Este Highlander no entraba en mis planes Epílogo #2
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Epílogo #2

—Por favor, intentad recordar que hay comida delante.

—Tú eres el de los soldaditos —le recordó Mara.

Gordon se atragantó con el vino y la comida continuó entre risas, niños entrando y saliendo de la piscina y una tarta que Finn consiguió decorar con sus propios dedos antes de que llegara a la mesa.

Cuando el sol empezó a bajar y llegó la hora de marcharnos, Mara subió a cambiarse mientras yo recogía las pocas cosas que necesitaríamos para pasar la noche fuera.

Era nuestro aniversario y, por alguna razón que ya no parecía casual, habíamos terminado celebrándolo precisamente en el hotel donde todo había empezado.

Cuando llegamos, Graham estaba en la entrada, no porque supiera que íbamos aquella noche, sino porque seguía pasando allí más horas de las necesarias y tuvo la mala suerte de coincidir con nosotros.

Con los años, también aquello había cambiado.

Mara tardó bastante en perdonarlo y nunca fingió que mentirle durante meses o entrar dos veces en su casa no importara.

Con el tiempo, sin embargo, pudo separar unas cosas de otras.

Graham no había provocado la muerte de Peter ni había sido responsable de lo ocurrido con Alasdair; había descubierto la verdad años después y, por miedo a destruir el recuerdo de su padre y el nombre de su familia, tomó decisiones que no tenían justificación.

Después de que todo saliera a la luz dejó de esconderse, asumió lo que había hecho y se portó bien con nosotros.

Mara terminó entendiendo sus motivos sin necesidad de aprobarlos y decidió que vivir con rencor permanente requería demasiada energía para alguien que tenía cosas bastante mejores en las que emplearla.

Graham se acercó y le dio dos besos.

—Feliz aniversario.

—Gracias.

—La suite está preparada.

—Espero que no hayas hecho nada raro —dijo ella.

—Champán.

—Eso entra dentro de lo aceptable.

Graham me estrechó la mano antes de mirar el reloj.

—Tenéis reserva para cenar a las nueve.

Miré a Mara y ella hizo lo mismo conmigo, mientras Graham soltaba un suspiro.

—La cocina cierra a las once. Intentaré que no tiren vuestra reserva antes.

—Hombre previsor —dije.

—Os conozco.

Mara me dio un golpe con el codo y echó a andar hacia el ascensor.

—No sé qué insinúa.

—Yo sí.

Me lanzó una mirada por encima del hombro.

—Compórtate.

Esperé a que las puertas del ascensor se cerraran para responder.

—No.

La suite había cambiado muy poco desde la inauguración y, al mismo tiempo, ya no tenía nada que ver con aquel lugar, quizá porque nosotros tampoco éramos los mismos.

Mara dejó el bolso sobre una butaca y se acercó a la ventana mientras yo servía dos copas.

Desde allí todavía se veían las caballerizas y parte de los jardines, aunque a esas alturas podía mirar hacia aquella zona sin pensar primero en Peter, Alasdair, Fiona o todo lo que nos había llevado hasta allí.

Le tendí una copa y la chocamos suavemente.

—Un año más —dijo ella.

—Y todavía no has conseguido librarte de mí.

—No he puesto demasiado empeño.

—Eso también es verdad.

Bebió un sorbo y volvió a mirar por la ventana. Llevaba un vestido oscuro que se ajustaba a su cuerpo de una manera que me estaba complicando bastante la concentración desde que la vi bajar las escaleras antes de salir de casa.

—Estás muy callado —dijo.

—Estoy siendo educado.

Giró la cabeza con una ceja arqueada.

—¿Tú?

—Puedo hacerlo.

—¿Desde cuándo?

Me acerqué despacio hasta quedar frente a ella.

—Desde que estoy intentando no arrancarte ese vestido antes de cenar.

La sonrisa que apareció en su boca no tenía absolutamente nada que ver con la que había llevado durante la comida.

—Ah.

—Sí, ah.

Mara dejó la copa sobre la mesa.

—Pues llevas unos cuantos años casado conmigo. Deberías saber que la educación está sobrevalorada.

La besé antes de que pudiera seguir provocándome y ella me agarró por la camisa para acercarme aún más. El primer beso duró apenas unos segundos antes de convertirse en algo más lento, más profundo y bastante menos civilizado cuando sus dedos se colaron bajo mi chaqueta.

—Callum...

—¿Qué?

—Cierra la puerta.

Me separé lo justo para mirarla.

—Está cerrada.

—Con llave.

Solté una risa.

—Sigues con eso.

—Y seguiré.

Giré el pestillo sin apartar los ojos de ella y, cuando me volví, Mara ya se había quitado los zapatos.

—Eso es jugar sucio.

—Es nuestro aniversario.

—Precisamente.

Caminé hacia ella, pero fue Mara quien redujo la distancia y me empujó suavemente hasta hacerme retroceder contra la puerta. Sus manos subieron por mi pecho mientras me besaba y la sentí sonreír cuando intenté recuperar el control.

—Ni se te ocurra —murmuró.

—¿Qué?

—Pensar que esta noche mandas tú.

—No estaba pensando eso.

—Mentiroso.

Le agarré la cintura y giré con ella hasta que fue su espalda la que quedó contra la madera.

—Ahora sí.

Mara se rio, aunque la risa desapareció en cuanto enterré la boca en su cuello.

Conocía aquel cuerpo demasiado bien y, aun así, seguía consiguiendo que todo pareciera nuevo.

Sabía qué punto bajo su oreja le hacía inclinar la cabeza, cuánto tardaba en perder la paciencia si deslizaba las manos demasiado despacio por sus costados y qué sonido hacía cuando mis dedos se cerraban sobre sus muslos para pegarla más a mí.

Ella tampoco había olvidado nada y empezó a desabrocharme la camisa mientras yo subía la falda de su vestido y, cuando su mano se coló entre los dos, tuve que apoyar la frente contra la suya.

—Joder, Mara.

—¿Algún problema?

—Muchos.

—Pues espabila.

Cinco años después seguía siendo incapaz de provocarme sin sonreír, así que la besé para borrarle aquella sonrisa y la levanté.

Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura con una naturalidad que hizo desaparecer cualquier buena intención respecto a la cena, y atravesé la habitación con ella aferrada a mí mientras seguía ocupada con los botones que quedaban de mi camisa.

Caímos sobre el colchón entre risas que duraron poco, porque a partir de ahí no hubo demasiada paciencia.

La desnudé como si llevara semanas sin verla en lugar de haber desayunado con ella aquella misma mañana y Mara me devolvió exactamente la misma urgencia.

Nos conocíamos demasiado para necesitar descubrirnos y lo bastante bien para seguir sabiendo cómo sorprender al otro; había manos que sabían dónde ir, bocas que recordaban demasiado y una cantidad considerable de esfuerzo por mi parte para no perder el control cuando decidió poner a prueba mi resistencia.

Lo consiguió más de una vez y, para cuando recuperé la capacidad de pensar en algo que no fuera ella, nuestra reserva de las nueve había dejado de existir hacía bastante rato.