy a quedar sin trabajo. Sin apartamento…

Sin mi gato… No me van a publicar en la vida…

—Podrías escribir uno de esos libros en los que cuentas todo lo sucedido —le propongo.

Grant hunde la cabeza entre las manos y suelta un gemido.

De pronto se me ocurre algo. Me aparto de la pared y me acuclillo frente a él; por una vez, no retrocede asustado. Vamos progresando. Levanta el rostro y me clava una mirada de desesperación.

—O podrías confiar en mí —le digo—, solo unas horas. Ayúdame a localizar a le Regalante y que deshaga el hechizo. Sé que no quieres creerme, Grant, pero es la única forma de salir de este enredo. O eso o esperamos a que termine la historia. Pero podríamos morir.

—¿Perdona…?

—Es lo que dijo le Regalante. Es como en los sueños. Si mueres en un sueño, mueres de verdad.

—Eso es manifiestamente falso —replica con cara de sentir náuseas. Frunce el ceño como si no se fiara, pero también veo en su cara una cierta duda que me da esperanzas—. Pero, por seguir con tu argumento: ¿dices que este Regalante puede hacer que todo vuelva a la normalidad?

—Por completo. Como si nunca hubiera sucedido. Ni mamporros ni Jack ni nada. Tú vuelves a tus clases y yo a no ser una delincuente.

Se me queda mirando un momento, como si cavilara al respecto, antes de dirigir la vista hacia el cuarto de baño.

—Vale —admite, con la voz a medio camino entre un murmullo y un susurro—. Madre mía… Así que… tenemos que deshacernos de un cadáver.

A pesar de lo tétrico de nuestros siguientes pasos, siento cómo un millar de nervios tensos se me relajan en el cuerpo. Ya no estoy sola en esto. Y, aunque no me atrevería a decir que la sensación es agradable, desde luego que ya no es tan terrible.

—Bueno… —empiezo por decir. Entonces, sin querer, miro hacia el cuarto de baño y el estómago se me revuelve—. Solo una cosa…, ¿hay sangre?

Grant enarca una ceja.

—¿Quieres decir «en él»?

Asiento. Grant me mira, contempla el cuarto de baño y me vuelve a mirar. En su semblante asoma una expresión de desconcierto.

—Esto…, sí. Le arreé en la cabeza con una sartén de hierro fundido. Claro que hay sangre.

Me tapo la boca para impedirme vomitar. Cierro los ojos y respiro hondo por la nariz. «Inhala. Exhala. No pienses en el cadáver con la cabeza reventada por la que mana un líquido pegajoso y rojizo que cubre todo el suelo del cuarto de baño de tu amiga».

Ay, me cago en todo.

—No me fastidies. —Grant suelta una carcajada desdeñosa. Yo lo miro de hito en hito—. ¿Te da miedo la sangre?

—No es miedo —espeto—. Es que… no me gusta. Es una aversión de lo más común. No tiene nada que ver con el miedo.

Grant se pasa una mano por el pelo y se apoya en los paneles de madera de la pared.

—Bueno, esto se va a poner interesante. —Al cabo de un momento, respira hondo y se yergue—. Vale. Yo me encargo de limpiar si tú vas a buscar una lona y demás útiles necesarios. Pero tendrás que ayudarme a sacarlo de aquí.

—Eso está hecho —respondo, ansiosa por irme hacia las escaleras.