Capítulo 21
Callum
El cepillo de dientes seguía junto al de Mara a la mañana siguiente.
Lo vi al entrar en el baño y sonreí al recordar la conversación de la noche anterior. Al final, Giulia había conseguido alterar nuestros planes durante unas horas para terminar desapareciendo con Jamie y dejándonos exactamente donde habíamos pensado estar desde el principio.
Cuando bajé, Mara estaba en la cocina preparando café con el móvil sobre la encimera.
—¿Noticias?
—Ninguna.
—Entonces Jamie sigue vivo.
—Me preocupa más Giulia.
—Jamie debería preocuparte bastante más.
Mara se rio y me acercó una taza.
—Como a mediodía no haya dado señales, la llamo.
—Dale tiempo.
—¿Para qué?
—Prefiero no responder a eso.
Negó con la cabeza y bebió un poco de café. Estaba a punto de sentarme cuando empezó a sonar mi teléfono y vi el nombre de mi tío en la pantalla.
—Es mi tío.
Mara dejó la taza sobre la encimera mientras yo descolgaba.
—Buenos días.
—He encontrado las cajas que te dije.
La noche anterior desapareció de golpe de mi cabeza.
—¿Hay algo?
—Sí. Bastante más de lo que me esperaba.
Me aparté de la mesa.
—¿Sobre las caballerizas?
—Facturas, presupuestos, partes de trabajo… Hay papeles de varios años y algunos son de aquella época. No he podido revisarlo todo, pero he encontrado lo que hicimos después del accidente.
—¿Y antes?
Mi tío tardó un momento en responder.
—También hay algo.
Miré a Mara.
—¿Qué?
—Prefiero que lo veamos con calma. Hay una referencia que no recordaba y quiero asegurarme de que estamos entendiendo bien las fechas.
Aquello sí consiguió que me pusiera en alerta. Mi tío no era un hombre de sacar conclusiones antes de tiempo y, si había esperado a llamarme, era porque había encontrado algo que merecía la pena revisar.
—¿Estás en casa?
—Toda la mañana.
—Pasaremos en un rato.
Colgué y dejé el teléfono sobre la mesa mientras Mara me observaba, esperando que hablara.
—Ha encontrado documentación de la empresa. Hay papeles de antes y de después del accidente.
—¿Ha dicho lo que contienen?
—No exactamente. Quiere que comprobemos las fechas con él.
Su expresión cambió. La noche anterior había conseguido apartar durante unas horas todo lo relacionado con su abuelo, pero bastaron aquellas palabras para devolvernos al mismo punto.
—Terminamos el café y vamos.
No discutí.
Media hora después estábamos de camino a casa de mi tío.
Durante buena parte del trayecto Mara permaneció callada, mirando por la ventanilla.
No parecía nerviosa, pero llevaba varios días encajando piezas de una historia que había ocurrido cuando era demasiado pequeña para comprenderla y de la que nadie había querido hablarle después.
Al llegar, nos hizo pasar directamente a la cocina. Había despejado media mesa y colocado encima una caja de cartón bastante castigada por los años, varias carpetas y dos montones de papeles sujetos con gomas.
—Os dije que guardaba de todo —comentó, señalando el despliegue—. Pues aquí tenéis la prueba.
Mara dejó el bolso en una silla y se acercó.
—Ahora entiendo por qué tu mujer se enfada contigo.
—Y porque todavía no sabe que esto sigue aquí.
Sonreí mientras me acercaba también. Conociendo a mi tío, lo extraño habría sido que hubiera tirado algo.
—¿Todo esto es de las caballerizas? —preguntó Mara.
—No. Hay trabajos de media comarca. En aquellos años todavía llevábamos los registros en papel y se guardaba prácticamente todo.
Mi tío retiró la goma de uno de los montones y buscó entre varios documentos hasta encontrar una factura.
—Esto sí.
La dejó delante de nosotros.
Era de enero de 1999, pocas semanas después de la muerte de Peter MacRae. Reconocí el membrete antiguo de la empresa y la letra de mi tío en algunas anotaciones hechas al margen.
El trabajo incluía sustitución de varias vigas, refuerzo de parte del altillo y reparación de zonas dañadas por humedad.
—Esto es lo que recordaba —dijo—. Nos llamaron después del accidente para asegurar la estructura y reparar lo que estaba en peor estado.
Cogí la factura y repasé las partidas.
—No fue un arreglo pequeño.
—No. Estuvimos allí bastantes días.
Mara se inclinó para leerla conmigo.
—Aquí pone «intervención urgente».
—Porque lo era.
—¿Después del accidente?
Gordon asintió.
—Después.
Mara pasó el dedo por una de las líneas sin llegar a tocar el papel.
—Entonces esto no nos dice nada que no sepamos.
—Esto no.
Mi tío cogió otro documento.
—Pero esto sí puede hacerlo.
Era una copia de un presupuesto. El papel estaba amarillento y una de las esquinas se había doblado, aunque la fecha se leía perfectamente.
Octubre de 1998 .
Dos meses antes del accidente.
Lo cogí.
El encabezado hacía referencia a la misma propiedad y el trabajo descrito afectaba a las caballerizas. Sustitución de madera deteriorada, revisión del altillo, refuerzo provisional y reparación de filtraciones.
Volví a mirar la fecha.
—¿Esto lo hicisteis vosotros?
—El presupuesto, sí. El trabajo, no.
Mara levantó la vista.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Gordon se sentó frente a nosotros.
—Eso es lo que llevo intentando recordar desde que lo encontré. En aquella época yo preparaba muchos presupuestos y no todos acababan convirtiéndose en trabajos.
»A veces el propietario buscaba otra empresa, otras decidía esperar o simplemente no quería gastarse el dinero.
—¿Quién os lo pidió? —pregunté.
—Ahí está el problema.
Señaló la parte inferior de la hoja. En el apartado correspondiente al cliente aparecía el nombre de la propiedad, pero no el de la persona que había solicitado la visita.
—¿Podría haber sido Alasdair? —preguntó Mara.
—Podría. Él era quien se ocupaba del mantenimiento y traté con él muchas veces. Pero no voy a decirte que fue él porque no lo recuerdo.
Aquello era justo lo que necesitábamos: hechos, no recuerdos reconstruidos casi treinta años después.
Revisé el presupuesto con más atención. En la parte inferior había una referencia escrita a mano.
—¿Qué significa esto?
Mi tío acercó el papel.
—Es el número del parte de visita.
—¿Lo tienes?
—Eso estaba buscando cuando os he llamado.
Volvió a la caja y empezó a sacar carpetas. Me senté a su lado para ayudarlo mientras Mara ordenaba los documentos que ya habíamos revisado.
Durante los siguientes minutos solo se escuchó el roce del papel y algún comentario de mi tío cuando aparecía algo que no tenía relación con lo que buscábamos. La numeración de los partes nos permitió acotar bastante y finalmente encontré una carpeta fina con varias copias grapadas.
—Creo que está aquí.
Mi tío la cogió y empezó a pasar hojas hasta detenerse en una.
—Sí.
La puso sobre la mesa.
La visita se había realizado tres días antes de la fecha del presupuesto. El informe era breve, apenas una descripción del estado de la zona y las reparaciones recomendadas, pero bastaba para confirmar que los daños no habían aparecido después de la muerte de Peter.
Se mencionaban problemas de humedad prolongada en varios puntos, madera deteriorada y la necesidad de limitar el acceso al altillo hasta sustituir los elementos afectados.
Mara se acercó un poco más para leerlo conmigo.
—Esto coincide con las notas de mi abuelo.
—Sí —respondí.
Alasdair había escrito que las caballerizas estaban cerradas y que mantenía la prohibición de acceso hasta la reparación. Ahora teníamos un documento de una empresa externa, fechado semanas antes, que advertía de problemas en aquella misma estructura.
—Entonces él tenía razón —dijo Mara.
Gordon apoyó los brazos sobre la mesa.
—Sobre el estado de las caballerizas, sí. Eso parece bastante claro.
—Y pidió que las revisaran.
—No sabemos si fue él quien nos llamó —le recordó mi tío con cuidado.
Mara asintió.
—Pero sabía que había un problema.
—Eso ya lo sabíamos por sus notas —dije—. Lo nuevo es que alguien más lo había visto y había recomendado reparar.
Volví al presupuesto.
Había algo que seguía sin encajar.
—Si esto se hizo en octubre, ¿por qué en diciembre seguía sin repararse?
Mi tío negó con la cabeza.
—No puedo responderte.
—¿No conservas una aceptación del presupuesto?
—No la he encontrado. Y si hubieran aceptado el trabajo, debería haber una orden o una factura posterior. De momento no he visto ninguna.
Mara se sentó por fin.
—Mi abuelo escribió que estaba pendiente de confirmación por escrito.
Busqué su mirada y supe que los dos habíamos pensado lo mismo.
—Podría referirse a esto.
—O a otra cosa —dijo mi tío—. No forcéis las piezas para que encajen antes de tiempo.
Tenía razón: el presupuesto demostraba que el problema existía antes del accidente y el parte confirmaba que alguien había recomendado limitar el acceso y reparar, pero seguíamos sin saber quién había solicitado aquella inspección, quién recibió el presupuesto o por qué, dos meses después, la reparación seguía pendiente.
Mara cogió de nuevo el parte de visita.
—¿Quién lo escribió?
Gordon señaló una firma en la parte inferior.
—Uno de los hombres que trabajaba conmigo entonces. Yo preparé el presupuesto a partir de sus notas.
—¿Sigue por aquí?
Mi tío negó lentamente con la cabeza.
—Murió hace unos años.
La posibilidad se cerró antes de que pudiéramos agarrarnos a ella.
—¿Y no había nadie más con él? —pregunté.
Mi tío revisó el documento.
—Aquí solo aparece su nombre.
Mara dejó el papel sobre la mesa.
—Siempre llegamos tarde.
No había enfado en su voz, sino cansancio.
Me acerqué y apoyé una mano en su espalda.
—No. Hace una semana ni siquiera sabíamos que existía este presupuesto.
—Pero cada vez que encontramos a alguien que podría saber algo resulta que ha muerto, no se acuerda o no sabe quién tomó la decisión.
—Han pasado casi treinta años —dijo mi tío—. Va a ocurrir más de una vez.
Mara asintió y guardó silencio.
Mi tío volvió a revisar la caja.
—Todavía queda bastante. No he mirado ni la mitad y puede que haya más documentación en el antiguo almacén.
—¿Sigues teniendo cosas allí? —pregunté.
—Algunas. Cuando tú te hiciste cargo de la empresa vaciamos casi todo, pero quedaron archivadores viejos que no servían para el trabajo actual. Si nadie los ha tirado, estarán al fondo.
—Puedo revisarlos el lunes.
—Te ayudaré.
Mara levantó la vista.
—Yo también.
No esperaba otra respuesta.
Mi tío nos dejó llevarnos copias del presupuesto y del parte de visita. Antes de marcharnos, volvió a insistir en que no sacáramos conclusiones que los documentos no podían sostener, y le prometí que no lo haríamos.
En la furgoneta, Mara colocó la carpeta sobre sus piernas y esperó a que saliéramos a la carretera antes de abrirla de nuevo.
—Mi abuelo cerró las caballerizas.
—Eso escribió.
—Y alguien llamó a vuestra empresa para que las revisara.
—Sí.
—Vuestro hombre dijo que había que limitar el acceso hasta reparar la estructura.
—También.
Pasó una página.
—Y dos meses después Peter murió allí.
No respondí enseguida.
Dicho de aquella manera, resultaba difícil no construir una conclusión, pero mi tío tenía razón. Entre una cosa y otra seguía faltando la parte más importante.
—No sabemos qué ocurrió entre octubre y diciembre.
—Exactamente.
Mara cerró la carpeta.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Seguimos conduciendo y, unos kilómetros después, su teléfono vibró dentro del bolso. Lo sacó y la expresión seria que había mantenido desde que habíamos salido de casa de mis tíos cambió casi al instante.
—¿Giulia?
—Sí.
—¿Sigue viva?
—Por lo visto.
—¿Y Jamie?
Leyó el mensaje otra vez.
—No lo especifica.
Me reí.
—Entonces también sigue vivo.
Mara escribió algo y guardó el móvil.
—Dice que luego me cuenta.
—Eso suena peligroso.
—Mucho.
El pequeño paréntesis duró poco. En cuanto Mara volvió a mirar la carpeta, supe que estaba otra vez pensando en aquellos dos meses sobre los que seguíamos sin saber prácticamente nada. A mí me ocurría lo mismo.