Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 27
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Capítulo 27

Mara

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas descubrí que había pocas cosas más irritantes que tener exactamente lo que llevaba meses deseando y no ser capaz de disfrutarlo.

Francesca me había enviado toda la documentación de la Provenza, Lorenzo había añadido una nota bastante poco disimulada diciendo que esperaba mi respuesta cuanto antes y el cliente quería empezar a organizar las primeras reuniones la semana siguiente.

Sobre el papel era perfecto. El château tenía todo lo que me gustaba de un proyecto: historia, carácter, presupuesto suficiente para hacer las cosas bien y libertad para trabajar con un edificio que no necesitaba que lo reinventaran, sino que alguien entendiera lo que ya era.

Llevaba meses queriéndolo. El problema era que, cuando empecé a pelear por él, mi vida no se parecía demasiado a lo que tenía ahora.

Aquella mañana llegué al hotel antes que Callum y aproveché para encerrarme en una de las salas que ya utilizábamos como despacho.

Abrí por tercera vez el correo de Francesca y repasé el calendario sin encontrar nada nuevo.

Milán durante unos días para organizar el equipo, después Francia, varias semanas bastante intensas y, a partir de ahí, una planificación mucho más flexible que incluso me permitiría repartir el trabajo entre ambos países.

No significaba irme para siempre, ni siquiera significaba abandonar el hotel. Eso era lo que llevaba dos días repitiéndome.

Cuando Callum apareció, yo estaba comparando fechas con la planificación de Escocia. Entró con una carpeta bajo el brazo, dejó las llaves sobre la mesa y se acercó lo suficiente para ver lo que tenía abierto en el portátil.

—¿Francia?

—Sí. Estoy intentando ver cómo podría encajarlo todo.

Asintió y dejó la carpeta delante de mí.

—Ewan ha actualizado el calendario de obra. Te lo he impreso porque hay dos entregas que han cambiado.

Esperé que añadiera algo más, pero no lo hizo.

—Gracias.

Callum se acercó a la cafetera y empezó a prepararse uno mientras yo seguía mirando la pantalla sin leer realmente nada.

Desde la llamada de Francesca estaba raro.

No enfadado ni especialmente distante si alguien lo observaba desde fuera, porque seguía durmiendo conmigo, apareciendo cada mañana y trabajando a mi lado como siempre; incluso la noche anterior había cocinado porque yo había llegado más tarde.

Aun así, había una especie de prudencia nueva en todo lo que decía, como si hubiera empezado a medir la distancia exacta que debía mantener para no pisar un terreno que antes recorría sin pensar.

—Francesca necesita una respuesta hoy —dije.

Callum se volvió con la taza en la mano.

—¿Ya?

—Les corre prisa organizar el equipo.

—Tiene sentido.

Esperé otra vez, pero tampoco añadió nada.

—Sigo sin saber qué hacer.

—No creo que tengas muchas dudas.

Levanté la vista.

—¿Perdona?

Callum dio un sorbo al café antes de contestar.

—Llevabas meses intentando conseguirlo.

—Eso no significa que ahora sea igual de sencillo.

—No he dicho que lo sea.

—Pues lo parece.

Dejó la taza sobre la encimera.

—Mara, es un proyecto enorme y lo querías antes de venir aquí. No voy a decirte que no lo aceptes.

Ahí estaba otra vez.

No voy a decirte que no lo aceptes .

No era lo mismo que querer que me fuera, lo sabía. También sabía que Callum no era el tipo de hombre que intentaría decidí por mí y, si lo hubiera hecho, probablemente le habría mandado a paseo antes de que terminara la frase.

Pero había un término medio enorme entre intentar controlar mi vida y comportarse como si mi marcha fuera únicamente un asunto profesional.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Ya lo sé.

—Entonces quizá podrías dejar de contestarme como si te estuviera consultando una oferta de trabajo.

Su expresión cambió apenas un poco.

—¿Qué quieres que te diga?

La respuesta se me formó con una facilidad bastante peligrosa: quería que me dijera que no quería que me fuera, que buscáramos una solución y que Francia podía ser importante sin que eso significara que nosotros lo éramos menos. Pero no dije nada de todo aquello.

—Nada —respondí mientras cerraba el correo—. Déjalo.

Callum abrió la boca como si fuera a añadir algo, pero Ewan entró con dos muestras de piedra y la conversación quedó ahí.

El resto de la mañana fue una sucesión de reuniones, decisiones y pequeñas urgencias que agradecí más de lo habitual. Tener la cabeza ocupada impedía que siguiera repasando una conversación que, cuanto más pensaba en ella, menos me gustaba.

El problema era que Callum tampoco ayudaba, porque aunque seguía trabajando conmigo como siempre, había empezado a comportarse de una forma distinta en pequeños detalles.

Cuando discutimos sobre el acabado de una de las chimeneas, cedió antes de lo habitual; cuando Ewan preguntó por una decisión que dependía de mí dentro de tres semanas, Callum contestó que podían resolverla ellos si yo estaba en Francia y, cuando hablamos de la entrega de varios muebles prevista para el mes siguiente, volvió a hacer exactamente lo mismo.

—Si Mara no está, me encargo yo.

No había mala intención y quizá eso era lo peor, porque Callum estaba empezando a reorganizar el hotel alrededor de mi ausencia antes de que yo hubiese decidido siquiera marcharme.

A la hora de comer salí al exterior con un café y me senté en uno de los bancos provisionales que todavía quedaban cerca de la entrada.

Había dejado de llover hacía poco y el jardín estaba empapado, aunque al menos había un trozo de cielo suficientemente claro para convencerme de que no volvería a empezar en los siguientes cinco minutos.

Saqué el teléfono y encontré tres mensajes de Francesca. El último decía:

«Necesito saber qué le digo a Lorenzo. Y antes de que empieces a darle vueltas: te conozco. Llámame.»

Sonreí a pesar de todo, marqué su número y Francesca contestó casi de inmediato.

—Por fin.

—Hola a ti también.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mara.

Cerré los ojos un segundo.

—Me han ofrecido el proyecto que llevo meses queriendo y resulta que no sé si quiero aceptarlo. Eso pasa.

Francesca tardó muy poco en entender.

—Callum.

—No es solo Callum.

—Vale. Callum y que tu vida ahora está allí.

—Mi vida también está en Milán.

—No he dicho que no.

Y precisamente por eso podía hablar con ella. Giulia habría empezado a hacer preguntas hasta sacarme las respuestas a la fuerza; Francesca sabía dejar espacio.

—Me encanta mi trabajo —continué—. Me encanta Milán y llevo años construyendo todo esto. No quiero despertarme dentro de cinco años y pensar que empecé a decir que no a cosas que quería porque me enamoré.

—Eso sería una mierda.

—Gracias por la delicadeza.

—Pero tampoco sería demasiado inteligente decir que sí a todo solo para demostrar que sigues siendo independiente.

No contesté y Francesca suspiró al otro lado.

—¿Qué quiere él?

Miré hacia el edificio. Callum acababa de salir por una puerta lateral con dos de sus hombres y estaba señalando algo en la fachada.

—Que acepte.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí.

—¿Así, sin más?

—Dice que llevo meses detrás del proyecto y que es una oportunidad importante. También que aquí pueden seguir perfectamente sin mí.

—Eso último ha tenido que encantarte.

—No tienes ni idea.

Francesca guardó silencio un momento.

—¿Y tú qué quieres?

Miré otra vez a Callum.

Durante años habría sabido responder sin pensarlo demasiado. Quería proyectos como Francia, viajar, seguir creciendo y no tener que pedir permiso a nadie para decidir hacia dónde iba mi vida. Todo eso seguía siendo verdad.

Lo que había cambiado era que ahora también quería regresar al final del día y encontrar una chaqueta de Callum encima de una silla, discutir por una carpeta que yo juraba haber dejado en otro sitio y despertarme sin saber en cuál de nuestras dos casas habíamos terminado la noche anterior.

—Quiero las dos cosas.

—Entonces quizá el problema no sea el proyecto.

—Ya.

—Habla con él.

Solté una risa sin demasiada gracia.

—Qué fácil.

—No he dicho que sea fácil. He dicho que hables con él.

Vi a Callum girarse hacia el banco donde estaba y nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos. Levantó una mano antes de volver con los demás.

—Tengo que dejarte.

—Mara.

—¿Qué?

—No decidas nada para demostrarle algo a nadie. Ni a él ni a ti.

—Lo sé.

—Eso espero.

Colgué y me quedé un poco más allí, aunque el café ya se había enfriado. Francesca tenía razón, pero eso no solucionaba el problema de fondo: no sabía cómo hablar con alguien que parecía haber decidido que mi marcha era inevitable antes incluso que yo.

Aquella tarde Callum se fue antes porque tenía que pasar por el taller y revisar una entrega. Cuando le pregunté si cenábamos juntos, me dijo que probablemente terminaría tarde y que no hacía falta que lo esperara. No era extraño y había ocurrido otras veces, pero aquella vez me sentó fatal.

Llegué a casa poco después de las ocho, me duché y abrí el portátil en la cocina con una copa de vino al lado. El correo de Francia seguía arriba de todo, acompañado de los documentos que llevaba dos días mirando sin conseguir tomar una decisión.

Había empezado a leerlos de nuevo cuando escuché la llave en la puerta.

Callum entró poco después, dejó la chaqueta y se acercó para besarme.

El gesto fue natural, pero demasiado breve para alguien que dos días antes me habría rodeado la cintura y probablemente habría conseguido que olvidara qué estaba haciendo.

—Pensaba que llegarías más tarde.

—Al final hemos terminado antes.

Miró el portátil.

—Sigues con ello.

—Sí.

Sacó una cerveza de la nevera y se sentó frente a mí.

—¿Has decidido algo?

—Todavía no.

No comentó nada y yo acabé cerrando el ordenador.

—¿De verdad te da igual?

Callum levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que me vaya.

Su mandíbula se tensó un poco.

—No he dicho eso.

—Pues podrías disimularlo mejor.

—Mara, ¿qué quieres que haga? ¿Que te diga que rechaces un proyecto que llevas meses intentando conseguir?

—No.

—Entonces no entiendo qué me estás pidiendo.

—Porque no te estoy pidiendo que decidas por mí.

—Eso ya lo sé.