Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 23
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Capítulo 23

Mara

Cuando por fin bajamos a la cocina, yo llevaba unos pantalones cómodos y un jersey y Callum se había puesto los vaqueros y una camiseta oscura. Los dos seguíamos con el pelo húmedo y empezaba a plantearme que, a ese paso, el desayuno iba a acabar convirtiéndose en comida.

Abrí la nevera y revisé lo que tenía.

—Huevos, beicon y tostadas.

—Me sirve.

Saqué el beicon y se lo pasé.

—Pues haz algo útil mientras preparo el resto.

—Qué romántica eres.

—Tengo hambre. El romanticismo puede esperar.

Estaba sacando los huevos cuando escuchamos un coche detenerse delante de la casa. Me acerqué a la ventana, aparté un poco la cortina y tuve que mirar dos veces para asegurarme de que estaba viendo bien.

Jamie acababa de aparcar frente a la casa con una bolsa grande de papel y, un segundo después, Giulia salió del asiento del copiloto cargada con cuatro cafés.

—Tenemos visita.

Callum se acercó.

—¿Quién?

—Tu amigo y la mía. Juntos.

Giulia llevaba vaqueros, un jersey y el pelo recogido de cualquier manera. No era la ropa con la que se había marchado con Jamie el viernes por la noche, así que en algún momento del sábado había tenido que pasar por casa para cambiarse.

Aquello empezaba a ponerse interesante.

El timbre sonó antes de que pudiera sacar más conclusiones y fui a abrir.

—¡Buenos días! —saludó Giulia levantando los vasos—. Traemos café.

—Tienes llave.

—Ya, pero sabía que estabais solos y he preferido llamar.

La miré.

—Qué considerada.

Giulia arqueó una ceja.

—Exacto. «Consideradísima».

Jamie soltó una carcajada y levantó la bolsa.

—Y yo traigo desayuno.

—Pasad antes de que me arrepienta.

Giulia me entregó un café al entrar y cualquier intención de echarla de casa desapareció inmediatamente.

—Te quiero.

—Ya lo sé.

Los seguimos hasta la cocina y Jamie empezó a sacar cosas de la bolsa: morning rolls todavía calientes, beicon, salchichas, huevos y tattie scones . Giulia observó el despliegue con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—He supervisado que no metiera haggis .

Jamie levantó la cabeza.

—Sigues con eso.

—Seguiré hasta el fin de mis días.

Me eché a reír mientras Callum guardaba el beicon que nosotros habíamos sacado y hacía sitio en la encimera.

—¿De dónde habéis sacado todo esto?

—De camino —respondió Jamie—. Pensé que os vendría bien.

Giulia cogió uno de los panecillos.

—Él ha pensado. Yo he aprobado el plan.

—Durísimo tu trabajo.

—No sabes cuánto.

Nos sentamos alrededor de la mesa con los cafés y los rolls . Giulia eligió uno con beicon y huevo después de comprobar personalmente que Jamie no intentaba colarle nada que considerara sospechoso, y yo acabé con uno de salchicha y tattie scone .

Durante un rato hablamos de cualquier cosa menos de lo evidente.

Giulia y Jamie no contaron demasiado sobre el sábado, pero tampoco hicieron el menor esfuerzo por disimular lo bien que se lo habían pasado.

Las bromas entre ellos, los roces y esa facilidad con la que parecían haberse acostumbrado a estar juntos me daban bastante información sin necesidad de preguntar nada.

Y yo pensaba preguntar, aunque no delante de ellos porque todavía conservaba algo de educación. Eso sí, Giulia no iba a volver a Milán sin explicarme qué demonios había pasado desde que se había marchado con Jamie el viernes.

Cuando terminamos de desayunar, Callum miró a su amigo.

—¿Nos vamos?

Jamie tardó un instante en reaccionar, pero enseguida entendió.

—Sí. Tengo que hacer un par de cosas.

Giulia lo miró.

—¿Adónde?

—Nada interesante.

—Eso ha sonado sospechoso.

—Porque tú consigues que todo te parezca sospechoso.

Jamie sonrió mientras se levantaba y Callum recogió su chaqueta del respaldo de una silla. Antes de irse, vino hacia mí.

—Te escribo luego.

—Vale.

Me besó delante de los otros dos con una naturalidad que me sorprendió menos de lo que debería. Yo tampoco hice nada por evitarlo y, cuando se apartó, Giulia estaba concentradísima en su café, bastante más de la cuenta.

Jamie se acercó a ella.

—Nos vemos.

—Eso espero.

Él se inclinó y la besó. No fue un beso largo ni especialmente íntimo, pero tampoco uno que dejara mucho margen para fingir que se habían pasado el fin de semana jugando a las cartas.

Esperé a que la puerta se cerrara detrás de ellos y, cuando volví a mirar a Giulia, ella ya había cogido su taza. Yo hice lo mismo y nos quedamos observándonos durante un par de segundos, las dos sabiendo perfectamente lo que venía ahora.

—No empieces —dijo.

Me eché a reír.

—Todavía no he abierto la boca.

—No hace falta. Te conozco.

Se levantó con la excusa de que necesitaba más café y la seguí hasta la cocina sin ninguna intención de ponérselo fácil.

—No voy a interrogarte.

—Mentira.

—Bueno, no mucho. Pero reconocerás que tengo motivos para sentir curiosidad. Llevas prácticamente con Jamie desde que salimos del pub el viernes y acabas de aparecer un domingo por la mañana con desayuno para cuatro.

Giulia se apoyó contra la encimera y bebió un poco de café.

—Vale. Me lo he pasado muy bien con él.

Esperé.

—Muchísimo mejor de lo que esperaba cuando decidí venir —añadió.

—Sigue.

—Y sí, han pasado cosas. Buenas cosas.

La sonrisa que se le escapó al decirlo me hizo sonreír también.

—¿Buenas de qué nivel?

—Mara.

—Es una escala perfectamente válida.

—Muy buenas.

—Eso quería saber.

—Mentira. Quieres detalles.

—Evidentemente, pero todavía tengo cierta educación.

—Desde cuándo.

Le di un golpe con el hombro al pasar y Giulia se echó a reír.

—La última copa en su casa se alargó un poco —continuó—. Nos pusimos a hablar, una cosa llevó a la otra y...

—La otra a otra.

—Exacto.

—Vale. Ya me hago una idea.

—No tienes ninguna intención de dejarlo ahí.

—Tengo unas cuarenta preguntas, pero estoy haciendo un esfuerzo enorme.

—Te lo agradezco.

Seguimos recogiendo algunas cosas del desayuno hasta que Giulia volvió a mirarme.

—Aunque me sabe un poco mal.

—¿El qué?

—He venido hasta Escocia para verte y al final me he pasado más tiempo con Jamie que contigo. Lo del viernes no estaba en mis planes y lo de ayer tampoco, pero... —Se encogió de hombros y volvió a aparecer esa sonrisa—. Creo que Cupido me ha dado bastante fuerte.

—Nuestra amistad sobrevivirá a que te hayas enrollado con un escocés.

—No estoy enamorada.

—Ya lo sé. Tampoco he encargado las invitaciones de boda.

Giulia soltó una carcajada.

—Pero me gusta. Mucho.

—Eso sí lo veo.

—Y la química...

—Eso también lo he visto.

—Pues deja de poner esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Mara.

Me eché a reír y terminé de guardar un par de vasos.

—Madre mía. Estos Highlanders nos han descuadrado un poco los planes.

—Un poco bastante.

—¿Y ahora qué?

Giulia se encogió de hombros.

—Ahora nada. Jamie me gusta, me lo he pasado genial y quiero volver a verlo. Pero vivo en Milán y mañana me toca salir hacia el aeropuerto a una hora indecente. No voy a organizar una boda escocesa porque haya pasado dos días estupendos con un hombre.

—Me tranquiliza.

—Aunque lo del kilt tiene posibilidades.

Solté una carcajada.

—Sabía que acabarías encontrándole ventajas a Escocia.

—No exageremos.

Terminamos de recoger y nos llevamos los cafés al salón. Giulia se instaló en una esquina del sofá y yo en la otra, preparada para seguir preguntando, pero se me adelantó.

—Bueno. Ahora tú.

—¿Yo qué?

—No intentes escaparte aprovechando que hemos hablado de Jamie. El viernes me entero de que tú y Callum lleváis varias noches durmiendo juntos y hoy aparezco y el hombre tiene un cepillo de dientes junto al tuyo y un neceser en el baño.

—¿Has inspeccionado mi baño?

—He ido a hacer pis. No he registrado los cajones.

—Menos mal.

—Aunque ahora me arrepiento un poco.

Negué con la cabeza entre risas.

—Trajo algunas cosas el otro día. No significa que se haya mudado.

—No he dicho que se haya mudado.

Giulia bebió un poco de café y esta vez dejó las bromas a un lado.

—Tampoco voy a preguntarte qué significa esto ni qué vais a hacer, porque seguramente todavía no lo sabes. Solo quiero saber si estás bien.

La pregunta me pilló bastante más desprevenida que cualquiera de las anteriores.

—Sí. Estoy bien. De verdad.

Giulia sonrió.

—Se te nota.

Con ella no hacía falta explicar demasiado.

Llevábamos años contándonos trabajos, hombres, decisiones buenas, decisiones horrorosas y todas esas cosas que mientras están ocurriendo, parecen enormes y después terminan convertidas en una conversación con una copa delante.

Sabía perfectamente cuándo podía meter el dedo hasta el fondo y cuándo era mejor dejarme llegar sola.

—Lo único que no sé es qué estamos haciendo —admití.

—Eso ya lo había supuesto. Pero tampoco parece que tengas demasiada prisa por averiguarlo.

Pensé en Callum despertándome a besos, en la noche anterior, en su cepillo de dientes junto al mío y en lo fácil que había resultado desayunar los cuatro como si aquello llevara pasando mucho más tiempo.

—No. Ahora mismo no.

—Pues ya está. Cuando haya una pregunta que necesites contestar, ya te la harás.

—¿Eso es todo? Esperaba al menos una presentación con ventajas, inconvenientes y previsión a cinco años.

—La tengo preparada, pero el portátil está en Milán.

Me eché a reír y apoyé los pies sobre la mesa baja. Fuera empezaba a despejarse y, por primera vez desde que Giulia había llegado, teníamos unas horas enteras para nosotras sin hombres, hotel ni ningún plan esperando.

—Cuéntame cosas de Milán —le pedí—. Pero cosas de verdad, no el resumen que me haces por teléfono.

Giulia se acomodó mejor en el sofá.

—¿Cuánto tiempo tienes?

Miré alrededor de mi propia casa.

—Todo el día.