Epílogo
Cinco años después…
Callum
—Te aviso de que es el tercero.
Jamie ni siquiera tuvo la decencia de fingir que no sabía de qué estaba hablando. Miró el trozo de carne que acababa de sacar de la barbacoa, después el plato que tenía delante y, por último, a mí.
—Estoy creciendo.
—A lo ancho.
—Eso es envidia porque yo sigo teniendo el metabolismo de un chaval joven.
—Tienes cuarenta años.
—Y tú más.
—Dos.
—Suficientes para que me respetes.
Solté una risa mientras dejaba las pinzas sobre la mesa y miraba hacia el jardín.
Finn corría detrás de Luca e Isla alrededor de la piscina con una pistola de agua en la mano, aunque en algún momento la persecución había cambiado de sentido y ahora eran los mellizos quienes iban detrás de él.
Mi tío, Gordon, los animaba desde una tumbona como si aquello fuera una competición oficial, mientras mi tía intentaba conseguir que al menos uno recordara que alrededor de una piscina no se corría.
Nadie le hacía demasiado caso y, por lo que veía, Mara tampoco parecía especialmente preocupada.
Estaba sentada al otro lado de la mesa con Giulia, una copa de vino en la mano y el pelo recogido de cualquier manera, riéndose por algo que no llegué a escuchar.
A sus espaldas, todas las puertas de la casa estaban abiertas hacia el jardín y desde donde me encontraba podía ver parte de la cocina, el salón y una de las ventanas del piso de arriba.
La primera vez que entré allí ni siquiera se me pasó por la mente que algún día sería mi casa.
Hasta que terminó el proyecto de Francia, cogí más aviones que en toda mi vida anterior junta.
Al principio fui yo quien empezó a viajar más, no porque Mara me lo pidiera, sino porque después de todo lo que habíamos tardado en dejar de comportarnos como dos idiotas no pensaba permitir que unos cuantos kilómetros nos devolvieran al mismo punto.
Hubo fines de semana en los que aparecí en Francia el viernes por la noche y regresé a Escocia el domingo, días en los que ella voló directamente desde Milán para pasar apenas cuarenta y ocho horas conmigo y meses durante los que nuestros calendarios parecían un puzle diseñado por alguien con muy mala leche.
No siempre fue fácil, pero funcionó porque aquella vez ninguno decidió por el otro lo que podía soportar ni se adelantó a una despedida que no existía.
Cuando terminó el proyecto francés, Mara volvió a Escocia con tres maletas, dos cajas enviadas desde Milán y la intención, según ella, de «organizar un poco sus cosas». Dos meses después seguía sin reconocer que se había instalado conmigo y, seis meses más tarde, nos casamos.
Fue una boda íntima porque ambos estuvimos de acuerdo en que no queríamos convertirla en otro proyecto, aunque Mara acabó haciendo tres planos distintos para distribuir las mesas y Giulia amenazó con quitarle el portátil si abría una cuarta versión.
La ceremonia se celebró en el jardín de aquella misma casa y, cuando Mara apareció caminando hacia mí, entendí que había pasado demasiados años creyendo que las cosas importantes tenían que llegar haciendo ruido.
Y aquella no hizo ruido, solo consiguió dejarme sin aire.
Jamie y Giulia se casaron unos meses después y, a partir de ahí, alguien debió de considerar divertido que las dos parejas siguiéramos casi el mismo calendario.
Mara se quedó embarazada primero y Giulia tardó tan poco en anunciar el suyo que Jamie pasó semanas asegurando que aquello demostraba que siempre había sido un hombre competitivo.
Finn nació tres semanas antes que los mellizos y Jamie no volvió a perder una oportunidad para recordármelo.
—No pongas esa cara —me dijo una mañana, cuando Luca e Isla llevaban apenas unas horas en el mundo y él parecía llevar cuarenta y ocho sin dormir—. Tus soldaditos dieron en la diana, los míos fueron en formación.
Estuve a punto de echarlo de la habitación y Giulia, desde la cama, se rio tanto que tuvo que pedirle que dejara de hacerla reír porque le dolían los puntos.
Tres años después seguía utilizando la misma broma siempre que encontraba una oportunidad, sobre todo porque sabía exactamente cuánto me tocaba los cojones.
El nacimiento de Finn también terminó provocando otro cambio que llevaba tiempo rondándome la cabeza.
Mara no dejó de viajar, ni yo quería que lo hiciera, pero empezamos a mirar nuestros trabajos de otra manera y una noche, después de acostarlo, extendí sobre la mesa de la cocina todo lo que llevaba meses dándome vueltas.
Restauración patrimonial por un lado e interiorismo y diseño por otro. Dos equipos que ya colaboraban en varios proyectos, dos carteras de clientes que empezaban a cruzarse y una cantidad absurda de tiempo desperdiciado fingiendo que tenía sentido mantenerlo todo separado.
Mara tardó aproximadamente treinta segundos en decirme que no y otros veinte minutos en explicarme por qué.
No quería que su carrera terminara absorbida por la mía, no quería convertirse en «la mujer de Callum que también hacía los interiores» y, sobre todo, no pensaba desmontar todo lo que había construido durante años para meterlo dentro de Fraser Heritage Restoration.
La dejé terminar y después le expliqué que esa no era mi propuesta. Yo no quería que entrara en mi empresa, sino que construyéramos una nueva entre los dos.
Eso consiguió mantenerla callada unos diez segundos.
A la mañana siguiente ya había cambiado el nombre provisional que yo había escrito en la carpeta, planteado una estructura distinta para los departamentos y enviado un mensaje a Giulia para preguntarle si estaría dispuesta a incorporarse si aquello salía adelante.
Dos semanas después era Mara quien tenía que recordarme que no podíamos contratar a todo el mundo durante el primer año.
Giulia se sumó desde el principio. Para entonces ella y Jamie ya estaban casados, Luca e Isla habían llegado apenas unas semanas después que Finn y Escocia también se había convertido en su casa, así que incorporarse al nuevo proyecto fue casi la evolución natural de todo lo que ya compartíamos.
La empresa creció más deprisa de lo que cualquiera de nosotros había previsto, no porque Mara renunciara a lo que hacía, sino porque lo llevó con ella y lo hizo todavía más grande.
Seguía viajando y yo también. Habíamos trabajado en hoteles, casas históricas, un castillo reconvertido en alojamiento de lujo, dos edificios antiguos en Italia y una finca en Francia que me quitó varios años de vida antes de abrir.
Ella se ocupaba de transformar los espacios sin arrancarles su historia y yo, según mi propia definición, de impedir que sus ideas acabaran en el suelo junto con alguna pared del siglo XVIII.
A Mara aquella descripción de mi trabajo le parecía ofensivamente simplista, aunque a mí me seguía pareciendo bastante exacta.
La casa fue una decisión mucho más sencilla.
La suya era más grande, tenía aquel jardín que a ella le recordaba a Fiona y, cuando nació Finn, quedarse allí dejó de necesitar demasiada discusión.
Mi antigua casa se vendió y, un par de años después, construimos la piscina que Mara juraba que no necesitábamos.
Ahora los tres niños llevaban casi una hora dentro, así que no me parecía el mejor momento para recordárselo.
—¿Dónde te has ido?
La voz de Jamie me devolvió al jardín.
—A ningún sitio.
—Llevas un rato mirando a tu mujer con cara rara.
—No tengo cara rara.
—Tienes cara de anuncio de colonia romántica.
Lo miré.
—Come y cállate.
—Eso hago.
Cogió otro trozo de carne y tuve que señalarlo con las pinzas.
—Ese es el cuarto.
—Déjame vivir.
—Lo intento desde que te conozco.
—Pues no se te da especialmente bien.
Antes de que pudiera responder, un proyectil de agua nos alcanzó desde la piscina. Jamie dio un respingo y yo giré la cabeza justo a tiempo de ver a Finn esconder la pistola detrás de la espalda.
—Finn.
—Ha sido Luca.
Luca abrió la boca desde dos metros más allá.
—¡Mentira!
—¡Tú también has disparado!
—¡Pero ahora no!
Isla, que era con diferencia la más peligrosa de los tres, aprovechó la discusión para disparar a su padre directamente en la espalda.
Giulia casi se cayó de la silla de la risa.
—Tus soldados van en formación, ¿no? —pregunté.
Jamie se secó la nuca.
—Retiro todo lo dicho sobre la genética.
—Demasiado tarde.
Mara apareció a mi lado todavía riéndose y me pasó un brazo por la cintura.
—No los riñas mucho, que dentro de un rato nos largamos y se quedan ellos con el marrón.
Miré a Jamie.
—¿Ellos? Tu hijo duerme en mi casa.
—Y los tuyos ya viven allí.
—Eso no mejora mi posición.
Mi tío levantó la voz desde la tumbona.
—Nosotros también nos quedamos.
Mi tía lo miró inmediatamente.
—Tú no habías dicho nada de dormir allí.
—Lo estoy diciendo ahora.
—Qué generoso por tu parte decidir también por mí.
Mara soltó una carcajada.
—Si no queréis, Finn puede quedarse aquí con vosotros.
Mi tía miró a los tres niños, que en ese momento habían decidido vaciar una cesta de pelotas dentro de la piscina.
—Nos quedamos con Jamie y Giulia.
—Sabia decisión —murmuré.
No era la primera vez que lo hacían. Mis tíos habían asumido el papel de abuelos de los tres niños con una naturalidad que nadie les pidió y que todos agradecíamos.
Algunos fines de semana se quedaban con ellos para que los cuatro pudiéramos escaparnos un par de días por la zona, aunque Giulia seguía burlándose de que fuera precisamente Gordon quien más insistiera en que no descuidáramos «la vida de pareja».
La primera vez que lo dijo delante de todos, Jamie le preguntó si estaba recomendándonos sexo con regularidad y Gordon respondió que, mientras no tuviera que escuchar detalles, recomendaba todo aquello que evitara divorcios.
Desde entonces nadie había vuelto a pedirle que desarrollara la teoría.
—Por cierto —dijo Giulia mientras llenaba su copa—, ¿a qué hora pensáis volver mañana?
—Tarde —respondió Mara.
La miré.
—¿Tarde?
—Tenemos la suite hasta las cuatro.
—Me gusta cómo piensas.
—Lo sé.
Jamie hizo una mueca.