Este libro puede matar Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Y que lo digas —responde Steph, recuperando mi atención con un dramático suspiro—. No me importaría que unos cuantos héroes de Anna Matthews salieran de entre las páginas y acabaran en el mundo real.

—Mejor aún —digo al tiempo que una ráfaga de viento gélido me abofetea—, ojalá fuera yo la próxima protagonista de Anna Matthews.

Me quedaría con el héroe y tendría un apartamento fabuloso y una profesión divertida.

Y puede que hasta viviera en una ciudad que no pretendiera criogenizarme antes de tiempo.

Casi me tropiezo y choco con el tipo del fedora mientras trato de someter los cordones de mis botas, por lo que vuelve a carraspear. Me saco un dólar a modo de disculpa del bolsillo de la cazadora y se lo dejo en el sombrero. Su mueca irritada da paso a una sonrisa ladina.

—Tu deseo es mi regalo —responde al tiempo que se mete la mano en el bolsillo. Saca un puñado de purpurina morada y me la lanza con una floritura.

Aterriza a mis pies, formando un anticlimático montoncito en la acera que los dos nos quedamos mirando un segundo.

—Vale… —digo al tiempo que esquivo el triste charquito de brillantina—. Gracias, supongo.

—¿Con quién hablas? —pregunta Steph con un deje pícaro en la voz—. ¿Era Mason? ¿Por fin te ha propuesto matrimonio?

—No —respondo mientras sigo caminando calle abajo—. Era otro de mis innumerables pretendientes.

—Bueno, pues dile que a la cola. Y a Mason coméntale que estás libre para cenar.

—Claro que sí, espera. —Alejo el móvil de mi oído y cuento mentalmente hasta tres—. Mira, este dice que podemos casarnos en primavera. No sé, a mí me parece el elegido.

—¡Buuu! ¡Fuera! ¡A tope con Mason!

—Lo siento, demasiado tarde. Ya nos hemos casado.

—Anda ya. —Mi amiga se ríe.

—¿Cómo? No te oigo. Es que estamos comprando un apartamento en Cedar Rapids. En fin, tengo que dejarte, estoy embarazada. ¿Hablamos luego?

—Te odio. —Puedo oírla sonreír.

—Yo también te quiero.

Entro en la estación de metro con las mejillas ardiendo de frío y me imagino cómo sería mi versión novelesca, la que viviría según la recomendación de Steph, esa en la que daría media vuelta e invitaría a Mason a tomar una copa.

Puede que dijera que no, y entonces tendría que buscarme otra escuela de defensa personal, a poder ser en otro país.

O puede que dijera que sí y resultara ser un imbécil.

O quizá dijera «claro que sí» y nos lo pasáramos fenomenal, y luego quedáramos más veces y lo pasáramos también fenomenal hasta que un día, al despertar, me diera cuenta de que había cambiado mi vida para siempre.

Tiemblo solo de pensarlo.

En cuanto la bola acolchada que formamos mi abrigo y yo penetra en el cuchitril que tengo por estudio, me suenan en el teléfono dos mensajes seguidos. Son de mis padres, quienes —no tengo la menor duda— están escribiéndome desde extremos opuestos de la misma casa.

Mi padre: una captura de dos entradas de temporada que acaba de comprar para el parque de atracciones Six Flags acompañada de la frase: «Solo para los valientes» y una serie de emojis de manos suplicantes.

Mi madre: «Están echando “planes de boda”. canal 413. amor verdadero! por qué no hay más hombres como Matthew Mcdonahey? Bsss».

No tengo fuerzas para responderle por enésima vez que no tengo televisión por cable, y que se escribe McConaughey, ni que «verdadero» tal vez no sea la mejor palabra para describir nada en una comedia romántica hollywoodiense.

Me sirvo una copa generosa de vino barato y les mando tres emojis a cada uno (montañas rusas a papá, corazones rosas a mamá), sin hacer caso de las sutiles pullitas que se han lanzado.

Al fin y al cabo, mis padres son dos de mis personas favoritas en el mundo entero.

Además de dos de las personas menos compatibles que haya conocido nunca.

Cómo acabaron juntos es algo que rebasa mi capacidad de comprensión; mamá es una romántica empedernida y papá un adicto a la adrenalina. Siempre sin llegar a entenderse el uno al otro ni a sentirse entendidos.

Hasta que llegué yo, vaya. Los dos encontraron en mí un espíritu afín, o puede que me criaran así a propósito, porque no tenían a nadie más.

Ahora mi padre no necesita sentarse al lado de un desconocido en el Wicked Cyclone, y mi madre tiene a quien llamar cuando Hallmark empieza a poner pelis con títulos del tipo Un amor otoñal o Una Navidad muy real o Una amorosa Navidad muy real otoñal .

Y así es como acabo en mi sofá de segunda mano, viendo Planes de boda bajo demanda mientras como pizza fría y busco excursiones para hacer puenting a partir de la semana que viene, cuando acaba mi contrato temporal. Cómoda, feliz y de lo más satisfecha con todas mis elecciones vitales.

¿Veis? Esta es una idea preconcebida y errónea sobre las fans de la romántica: que todas somos unas tristes, que sufrimos mal de amores y que andamos desesperadas por compensar algo que nos falta.

Nadie se monta semejantes teorías filosóficas sobre lo insatisfechos que están con la vida quienes siguen otros géneros.

Imaginaos que, al ver al típico padre que lee ensayos sobre la guerra civil, dijéramos: «Qué pena que nunca vaya a conocer el frenesí de vivir en tonos sepia, llevar quepis y escribir cartas a su queridísima Martha antes de morir de gangrena en un campo encharcado.

Debe de sentirse de lo más insatisfecho».

O que les dijéramos a los entusiastas de la fantasía: «A ti lo que te pasa es que te pica no poder controlar todos esos anillos», o lo que sea.

La cuestión es que muchos no vemos en nuestro género predilecto nada más que un agradable contrapunto a la vida real, una pequeña recompensa en forma de escapismo tras un largo día.

Algunas no necesitamos nada más y somos perfectamente capaces de mantener unos límites sanos entre la ficción y la realidad. Como yo.

Cuando estoy sobria, vaya.

Cuando me he bajado un par de copas de vino y Matthew McConaughey acaba de dejar a su prometida por Jennifer López, todo es posible.

«Solo quiere bailar con ella», le escribo a mi madre, seguido de un emoji llorando.

Ella me responde con las mismas lágrimas caricaturescas, pero de risa.

Así que decido no confesarle que estoy aquí sentada, con lágrimas de verdad corriéndome mejillas abajo mientras los títulos de crédito se deslizan por la pantalla y aferro la copa vacía contra el pecho mientras lloro al ritmo de «Love Don’t Cost a Thing», una elección musical sorprendente que no tiene nada que ver con el tema de la película, pero que, a saber por qué, me toca la fibra sensible.

Es lo malo de una vida amorosa estrictamente vicaria. Las novelas y las comedias románticas me bastan hasta que, por un breve e intenso instante, a menudo regado de alcohol, dejan de bastarme.

Es en esos momentos (cuando estoy sola y llevo una eternidad sin que me hayan besado y es probable que tenga los dientes algo teñidos de granate por el vino peleón) cuando el sentido común me abandona y tomo la terrible decisión de volver a bajarme las aplicaciones de citas.

Lo habitual es que solo las use cuando estoy fuera de la ciudad.

A poder ser fuera del país. Constituyen una manera estupenda de conseguir un guía local gratis (o un guía local con derecho a roce) en una ciudad desconocida.

Mi historial romántico parece una lista de episodios de Friends : «El de las clases de submarinismo», «El del rollo en medio de la tirolesa», «El del Mall of America», etcétera.

En esa lista no hay sitio para «El de mi ciudad que podría querer algo más que un rollo».

Pero a veces, en los raros momentos de beoda desesperación, se me olvida. Me pregunto qué tendría de malo entablar conversación con un hombre majo de por aquí. Quizá podría probar a tener una cita de verdad. Esta vez podría ser diferente.

Y entonces, como no podría ser de otro modo, recupero mis facultades mentales y, con ellas, un miedo atroz que no amaina hasta que le digo al tipo con quien esté hablando: «Lo siento, me ha surgido algo», y lo borro todo una vez más.

Por suerte, esta vez el proceso no se alarga más que unos diez minutos.

El motivo es que estoy buscando a un héroe de comedia romántica y a quien he encontrado es a Brett, un consultor administrativo que solo les resultará heroico a quienes estén deseosos de contemplar sus genitales.

Que no abra de inmediato la ventana y arroje el teléfono al río Charles no es tanto testamento de mi autocontrol como del hecho de que no me puedo permitir vivir a tiro de teléfono de sus aguas.

Así que me conformo con meterlo debajo de un cojín y, arrellanada en el sofá, refunfuñar hasta que termino quedándome como un tronco delante de un episodio de Las chicas de oro .

Así deberían ser las cosas: nada de aplicaciones, nada de Bretts, nada que me llegue al corazón. Es mejor así. Que no se me olvide.