Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 28
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Capítulo 28

Mara

Diez días después de volver a Milán, ya me movía otra vez dentro de mi rutina como si nunca me hubiera ido. Mi piso seguía igual, el tranvía continuaba pasando frente al edificio a horas indecentes y la cafetería de la esquina todavía preparaba el espresso exactamente como me gustaba.

En el estudio tampoco había cambiado demasiado.

Mi mesa estaba prácticamente como la había dejado; Francesca seguía apareciendo con carpetas debajo del brazo y una lista de cosas urgentes que siempre resultaban ser más urgentes de lo previsto, y Lorenzo había tardado menos de una mañana en empezar a comportarse como si nunca hubiera trabajado a cientos de kilómetros de allí.

Y lo cierto era que me gustaba haber vuelto, algo que durante los primeros días me había costado un poco reconocer porque una parte de mí parecía empeñada en pensar que echar de menos a Callum tenía que significar que ya no encajaba en Milán.

No era así. Seguían gustándome la ciudad, mi trabajo y esa sensación de entrar en el estudio sabiendo que me había ganado el lugar que ocupaba allí; también las reuniones, empezar un proyecto desde cero y ese caos de las primeras semanas que siempre terminaba resultándome estimulante.

El proyecto de Francia, además, estaba resultando mejor de lo que recordaba.

El château tenía historia, carácter y suficientes decisiones dudosas acumuladas durante décadas como para mantenernos entretenidos mucho tiempo.

Había una ampliación de los años setenta que Francesca defendía que podíamos salvar y yo seguía convencida de que la humanidad estaría mejor si alguien fingía que jamás había existido, pero el resto del edificio era una maravilla.

Durante los primeros días viajé dos veces hasta allí y volví a Milán con el cuaderno lleno de anotaciones, fotografías y ganas de empezar.

Precisamente lo que había esperado sentir desde que comenzamos a preparar aquella propuesta meses atrás.

El problema era que disfrutar de todo aquello no había conseguido hacer desaparecer Escocia.

Echaba de menos mi casa, aunque antes de marcharme todavía la considerara demasiado grande para mí.

Echaba de menos conducir por aquellas carreteras imposibles, llegar al hotel y encontrar cada día algo diferente, incluso la lluvia que me había pasado meses criticando.

También echaba de menos a Ewan, a Jamie y a Gordon y a su mujer, y me había sorprendido varias veces pensando en algo que quería contarle a Giulia antes de recordar que, a aquellas alturas, era bastante probable que ella ya lo supiera porque seguía hablando con Jamie casi a diario.

Y después estaba Callum. Con él era bastante menos fácil engañarme. Le había escrito al aterrizar, tal y como le prometí antes de marcharme, y su respuesta había llegado apenas unos minutos después.

«Me alegro de que hayas llegado bien.»

Desde entonces, ninguno había vuelto a escribir.

Durante los primeros días miré demasiadas veces el teléfono cada vez que vibraba, hasta que terminé acostumbrándome a encontrar mensajes de Francesca, Ewan, proveedores o cualquier otra persona que no fuera él.

Tampoco sabía qué esperaba exactamente que dijera después de cómo habíamos terminado las cosas, porque preguntarle qué tal estaba resultaba ridículo y decirle que le echaba de menos todavía más.

Seguí trabajando, no como una forma de esconderme, porque bastante trabajo tenía de verdad, sino porque llevaba años haciendo aquello que seguía gustándome.

Podía pasar una mañana entera discutiendo materiales en el proyecto de Francia, volver a Milán reventada y reconocer que había tenido un buen día aunque, al abrir la puerta de mi piso, echara de menos encontrar unas botas de Callum en medio del camino.

Las dos cosas podían ser ciertas y empezaba a cansarme de intentar decidir cuál debía pesar más.

Aquella mañana llevaba casi una hora revisando la propuesta de iluminación de una de las salas del château cuando apareció una llamada de Ewan en la pantalla.

—Dime que no se ha caído nada —contesté.

—Buenos días a ti también.

—Ewan.

—No se ha caído nada.

—Gracias. Buenos días.

—Pero tenemos un problema.

Me recosté en la silla.

—Por supuesto.

Compartió conmigo varias fotografías tomadas en la zona de servicio de la planta baja del hotel. Reconocí enseguida el espacio porque habíamos modificado su distribución al principio del proyecto para ganar capacidad de almacenaje y mejorar la conexión con el antiguo comedor.

—El mueble que diseñaste para este tramo no entra —explicó.

—Entraba hace cuatro meses.

—Sobre el plano, sí. En la vida real tenemos bastante menos fondo.

Fruncí el ceño y amplié una de las fotografías.

—¿Habéis medido otra vez?

—Tres veces. Hay entre treinta y cinco y cuarenta centímetros que no aparecen en el levantamiento.

—Eso es demasiado para un error.

—Gracias por confirmar que todavía sé utilizar una cinta métrica.

—Nunca he llegado a tanto.

Ewan soltó una risa antes de enviarme otra imagen en la que había marcado las medidas directamente sobre el muro.

—Al retirar parte del revestimiento hemos visto que aquí cambia el espesor. No quiero seguir tocando nada hasta saber qué tenemos detrás porque, con esta casa, cada vez que alguien dice «seguro que no es nada», acabamos perdiendo dos semanas.

En eso tenía razón, así que abrí el plano actual desde el ordenador mientras seguíamos hablando.

—En el levantamiento está dibujado como un muro normal.

—Ya.

—¿Y los planos anteriores?

—He mirado los que tenemos en obra, pero ninguno aclara gran cosa.

Entonces recordé las copias que había hecho meses atrás en el despacho de Graham.

Durante la investigación había revisado algunos de aquellos documentos buscando nombres, fechas o cualquier referencia relacionada con mi abuelo y Peter, pero la mayor parte de los planos quedaron guardados entre la documentación del proyecto porque nunca tuve tiempo de estudiarlos con calma.

—Yo tengo más —dije—. Fotografié varios de los antiguos que aparecieron en el armario.

—Es verdad, no me acordaba.

—Déjame revisarlos antes de que hagáis nada. Si el grosor viene de una modificación antigua, debería aparecer en alguno.

—Te mando también las medidas completas.

—Perfecto. Y que nadie abra ese muro mientras tanto.

—Se lo transmitiré a los adultos responsables.

—O sea, que tengo que llamar a Callum.

Hubo una pausa tan pequeña que probablemente solo la noté yo.

—Puedo hacerlo yo.

—Era una broma, Ewan.

—Ya.

No añadí nada más y él tampoco. Terminamos de revisar un par de cuestiones del hotel y colgué poco después con las nuevas mediciones ya en mi correo.

Dejé el proyecto de Francia aparcado y busqué la carpeta de Escocia.

Hacía un par de semanas que no abría aquella carpeta del ordenador y tardé un momento en localizar lo que buscaba entre todo lo que había ido guardando del hotel.

Tenía subcarpetas para la documentación administrativa, fotografías de obra, referencias históricas y planos antiguos, aunque dentro de esta última el orden dejaba bastante que desear.

Empecé por los documentos más recientes y fui retrocediendo.

La zona que me interesaba había cambiado varias veces a lo largo del último siglo.

En unos planos aparecía dividida en pequeñas dependencias de servicio; en otros, dos de aquellas estancias ya se habían unido, y en una reforma posterior se había abierto una comunicación que seguíamos utilizando actualmente.

Nada explicaba los centímetros que faltaban, así que abrí otra fotografía, comprobé la orientación y la coloqué junto al levantamiento actual. El muro seguía ahí y, aunque el dibujo era bastante menos preciso, tampoco parecía justificar aquel grosor.

Fui pasando de un plano a otro y estuve casi media hora comparándolos hasta llegar a uno que recordaba vagamente. Era bastante más antiguo que los demás y mostraba en la misma lámina parte de la casa principal y varias de las construcciones de la propiedad.

Lo había fotografiado por secciones porque era demasiado grande para hacerlo de una sola vez, de modo que tuve que abrir cuatro archivos y colocarlos en orden antes de encontrar la zona que buscaba.

Amplié la imagen y comprobé que el muro que estaba dando problemas a Ewan aparecía con un grosor parecido al que habían encontrado en obra, aunque el dibujo no era lo bastante preciso como para sacar una medida fiable. Había, sin embargo, algo diferente en aquella parte de la planta.

Me acerqué un poco más a la pantalla. Donde en el plano actual había una pared continua, en aquel aparecía un espacio estrecho que se prolongaba hacia el exterior de la casa.

Al principio pensé que podía tratarse de una cámara entre muros o de alguna antigua conducción, pero cuanto más ampliaba la fotografía, menos sentido tenía esa explicación porque el trazado continuaba demasiado lejos.

Moví la imagen para seguirlo y abrí otra de las fotografías que completaban el plano.

La línea salía de la casa, atravesaba una zona que actualmente no tenía ninguna construcción visible y seguía avanzando hasta otra parte de la propiedad.

Volví al plano general para comprobar la orientación y recorrí el trazado con el cursor hasta llegar al otro extremo.

Terminaba en las caballerizas.

Me incorporé en la silla y acerqué el ordenador, intentando asegurarme de que no estaba interpretando mal dos elementos distintos.

Comprobé referencias, orientación y distancias antes de seguir de nuevo el recorrido desde la casa, pero el resultado era el mismo: en aquel plano existía una conexión entre la vivienda principal y las antiguas caballerizas.

Abrí entonces el levantamiento actual y coloqué ambos planos uno al lado del otro. En el moderno no aparecía nada parecido; entre los dos edificios solo había terreno y, justo en el punto donde aquel antiguo trazado abandonaba la casa, figuraba un muro continuo.

Necesitaba comprobar que no se tratara de algo proyectado que nunca hubiese llegado a existir, así que busqué otro plano de una época posterior.

Tardé unos minutos en encontrarlo, pero allí volvía a aparecer parte de la misma conexión.

Estaba dibujada con menos detalle, aunque se distinguía perfectamente un paso estrecho que partía de la casa y se dirigía hacia las caballerizas.

En otro plano mucho más reciente, en cambio, ya no quedaba rastro de él.

Me quedé mirando las tres versiones abiertas en la pantalla. En algún momento había existido un paso entre ambos edificios y, años después, alguien lo había cerrado.

Entonces recordé la factura de Gordon.

Dejé los planos abiertos y busqué en el ordenador la carpeta donde había guardado la documentación de la investigación.

Encontré enseguida la copia que Callum me había enviado cuando su tío localizó los papeles de su antigua empresa y releí la descripción de los trabajos realizados después del accidente: apuntalamiento de la estructura norte, sustitución provisional de varios elementos dañados, cierre del acceso hasta la reparación definitiva y una línea a la que entonces ninguno habíamos sabido darle demasiada importancia.

«Regularización y cierre de hueco en muro norte.»

Volví al plano y comprobé dónde terminaba aquel antiguo paso en las caballerizas.

Precisamente en el muro norte.

A partir de ahí, las piezas empezaron a encajar demasiado deprisa. Abrí la fotografía de las notas de mi abuelo y releí una vez más las palabras que ya conocía prácticamente de memoria.

«Caballerizas cerradas. Revisión pendiente. Se mantiene prohibición de acceso hasta reparación. Aviso entregado en administración.»

Durante meses habíamos intentado averiguar quién había ignorado la prohibición de mi abuelo, por qué en administración no tenían constancia del aviso y, sobre todo, cómo había conseguido Peter entrar en una zona que Alasdair aseguraba haber cerrado.

Sin embargo, al mirar de nuevo aquellos dos planos, entendí que quizá llevábamos todo ese tiempo haciendo la pregunta equivocada.

Si aquella conexión seguía existiendo en 1998, Peter no había necesitado utilizar la entrada que mi abuelo había cerrado.

Había podido entrar desde la casa.

—Hostia.