Este libro puede matar Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Si hace demasiado frío, podemos entrar —propone Jack—. Tenemos todo el edificio para nosotros. Pero he pensado que esto sería divertido. También he traído mantas.

Puede que el aire sople frío, pero no puede competir con el cálido y resplandeciente sentimiento que se instala en mi interior.

—Esto es una locura —musito. Sigue habiendo una parte de mí que cree que no puedo aceptar todo esto. Es como si se tratara de un regalo demasiado caro y debiera rechazarlo. Pero, por mucho que quisiera hacerlo, no sé si sería capaz.

Además, en cuanto me tiende la mano, decido que tampoco quiero.

—¿Vamos?

Le doy la mía y respondo:

—Sí, vamos.

El vino y las risas se me suben a la cabeza mientras defiendo Dos por la mar de la crítica despiadada de Jack.

—¡No, esa es la cuestión! —exclamo—. Es un «enemies to lovers». La clave está en la fuerza que tiene un amor después de haber visto lo peor en el otro. Además, es supersexy. Hay una línea muy fina, finísima, entre el odio y la atracción sexual.

Estamos debatiendo una de las novelas de Anna Matthews dentro de una novela de Anna Matthews. No sé cómo es posible, pero me lo estoy pasando pipa, así que no le voy a dar más vueltas.

Jack suelta una carcajada desdeñosa mientras unta queso brie en una tostadita.

—Pero no hay forma de que no se diera cuenta de que se estaba enamorando de él. Si estaba todo el tiempo: «Puaj, cómo odio esa sonrisilla sexy. Se la voy a borrar de la cara. Con mi boca».

—«Quiero casarme con él con el único propósito de arruinarle la vida desde dentro» —añado levantando la copa para brindar por mis palabras—. Mandanga de la buena es eso.

Jack se ríe encogiéndose de hombros.

—Solo pienso que también tiene su punto mostrarle a alguien que te gusta desde el principio.

Tomo un sorbo de vino y disfruto del calorcillo que me provoca.

—¿Leyéndote, por ejemplo, su libro favorito en veinticuatro horas para poder discutir sobre él durante vuestra cita? —Sus ojos se clavan en los míos con un brillo juguetón—. Sí, tiene su punto.

Jack se inclina hacia delante y susurra:

—Me lo leí en diez.

Entonces me doy cuenta de que todo esto (la tabla de charcutería, la luz de la vela, el misterioso acceso nocturno a la biblioteca) palidece en comparación con ese sencillo gesto.

Por supuesto que encontrarnos en un lugar así de mágico tampoco viene mal. Contemplo maravillada los arcos iluminados del patio y los pálidos muros de piedra antes de volverme hacia Jack.

—¿Habías dicho que teníamos todo el edificio para nosotros?

Él asiente.

—¿Por? ¿Qué se te ha ocurrido?

Sonrío traviesa.

—¿Cuándo fue la última vez que jugaste al escondite?

Rastrear la planta superior, aunque hasta ahora no haya dado fruto, es un placer en sí mismo.

La noche transforma la biblioteca en un laberinto prohibido, una catacumba de libros y pupitres desiertos.

Las luces de la calle penetran por las ventanas, formando un motivo romboidal de sombras.

El efecto dramático es tan palpable que podría tocarlo con las manos.

Con la idea de dejar lo mejor para el final, solo ahora me acerco a la gran sala de lectura y su glorioso techo abovedado. Oigo un leve crujido en su interior, por lo que un estremecimiento de anticipación me baja por la espalda.

La pesada puerta de madera chirría cuando la abro para acceder a la estancia.

—Holaaa… —Mi voz interrumpe la quietud y retumba en las paredes, rebotando en las imponentes mesas de madera y las lámparas de lectura verdes.

Al adentrarme en la sala, tropiezo con algo, por lo que entrecierro los ojos y distingo un libro sobre el suelo.

Justo a su lado hay otro. Y otro, y otro más…

Están en fila, formando un sinuoso sendero hasta el grupo de estanterías de madera tallada que forma un recodo al fondo de la galería.

Sigo el rastro de libros hasta un estante esquinero en el que la luz de la luna ilumina varias filas de volúmenes de referencia casi idénticos, pero hay uno que no es como los demás.

Se trata de un libro de bolsillo, encajado en la sólida fila de tomos.

Cuando alargo la mano hacia él, descubro que es… Dos por la mar .

—Tu versión del escondite sigue unas reglas mucho más complejas que las mías —digo en voz alta.

Una mano aterriza sobre mi hombro y, sorprendida y emocionada, me doy la vuelta. Jack está frente a mí, cual sueño libresco con jersey de lana, su silueta suavizada por la luz plateada de la luna. No estoy segura de si veo su sonrisa tímida o solo la siento.

—Hola.

—Hola —respondo—. ¿Sabes? Se suponía que eras tú quien tenía que esconderse, no salir en mi busca.

Avanza un paso hacia mí.

—Pues me alegro de haberlo hecho.

Jack me hace retroceder hasta que los lomos de los libros en las baldas de roble se aprietan contra mi espalda.

La respiración se me acelera cuando apoya ambas manos a los lados de mi cara, acorralándome y con una sonrisa traviesa.

Estoy segura de que siento los latidos de mi corazón vibrando en el poco espacio que queda entre nosotros.

—Yo también me alegro —musito.

Se inclina con tanta lentitud que casi no lo soporto, pero la sensación de sus labios al rozar los míos hace que haya merecido la pena cada segundo de agonizante espera.

Me levanta la barbilla con un gesto dulce y yo me alzo de puntillas para atraerlo hacia mí, ahondando en el beso.

Es como una fantasía de dark academia en la que la magia saltara de la página directamente para integrarse en mi corriente sanguínea.

Jamás en mi vida me habían besado con tanta intensidad.

Es un frenesí que me atraviesa el cuerpo entero; los nervios se me disparan una y otra vez como si participaran en un combate de rayos láser.

Pierdo la noción del tiempo, del espacio, de todo, mientras su boca reclama la mía una y otra vez.

Pierdo la noción de mí misma. Hasta el punto de que, sin previo aviso, me pasa algo tan típico y tópico que no puedo creer que sea verdad: las rodillas me flaquean, pero literal. De hecho, se me doblan.

Cuando me deslizo por la estantería abajo, me sobresalto al oír un golpe y me da un ataque de risa. Su pesado eco resuena en mis oídos y me vibra en la espalda. Entonces se hace el silencio. Alzo la vista hacia Jack.

Distingo una sombra en sus ojos, que me miran con algo que solo podría describir como incredulidad.

Mi mirada sigue el potente perfil de su cuello, recorre sus anchos hombros y continúa por su brazo musculoso hasta que veo su mano, cerrada contra la balda por encima de mi cabeza.

Y el cuchillo que ha hundido en ella, justo donde mi pecho se encontraba medio segundo antes.