Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 26
76%

Capítulo 26

Callum

Cuatro meses después, Mara seguía asegurando que apenas ocupaba espacio en mi casa, a pesar de que aquella mañana había dejado el secador sobre la cómoda, una chaqueta en el respaldo de una silla y dos pares de zapatos junto a la puerta del dormitorio.

En el baño tenía media balda llena de productos que no sabía para qué servían y en la cocina había conseguido sustituir el té que llevaba años comprando por otro que, según ella, no sabía a rayos.

Tampoco podía quejarme demasiado porque yo tenía ropa en su casa, un neceser que ya nadie fingía que estaba allí por casualidad y una llave que Mara acabó metiéndome en el bolsillo un día después de encontrarme esperando en la puerta porque una reunión se le había alargado.

No habíamos hablado de vivir juntos ni decidido repartirnos entre una casa y otra.

Simplemente, en algún momento, dejó de importar dónde terminábamos cada noche.

Mara apareció en la cocina mientras yo terminaba de hacer café y se apoyó contra la encimera para ponerse uno de los pendientes.

—¿Has visto mi carpeta negra?

—En el salón.

—He mirado.

—Has mirado como miras tú cuando tienes prisa, que consiste en esperar que las cosas se asusten y aparezcan solas.

Me dedicó una mirada que prometía poco bueno, dejó el pendiente sobre la encimera y desapareció hacia el salón. La escuché mover algo y regresó unos segundos después con la carpeta debajo del brazo.

—Estaba debajo de tu chaqueta.

—Entonces estaba allí.

—Debajo de algo no cuenta como estar a la vista.

Cogí las llaves de la furgoneta antes de que aquella discusión pudiera alcanzar proporciones mayores.

—Tenemos reunión a las nueve.

—Lo sé.

—Son menos cuarto.

—También sé mirar la hora, Fraser.

—Eso quería comprobar.

Murmuró algo sobre hombres insoportables mientras recogía el pendiente y me siguió hacia la puerta.

En los últimos meses habíamos desarrollado una rutina que ninguno de los dos había buscado y que, precisamente por eso, parecía haberse instalado sin esfuerzo.

Algunas noches dormíamos en su casa y otras en la mía, desayunábamos juntos la mayoría de los días y trabajábamos prácticamente a diario sin haber llegado todavía al punto de querer matarnos, algo que, teniendo en cuenta cómo habían empezado las cosas entre nosotros, podía considerarse un éxito.

El hotel también había cambiado mucho durante ese tiempo.

Seguía quedando trabajo por delante, pero ya no hacía falta imaginar demasiado para ver en qué se estaba convirtiendo.

Las habitaciones tenían forma, los baños estaban prácticamente terminados, buena parte de la carpintería original había recuperado el aspecto que merecía y las primeras piezas de mobiliario habían empezado a llegar.

Los problemas grandes habían quedado atrás y ahora la mayor parte de las discusiones giraban alrededor de acabados, medidas y pequeños detalles que para Mara podían convertirse en una cuestión de Estado si alguien pretendía quitarles importancia.

Lo comprobé nada más entrar en una de las suites .

—No —dijo desde la puerta.

Ewan, que caminaba a mi lado, se detuvo.

—Son tres centímetros.

Mara dejó la carpeta sobre una consola protegida con cartón y se acercó a la ventana para mirar la moldura.

—Son tres centímetros mal puestos.

—Nadie va a medirlo.

—Yo ya lo he medido.

Ewan me buscó con la mirada.

—Di algo.

—No pienso meterme ahí.

—Cobarde.

—Experimentado.

Mara nos ignoró a los dos y cinco minutos después Ewan estaba llamando a uno de los carpinteros para que corrigieran los tres centímetros que, según él, nadie iba a notar.

Seguimos recorriendo la planta durante casi una hora y fui añadiendo pequeñas cosas a la lista de mi equipo.

Nada especialmente complicado. A aquellas alturas, el trabajo consistía más en afinar lo que ya estaba hecho que en salvar partes del edificio de una muerte segura, y hasta las caballerizas estaban lo bastante avanzadas como para que empezaran a parecerse al espacio que Mara había dibujado meses atrás.

Durante un tiempo me había costado entrar allí sin pensar en Peter MacRae o en Alasdair Sinclair, pero aquella historia se había ido quedando atrás poco a poco.

El expediente completo que Mara solicitó no aportó nada que no supiéramos; Gordon no encontró más documentación y la policía tampoco consiguió identificar la huella de la ventana.

Durante las primeras semanas hubo alguna llamada más y Mara siguió revisando los archivos que había copiado del despacho de Graham cuando encontraba un hueco, aunque finalmente tuvo que aceptar que habíamos agotado todo lo que teníamos.

No había olvidado el asunto, ni mucho menos, pero dejó de abrir carpetas cada noche esperando encontrar una respuesta escondida entre papeles que ya habíamos revisado varias veces. La vida, el hotel y nuestro trabajo terminaron ocupando otra vez el espacio que les correspondía.

A media mañana estábamos comprobando unas muestras en una de las salas de la planta baja cuando sonó el teléfono de Mara. Miró la pantalla y se apartó un par de pasos.

—Es Francesca.

—Cógelo. Las paredes pueden esperar cinco minutos.

—Con este edificio no me atrevo a asegurar nada.

Respondió mientras yo seguía hablando con uno de mis hombres sobre el acabado de un panel.

Mara hablaba con su despacho casi todos los días y normalmente dejaba de prestarle atención en cuanto empezaba con reuniones, proveedores o clientes que no conocía.

Aquella vez fue su expresión lo que me hizo volver la cabeza.

Primero frunció el ceño, como si Francesca acabara de decir algo que no esperaba. Después abrió un poco los ojos y se quedó quieta.

—¿En serio?

El hombre que tenía delante siguió explicándome algo sobre el barniz y yo asentí sin escuchar gran cosa.

Mara se llevó una mano al pelo mientras Francesca continuaba hablando.

—No, claro que me interesa. Sí, lo sé.

Entonces sonrió.

Había aprendido a distinguir bastante bien las distintas sonrisas de Mara: la educada, la que aparecía justo antes de ganar una discusión y aquella otra que le cambiaba completamente la cara cuando algo le hacía verdadera ilusión.

Fue esa última la que vi en ese momento y, aunque todavía no sabía qué estaba ocurriendo, algo incómodo empezó a instalarse en mi estómago.

—¿Cuándo? —preguntó antes de quedarse escuchando durante unos segundos—. Vale, tengo que pensarlo. No, Francesca, no he dicho que no. Solo necesito pensarlo.

Sus ojos buscaron los míos y aparté la mirada antes de que pudiera leerme algo que ni yo tenía demasiado claro.

—Hablamos esta tarde. Sí. Dale las gracias a Lorenzo de mi parte.

Colgó y se quedó mirando la pantalla del teléfono. El hombre con el que yo estaba hablando decidió que necesitaba comprobar algo en otra habitación y se marchó con bastante mejor criterio del que había demostrado hasta entonces.

—¿Todo bien? —pregunté.

Mara levantó la cabeza y todavía tenía esa sonrisa.

—Nos han dado Francia.

Tardé un segundo en situarlo y después recordé el proyecto en la Provenza del que le había oído hablar prácticamente desde que había llegado a Escocia.

Un château que iban a rehabilitar por completo para convertirlo en una propiedad privada de lujo, con varias edificaciones anexas y un presupuesto suficiente para que ella y Francesca llevaran meses peleando por conseguirlo.

Mara había trabajado en la propuesta desde Milán, había viajado para una de las primeras reuniones y, durante bastante tiempo, estuvo convencida de que sería uno de los proyectos más importantes de su carrera.

—¿El château ?

—El propietario ha firmado esta mañana.

Sabía lo que aquello significaba para ella y la felicité sin necesidad de fingir nada.

—Pensaba que lo habíamos perdido —continuó—. Hace dos meses nos dijeron que estaban valorando otro estudio y Francesca y yo dábamos prácticamente por hecho que se iría con ellos.

Me enseñó el correo que acababa de entrar, aunque apenas presté atención al texto. Vi Francia, varias fechas y un calendario que se extendía durante semanas.

—¿Quieren que lo lleves tú?

—Sí. La propuesta inicial era mía, pero después de tantos meses y estando aquí, pensé que Lorenzo acabaría dándoselo a otra persona si salía adelante.

—Sigues trabajando para ellos.

—Ya, pero llevo casi cinco meses fuera y esto requeriría bastante presencia al principio.

Bajó la vista al correo y empezó a hacer cálculos en voz alta.

Tendría que ir a Milán la semana siguiente para organizar el equipo y después pasar una buena temporada en Francia durante la primera fase.

Más adelante podría repartir mejor el trabajo, pero al principio no había forma de dirigir algo así desde Escocia.

Mientras la escuchaba, recordé una conversación con Jamie meses atrás y aquella sensación que llevaba demasiado tiempo evitando mirar de frente.

Siempre había sabido que Mara tenía una vida en Milán que no había desaparecido porque ahora dejara zapatos en mi dormitorio o porque algunas mañanas desayunara en mi cocina.

Su trabajo seguía allí, igual que todo lo que había construido durante años, y tarde o temprano aparecería algo que la obligaría a decidir cuánto espacio quería seguir dejando en Escocia.

Francia acababa de llegar con una respuesta posible.

—¿Cuándo tienes que contestar? —pregunté.

—Francesca quiere saberlo en un par de días.

—Entonces tienes tiempo para pensarlo.

Mara guardó el teléfono, aunque era evidente que su cabeza ya había empezado a recorrer todas las posibilidades.

—El hotel está bastante avanzado y lo más complicado está decidido. Podría seguir coordinando parte desde fuera porque Ewan está aquí, tú controlas toda la ejecución y tampoco necesito estar físicamente para escoger cada tirador de una puerta.

—Espero que no, porque sería preocupante.

La hice sonreír un poco, pero la idea que había detrás seguía siendo la misma: podía marcharse y el trabajo continuaría.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí. No habría ningún problema. Podemos encargarnos de lo que queda.

Su expresión cambió apenas lo suficiente para que me diera cuenta de que aquello no había sonado como yo pretendía.

—Ya.

Quise corregirlo y no encontré una forma de hacerlo sin entrar en un terreno que llevaba meses esquivando.

El hotel podía seguir sin Mara físicamente allí y decírselo era lo razonable.

Explicarle que yo no tenía ninguna gana de averiguar cómo sería mi vida sin verla aparecer cada mañana era otra cosa muy distinta.

Ewan llegó preguntando por las muestras y nos devolvió al trabajo antes de que ninguno dijera nada más.

Mara siguió con el día como si aquella llamada no hubiera cambiado demasiado.

Habló con proveedores, corrigió una entrega que había llegado con el acabado equivocado y discutió conmigo porque quería conservar una pieza de madera que iba a darnos bastante más trabajo del que merecía.

Todo parecía exactamente igual y, sin embargo, empecé a mirar el hotel de otra manera.

Durante meses, cada habitación terminada me había parecido una buena noticia. Aquella mañana, por primera vez, también me recordó que Mara ya no tendría que quedarse allí mucho tiempo.

Terminamos bastante tarde. A lo largo del día había recibido otras dos llamadas del despacho y varios correos que dejó para más tarde, aunque no hacía falta ser especialmente listo para saber de qué trataban.

Cuando salimos al aparcamiento, Mara se quedó junto a su coche mientras yo buscaba las llaves de la furgoneta.

—¿Vienes a casa?

No preguntó a cuál porque hacía tiempo que esa precisión había dejado de ser necesaria.

—Tengo que pasar primero por el taller. Hay una entrega mañana y quiero comprobar una cosa.

—Vale.

No abrió el coche inmediatamente. Se quedó con una mano apoyada sobre el techo y me miró de una forma que conocía bien, como si estuviera decidiendo cuánto quería decir.

—¿Tú qué harías?

Sabía perfectamente a qué se refería.

—Mara...

—No te estoy pidiendo que decidas por mí. Solo quiero saber qué harías tú.

Mi primera respuesta apareció tan rápido que ni siquiera tuve que pensarla: me quedaría.

No porque Francia no fuera una oportunidad extraordinaria ni porque aquel proyecto importara menos que el hotel, sino porque ella estaba allí y, precisamente por eso, sentí que no tenía ningún derecho a utilizar esa respuesta.

—Lo aceptaría.

Mara tardó un instante en contestar.

—¿Sí?

—Llevas meses detrás de ese proyecto y es una oportunidad importante.

—También lo es este.

—Este está muy avanzado. Has dejado todo encaminado y, si decides irte una temporada, podemos ocuparnos de la ejecución.

La vi bajar la mirada y supe que algo de lo que estaba diciendo no estaba llegando como yo quería, aunque tampoco hice nada por evitarlo.

—Confío en ti —dijo—. Si me marchara, sé que el hotel estaría bien.

Aquello debería haberme parecido un cumplido. En cambio, sonó demasiado parecido a una despedida.

—Lo estará.

Mara asintió y abrió la puerta del coche.

—Nos vemos luego.

—Sí.

Esperé a que saliera del aparcamiento antes de subir a la furgoneta. Durante meses había sabido que aquello podía ocurrir porque Milán nunca había dejado de existir, igual que su trabajo, su vida y todo lo que había construido antes de volver a Escocia.

Ahora Francia acababa de ofrecerle exactamente el tipo de proyecto que llevaba años buscando y yo no podía pedirle que lo rechazara por mí.

Lo que empezaba a preocuparme era que, si seguía comportándome como si verla marcharse fuera lo más normal del mundo, quizá acabara consiguiendo exactamente eso.