Capítulo 4
N o sabría decir si proceso la información a velocidad supersónica o a cámara lenta, reconstruyendo los detalles en mi mente como si fueran añicos de un jarrón roto que no encajan entre sí.
Hace un segundo me besaban como si mis labios guardaran el secreto de la vida eterna y ahora me están matando con la mirada.
La certeza me arrolla como un tren. El ceño fruncido. El puño rodeando el cuchillo. Esto no es un accidente tonto. Esto es un intento de asesinato, con nocturnidad y alevosía. Mi primer instinto es gritar:
—¡¿Y esto?!
El sonido corta el aire y rompe la quietud del momento. El tiempo, que había quedado suspendido, se acelera para compensar.
Jack trata de sacar el cuchillo de la enciclopedia en la que ha quedado clavado, apoyándose en la estantería para hacer fuerza.
Yo me quedo paralizada durante un segundo, escalofriante y surrealista, aterrorizada al percatarme de que mi instinto de autodefensa, desarrollado con tanto esfuerzo en el gimnasio, me ha abandonado en el momento de enfrentarme a un peligro real.
Entonces reacciono: «No dejes que recupere el arma». Y así, sin más, mi cuerpo vuelve a obedecerme.
Tomo posición y le asesto un puñetazo en la entrepierna para derribarlo en el momento en que se encoge de dolor.
El cuchillo cae al suelo y rebota hasta quedar fuera del alcance de Jack, que se desploma encima de mí.
Me retuerzo para zafarme de él y me estiro para alcanzar el cuchillo antes que él, pero mis dedos, frenéticos, no hacen más que alejarlo.
Jack tira de mi muñeca y me la inmoviliza contra el pecho, aplastándome con los mismos brazos que treinta segundos atrás me estrechaban con calidez.
Tumbado de cualquier manera sobre mí, trata de coger el cuchillo. Yo aprovecho que está a otra cosa para sacar el brazo de debajo de su cuerpo y liberar las piernas, que luego uso para arrojarlo en dirección contraria de un empellón. Cuando se golpea la cabeza contra una estantería, aúlla de dolor.
—Zorra —espeta.
No debería dolerme. Mucho a palabras necias y todo lo que queráis, pero cuando el insulto atraviesa los mismos labios que me besaban hace un momento, menuda puñalada.
Cojo aire y me pongo en pie. Cuando el cuchillo destella en un rincón oscuro, siento la necesidad de ir por él, pero la voz de Uri resuena en mi cabeza: «Lárgate a la de ya». Así que doy media vuelta y echo a correr.
Salgo del recodo, llego al pasillo y bajo las escaleras de mármol.
Los regios leones de piedra que guardan la escalinata ahora me parecen amenazantes, símbolo de la guarida del terror que he dejado atrás.
El corazón se me sale del pecho al ver las puertas principales y la débil luz de las farolas que entra por ellas.
Hasta que una figura desgarbada sale de entre las sombras y me detengo de golpe.
—¡Tú! ¡Espera!
El empleado de la biblioteca. El conocido de Jack, el que lo ayudó a organizar esta sorpresita.
Lo esquivo y viro hacia el pasillo. Unos pasos pesados, más rápidos que los míos, resuenan por las escaleras.
Salgo volando al patio, paso junto a la mesa con la vela humeante y la cena a medio comer y accedo al salón contiguo.
Oigo a Jack. Está acortando distancia. En menos de un segundo lo tendré a la vista y me perseguirá hasta la puerta. O eso es lo que él cree.
Al instante tomo una decisión y giro a la izquierda, con la esperanza de que me pierda la pista el tiempo suficiente para conseguir ayuda.
El eco de sus pasos ahora se oye en el vestíbulo principal.
Corro hasta la sección de ficción y me escondo detrás de una estantería, rezando por que no venga hacia aquí.
Lo oigo aflojar el paso hasta que termina por detenerse y suelta un grito de frustración que sacude el vestíbulo desierto antes de echar a correr en la dirección equivocada.
Las manos me tiemblan al sacar el teléfono del bolsillo. No puedo llamar a nadie; me arriesgaría a que me oyeran. ¿Qué hago, busco en Google «cómo escapar de un asesino»? ¿Se puede enviar un mensaje de texto al 911?
Estoy más que dispuesta a averiguarlo cuando el teléfono se me desbloquea y en la pantalla aparece un rostro que me deja pasmada.
Instagram sigue abierto desde esta mañana y, tras actualizarse, muestra una nueva publicación: una foto de Anna Matthews.
De pie entre las columnas blancas de la entrada de su casa londinense, luce una sonrisilla insolente que parece decir «sé una cosa y vosotros no».
Pero es la primera línea del pie la que, de verdad, me deja sin respiración.
Os lo cuento en exclusiva, queridos míos: he vuelto, estoy escribiendo y he decidido tirar la casa por la ventana con mi nuevo libro. Un thriller criminal titulado EL BESO DE LA MUERTE.
Es como si de pronto todo encajara y, al mismo tiempo, saltara por los aires.
No es posible.
No. Es. Posible.
Y, sin embargo, el asesino en ciernes que me persigue parece contradecirme: claro que es posible.
Leo por encima y a toda prisa el post, en el que Anna ensalza las virtudes de salir de la zona de confort y cruzar los propios límites y cabrear al agente literario soltando datos sobre un libro que ni siquiera está acabado todavía.
Es que me da igual. Lo único que necesito es un dato, algo que me diga que esto no está sucediendo, que no es más que una coincidencia extrañísima o, a poder ser, algún tipo de delirio.
Vais a adorar a la protagonista. Es una chica común, pero a la vez poco común, que tan solo busca el amor… hasta que acaba en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Puede que, en el fondo, sea una romántica, pero cuando hay que elegir entre vivir y morir, es toda una guerrera.
A ver, con esa descripción, podría ser cualquiera. No demuestra nada.
¡Estoy deseando que conozcáis a Roxie Mitchell!
Mi cerebro cortocircuita. No se oye más que ruido blanco.
Pues vale.
No es una coincidencia.
Y las cosas no están saliendo, para nada, como deberían.
Una perversa procesión de lamentos desfila por mi mente, subrayando cada error cometido que me ha traído hasta aquí.
Debería haber pasado de largo junto a le Regalante.
Debería haber escogido cualquier otra autora de romántica para el club de lectura.
Debería haber rechazado a Jack y, por si las moscas, haberle metido un puñetazo en la cara.
Hay cien motivos distintos por los que todo esto es culpa mía.
Pero también es culpa de Anna: yo debería estar en una comedia romántica. Creo que jamás en la vida he abierto una novela negra.
Estoy verdaderamente, locamente, profundamente… jodida.
¡Pumba!
¿De dónde ha venido ese ruido? ¿De la planta superior?
El corazón se me acelera por el susto y me domina la histeria.
Recuerdo las palabras de le Regalante: «Salvo que mueras.
Es como un sueño; si mueres en un sueño, mueres en la realidad».
Mis dedos temblorosos comienzan a insertar comentarios enloquecidos bajo el post de Anna.
SOY ROXIE MITCHLEL
VIVE O MUERE ANNA???
DIMELO!!!!!!!!!!!1!!!!!!
Otro golpe. Más fuerte, más cerca. Me quedo petrificada.
Me llega desde arriba el sonido de un suspiro ronco.
Es justo en la sección de novela romántica, donde estábamos antes.
Se produce un leve estrépito y, al asomar por un hueco en la estantería, veo el libro en rústica azul claro que acaba de arrojar desde la galería.
Me encojo para apartarme de su línea de visión.
—Venga, Roxie… —canturrea. Mi nombre, antes íntimo en sus labios, ahora suena a agresión—. No te escondas de mí. No permitas que las cosas acaben así.
Un nuevo estrépito, un nuevo libro arrojado. Jack camina con paso lento junto a la barandilla, avanzando hacia las escaleras como un rey que preparase su entrada triunfal. Me tapo la mano con la boca, tratando de silenciar mi respiración agitada.
Jack exhala un suspiro burlón de hastío cuando emprende la bajada.
—Mira, siento no haberte comentado antes todo esto del asesinato.
Pero es que, cuando lo cuento desde el principio, las chicas suelen ponerse histéricas y huir.
—Se detiene y lanza un libro en tapa dura contra una de las lámparas esféricas que cuelgan del techo.
Me estremezco al oírla estallar—. Pero cuando te conocí —prosigue mientras desciende con parsimonia por las escaleras—, supe que la persecución merecería la pena.
Me guardo el teléfono en el bolsillo con toda la lentitud y el silencio posibles, y saco de la balda el libro más pesado que encuentro. Lo aferro como si fuera un escudo, a la espera.
Ahora sí puedo verlo a través de una mínima rendija en el estante frente a mí. Jack suspira y, al bajar los últimos peldaños, su paso se ralentiza.
Un paso.
Otro.
Otro más.
Se detiene al pie de las escaleras.
—Eres la elegida, Roxie —confiesa alzando la voz al techo. La piel se me eriza—. Yo te he elegido.
«Ahora».
Me pongo en pie de un salto y levanto en las manos el pesado volumen.
—Pues elegiste mal —mascullo antes de lanzarle el libro con todas mis fuerzas.
Jack vuelve la cabeza hacia mí, los labios fruncidos en una mueca despectiva, pero la esquina del libro le acierta en la mejilla y cae a plomo.
Yo echo a correr, tratando de borrar de la mente la imagen de su rostro ensangrentado y luchando contra la náusea que me sube por la garganta mientras me precipito hacia las puertas de cristal.
Busco a tientas la cerradura y me lanzo al exterior; mis pulmones jadeantes se llenan de aire nocturno.
He dejado atrás a Jack y tengo la calle ante mí; sé lo que está sucediendo y por qué. Esa la buena noticia.
La mala noticia es, literalmente, todo lo demás.
No sé a dónde me dirijo, solo que corro más rápido de lo que habría creído posible. Jack no ha salido de la biblioteca en mi busca, pero es solo una cuestión de tiempo. Un librazo en la cara, por mucho que le haya lanzado un buen tocho, no va a retrasarlo demasiado.