Capítulo 30 #2
—A costa de mi abuelo.
—Sí.
Graham no apartó la mirada.
—Y eso es mío, Mara. Lo que hizo mi padre fue suyo. Callarme cuando entendí lo ocurrido fue decisión mía.
Por primera vez desde que había empezado a hablar entendí hasta qué punto aquel hombre llevaba años conviviendo con algo que no había provocado, pero que había decidido proteger de todos modos.
Eso no consiguió que me diera pena, pero tampoco necesitaba convertirlo en un monstruo para saber que había hecho algo imperdonable.
—Mi madre fue a verte.
Su expresión cambió.
—Varias veces.
—¿Qué sabía ella?
—No creo que llegara a descubrir el paso. Si lo hubiera hecho, no estaríamos teniendo esta conversación ahora. Pero sabía que había cosas que no cuadraban.
»Había encontrado notas de Alasdair y estaba convencida de que él había cerrado correctamente las caballerizas. Me preguntó por los registros de administración, por documentación antigua de mi padre y por algunas reparaciones que se habían hecho después del accidente.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no había encontrado nada.
Solté el aire despacio.
—Mentiste.
—Sí.
Aquello dolió de una manera diferente, porque durante semanas había ido entendiendo que mi madre no había evitado aquella historia por vergüenza hacia su padre; había hecho justo lo contrario y había seguido buscando cuando nadie más quería hacerlo. Y Graham lo había sabido todo ese tiempo.
—¿Por eso te preocupaste cuando empezaron las obras?
—En parte. Cuando comenzamos a vaciar algunas zonas de la casa aparecieron las primeras cajas de documentación antigua. No había nada importante, pero encontrar papeles de finales de los noventa me hizo pensar en todo lo que podía seguir guardado allí sin que yo lo supiera.
»También recordé las preguntas de Fiona y empecé a preguntarme cuánto habría llegado a averiguar antes de morir.
—Y entonces aparecí yo.
—Sí.
No necesitó más para que entendiera adónde iba y, de pronto, otra pieza encajó.
—Cuando nuestro estudio entró en el proyecto… fuiste tú quien pidió que viniera yo.
Graham no respondió enseguida, pero tampoco intentó negarlo.
—Sí.
Noté cómo Callum volvía la cabeza hacia mí, aunque apenas aparté la vista de Graham.
—Así que ya estabas intentando averiguar qué sabía antes de que yo pusiera un pie en Escocia.
—Sí.
En aquel momento recordé a Francesca diciéndome en Milán que el cliente había preguntado específicamente por mí y toda la explicación lógica que habíamos construido alrededor de aquello.
Escocesa, conocía la zona, tenía experiencia internacional y el perfil adecuado para un edificio histórico; todo era cierto y, al mismo tiempo, nada de aquello había sido la verdadera razón.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber qué sabías.
Graham no intentó disfrazarlo.
—Mientras estuvieras en Milán no tenía forma de saber si Fiona te había contado algo, si conservabas documentos o si algún día ibas a empezar a hacer las mismas preguntas que ella.
»Cuando supe que vuestro estudio estaba entre los que podían encargarse del proyecto, pedí que fueras tú. Pensé que, teniéndote aquí, podría averiguar hasta dónde llegaba todo aquello.
—Y de paso me instalé en casa de mi madre.
—Eso no lo planeé yo, pero cuando me dijiste que estabas viviendo allí entendí que tarde o temprano acabarías revisando sus cosas.
Me acordé perfectamente de aquella conversación en el despacho, cuando Graham me preguntó si me había instalado en casa de Fiona y yo, sin darle ninguna importancia, le conté que todavía quedaban cajas suyas que ni siquiera había abierto.
—Por eso entraste.
Graham sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—Dos veces.
Tardé un momento en reaccionar.
—¿Dos?
—La primera fue poco después de que me hablaras de las cajas. Pensé que Fiona podía haber guardado copias de algo y llevaba años sin saber hasta dónde había llegado. Forcé el cierre de la ventana junto a la despensa, entré por allí y revisé el despacho, pero intenté dejarlo todo como estaba.
Entonces recordé aquella primera vez que había encontrado la puerta abierta y uno de los cajones ligeramente desplazado. Me había resultado tan fácil convencerme de que había sido un despiste mío que ni siquiera se me ocurrió revisar el resto de la casa.
—La ventana ya estaba forzada entonces.
—Sí.
—Y yo no me di cuenta.
Graham negó despacio.
—Supuse que no, porque no ocurrió nada después. Pero seguía pensando que Fiona tenía que haber guardado algo, así que volví unos días más tarde.
—Por la misma ventana.
—El cierre había quedado dañado y pude abrirla otra vez. La segunda vez busqué con más detenimiento. Abrí las cajas, revisé papeles y dejé demasiadas cosas fuera de sitio.
—Fue entonces cuando llamé a la policía.
—Sí.
La admisión siguió provocándome una sensación desagradable aunque, en realidad, ya conociera casi toda la respuesta.
—¿Qué buscabas exactamente?
—Cualquier cosa relacionada con el accidente. Notas, copias de planos, correspondencia... No sabía qué podía tener tu madre porque nunca me dijo lo que había encontrado.
—Y no encontraste nada.
—Nada que pareciera importante.
—Porque no había nada.
—Eso creí.
Callum apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Hasta que Mara encontró el plano en tus propios papeles.
Graham dejó escapar el aire y por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa, aunque no tenía humor.
—Sí. Eso tiene cierta ironía.
—Tú me diste acceso —dije.
—Para entonces estaba convencido de que no sabías nada. Había entrado dos veces en tu casa y no había encontrado documentación sobre el accidente, llevabas meses trabajando conmigo sin hacer ninguna pregunta extraña y cuando me pediste los planos lo hiciste por una cuestión del proyecto.
»Revisé aquellas cajas por encima cuando aparecieron, pero había cientos de documentos. Ese plano era tan antiguo que nunca relacioné aquellas líneas con el paso que había encontrado en los papeles privados de mi padre.
—Y yo tampoco.
Había tenido aquel plano delante, lo había fotografiado, guardado en el ordenador y olvidado entre más de cien archivos hasta que cuarenta centímetros de muro mal medidos me obligaron a mirarlo con otros ojos.
Graham se recostó ligeramente en la silla.
—No pretendía que nada de esto llegara tan lejos.
—Entraste dos veces en mi casa.
—Lo sé.
—Me hiciste volver a Escocia para vigilar lo que podía saber sobre mi propia familia.
—Sí.
—Y dejaste que siguiera creyendo durante meses que mi abuelo quizá había cometido un error que acabó costándole la vida a un hombre.
Graham bajó la cabeza.
—Sí.
Yo ya no tenía nada más que preguntarle, aunque la policía todavía tenía por delante documentos que revisar, una huella que comparar y una declaración lo bastante extensa como para mantenerlos ocupados durante bastante tiempo.
El padre de Graham llevaba años muerto y no existía ninguna posibilidad de exigirle responsabilidades, pero por primera vez teníamos una reconstrucción de lo ocurrido que no partía de convertir a mi abuelo en el responsable de la muerte de Peter.
Me levanté y Graham hizo lo mismo.
—Mara.
Me detuve.
—Lo siento.
Lo miré durante unos segundos.
No estaba preparada para perdonarlo y tampoco creía que una disculpa pudiera borrar lo que había hecho, pero había algo que sí quería de él.
—Entonces haz una cosa bien.
Esperó.
—Cuando esto termine, cuenta la verdad con la misma claridad con la que acabas de contarla aquí. No solo a la policía.
Graham entendió.
—Lo haré.
Salí de la sala antes de tener que escuchar nada más y Callum me alcanzó en el pasillo. Caminó conmigo hasta la salida sin intentar hablar y, cuando cruzamos la puerta, el aire frío me golpeó en la cara justo cuando empezaba a oscurecer.
Me detuve junto a las escaleras pensando en todas las veces que había imaginado cómo me sentiría si conseguíamos demostrar que mi abuelo había dicho la verdad.
Esperaba alivio, quizá rabia, incluso esa satisfacción absurda que llega cuando por fin tienes razón después de haber pasado demasiado tiempo dudando, y en realidad sentía un poco de todo. Pero, sobre todo, pensaba en mi madre.
—Fiona lo sabía —dijo Callum a mi lado.
Negué.
—No sabía lo del paso.
—No. Pero sabía que su padre no había hecho lo que decían.
Eso me hizo sonreír de una manera bastante triste.
—Y yo pensaba que no quería hablar del tema porque le dolía demasiado.
—Probablemente también.
—Sí.
Nos quedamos allí un momento mientras un coche abandonaba el aparcamiento.