Capítulo 2 #2
—Y yo tengo entendido que te machaca el corazón y no vuelves a ser ni la sombra de lo que eras. Pero, eh, para gustos, colores.
Mientras regresamos por el pasillo del claustro que hay en el patio, las lámparas colgantes tiñen de dorado su rostro.
—Tal vez deberías pasarme uno de los tuyos y así veo qué me estoy perdiendo. —Da un toquecito con el dedo en el libro amarillo chillón que corona mi pila: Una farsa para recordar —. Este suena divertido.
Sonriendo, me aparto con un gesto defensivo.
—Por encima de mi cadáver. Llevo meses esperando leerlo. —Me detengo junto a un banco de piedra para reorganizar la pila y le tiendo una copia gastada de Dos por la mar —. Prueba con este, que lo he leído dos veces. La verdad es que a estas alturas ya debería habérmelo comprado.
Observa la cubierta mientras nos encaminamos hacia el vestíbulo.
—Anna Matthews. Me suena.
—Es mi favorita. A ver si eres capaz de leer alguno de sus libros sin ponerte a patalear o sin que se te escape una risita de la ilusión.
Jack deja los libros con cuidado sobre el mostrador de préstamos antes de inclinarse y, bajando la voz hasta el punto de provocarme un cosquilleo que desciende por mi cuello, me dice:
—Yo jamás rechazo un desafío.
Cuando le llega el turno de confirmar el préstamo, le dirijo una sonrisa de «gracias, ha sido un placer» y me aparto a un rincón del mostrador para guardar mis pertenencias.
En ese momento, una empleada de la biblioteca pasa a mi lado y se queda mirando mis libros mientras saco una bolsa de tela arrugada del bolsillo de la cazadora.
—¡Ay, eres de las mías! —exclama, señalando un ejemplar de Solo entre nosotros que observa por encima de la montura turquesa de sus gafas—. Me encanta Anna Matthews. ¿Te has enterado de que por fin está escribiendo un nuevo libro?
—¡¿Cómo?! —Saco el móvil y me apresuro a abrir el perfil medio abandonado de Instagram de Anna. En efecto, hay un nuevo post; un cuadrado rojo con un texto superpuesto que dice: «Os tengo una sorpresa preparada, estad atentos…» y debajo un emoji de un libro y una carita pidiendo silencio.
Hago una captura para mandársela luego a Steph, imaginando la cascada de mensajes de texto, en mayúsculas, que le voy a enviar al tiempo que guardo el resto de los libros en mi bolsa y me dirijo a la salida.
Me detengo al reconocer a Jack en la puerta del vestíbulo. Él se queda boquiabierto al ver mi bolsa.
—¿Llevabas contigo esa bolsa todo el tiempo? —Niega con la cabeza y chasquea la lengua—. Y yo que pensaba que solo me querías por mi capacidad para cargar con libros.
Suelto una carcajada.
—Los libros no se guardan en la bolsa hasta que los tienes oficialmente en préstamo, a no ser que quieras parecer un ladrón —respondo. Jack me sujeta la puerta y ambos salimos al aire frío—. Te aseguro que solo lo he hecho para evitar la apariencia de delito.
—Ya veo —admite asintiendo con burlona solemnidad—. Y has elegido el camino más largo para salir porque…
—Porque el patio es lo mejor de toda la biblioteca y nunca me voy de aquí sin atravesarlo.
—Vale. —En su mejilla reaparece un hoyuelo. Habría que sacarse licencia para esgrimir un arma tan letal—. Entonces no ha sido porque disfrutabas de mi compañía.
—¡No! —intento defenderme, pero me sale una especie de graznido y las arruguitas divertidas alrededor de sus ojos terminan por vencerme—. A ver, tampoco es que seas la peor compañía —concedo.
La sonrisa de Jack se ensancha. Entonces aparta la mirada con un toque casi tímido en su expresión.
—¿Crees que podría volver a «no ser» la peor compañía? —me pregunta—. ¿Acaso mañana por la noche?
«Acaso», la palabra favorita de Anna Matthews. Eso sí que ha sido raro.
Me quedo mirándolo como si me hubiera hablado en griego antiguo.
¿Cómo es posible que haya pasado las últimas diez horas o así comparando lo patético de mi día a día con las novelas románticas y de pronto me tire los tejos este desconocido, casi demasiado perfecto y que recuerda alarmantemente a los protagonistas de mi autora favorita?
Roza lo inquietante, como cuando en una sala llena de gente piensas «si alguien puede leerme la mente, que tosa» por echarte unas risas, y alguien va y lo hace.
Carraspeo.
—Yo, esto… La verdad es que no…
Jack entrecierra los ojos, aunque no me mira a mí, sino algún punto cerca de mi hombro, y me interrumpe al inclinarse hacia delante.
—Tienes un… —Su voz se apaga al tiempo que desliza la mano por mi brazo, haciendo que de inmediato los vellos se me pongan de punta a pesar de las cuatro capas de ropa. Al bajar la vista, me da tiempo a distinguir cómo una mota de purpurina morada cae al suelo, titilante a la luz de la farola.
Si antes tenía el corazón acelerado, ahora se me para.
La escena vuelve a mi mente como a través de un calidoscopio; el eco de los sonidos retumba en mis oídos.
Viento gélido. Ojos imposibles. Un billete de dólar.
«Ojalá fuera yo la próxima protagonista de Anna Matthews».
«Tu deseo es mi regalo».
«¿Te has enterado de que por fin está escribiendo un nuevo libro?».
No.
No es posible. ¿A que no? Pues claro que no.
El tipo del fedora no es más que un tipo que lleva fedoras y finge conceder deseos, punto. Y, de todas formas, aunque él y el extraño remolino de sus ojos poseyeran a saber qué poder, yo estaba de broma. Así que no cuenta. Cómo va a contar.
—Te propongo algo —dice Jack. Agarra el teléfono, que sigue en mi mano, y yo estoy tan desconcertada que le dejo hacerlo—. Te voy a apuntar mi número. Tú piénsate con tranquilidad si quieres que quedemos aquí mismo mañana por la noche. ¿A las ocho te viene bien?
No soy capaz de hablar ni de moverme. Ni cuando veo cómo teclea en mi teléfono, con el rostro iluminado por el leve brillo de la pantalla.
Ni cuando, al ir a devolvérmelo, lo sostiene en el aire durante sus buenos cinco segundos.
Y tampoco cuando se ríe al verme atónita, toma mi mano entre las suyas y me abre los dedos, tal cual, para luego cerrarlos alrededor del móvil.
¿Existe algo así como una parálisis del sueño, pero estando despierta? Porque es lo que me pasa.
Jack enarca una ceja a la espera de una respuesta.
—Vale —digo tratando de sonar fría e indiferente, aunque lo que parece es que me haya tragado un puñado de mariposas.
Él sigue rodeándome la mano cerrada alrededor del teléfono. Mi pulso acelerado debe de estar quemándole la palma.
—En cualquier caso —dice con sus ojos clavados en los míos—, ha sido un verdadero placer conocerte.
«Un verdadero placer». Según la pronuncia, no parece una expresión manida. Suena como si fuese la primera persona en decirla.
—Ajá… —respondo, incapaz de concentrarme en nada que no sea la firmeza de sus dedos alrededor de los míos.
Casi me he acostumbrado a su tacto cuando retira la mano. La mía se queda fría y suspendida en el aire, como una tonta.
—Buenas noches, Roxie —se despide al tiempo que se aparta con una sonrisa, antes de dar media vuelta y regresar a saber dónde. Creo que yo también le deseo buenas noches, pero es muy posible que solo lo piense mientras veo alejarse su silueta con los ojos en forma de espiral, como en los cómics.
Cuando vuelvo en mí y me encamino hacia la estación de metro, una resolución se abre paso en mi interior.
Mañana voy a localizar sí o sí al maldito tipo del fedora.