Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 31
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Capítulo 31

Mara

Había asistido a más de una inauguración y visto abrir hoteles en los que llevaba meses trabajando, pero aquella noche era diferente. Quizá porque conocía cada rincón de aquel edificio demasiado bien o porque, en algún momento del proceso, había dejado de ser solo otro proyecto.

Aun así, bastaron diez minutos para que empezara a recolocar cojines.

—Mara.

Ignoré a Callum y giré un poco más uno de los que ocupaban el sofá del salón principal.

—Ahora.

—Llevas diciendo «ahora» desde que hemos entrado.

—Porque cada vez encuentro otra cosa.

—El hotel está terminado.

Me aparté un par de pasos para comprobar el resultado.

—Eso dices tú.

Callum soltó una risa y me tendió la copa que llevaba varios minutos sosteniendo por mí.

—Bebe algo antes de que empieces a desmontarlo.

Acepté el champán y miré alrededor, pero esta vez no encontré nada que tocar.

El antiguo caserón que había conocido meses atrás, todavía lleno de humedad, paredes abiertas y habitaciones en las que había que hacer un esfuerzo considerable para imaginar algo parecido a un hotel, estaba irreconocible.

No porque hubiéramos borrado lo que había sido, sino precisamente porque habíamos conseguido conservarlo.

La piedra seguía allí, igual que buena parte de las molduras, las chimeneas, la carpintería restaurada y las ventanas por las que Callum y yo habíamos discutido más veces de las que quería recordar.

Ahora había luz, muebles, música y demasiada gente recorriendo unos espacios que durante meses habían estado llenos de polvo y trabajadores.

—Ha quedado bien —dijo Callum.

Lo miré.

—¿Bien?

—Muy bien.

—Vas mejorando.

—Gracias.

Habían pasado unas cuantas semanas desde que salimos de aquella comisaría y, aunque mi calendario seguía pareciendo diseñado por alguien que me odiaba, habíamos encontrado una forma de hacer funcionar las cosas bastante mejor de lo que ninguno de los dos había conseguido imaginar cuando el proyecto de Francia apareció.

No había abandonado el proyecto. Seguía pasando varios días al mes allí y otros tantos en Milán, trabajando con Francesca y el resto del equipo.

Callum tampoco había convertido su empresa en algo secundario para adaptarse a mí.

Habíamos hecho algo bastante más sencillo y, al mismo tiempo, bastante más complicado: dejar de esperar que uno de los dos reorganizara toda su vida alrededor del otro.

A veces era él quien viajaba. Otras veces era yo quien regresaba a Escocia solo durante un par de días.

Había semanas en las que nos veíamos más de lo previsto y otras en las que las videollamadas eran interminables.

No siempre resultaba cómodo, pero habíamos dejado de tratar la distancia como una amenaza.

Una pequeña aglomeración junto a la entrada principal llamó mi atención y vi a Graham saludando a varios invitados. Llevaba un traje oscuro y una expresión más seria de lo habitual, aunque la inauguración seguía siendo suya tanto como de cualquiera que hubiese participado en levantar aquel hotel.

Durante un tiempo no tuve claro cómo me sentiría al verlo allí.

Después de declarar ante la policía, Graham había mantenido su palabra.

Primero colaboró con la revisión de toda la documentación que conservaba de su padre y después hizo algo que yo le pedí pero que no podía obligarlo a hacer: contó públicamente lo ocurrido.

No intentó suavizarlo ni esconderse detrás de que él no había provocado la muerte de Peter.

Explicó que había descubierto años después que su padre había permitido el acceso a una zona clausurada, reconoció que había decidido callarlo y pidió disculpas públicamente a la familia de Peter y a la nuestra.

Uno de los diarios de mayor tirada de Escocia publicó su declaración completa y, por primera vez en casi treinta años, el nombre de Alasdair Sinclair apareció acompañado de algo distinto a la duda.

La revisión del antiguo expediente había dejado constancia de que no existía base para responsabilizarlo de que Peter hubiese accedido a las caballerizas y que la existencia de aquel segundo paso cambiaba por completo la interpretación que se había mantenido durante años.

Ni mi abuelo ni mi madre iban a poder leerlo, pero yo guardaba una copia.

Eso no significaba que hubiese perdonado a Graham por entrar en mi casa ni por hacerme volver a Escocia con una intención que jamás me contó.

Ese asunto había seguido su curso por otra vía y yo no necesitaba convertirlo en alguien diferente para aceptar que, al menos, cuando llegó el momento había dejado de esconderse.

Graham levantó la vista y nuestras miradas se encontraron desde el otro lado del salón. Me dedicó un pequeño gesto con la cabeza y yo se lo devolví antes de volverme hacia Callum.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

Y era verdad. Ya no necesitaba nada más de aquella historia.

Giulia apareció detrás de nosotros con Jamie y la forma en que él llevaba una mano apoyada en su espalda dejaba bastante claro que, a esas alturas, ya no engañaban a nadie.

—Quiero dejar constancia de que yo dije desde el principio que esto iba a quedar espectacular —anunció ella.

—Mentira —respondí.

—No puedes demostrarlo.

—Puedo buscar los mensajes.

Jamie negó con la cabeza.

—Yo no me metería ahí.

—Tú cállate —le dijo Giulia—. Bastante tienes con haber acertado una vez en tu vida.

Callum me miró.

—No quiero saberlo.

—Yo tampoco.

Los dejamos discutir mientras seguíamos avanzando por el hotel.

Había proveedores, gente de prensa, futuros clientes y muchas caras que apenas reconocía, pero también estaban Gordon y su mujer, parte del equipo de Callum, Ewan y algunas de las personas que habían conseguido que aquello pasara de ser un edificio medio abandonado a un lugar preparado para recibir huéspedes.

Entré en una de las suites de la planta superior, aprovechando que todavía no había nadie dentro, y me acerqué a la ventana. Desde allí se veía buena parte de la propiedad y, más allá, las caballerizas, con el antiguo paso todavía cerrado.

Después de documentarlo, estudiarlo y dejar constancia de lo que había ocurrido allí, se decidió no abrirlo.

Formaba parte de la historia del edificio, pero no necesitábamos convertirlo en una atracción para huéspedes curiosos.

Bastaba con saber que existió y con que, por fin, su existencia hubiera servido para contar correctamente lo que pasó.

Callum entró detrás de mí.

—Te estaba buscando.

—Solo estaba mirando.

Se colocó a mi lado y siguió mi vista hasta las caballerizas.

—¿Te arrepientes de haber aceptado este proyecto?

Sonreí.

—Todavía me acuerdo de Lorenzo diciéndome que estaríamos siete u ocho meses y volvería a Milán como si nada.

—Pobre hombre.

—No sabe lo que provocó.

Callum apoyó un hombro contra el marco de la ventana.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Sabes lo que vas a hacer cuando termines el proyecto de Francia?

Lo miré.

Meses atrás aquella pregunta me habría puesto a la defensiva. Habría empezado a hablar de Milán, de trabajo, de independencia y de todas las razones por las que nadie iba a decidir por mí dónde debía estar.

Ahora seguían existiendo todas esas razones, solo que ya no necesitaba utilizarlas como una muralla.

—Todavía no.

Callum asintió sin cambiar la expresión.

—Vale.

—Pero cada vez paso más tiempo pensando en proyectos por aquí.

Una ceja se le levantó ligeramente.

—¿Ah, sí?

—No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna.

Solté una risa y negué con la cabeza.

—He dicho que lo estoy pensando, Fraser.

—Y yo no he dicho nada.

—En tu línea.

Miré otra vez hacia fuera. Mi casa quedaba a unos kilómetros de allí y, por primera vez desde que había regresado a Escocia, hacía tiempo que había dejado de pensar en ella como la casa de mi madre.

Era mi casa.

Milán seguía formando parte de mi vida y Francia todavía iba a ocuparme muchos meses. No sabía cómo serían las cosas dentro de un año ni qué forma acabaría teniendo mi carrera, pero tampoco necesitaba resolverlo aquella noche.

Había llegado a Escocia convencida de que permanecería allí el tiempo justo para terminar un proyecto y regresar después a la vida que ya tenía organizada. Ahora, mientras miraba aquel hotel terminado con Callum a mi lado, entendí que algo había cambiado bastante más de lo que esperaba.

Escocia ya no era únicamente el lugar donde estaba él, sino también un lugar al que yo quería volver y, por primera vez desde que había llegado, dejé de sentir que estaba de paso.