Este libro puede matar
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Capítulo 1
M ason, también conocido como el hombre más atractivo, en el sentido clásico, que haya llegado a ver fuera de un anuncio de colonia, mantiene un intenso contacto visual conmigo.
Sus turgentes labios se curvan en las comisuras, haciendo asomar los hoyuelos, e inclina la cabeza en un gesto de asentimiento casi imperceptible.
Entonces se abalanza sobre mí para quitarme el bolso.
—¡¡¡No!!! —grito al tiempo que aparto el cuerpo y alargo la mano para bloquearlo.
Él trata de hacerme una llave de cabeza, pero la esquivo y le retuerzo el brazo a la espalda, obligándolo a caer al suelo.
Se desase y se pone en pie de un salto, agarrando con agilidad el bolso de cuero turquesa que llevo en bandolera.
Pero yo lo alcanzo al mismo tiempo, por lo que entramos en un duro tira y afloja.
Y entonces, cuando menos se lo espera, cambio de estrategia y, en vez de tirar, uso el bolso para pegarle en la cabeza hasta que Beyoncé empieza a sonar en su interior.
—Ay, mierda. Espera —le digo sin aliento. Rebusco en el bolso y silencio la alarma de «club de lectura. cinco minutos»—. Tengo que irme.
—Buen trabajo, Mitchell —me felicita Mason al tiempo que me choca los cinco.
Mis pies desnudos se pegan a la esterilla azul mientras me encamino a la salida, donde encuentro a Uri apoyado en la jamba de la puerta. Deja escapar un silbido bajo y, mirándome, niega con la calva.
—¿Te das cuenta —pregunta con su voz áspera como la lija— de que si te sacaras el certificado para dar clases, sería yo quien te pagara a ti por pasar tanto tiempo aquí?
Le doy una palmadita en el hombro al pasar.
—Sí, pero entonces ¿quién les costearía la universidad a tus hijos?
En el vestuario desierto, estoy perdiendo la batalla por encontrar las mangas de mi jersey cuando mi mejor amiga, siempre puntual, me llama.
—No me odies —dice Steph en cuanto respondo—.
Pensaba que podría asistir al club de lectura, pero tengo un apéndice roto.
Bueno, yo no. A un chavalín se le ha roto el apéndice y se lo tengo que sacar.
En fin, que solo dispongo de diez minutos, pero de verdad que tengo que hablar de este libro antes de encargarme de ese apéndice.
Emito con teatralidad un sonido de náuseas al teléfono mientras rebusco los pantalones en mi bolsa. La voz amortiguada de Uri interrumpe el rock de los noventa que suena en el vestuario para anunciar que el gimnasio cerrará en breve.
—Mierda —exclama Steph—. ¿Te llamo en mal momento?
—No, está bien —respondo, mientras lucho ahora con las mallas verde lima y, por el camino, vuelco la botella de agua—. Es que me he quedado en el gimnasio hasta tarde. Mientras no vuelvas a pronunciar las palabras «apéndice roto», no te odiaré.
La situación es típica de nosotras. Podemos programar llamadas y encuentros por FaceTime tanto como queramos, pero Steph siempre dependerá de los caprichos de la cirugía pediátrica, y yo siempre andaré corriendo de un sitio a otro con un amasijo de pertenencias desparramadas.
Quitando las ocasiones especiales y las reuniones veraniegas en el chalet de la familia de Steph, nuestra amistad sobrevive y florece a base de algún mensaje de texto por aquí y un chat de diez minutos por allá.
—Bueno —digo haciendo equilibrios con el teléfono en el hueco del cuello mientras me subo los vaqueros—. ¿Qué te ha parecido el libro?
El suspiro de añoranza al otro lado de la línea me dice que escogí un caballo ganador. Es el efecto que Amor ardiente , junto con el resto de los libros de Anna Matthews, tiene sobre la gente.
—La parte humana de mi cerebro sabe que no estoy para nada lista para una nueva relación —reconoce Steph—, pero la parte reptiliana mandaría todo a la porra por un segundo con un bombero sensible y atractivo como Elijah Green.
—¿Verdad?
Por supuesto, esa es la gracia del asunto, además del motivo por el que sugerí este club de lectura tras la ruptura de Steph.
No hace falta mandar todo a la porra por un hombre de ficción.
Los héroes de las novelas románticas se quedan donde están, guardaditos entre las cubiertas de un libro, haciendo que el corazón se te encabrite aunque hayas declarado tu vida zona libre de relaciones amorosas.
Puedes suspirar y desmayarte, que tu existencia no se habrá visto arruinada una vez que acabe.
Y, cuando de escapismo romántico se trata, nadie lo hace mejor que Anna Matthews.
Sus historias de amor son contemporáneas, pero de un modo atemporal: más con notas manuscritas que con mensajes de tipo «tqm».
Te revolotean las mismas mariposas con sus libros de los noventa que con los de ahora.
Mi única queja es que «ahora» no haya ninguno escrito; han pasado tres años desde su último lanzamiento, y ya tengo sobadísimos todos sus títulos anteriores.
Uri vuelve al altavoz para anunciar de nuevo que van a cerrar y, más o menos un segundo después, lanza un tercer aviso:
—Va por ti, Roxie.
Pongo los ojos en blanco y grito en dirección a la puerta: «¡Ya no tardo nada!». Recojo el abrigo y el bolso del banco, y echo a andar con los cordones de las botas de nieve arrastrando a mi espalda antes de darme la vuelta cuando me doy cuenta de que me he dejado las llaves en la taquilla.
—¿Y cuando se le declara? —le pregunto a Steph—. «Eres el único fuego que no consigo combatir». ¿Qué tío en la vida real diría algo así?
—Espero que alguno —suspira. Así es Steph; mientras que yo he desarrollado inmunidad al romanticismo, ella es una optimista incurable en todo lo que se refiere al amor.
Al tiempo que mi amiga sigue cantando las alabanzas del libro, yo salgo del vestuario y le hago un gesto con la mano al dios del sexo sentado en la recepción.
—Hasta el lunes —dice.
—Buenas noches, Mason.
De inmediato me arrepiento de haber pronunciado su nombre.
Como era de esperar, Steph ahoga un grito.
—¿Estás con Mason el buenorro? Ese tío te ama.
Ese tío no me ama. Una vez miró con intensidad hacia donde me encontraba mientras intentaba ejecutar una llave de defensa y ataque frontal, y alguien capturó la imagen y la subió al Instagram de Zona de Combate.
«La mirada apasionada», la llamó Steph.
«La mirada de “a ver si no me dan una patada en los huevos”», la corregí yo.
Con todo, decidió apodarlo Mason el buenorro y no hay quien la convenza de que no somos almas gemelas.
—¡Vuelve e invítalo a salir!
Me grita tanto que es posible que el propio Mason la haya oído desde la recepción. Le pido que se calle y dirijo un gesto de disculpa a Uri, que no disimula su impaciencia por cerrar el gimnasio; aun así, me choca el puño al salir.
—¡No me lío con gente que conozco en la vida real!
—protesto en cuanto la puerta se cierra a mi espalda y una ráfaga de aire gélido ataca mi garganta expuesta.
Durante tres estaciones al año, adoro vivir en Boston.
Esta es la cuarta, cuando nada más salir a la calle deseo que un coche resbale en el hielo y me provoque un coma que dure tres meses.
—No digo liarse —replica Steph con ese tonillo reservado a quienes llaman desde los veinte grados de San Diego—. Digo enamorarse perdidamente y comprarse una casa y tener dos hijos y medio.
Finjo vomitar al teléfono una vez más, porque tendré treinta años, pero se ve que mentales son siete.
—Vale —resopla Steph—. Pues tatus a juego y una iguana de mascota.
—Gracias. —Pero no—. Entonces, Amor ardiente . ¿Cinco estrellas?
—Puede que cuatro y tres cuartos —responde Steph—.
Para empezar me parece absurdo usar «acaso» con tanta frecuencia como lo hace Anna Matthews.
Y para seguir: el final. Sé que Sophie tenía que llamar la atención de Elijah para poder confesarle al fin lo que sentía por él, pero prender fuego a la cocina fue pasarse un pelín.
Creo que podría haber encontrado la manera de hacerlo sin que tuvieran que intervenir los servicios de emergencia pública.
—No te discuto lo del «acaso». Pero, en la ficción, los grandes males ficticios exigen grandes remedios ficticios —repongo, arrebujándome en el abrigo mientras doblo la esquina.
Me refugio bajo el tejadillo de una puerta, aunque ya hay un hombre con barba y no uno, sino dos fedoras: uno en la cabeza y otro en la mano, pidiendo dinero.
Hay algo de extraño en él. Resopla y cambia el peso de pierna, pero por lo demás parece impasible; se diría que ni la larga barba gris, ni el abrigo negro, ni siquiera los billetes de dólar en el interior del sombrero volteado se inmutan a pesar del viento.
El endeble cartel escrito a mano que tiene delante con las palabras PIDE UN DESEO tampoco se mueve con el aire.
Es como si todos sus accesorios hubieran decidido que se trata de una de esas estatuas vivientes, pero a él no lo hubieran avisado.
—Entiendo que todo ese drama funciona en un libro —reconoce Steph mientras yo me subo la cremallera de la cazadora que llevo bajo el abrigo—. Y, además, una sabe que todo terminará en final feliz y no en detención por incendio doloso.
—Justo. En una novela romántica, todo acaba saliendo bien. Todos los hombres son buenos, amables y sexis, y están dispuestos a pasar por alto un pequeño delito penal en nombre del amor.
Al apoyarme en la fachada del edificio para atarme la bota, un brusco carraspeo me avisa de que estoy invadiendo el espacio del tipo del sombrero. Cuando levanto la vista y nuestras miradas se cruzan es cuando siento la descarga.
De forma figurada, vale. El hombre me mira con los ojos más increíbles y electrizantes que jamás haya visto.
Orlados de plata, son de un azul hielo casi fluorescente, como un cielo cubierto pero deslumbrante.
Y no es solo eso; hay un titilar alrededor de sus pupilas oscuras, una especie de remolino.
Me siento como suspendida por encima del suelo, contemplando un huracán desde arriba.
Qué cosa más rara.