Capítulo 5
S ubiendo desde Boston por la costa, más allá de los pueblos pesqueros con sus langostas chiclosas y sus trampas para turistas, existe un camino de tierra que serpentea hasta alejarse de las rutas trilladas, a través de los bosques, y te lleva derecho al escenario de los recuerdos más felices de mi infancia.
Pasé cada agosto con Steph en el chalet familiar de la playa, situado en Gordon Point, por el bien más que nada de nuestros padres: los de Steph tenían menos peleas entre hijos en las que intervenir cuando había amigos de por medio, y los míos disfrutaban de un mes en el que podían evaluar a solas el estado de su matrimonio para luego no cambiar nada.
Pero, para mí, aquel grupito de casas azotadas por los elementos era mágico, como Narnia…
si Narnia fuera dorada, veraniega y se encontrara en la costa norte de Massachusetts.
Pero también era cierto que jamás me habían traído en contra de mi voluntad, en un coche robado, a medianoche y en febrero.
Así que imagino que la experiencia será distinta para Grant.
Me doy cuenta de que no queda demasiado bien lo de adentrarme cada vez más en un bosque oscuro y amenazante en mitad de la noche.
Pero pronto llegaremos a la casa y se lo explicaré todo, y entonces verá que no soy más que la inocente víctima promedio de un equívoco mágico e insondable.
Se nos ocurrirá un plan y, visto y no visto, todo habrá quedado atrás.
Solo hay un pequeño detalle del que debo ocuparme primero.
Emergemos del bosque y ya se vislumbran las casas cubiertas de tablones, cuyas siluetas se recortan contra el agua iluminada por la luna.
Subo por el camino hacia Gordon Point Park, mirando a mi alrededor en busca de algo que me sirva.
A los pies del asiento del pasajero veo unas mancuernas. Perfecto.
—Bueno… —llamo la atención de Grant—. Tengo una buena y una mala noticia.
—¿La mala es que me has secuestrado? —pregunta—. Porque ya estoy al corriente.
Me quedo callada un instante, mientras levanto una de las pesas.
—Digamos que tengo una buena noticia y «otra» mala noticia.
La buena, le explico, es que estamos llegando a nuestro destino.
Se me acaba el camino, pero yo sigo ascendiendo por la hierba hacia el límite de la finca.
Hay un sendero que sube y bordea un modesto acantilado con unas vistas espectaculares para un idílico paseo estival.
O para mis actuales necesidades, no tan idílicas.
—La mala es que debemos deshacernos de este coche. —Desactivo el seguro de las puertas y me preparo para colocar la mancuerna en posición—. Así que te sugiero que abras la puerta.
Por un momento, Grant no responde, por lo que no se oye más que el ruido uniforme del coche subiendo por la colina y el rumor de las olas que rompen abajo.
—No… —la voz de Grant, ronca por la incredulidad, interrumpe el silencio—. No, no, no…
Me dirijo hacia el borde del acantilado y encajo la mancuerna contra el pedal del acelerador, por lo que empezamos a ir cada vez más rápido.
—Ahí delante hay una pequeña pradera —le explico mientras me desabrocho el cinturón de seguridad y abro la puerta. El aire nocturno ruge cuando lo atravesamos a toda velocidad—. Marco la cuenta atrás y entonces saltamos.
—¿Saltamos?
—Del coche.
—¡Pero si está en marcha!
—¡Ya lo sé! —grito para que me oiga a pesar del viento—. Por eso no vas a querer estar dentro de aquí a unos quince segundos.
Grant suelta una retahíla de maldiciones mientras forcejea con el cinturón de seguridad y abre la puerta.
—Voy a vomitar —se lamenta.
—No te va a pasar nada —grito—. Una vez hice un curso de doble de acción durante un viaje a Los Ángeles.
Te haces bola y ruedas. —Calculo la distancia hasta el acantilado y me giro hacia la puerta abierta.
La hierba pasa a nuestro lado a una velocidad de vértigo, y una euforia bien conocida brota en mi interior a medida que mi corazón se acelera al ritmo del velocímetro—. Vale, ¿preparado? Uno…
—¡No!
—Dos…
—Joderrr…
—¡¡¡Tres!!! ¡¡¡Salta!!!
Me arrojo en mitad de la noche y aterrizo con un golpe sordo antes de rodar como un tronco por la hierba.
Me apresuro a recuperar el sentido de la orientación, justo a tiempo de ver cómo el coche rebasa el sendero y se precipita al vacío por el borde del acantilado.
Una vez que ha desaparecido de mi vista, el tiempo se detiene un instante, hasta que oigo un chapoteo pesado y atronador.
Aliviada, me dejo caer al suelo y me permito un momento para recuperar el aliento. Entonces me acuerdo de Grant y me levanto para buscarlo con la mirada. Su silueta oscura está extendida a pocos metros de mí. Cuando lo oigo gemir de dolor, corro hacia él.
—¿Grant? ¿Estás bien?
A la luz de la luna, su expresión se contrae de miedo cuando me ve acercarme.
—Aléjate de mí —balbucea al tiempo que retrocede. Empieza a arrastrarse como un cangrejo, pero arruga la cara y se desploma de nuevo.
—¿Te has hecho daño en la pierna?
Me mira como si no se lo pudiera creer.
—Yo no me he hecho nada. Eres tú quien me ha obligado a saltar de un coche en marcha.
—¡Te dije que te hicieras bola y rodases! No es culpa mía que hayas caído mal. —Cuando avanzo para verlo mejor, se estremece—. Por millonésima vez, no voy a hacerte daño. —Cuando me mira con los ojos como platos, pongo los míos en blanco—. A propósito.
Grant se incorpora hasta quedar sentado y, a continuación, se levanta con torpeza.
Ahora que no está acurrucado en el asiento trasero, resulta ser más alto de lo que yo creía.
En circunstancias normales, creo que podría salir pitando y dejarme aquí tirada, pero cuando intenta dar un paso, se tambalea.
Lo agarro antes de que pierda el equilibrio.
—Ya está —le digo, intentando poner voz tranquilizadora—. Yo te ayudo. Solo tenemos que llegar hasta esa casa de ahí y ahora mismo te ponemos hielo o algo, ¿vale?
Le rodeo la cintura con un brazo y paso el suyo tenso por encima de mis hombros para que se apoye. Al cabo de un instante de silencio renuente, refunfuña:
—¿Qué casa?
—La de ahí. —Señalo un bloque oscuro colina abajo, en el extremo más alejado del promontorio—. Esa tan bonita, con el haya enorme por detrás. Un árbol excelente para trepar. De lo más recomendable, siempre que no tengas el tobillo roto.
Visto que no responde, empiezo a pensar que no está de humor.
El trayecto hasta la casa no es sencillo, dado lo empinado de la pendiente y que Grant está algo incapacitado, pero avanzamos renqueantes.
Él se me agarra de un modo tenso y cauteloso, manteniendo el máximo espacio posible entre nuestros cuerpos, como si se dejara llevar por mera supervivencia, pero estuviera dispuesto a alejarse a la velocidad máxima que permite la pata coja si se me ocurre asustarlo otra vez de alguna manera.
Cuando llegamos, me agacho para recuperar la copia de la llave escondida bajo una maceta vacía.
Al igual que las casas vecinas, Camp Donnelly permanece cerrada fuera de temporada, por lo que el interior está oscuro y huele a cerrado y a humedad.
No se parece en nada al ambiente abierto y fresco que ofrece en verano, con limonada en la cocina y gaviotas en el tejado, pero la sensación de seguridad es la misma.
Cuando la adrenalina comienza a remitir, noto que estoy tiritando y tengo la piel de gallina: no hay ninguna calefacción encendida.
Ayudo a Grant a llegar hasta el sofá del cuarto de estar, que se encuentra cubierto con una sábana, y le traigo unas cuantas mantas disparejas del cesto del rincón.
Veo con alivio algunos troncos junto a la chimenea de piedra, además de un montón de periódicos viejos y una caja de cerillas en la repisa.
Perfecto. Tendré que pasar la noche escondida y con un rehén que piensa que estoy pirada, pero al menos lo haré al calorcito de la lumbre.
Una vez satisfecha con las modestas llamas que crepitan en el hogar, termino por volverme hacia Grant. Con el rostro arrugado, hace girar el tobillo con suavidad, apoyando la pierna en la rodilla contraria.
—Si puedes hacer eso, es probable que no esté roto —señalo—. Una vez me rompí el tobillo. Aquí, de hecho. Me aposté con Steph, mi mejor amiga, que podía impulsarme lo suficiente desde el columpio del jardín delantero como para aterrizar en el agua. Figúrate: no pude.
Grant mira a su alrededor, frunce el ceño al ver los visillos de encaje, las fotos de familia, las conchas sobre la repisa de la chimenea y las estanterías abarrotadas de puzles y juegos de mesa.
—¿Esta es tu casa?
—No, es la de Steph. De su familia, vaya. Pero no les importa. —No me cuestiono mis palabras hasta que las he pronunciado. Seguro que estarían encantados de ofrecerme refugio para escapar de un asesino; lo que no tengo tan claro es lo de darme a la fuga con un rehén…
Suelto el aire con fuerza y arrastro una silla de mimbre hasta la alfombra de nudos.
—Vale, ahora voy a contarte lo que está pasando, pero te lo advierto: es lo más disparatado que me ha sucedido nunca, y una vez tuve que huir de una estampida de toros en sandalias y vestidín tras unirme a lo que creía que era un paseo turístico por Pamplona.
Así que, una vez más, apertura de mente, ¿vale?
Grant asiente con un gesto que parece más del tipo «lo que tú quieras, pero no me mates» que del tipo «cuéntame, soy todo oídos», pero me basta.
Me quedo mirándolo un momento, sin saber muy bien por dónde empezar.
—Pedí un deseo, pero salió mal y ahora estoy atrapada en una novela negra —espeto.
Se ve que he optado por el método «sácalo del tirón, como una tirita».
El semblante de Grant ni se inmuta. Parpadea una sola vez antes de decir en voz baja:
—Que pediste un deseo…
Asiento.