Este libro puede matar Capítulo 4 #2
13%

Capítulo 4 #2

Me duele todo: las piernas, la cabeza, el estómago.

El mundo a mi alrededor se difumina, las luces de la ciudad me ciegan como si estuviera dentro de una foto sobreexpuesta.

Atravieso Boylston Street mientras los distintos episodios de la noche gritan dentro de mi cabeza.

El sonido del cuchillo al errar en el blanco.

La tenebrosa oscuridad en la mirada de Jack.

La cubierta del libro hiriendo su mejilla.

La adrenalina forma una maraña con todo lo sucedido y, de pronto, no aguanto más. Voy derecha hasta el cubo de basura de la esquina y, de nuevo, toco fondo: vomito con todas mis ganas en plena acera, más muerta que viva.

Pero, eh, la escena al menos va a quedar inmortalizada para siempre en las páginas de un libro.

Cuando por fin levanto la cabeza para respirar, mientras me limpio la boca con el dorso de la mano, dirijo la mirada hacia la calle. Entonces se me hiela la sangre.

Jack, que se encuentra delante de las puertas de la biblioteca, me busca con la mirada.

Y me ve.

Y echa a andar.

Correr me parece casi inútil. Jack es implacable y anormalmente rápido. Yo correré, él me dará caza y esta trama convertida en realidad acabará siendo un relato breve, deprimente y anticlimático.

Pero entonces lo veo: una berlina blanca parada ante un semáforo justo delante de mí. La música suena a todo trapo, el conductor está distraído y, lo que es más importante, no lleva puesto cinturón de seguridad.

Como un fogonazo, me viene a la mente una imagen de mi primera y última relación.

Me pasé el penúltimo año de secundaria pegada a Jeremy Woods, y él se lo pasó pegado a Grand Theft Auto .

Nunca me dejó jugar. Después de clase, me quedaba sentada en el sótano de su casa, intentando convencerme de que disfrutaba viendo a su macizo avatar de ojos vacíos saltar de coche en coche y correr por una pixelada California sin mí.

Ahora que el peligro me pisa los talones, me arrolla una nueva oleada de determinación y dedico a Jeremy el más breve de los recuerdos, pensando con cierta petulancia: «Ahora me toca a mí, tontolaba».

—¡¡¡Lo siento, lo siento, lo siento!!! —repito cuando llego corriendo, abro la puerta de golpe y saco de un tirón al asombrado conductor con un vigor alimentado por la adrenalina.

El hombre se pone a vociferar obscenidades y a dar golpes en la puerta, pero yo ya la he cerrado y echado el seguro.

—Lo siento, de verdad, no es nada personal —le digo a través de la ventanilla antes de pisar a fondo el acelerador sin que me importe un pito el semáforo en rojo. El torrente de maldiciones se pierde en la noche, o puede que tan solo lo tape el estruendo en mis oídos.

Lo estoy haciendo. Estoy huyendo de un asesino. Siento un frenesí inigualable, y no puedo evitar soltar un grito de alegría.

Casi desearía que Jack me diera alcance para poder atropellarlo. Dadas las circunstancias, tendré que conformarme con imaginármelo temblando de rabia en la acera. No me permito mirar por el retrovisor hasta haber dejado atrás la biblioteca.

Solo entonces me doy cuenta de que no estoy sola.

—Ay, mierda… —musito.

Mis palabras parecen despertar de su mutismo al hombre de aspecto agradable que permanece petrificado en el asiento trasero.

—Ay, Dios —dice—. Ay, Dios mío.

Solo entonces me fijo en la pegatina del parabrisas. De todos los vehículos que podía secuestrar, he elegido un Uber.

—Vale, ya sé que esto no tiene muy buena pinta…

—Déjeme salir —dice. No termina de ser una súplica, pero tampoco es una exigencia. Es como si no esperase que fuera a funcionar.

—Ahora mismo no puedo, pero…

—Yo… me llamo Grant Hoffman —balbucea—. Tengo treinta y tres años. Enseño Inglés y Escritura creativa en la Universidad de Boston. Soy profesor adjunto, no tengo dinero. Por favor, solo quiero llegar a mi casa.

Trato de explicarle que todo esto ha sido un error, que no lo estoy secuestrando, que de hecho yo no soy la mala en esta historia, pero no es fácil meter baza.

La autobiografía que me está narrando, inducido por el pánico, suena cada vez más fuerte.

Tiene un hermano llamado Ted y una hermana llamada Caroline.

Tiene un gato llamado Arthur. Padece una alergia leve a la piña. Le gustaría viajar más.

—¡Deja de gritarme detalles humanizantes! —chillo—. ¡Que no voy a hacerte daño!

Pero él no me escucha. Su monólogo parece estar transformándose en una especie de sesión de terapia ahí en el asiento trasero. Por el espejo se le distingue un agotamiento y una tristeza que no creo que sean del todo culpa mía.

—¡Yo iba para escritor! —vocifera—. ¡Entré en el programa para niños superdotados!

Obtuve premios y becas, y ahora me limito a explicar la estructura narrativa a novatos con resaca y a calificar trabajos hasta las tantas, para luego volver a casa y abrir el portátil y quedarme mirando la pantalla en blanco hasta que me rindo y me sumerjo en alguna novela negra ¡en lugar de escribir una yo!

Piso el freno a fondo, más para evitar una colisión con el coche de delante que por efecto dramático, pero queda fenomenal en este momento. Además, así consigo que Grant Hoffman se calle. Me vuelvo hacia él.

—¿Has dicho novela negra?

Grant se encoge y retrocede la primera vez que establezco contacto visual con él.

Aunque no me hubiera soltado la historia de su vida a bocajarro, habría bastado mirarlo para adivinar mucho sobre él.

El pelo castaño, bien cortado pero un poco alborotado, la barba de un par de días, el jersey discreto y la americana…

; todo ello grita «intelectual exhausto».

Pero, con un repentino arrebato de energía, se desabrocha el cinturón de seguridad, se arroja contra la puerta y forcejea con el cierre, que no cede.

—¿Ha puesto el seguro para niños? —pregunta con voz entrecortada. Cuando me mira horrorizado, yo levanto las manos con gesto inocente.

—Yo no he sido. Qué mal rollo, ¿no? —Un coche pita detrás de nosotros y me vuelvo al frente para pasar el semáforo en verde—. Mira, si lo piensas bien, has tenido suerte de que interviniera.

Él no dice nada. Puedo ver por el espejo retrovisor cómo se lleva la mano al bolsillo con lentitud, y me doy cuenta de golpe de que va a llamar a la policía.

—Por favor, antes de hacer nada, déjame que te lo explique —le imploro—.

No soy una delincuente. O no lo era hasta hace diez minutos, vaya.

Estoy huyendo de un tipo que intenta matarme.

Pero matarme de verdad. He visto una oportunidad y la he aprovechado.

Siento haberte echado a perder la noche, pero no voy a hacerte daño, te lo juro. Solo intento alejarme de él.

Veo por el espejo cómo pulsa con nerviosismo el botón de encendido del móvil. Una nueva oleada de terror lo inunda, y yo no puedo evitar una punzada de compasión.

—Estoy sin batería —comenta con tono monótono, sin dirigirse a nadie.

—Uf, menuda faena. Para ti, digo. Es evidente que a mí me viene bien. Como comprenderás…

—Claro —responde en voz baja, como si en su cabeza estuviera muy lejos y desesperado por quedarse allí.

—Mira… —suspiro—, lo único que necesito es que me escuches. Y que mantengas la mente abierta, porque esto es una historia tipo La dimensión desconocida . Pero creo que podrías servirme de ayuda.

—¿De ayuda? ¿Cómo? —La mirada con el ceño fruncido que me lanza por el espejo no indica demasiada apertura de mente—. ¿A dónde me lleva?

Solo entonces me doy cuenta de que no tengo ni idea. He estado siguiendo las indicaciones del GPS, por costumbre, así que supongo que me dirijo a casa del cliente. Este es mi primer secuestro, sí, pero no creo que lo normal sea llevar a la víctima a su casa.

La gravedad de la situación por fin me sacude como una descarga eléctrica.

He robado un coche. Un coche de transporte compartido.

Cuyo conductor es más que probable que, en este momento, le esté dando a la policía la descripción tanto de mí como de la marca, el modelo y la matrícula del vehículo.

Y cuya ubicación seguramente se esté retransmitiendo en tiempo real a una empresa que, sin duda, no tendrá reparos en divulgársela a las autoridades.

Arranco el móvil del conductor del soporte y lo arrojo por la ventana, antes de girar a la izquierda para desviarnos de la ruta prevista. Tengo que llevarnos a mí, al testigo del asiento trasero y a la gigantesca prueba del delito que conduzco lo más lejos posible de aquí.

Introduzco en mi GPS mental la dirección del lugar más remoto que se me ocurre.