Este libro puede matar Capítulo 3 #2
9%

Capítulo 3 #2

Yo me alejo a regañadientes, con las cosas más claras y, a la vez, más confusa que nunca.

Tengo la cabeza hecha un lío: lo imposible, lo real y lo ridículo se entremezclan y entrechocan.

En algún lugar de semejante amasijo hay un punto de irritación porque se me vaya a espoilear la nueva novela de Anna Matthews, ya que soy yo quien la protagonizará.

Y, en algún otro lugar, me aguijonea la sensación de que debería haber hecho más preguntas.

—¡Espere! —exclamo dándome la vuelta.

Pero no hay nadie junto al puente.

Entonces oigo una enorme carcajada tras un árbol cercano. Le Regalante sale con los hombros agitándose de la risa y la maleta y el cencerro en la mano.

—¡Tendrías que haberte visto la cara! Es que no falla nunca este truco. En fin, que sí. Que acepto propinas a través del móvil, querida. ¡Tachán!

Son casi las ocho, en mi apartamento hay como cuatrocientos montones de ropa probada y descartada, y yo estoy que me subo por las paredes.

Esta tarde, cuando regresé de mi encuentro con le Regalante cegada por la neblina mental, le mandé un mensaje a Jack: «Ahí estaré».

Luego me pasé el resto de la jornada laboral buscando en Google: «Cómo anular un mensaje enviado».

Y, desde que salí de trabajar, no paro de alternar entre decidir qué hago con mi vida, caminar como un animal enjaulado por el apartamento y murmurar para mis adentros.

No puedo ir. Esto es ridículo.

Tengo que ir. ¿Cuántos aficionados a la romántica matarían por una oportunidad como esta? Se lo debo al género. A los fans. ¡Al mundo!

Me he probado todas y cada una de las prendas que poseo, poniéndome otra vez el chándal con gesto desafiante cada vez que descarto un look.

He actualizado tantas veces el perfil de Instagram de Anna Matthews que creo que lo he roto. No hay nuevos posts, nada más que esos emojis taimados y ese provocador «ESTAD ATENTOS».

—¡ESTOY ATENTA! —tengo un vago recuerdo de haberle gritado al teléfono—. ¡MÁS ATENTA, IMPOSIBLE!

¿Qué pasa si no voy? ¿Nuestros caminos se seguirán cruzando una y otra vez? ¿Lo echaré todo a perder y desataré la ira de le Regalante y me convertirá en gallina o algo así? ¿Sería tan terrible vivir siendo una gallina?

Pero ¿y si sí voy? ¿Cómo me preparo para una cita que es ficticia y, a la vez, real? ¿Qué me pongo? ¿Me tiño el pelo? Al menos debería cortármelo. En las comedias románticas, la heroína siempre lleva un cortecito mono.

—¡¡¡Arrrgh!!! —me grito delante del espejo del baño cuando un fogonazo de lucidez me revela que estoy a medio milímetro de separar de mi cabeza un mechón oscuro y ondulado.

Arrojo las tijeras al lavabo y me echo agua fría en la cara.

Entonces me doy cuenta de que ya me había maquillado y que ahora me toca rehacerlo.

Bueno, pues ya está. No voy. Nadie esperará que me maquille una segunda vez.

Me dejo resbalar por la pared del cuarto de baño pensando: «Madre mía, menudo drama; se nota que soy la protagonista, sí». Y, una vez en el suelo embaldosado, por fin tomo aire y empiezo a pensar con la cabeza.

Por regla general, no dejo que el tema hombres me agobie tanto.

Pero no sería la primera vez. He visto a amigas llorar sobre mi hombro en el cuarto de baño de la residencia universitaria.

En dos ocasiones he tenido que convencer a Steph para que no se cortara el flequillo tras una ruptura, y luego he tenido que mentir y decirle que le iba fenomenal a la forma de su cara.

Y luego están todos los consejos románticos de mi madre, cada uno de ellos una advertencia velada, del tipo: «Encuentra a alguien que de verdad te regale flores» o «Si no tienes claro lo de la boda, no pienses, huye».

Si hay una cosa que he aprendido sobre el amor en la vida real es que termina.

Y mal. Claro que tiene que ser bonito durante la primera época, pero ¿luego qué?

No es que una acabe sola. Yo estoy sola y no se está mal.

Pero una vez que añadimos el recuerdo de lo que era estar enamorada, estar sola se convierte en sentirse sola.

O bien acabas atrapada con alguien que igualmente te hace sentir sola, algo que tal vez sea aún peor.

Pero esto de Jack… no puede acabar así, no.

Esto tiene fecha de caducidad, un arco narrativo con una conclusión prevista.

Supongamos que esta noche salgo con él, me dejo llevar y permito que la trama avance.

Todos esos dulces detalles de ficción que tantas veces me han hecho suspirar me sucederían a mí.

Sería romántico y de lo más predecible, y luego se acabaría y adiós muy buenas.

Como un parche de nicotina en forma de romance, o una prueba de treinta días en la que no me exigen los datos de la tarjeta de crédito.

Podría experimentarlo todo, solo una vez, y quitarme el gusanillo. Y así vería lo que se siente.

No tendría que volver a preguntarme cómo será.

Me levanto de un salto y me planto delante del espejo para arreglarme el maquillaje antes de acobardarme una vez más.

Rebusco entre los montones de ropa unos vaqueros y un top, además de mi americana oversize favorita.

Me guardo lo imprescindible en los bolsillos, sin preocuparme de llevar bolso o un abrigo de verdad, sin permitirme pensármelo dos veces, y salgo por la puerta.

Al llegar a la escalinata de la biblioteca, medio me espero que no haya nadie.

Allí estaría yo, sola como una idiota, avergonzada de mi propia credulidad.

Y luego Jack y le Regalante, como se hace llamar, saldrían de la nada, con toda probabilidad acompañados de un equipo de cámaras, muertos de risa por lo inocentona que soy.

Pero al doblar la esquina, allí está, justo como había dicho. Se apoya en una de las estatuas de la entrada y le salen nubecillas de vaho de la boca. Cuando me ve, agita la mano… y no hace falta más. El último atisbo de duda se evapora, reemplazado por el cosquilleo en la barriga.

—Vaya, vaya, vaya —dice cuando me acerco—. Nada menos que «la chica de los libros».

Una risa de sorpresa escapa de mis labios. Si él supiera…

Me atrae y me da un abrazo informal, y por supuesto que no intento olfatearlo, pero la verdad es que tampoco puedo evitarlo.

Huele…, a ver, ni idea de a qué, pero de maravilla.

¿A algo especiado? ¿Un poco terroso? De pronto me muero por averiguar cómo lo describirá Anna Matthews.

Sus protagonistas masculinos siempre parecen estar envueltos en aromas del tipo «cedro ahumado», «sándalo» o «cálida franela».

Interrumpo el hilo de mis pensamientos y me separo de Jack antes de ponerme a olfatearlo como un sabueso. Necesito serenarme. Me imagino que esto será más o menos como salir con tu famoso favorito mientras finges que su póster jamás ha adornado tu pared.

—¿Adónde vamos? —pregunto con el mayor desenfado posible—. ¿A cenar sushi? ¿A un indio? ¿A algún sitio, así como raro, de perritos empanados artesanales?

Una chispa pícara brilla en sus ojos cuando alarga la mano por detrás de la estatua para coger algo.

—Tentador —responde—, pero he tenido una idea mejor.

—¿Una idea mejor que un perrito empanado artesanal?

Sonríe de oreja a oreja y me presenta una cesta de pícnic a la vieja usanza. Con sus cuadritos de vichy rojos y todo.

—¿Dispuesta a vivir una pequeña aventura?

Huy, es de los buenos.

—Siempre —afirmo.

Ladea la cabeza en un gesto de invitación y sube la escalinata camino de la biblioteca a oscuras.

Y, además de a oscuras, está cerrada, dadas las horas que son.

Empiezo a preguntarme si no será él quien se ha montado una película cuando abre con facilidad la verja de hierro forjado y llama rítmicamente al cristal de la puerta interior.

—Tengo un contacto —me explica dirigiéndome una mirada astuta. Entonces la puerta se abre, empujada por un hombre delgado de cabello gris que luce una sonrisa cómplice y un distintivo de la Biblioteca Pública de Boston colgando del cuello—. Gracias, colega.

Jack le da una palmada en el hombro al tipo. Me pregunto con cuánta frecuencia tienes que venir a la biblioteca para tener un contacto en la casa. ¿O será multimillonario y lo mantiene en secreto? ¿Será este uno de «esos» libros?

Cuando el hombre de la biblioteca cierra a nuestras espaldas, me quedo mirando boquiabierta el amplio vestíbulo, silencioso como una tumba y sumido en las sombras. Jamás lo había visto así. Jack se coloca a mi lado.

—Me encanta —suspiro—. Es como una iglesia, pero para bibliófilos.

—Mmm. —Su murmullo de asentimiento me acaricia la piel como una brisa suave—. Solo que nunca he sentido tanta química con nadie en una iglesia.

—Ahí no coincidimos. La Roxie adolescente nunca conoció a un monaguillo que no le gustara.

Jack sonríe y hace chocar su hombro con el mío antes de conducirme por el pasillo.

Si por un momento pensase que esto es la vida real, la vista que nos recibe en el patio haría saltar la idea por los aires.

Alguien ha dispuesto un par de sillas y una mesa de restaurante, en cuyo centro titila una vela, con un calefactor minimalista al lado.

Con las luces de la planta superior apagadas, el cielo nocturno parece tener prisa por venir a nuestro encuentro.

Incluso para una novela romántica, esto es demasiado perfecto.

La trama nunca empieza con una cita perfecta para luego continuar, sin mayores contratiempos, con una relación perfecta; siempre hay algún pero.

Así que disfrutaremos de una noche mágica y luego, el primer día en mi nuevo trabajo, descubriré que es mi jefe.

O puede que sea una estrella de cine y lo de cortejarme forme parte de su método para prepararse para un papel, pero por el camino terminará enamorándose.

Por hache o por be, todo tendrá que tambalearse un poco para luego volver a enderezarse.

Pero, madre del amor hermoso, menudo comienzo.