Capítulo 2
C uando me despierto, soy muy consciente de dos cosas. La primera: hay algo que se me está olvidando. Puede que sea un sueño, o quizá un recuerdo que se desvanece, o una palabra en la punta de la lengua. Cuanto más intento recuperarlo, más se hunde en mi subconsciente.
La segunda: me quedé dormida encima del mando a distancia y ahora lo tengo marcado en la cara.
Es temprano, por lo que el resplandor blanquecino de las mañanas de finales de invierno atraviesa las cortinas de gasa mientras, al otro lado, un pájaro solitario me da los buenos días con su estridente canto.
Mi capacidad de levantarme de buen humor está directamente relacionada con la diversión que me espere ese día, y hoy me esperan un dolor de cabeza y ocho horas de trabajo temporal en HillCare Salud.
Cometo el error de novata de intentar recobrar la conciencia echando un vistazo al móvil (algo en lo que caigo cada mañana).
No sé qué esperaba encontrar, tal vez un correo electrónico avisando de que el edificio donde trabajo se ha incendiado y ha quedado reducido a cenizas, o una noticia sobre el descubrimiento de las bondades de comer nata montada del bote.
Pero lo único que veo son titulares del tipo «Los poderosos hacen cosas horribles» y «Asesinatos en la ciudad» y «Todavía tienes que ir a trabajar, Roxie».
Aunque sé que mis aventuras bajo el sol están financiadas por mis jornadas de arduo trabajo bajo los fluorescentes, es fácil desear que mi día a día fuera algo más a mi gusto que teclear en un ordenador y soltar palabros de la jerga empresarial.
Pero eso también tendría sus desventajas.
Si tuviera un trabajo que me importara, me costaría dejarlo.
Así, puede que todo sea beis, aburrido y sofocante, pero solo es beis, aburrido y sofocante durante algunas semanas seguidas, o meses.
Luego se me acaba el contrato y el mundo vuelve a estar a mis pies.
Es fácil olvidar la monotonía en cuanto se presenta una oportunidad de tirarse al agua desde un acantilado o nadar entre tiburones.
Así que me alejo del sofá —aunque sea arrastrándome como un reptil resacoso—, me tomo un ibuprofeno, me borro de la mejilla la huella del mando a distancia y me pongo en marcha.
El festival del romance de ayer no me hace ningún favor hoy.
En comparación, mi vida es como el «antes» de un publirreportaje.
Un enorme montaje en blanco y negro de zumo de naranja derramado y avalanchas de tápers, una calle con nieve embarrada y un vagón atestado de gente.
En un momento dado del trayecto, me veo pegada a un hombre atractivo con un traje impecable.
Sin levantar los ojos avellana del teléfono, abre la boca y me suelta un suave eructo en toda la cara antes de darme la espalda.
Ya me gustaría ver a Anna Matthews escribiendo algo así.
Las cosas no mejoran en la oficina; no hay ninguna comedia romántica ambientada en el departamento de marketing de una empresa de salud geriátrica, y no es de extrañar.
Ninguno de mis compañeros me cae especialmente bien, pero no es tanto un odio sexy y apasionado como cierta aversión a escuchar a Mitch y a Derek quejarse de «las tías» en el cuarto de descanso.
Mi actual jefe no es un apuesto hombre de negocios, sino Miranda, una adicta a apretar el botón de su bolígrafo retráctil cuya media melena recta siempre parece agitarse en mi dirección cuando se queja de las catastróficas estadísticas en redes sociales.
Como si fuera culpa mía que la gente no acuda en masa a ver contenido en Instagram sobre prevención de caídas en la tercera edad.
La jornada está llena de reuniones que podrían haber sido e-mails, gente perorando sobre «métricas clave», «tasas de conversión», «entregables», «KPI», «CTR», patatín y patatán.
Asiento cuando asienten, frunzo el ceño cuando fruncen el ceño, tomo notas que terminan convirtiéndose en garabatos.
Me siento al escritorio. Cronometro el descanso para comer.
Intento ignorar el cliqueo incesante y el zumbido de la luz y el olor penetrante por cortesía de quienquiera que haya decidido calentar tilapia en el microondas.
A última hora estoy que me subo por las paredes; me muero por escapar. Así que cuando por fin salgo a las cinco, hago lo único sensato: me subo al tren y arrastro mi triste ser hasta la biblioteca.
La Biblioteca Pública de Boston es mi lugar favorito de toda la ciudad, y creo que lo seguiría siendo aunque no estuviera llena de libros.
En cuanto cruzas el umbral, te olvidas de todo lo de fuera.
Siempre me quedo sin aliento cuando subo por la escalinata del vestíbulo y contemplo los leones de piedra, los mosaicos de los techos, los pilares de mármol, todo ello teñido de dorado por la suave luz de las lámparas suspendidas.
Luego está el patio, un amplio espacio al aire libre con un jardín por el que me encantaría pasear con un vestido de la Regencia que me subiera las tetas hasta el cuello. Resulta muy cómodo que las novelas de romance histórico se encuentren a solo un par de salas de aquí.
Mientras examino las estanterías, ya tengo elegidas cuatro de ellas, además de cinco o seis comedias románticas con cubiertas de vivos colores.
Las mantengo en precario equilibrio, formando una pila que sujeto entre una mano y la barbilla, mientras con la otra agarro cualquier libro rosa, violeta o verde menta.
Si es lo bastante alegre como para compensar lo gris de mi jornada, se viene a casa conmigo.
—Disculpe, pero hay un límite de cinco libros.
Me giro a la velocidad del rayo para contestar, porque ya he comprobado en propias carnes que el límite de la biblioteca es de ¡setenta y cinco libros! Al hacerlo, la pila que sujetaba a duras penas se viene abajo y una cascada de libros cae a mi alrededor.
La defensa se me queda atascada. Unos ojos verdes brillan divertidos tras unas gafas de moderna montura redonda en una cara iluminada por una sonrisa ladeada.
El hombre tiene el pelo rubio alborotado, un buen puñado de pecas y aspecto desenfadado.
Me fijo en la sudadera con capucha bajo el chaquetón de marinero, y los libros que lleva, con gesto relajado, en una sola mano.
—Tú no trabajas aquí —digo.
—Culpable. Solo me estaba quedando contigo. —Deja los libros a un lado y se agacha para ayudarme a recoger los míos. Toma uno en rústica con cubierta rosa palo y se queda mirándolo con los ojos entrecerrados—. Puede que tengamos que pelearnos por este.
—Es para un club de lectura —me apresuro a responder al tiempo que le arrebato Tú y yo y París .
Es algo que odio, este reflejo instintivo de distanciarme de mi género favorito para que los hombres me tomen en serio.
Como si la única forma de ser inteligente y respetable fuera leer el tipo de libros que él ha elegido: ejemplares mohínos, Serios (con S mayúscula), con títulos como La heroína es una amante cruel , Ay, qué duro es ser un hombre blanco deprimido que reflexiona , o algo por el estilo—.
Bueno, Reese Witherspoon ha dicho que le encantó.
—Sí, sí, ya lo sé. Lo pone en la cubierta.
De hecho, lo pone más grande que el título.
—No sé cómo, pero lo dice sin el menor atisbo de desprecio.
El hombre tiene una voz suave, afable. Podría locutar anuncios de servicio público.
Cuando se sube las gafas, siento un extraño revoloteo en el pecho que seguro no tiene nada que ver—.
¿Quieres que te lleve todo esto al mostrador de préstamos?
Me planteo si podría estar intentando estafarme. Puede que este sea el primer paso, los libros; luego, el número de la Seguridad Social.
—¿Que quieres cargar con mis libros? ¿Como si estuviéramos en un instituto en los cincuenta?
—Claro. Y, si todo va bien, tal vez luego podríamos ir a… —se me arrima y baja la voz; el susurro suena sexy y conspirativo— bailar rock and roll.
La realidad tarda en golpearme lo que tarda en sonar un trueno tras un relámpago: el tipo está ligando conmigo.
En la biblioteca. Y está bueno de verdad.
¿Qué pasa aquí? Estas cosas solo suceden en libros y pelis, no en la vida real.
Es un extraño choque de mundos, como encontrarse al profe de Biología en el cine o a la dermatóloga en Tailandia.
Bueno, vale, es un poquitín más romántico.
Suelto una carcajada desdeñosa.
—¿Rock and roll? ¿Acaso tengo aspecto de adorar al diablo?
Cuando se ríe, el sonido, cálido e inesperado, me provoca una pequeña sacudida por la columna vertebral.
—Me llamo Jack —dice, sus ojos alegres fijos en mí.
—Roxie.
—Como Roxie Hart —responde, antes de entrecerrar los ojos con desconfianza—. No irás a matarme, ¿verdad?
Mi boca se curva en una sonrisa.
—Solo si te lo mereces.
Le dejo cargar algunos de mis libros, pero solo porque son un montón y les tengo echado el ojo a un par más. No porque sus fuertes brazos o sus hoyuelos o su risa me evoquen sábanas de lino meciéndose con suavidad tendidas al sol en un día de verano.
Me cuenta que él también estaba pensando en unirse a un club de lectura. Solía leer ficción con avidez, pero perdió la práctica tras cuatro años de universidad y otros tres de posgrado en Derecho.
—Me costaba encontrar tiempo libre —me explica—. Y aún más cuando empecé a trabajar en defensa de la juventud.
Guau. ¿Amante de los libros y, además, defensor de niños vulnerables? A continuación me dirá que, en sus ratos libres, rescata cachorritos perdidos.
—Y el resto del tiempo hago voluntariado en una protectora.
… Vale, eso ha sido muy raro.
De todas formas, me cuenta, se ha propuesto recuperar el hábito de la lectura. Enarco una ceja mirando los gruesos lomos que sostiene por debajo de mis libros en rústica.
—¿Y crees que La vasta y gris nada es la mejor forma de conseguirlo?
—¿Cómo? —Me mira con el ceño fruncido. Aunque no deja de sonreír—. Tengo entendido que es bueno.