Este libro puede matar Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Sí, pedí ser la protagonista… de una novela.

—No tiene por qué enterarse de que iba a ser un romance.

No es que me avergüence, pero no tengo tiempo para el inevitable juicio del experto en literatura—.

El caso es que yo no quería que fuera una novela negra.

Y no iba en serio, de verdad. Era de broma.

Pero se hizo realidad y ahora hay un asesino persiguiéndome y no tengo ni idea de qué hacer.

Así que le cuento todo a mi público cautivo (nunca mejor dicho).

Bueno, casi todo. Los detalles sobre cómo conocí a Jack y cómo terminé en la escena del crimen los paso por encima.

Pero le hablo de le Regalante, del conato de apuñalamiento, de la huida.

Todo hasta llegar a cómo le arruiné su viernes noche.

—Una vez más, lo siento —me disculpo—. Pero así han salido las cosas.

Yo no quería hacerte nada. De hecho, cuando me llevé el coche ni siquiera sabía que estabas dentro.

Pero cuando empezaste a hablar de escritura y de estructura narrativa y de novela negra y…

—Me detengo para recuperar el aliento y comprobar hasta qué punto lo he convencido.

Parece más aturdido que nunca. Cuando, desesperada, me inclino hacia él, se echa hacia atrás—.

Estoy fuera de mi elemento. Yo no leo novela negra ni thriller ni nada por el estilo.

No tengo ni idea de lo que me puedo esperar.

Pero tú sí. Tú puedes ayudarme a manejarme y salir viva de esta. ¿Me ayudarías? ¿Por favor?

Vacila durante un silencioso momento; las sombras de la hoguera danzan sobre su rostro.

Es el tipo de rostro acostumbrado a sumirse en profundas reflexiones.

No parece severo, sino concentrado, con unos ojos castaños de mirada pensativa.

Algo en ellos se ablanda lo mínimo cuando por fin me responde.

—Creo que tienes razón —reconoce en voz baja—. Necesitas ayuda. —Una oleada de alivio se abre paso en mi interior, pero se detiene de golpe cuando lo miro a los ojos. No es que me crea. Es que le doy pena—. ¿Hay alguien a quien podamos llamar? ¿Un orientador, un médico o algo así?

Me vence el desánimo.

—Crees que estoy loca.

—No —contesta a toda prisa—. No he dicho eso. Quizá solo… ¿estás sufriendo algún tipo de episodio?

Me muerdo los labios, sin saber qué hacer para convencerlo. Entonces me acuerdo del post de Anna.

—Mira —le digo al tiempo que saco el teléfono y entro en Instagram—.

La autora, Anna Matthews, publicó anoche al respecto.

Todo encaja. —Le tiendo el móvil para que lo lea.

Cuando vuelve a mirarme con gesto dudoso, abro mi propio perfil—.

Roxie Mitchell soy yo —le digo pegándole el móvil a la nariz—. ¡Si hasta ha usado mi nombre!

Grant se echa hacia atrás sin dejar de mirarme con esa horrible expresión de lástima.

—Comprendo que eso pueda confundirte —afirma—, pero no es más que una coincidencia. Esto no es una novela negra. Nadie está intentando matarte. Estás a salvo, ¿vale? Tú déjame llamar a alguien para que venga.

Resoplo desdeñosa y vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo.

—Claro que sí, a la policía, ¿no? Buen intento. —La esperanza se evapora de su semblante, haciéndome sentir culpable—. Mira, no soy mala persona. Yo no hago estas cosas. No robo coches, no los arrojo al mar, no retengo rehenes en la casa de verano de mi mejor amiga.

—Pero es que sí; has hecho todas esas cosas. —Grant se queda callado; una ceja se le frunce mientras reflexiona—. Menos lo del rehén. Eso solo sería si mantienes cautivo a alguien como moneda de cambio para que se cumplan tus exigencias. De lo contrario, es un simple secuestro.

Parpadeo con incredulidad.

—¿Acabas de corregirme sobre mis propios delitos?

Grant levanta las manos con ademán defensivo.

—Lo único que digo es que no empeores aún más las cosas. Tú déjame marchar.

—¿A dónde, Grant? ¿Y cómo? —He tenido cuidado de no mostrarme hostil, pero se me está agotando la paciencia—.

No sé si te acordarás, pero he destruido nuestro medio de transporte y tienes un tobillo torcido.

Me creas o no, vas a tener que quedarte conmigo hasta que averigüe qué podemos hacer.

Y, sinceramente, te sugiero que empieces a creerme, porque te voy a decir una cosa: ahí fuera, la situación es muy chunga.

Grant no responde; su boca forma una fina línea y yo, de pronto, me siento agotada. ¿Qué estoy haciendo? Nada de lo que diga lo convencerá de ayudarme. Y tampoco puedo echárselo en cara.

—Voy a ver si encuentro una venda o algo así —anuncio con voz derrotada—. Tú… no te vayas, ¿vale? —Mientras me alejo, él no se mueve ni habla, pero noto un brillo en sus ojos que me dice que no me servirá de nada—. O vete. Ya me da igual. Te deseo la mejor de las suertes.

Mientras subo por las escaleras, tengo el cerebro frito de tanto intentar idear un plan b.

Aunque ¿cuenta como plan b si hasta ahora has ido improvisando sobre la marcha?

Lo que necesito en realidad es dar con le Regalante y que deshaga el hechizo.

Y eso puedo hacerlo con o sin Grant. La cuestión es si se mantendrá al margen o me delatará de inmediato a la policía.

Tengo la impresión de que me he pasado con lo del robo y el secuestro como para contar con su apoyo.

Y es probable que toda esta historia de «socorro, estoy atrapada en un libro» tampoco ayude.

Enciendo la luz de la planta de arriba y me dirijo al cuarto de baño en busca del botiquín. Estoy más que familiarizada con su contenido después de tantos años de picaduras de medusas y entablillamientos; aunque atender a un rehén herido (perdón, ya sé que no es un rehén) constituye una novedad.

El minúsculo cuarto de baño es como una réplica oscura y fría del que guardo en la memoria, con las cortinas de cuadritos de vichy meciéndose al gélido viento.

Apoyo ambas manos a los lados del lavabo de porcelana y trato de respirar hondo.

Necesito que la cabeza me funcione para buscar una solución, o al menos alguna opción, pero esta ha decidido no colaborar.

Cuando me miro al espejo, casi me echo a reír al verme. El maquillaje que me puse para la cita sigue adherido a mi cara como si le fuera la vida en ello, pero no contribuye a compensar mi expresión preocupada o mi pelo enmarañado.

Se diría que he envejecido una década en cuestión de horas. Y todo esto aparece enmarcado por la cortina retro de flores exageradamente alegres a mi espalda.

¿Se ha movido algo? Cierro los ojos con fuerza antes de mirar de nuevo. Casi no puedo ni pensar, como para fiarme de mi vista. Estoy tan cansada y tengo tanto frío que ya me da igual si no percibo con exactitud lo que sucede a mi alrededor.

Frío. En este cuarto hace mucho frío. Con la chimenea encendida y las ventanas a cal y canto, el resto de la casa ha comenzado a calentarse, pero aquí se hiela una.

Tardo en unir los puntos. El viento. La ventana abierta.

Lo que me ha parecido ver en el espejo. Esa sensación falsamente inquietante que produce cualquier cortina de ducha cerrada.

Me pregunto si esta vez no será tan falsa.

Me giro poco a poco, tratando de mantener la respiración acompasada y los nervios bajo control.

Avanzo hacia la ducha con una lentitud y una cautela imposibles, y levanto la mano hacia la cortina.

Me muevo tan despacio que me duelen los músculos, rígidos por la aprensión.

Casi lo he conseguido. Es cuestión de centímetros.

Milímetros. Mi mano termina por tocar la cortina de plástico e, inspirando hondo, la aparto de golpe.

Alguien se abalanza sobre mí.