Este Highlander no entraba en mis planes Epílogo #3
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Epílogo #3

Mara estaba tumbada sobre mí, desnuda, con una pierna entrelazada con las mías y el pelo extendido sobre mi pecho. Durante unos minutos ninguno dijo nada porque tampoco hacía falta. Pasé los dedos despacio por su espalda mientras ella dibujaba una línea distraída sobre mi costado.

—Tenemos hambre —dijo al cabo de un rato.

—Tú tienes hambre.

—Tú también.

—Yo tengo otras prioridades.

Levantó la cabeza para mirarme.

—Ya las has dejado bastante claras.

—Puedo insistir.

—Eres un hombre ambicioso.

—Siempre.

Mara sonrió y volvió a apoyar la mejilla sobre mi pecho, y el silencio regresó de una forma distinta, más tranquila.

Miré el techo y pensé en aquella otra versión de nosotros que había estado allí cinco años antes, empeñada en convertir cada decisión en algo mucho más difícil de lo que necesitaba ser.

Yo había estado convencido de que quererla significaba no pedirle nada y, después, creí que significaba aprender a soportar que se marchara.

Tardé bastante en entender que ninguna de las dos cosas era cierta.

—¿Sabes una cosa? —dije.

—Depende. ¿Es romántica?

—Puede.

—Me preocupa.

Sonreí.

—La primera vez que apareció el proyecto de Francia pensé que ya sabía cómo terminaba todo.

Noté cómo sus dedos se detenían sobre mi piel.

—Lo sé.

—Ni siquiera esperé a que tú decidieras. Me convencí de que el hotel acabaría, tú volverías a Milán y yo me quedaría aquí intentando fingir que no pasaba nada.

Mara levantó un poco la cabeza.

—Fuiste bastante idiota.

—Mucho.

—Bien. Podemos seguir.

Le di un pequeño pellizco en la cintura y se rio.

—Déjame terminar.

—Termina.

—Después, durante meses, cada vez que cogías un avión tenía que recordarme que marcharte no era lo mismo que irte.

Su expresión cambió y la sonrisa se le suavizó.

—Y volví.

—Siempre.

La palabra salió sola y algo en mi pecho se apretó al decirla, mientras Mara se incorporaba un poco más para mirarme.

—Porque quería volver.

Asentí, porque eso era precisamente lo que me había costado tanto entender.

Nunca había necesitado retenerla, convencerla ni convertirme en una razón lo bastante grande como para que renunciara a todo lo demás. Mara había elegido aquella casa, nuestro trabajo, a Finn y a mí, y ninguna de esas elecciones necesitaba borrar las otras versiones de sí misma para ser verdad.

—A veces todavía me cuesta creer que esa casa sea la misma a la que no querías volver —dije.

—Tampoco quería volver a Escocia.

—Lo recuerdo.

—Ni trabajar contigo.

—Eso lo recuerdo mejor.

—Ni enamorarme de ti.

—Especialmente ofensivo.

Se rio y me besó el pecho.

—Este Highlander no entraba en mis planes.

La miré.

—¿ Highlander ?

—No te emociones. Lo digo porque queda bonito.

—Cinco años esperando que lo admitieras.

—He admitido que no entrabas en mis planes. No que fueras uno bueno.

—Te casaste conmigo.

—Tuve un momento de debilidad.

—Y un hijo.

—Otro.

—Y montaste una empresa conmigo.

—Ahí ya estaba claramente descontrolada.

Nos reímos durante unos segundos, hasta que Mara volvió a acomodarse junto a mí y su voz cambió.

—No cambiaría nada.

Aquello ya no llevaba ninguna broma detrás, así que le aparté un mechón de pelo de la cara.

—Yo sí.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Todo el tiempo que perdimos intentando adivinar lo que el otro quería en lugar de preguntarlo.

Mara sostuvo mi mirada durante unos segundos antes de sonreír despacio.

—Quizá necesitábamos ser esos dos idiotas para llegar hasta aquí.

—Preferiría pensar que hemos mejorado.

—Un poco.

—Habla por ti.

—Hablo sobre todo por ti.

La acerqué hasta besarla y, cuando nos separamos, dejó la frente apoyada contra la mía.

Fuera, las luces del hotel se reflejaban en los cristales.

En algún lugar a pocos kilómetros de allí, nuestro hijo estaría intentando convencer a Gordon de que podía acostarse más tarde porque al día siguiente no había colegio, Luca e Isla probablemente colaborarían en el motín y Jamie estaría arrepintiéndose de todas las bromas que había hecho sobre sus soldados.

Por la mañana volveríamos a casa, a la piscina llena de juguetes, las maletas que Mara siempre tardaba demasiado en deshacer y una agenda que el lunes volvería a llenarse de proyectos, viajes, reuniones y problemas que solucionar.

No era una vida tranquila, pero nunca habíamos querido una.

Era la nuestra.

Durante años pensé que amar a Mara consistía en conseguir que se quedara, hasta que entendí que ella nunca había necesitado que nadie le pidiera eso.

Solo necesitaba ser libre para elegir dónde quería estar y había elegido aquella casa, aquella tierra, nuestro trabajo, nuestra familia y también a mí, sin dejar de ser todo lo demás que ya era antes de conocerme.

La abracé un poco más fuerte y Mara soltó un suspiro satisfecho contra mi piel.

—Te quiero —murmuró.

Sonreí y besé su pelo.

—Lo sé.

Me dio un golpe en el pecho.

—Eres imbécil.

—Y tú sigues aquí.

Mara levantó la cara y me miró con esa expresión que, incluso después de cinco años, seguía consiguiendo que todo dentro de mí se colocara en su sitio.

—Porque esta es mi casa, Fraser.

Durante demasiado tiempo había tenido miedo de que llegara el día en que Mara se marchara y no volviera, cuando lo verdaderamente importante había sido verla regresar tantas veces que, en algún momento, dejamos de hablar de volver.

Porque ya estaba en casa.