Capítulo 3
C uando caminas por Boston un día cualquiera, te puedes topar con personajes de lo más variopintos: artistas callejeros, mendigos, oradores o cualquier combinación de los tres.
Está el tipo que improvisa cancioncillas sobre los viandantes que le dan alguna propina.
El recreador de casaca roja que patrulla por el Freedom Trail con expresión malhumorada y un acento británico horroroso.
O Geoff Potts y los Nadie Más, el eufórico hombre orquesta que toca como sesenta instrumentos a la vez.
Ahora, dar a propósito con una de estas celebridades es difícil.
Sobre todo cuando solo dispones de treinta minutos para almorzar y un inquietante recuerdo fugaz como única guía.
No hay nadie bajo el tejadillo donde me encontré al tipo del fedora y tampoco veo rastro de él en la calle.
Ni una sola persona en los alrededores lleva más de un sombrero.
Llego hasta el jardín público, un lugar frecuentado por turistas y músicos callejeros.
Nada. Los senderos, normalmente abarrotados, hoy están tranquilos y no se ve un solo artista.
La única es una mujer mayor y elegante, con moño rubio y expresión aburrida, sentada sobre una maleta de aspecto antiguo junto al puente peatonal.
Estoy a punto de pasar a su lado cuando me llama la atención el cencerro que sostiene en una mano de manicura perfecta y el platillo de cristal lleno de monedas a su lado.
Por lo que se ve, también es artista callejera.
No sé si habrá una especie de red profesional para esta gente o si serán rivales acérrimos que ni se atreven a pronunciar el nombre del enemigo, pero estoy más que dispuesta a comprobarlo.
—Perdone —digo acercándome a la sofisticada mujer. Ella no me responde—. Sé que es mucho preguntar, pero estoy buscando a alguien que concede deseos…
—Como todos —responde con un monótono acento eslavo.
—No, es alguien concreto —aclaro—. Me lo encontré en la calle el otro día. Fedora, barba larga, ojos raros. ¿Por casualidad no lo habrá visto?
La mujer suspira.
—Le.
—¿Cómo?
—Que si «le» he visto, querida. A elle. No juzgues tan a la ligera.
Y con las mismas, este dechado de elegancia levanta un dedo para bajarse sus espectaculares gafas de sol de ojo de gato. Casi me caigo de culo. Un par de asombrosos ojos, con un remolino glacial, me observan en mitad de un rostro apático.
—¡Tachán!
Pero es imposible que se trate de la misma persona.
Ni el mejor equipo de prostéticos sería capaz de producir una transformación tan perfecta.
El color del pelo, la complexión, la estructura ósea…
, todo es distinto. Todo salvo esos ojos imposibles.
Y, sin embargo, ahí parada, atrapada por su mirada fascinante, algo me dice que el tren de la lógica y la razón partió ya hace mucho sin mí.
—¿Es… usted? —balbuceo—. ¿Es usted quien concede los deseos?
—Hoy no —responde con total naturalidad al tiempo que vuelve a subirse las gafas. Agita el cencerro al ver que se acerca un grupo de visitantes—. Hoy predigo el tiempo.
Me encojo del susto cuando el fuerte tañido del cencerro golpea mis oídos, seguido del fuerte acento de una voz que exclama dirigiéndose a todos y a nadie en particular.
—Está a punto de… —Entonces arruga el rostro, se lleva con gesto delicado un dedo de uña rojísima hasta el alto pómulo y pone cara de disgusto ante lo que descubre en él.
Acto seguido, emite un suspiro exasperado—.
Ya está lloviendo. —Se vuelve hacia mí con gesto inexpresivo—.
Maldita sea. La actuación pierde toda la gracia cuando el chubasco se me adelanta.
—Me mira un momento antes de volver a suspirar—.
Tenías una pregunta o algo así, ¿verdad, querida?
Va a caer un chaparrón de aquí a trece minutos.
Para entonces me gustaría estar en algún lugar a cubierto y con un margarita en la mano.
Me aclaro la garganta, como si eso fuera a ayudarme con lo que tengo que decir. Me siento ridícula solo de expresarlo en palabras.
—A ver, el otro día deseé…
—Convertirte en la próxima protagonista de Anna Matthews —responde la extraña persona que tengo delante, levantándose las gafas de sol hasta la coronilla—.
Y, cuando te das cuenta, Anna anuncia su nuevo proyecto y tú pierdes la cabeza, y de un modo demasiado bueno para ser verdad, por un apuesto veterinario, o un librero, o el príncipe de un país europeo inventado.
Y ahora te preguntas «¿cómo es posible, qué está pasando? , necesito respuestas». ¿Algo así?
Estoy casi segura de que se me ha parado el pulso.
—Creo que es abogado —grazno.
Elle emite un hondo suspiro y, con el mismo entusiasmo que el empleado de un parque de atracciones pronunciando las consignas de seguridad, empieza a hablar:
—Lo que pasa es que se ha cumplido tu deseo.
Eres la nueva heroína de Anna Matthews. No sé en qué andará trabajando ahora, pero la trama, los personajes, el diálogo…
, todo se va a hacer realidad a tu alrededor.
Si escribe una historia de amor, tendrás tu historia de amor.
Si escribe que ganas la lotería, enhorabuena, por el momento serás rica.
—¿Por el momento?
—No es algo permanente, ricura —responde tras una carcajada sardónica—.
¿Es que no has leído La Cenicienta ? Cuando Anna escriba FIN, tu carroza volverá a convertirse en calabaza.
La historia se desarrollará hasta el final; luego desaparecerá y tu vida volverá a la normalidad.
¡Tachán! —Baja la vista para inspeccionarse la manicura y, como si no se le hubiera ocurrido hasta entonces, añade—: Salvo que mueras.
Es como un sueño; si mueres en un sueño, mueres en la realidad.
La lluvia se vuelve gélida.
—¿Salvo que «muera»? —La voz me sale chillona.
—Relájate, monada. Anna Matthews escribe romántica, ¿no? Pero es algo que tengo que advertirle a todo el mundo. Te sorprendería cuánta gente desea verse en Parque Jurásico o en la gran inundación de melaza de Boston.
—Pero no lo entiendo —replico—. ¿Cómo puedo ser un personaje de novela si, al mismo tiempo, soy una persona viva? ¿Mi vida real se pone en suspenso? ¿Todo lo que estoy diciendo no es más que un diálogo en el libro?
El ser pone los sobrenaturales ojos en blanco, deja el cencerro a un lado y se saca un cigarrillo ya encendido del bolsillo del abrigo.
—Tranquila —dice—. La ficción no anula tu vida real; discurre en paralelo.
Tú sigues siendo tú y teniendo libre albedrío.
Es poco probable que la trama se cumpla al cien por cien; la historia se irá adaptando a tus decisiones.
Una vez, una dama quiso vivir en Orgullo y prejuicio y le dio un ansiolítico al señor Darcy.
Terminó en una versión «muy» distinta de la historia.
—Su mirada se pierde como si el recuerdo todavía le persiguiera.
El corazón me retumba acelerado cuando empiezo a tomar conciencia de la situación.
Según Ojos Locos, en este mismo instante en que conversamos, Anna Matthews está escribiendo una historia sobre Jack y sobre mí.
A menos que sea más lista que ella, mi vida va a convertirse en una sarta de grandes gestos y declaraciones de amor.
Sería absurdo creerlo. Pero, de alguna manera, también parece absurdo no hacerlo, o considerar siquiera mi propia opinión. Es como estar de pie y preguntarme si creo en la existencia del suelo.
Aunque tampoco quiere decir que tenga que gustarme.
—¿Cómo es posible…? —barboto—. ¿Cómo ha podido…? ¿Quién es usted?
Elle se encoge de hombros y da una larga calada al cigarrillo.
—Algunos días soy esto. Otros, aquello. Una vez al mes o así me pluriempleo como camarere borde en algún restaurante de la cadena Dick’s Last Resort.
Allá donde voy, regalo algo: deseos, maldiciones…
, mi presencia. Lo que me apetezca. —Vuelve a ponerse las gafas con gesto perezoso y me mira—.
Piensa que has tenido suerte, querida. Te ha regalado la realización de un deseo…
le Regalante —concluye extendiendo las manos con dramatismo, como si hubiera conjurado un hechizo.
—¿Le Regalante? —Parpadeo con incredulidad—. ¿No sería «Donante»? ¿«Concedente»?
—Es que esos ya estaban en uso.
El sentimiento que crece en mi interior no es de agradecimiento, sino de indignación. ¿Que esta persona tenga poderes mágicos imposibles? Vale, pero eso no le da derecho a entrometerse en la vida de la gente.
—¿Por qué? —quiero saber—. ¿Por qué hace esto?
—Muy fácil —responde dando un toquecito al cigarrillo para que caiga la ceniza. Esta se convierte a medio camino en purpurina morada, claro que sí—. Porque expresaste un deseo y me apeteció concedértelo.
—También deseé un apartamento mejor y un trabajo más molón.
Le Regalante agita la mano con un gesto de desdén.
—Apartamentos y trabajos, qué aburrimiento.
El otro deseo era estupendo. ¿De qué te quejas?
A caballo regalado no se le mira el dentado, ¿no?
Al fin y al cabo, tampoco tenía por qué concederte lo que tú quisieras.
Si yo hubiera deseado que tu vida se convirtiera en una película muda, ¿qué habría pasado?
Para empezar, no me estarías lloriqueando. Puede que haya cometido un error.
La réplica se me atasca en la garganta. Es mejor no morder la mano que te arroja purpurina morada mágica.
—Yo… —Sacudo la cabeza intentando poner en orden mis pensamientos. Inhalo. Exhalo—. Vale. Pero… ¿y ahora qué hago?
Le Regalante me hace callar chasqueando la lengua y levanta el dedo.
—Mira, yo soy le Regalante, no le A Ver Cómo Te Lo Solucione, ni le Planificadore Logístique de Deseos.
Tú sal ahí y disfruta de tu comedia romántica.
La verdad, tampoco hace falta ser un ente místico omnisciente para manejarse en esta situación, y mírame, haciéndote aquí todo el trabajo.
Hale… —Me hace un gesto con la mano para que me vaya antes de agarrar de nuevo el cencerro.