Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 20
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Capítulo 20

Mara

Callum y Jamie ya estaban en el restaurante cuando llegamos. Los encontramos junto a la barra, cada uno con una cerveza delante, y Giulia redujo el paso apenas un instante antes de continuar hacia ellos.

Había dedicado buena parte de la última hora a decidir qué ponerse para una cena que, según ella, no tenía ninguna importancia.

Después de descartar dos jerséis, cambiarse de pantalones y preguntarme cuatro veces si unas botas eran demasiado para un pub de las Highlands, había terminado eligiendo exactamente lo primero que se había probado.

No se lo recordé porque quería conservar nuestra amistad.

Callum se levantó al vernos y se acercó para besarme. Llevaba vaqueros oscuros y un jersey gris, y tuve que hacer un esfuerzo bastante poco digno para no quedarme mirándolo más de la cuenta.

—Habéis sobrevivido a la tarde —dijo.

—Por poco —respondió Giulia—. Tuve que impedir que esta mujer me condenara a una noche de pizza y Netflix.

—No te estaba condenando —protesté—. Te estaba ofreciendo un plan perfectamente razonable después de un viaje.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que quiere estar en pijama a las nueve.

Jamie se echó a reír y Callum hizo las presentaciones antes de que aquello derivara otra vez en una discusión que llevaba toda la tarde perdiendo.

—Así que tú eres el amigo al que han llamado para completar el grupo —dijo Giulia mientras se quitaba el abrigo.

Jamie apartó una silla para que pudieran sentarse.

—Me lo han vendido de otra manera.

—¿Qué te ha dicho?

—Cenas, unas copas y una italiana de visita.

Giulia dejó el bolso colgado del respaldo.

—Espero que la cena sea buena.

Jamie sonrió.

—Yo también.

Nos sentamos y Callum me pasó una carta. El sitio era pequeño, con paredes de piedra, vigas oscuras y varias mesas ocupadas por gente que parecía conocerse entre sí. Desde la cocina llegaba un olor que no conseguí identificar y Giulia empezó a recorrer los platos con una atención que duró poco.

—Necesito traducción.

—Está en inglés —le recordé.

—Las palabras por separado las entiendo. Juntas empiezan a preocuparme.

Jamie acercó su silla lo suficiente para mirar la carta con ella.

—¿Quieres probar comida de aquí?

—He venido hasta las Highlands. Sería absurdo pedir pasta.

—Buena respuesta.

—No te emociones. Todavía puedo cambiar de opinión.

Callum dejó su carta sobre la mesa.

—Podemos pedir varias cosas y compartir.

Giulia lo señaló.

—Eso. Así, si algo está horrible, el sufrimiento será colectivo.

—Empiezo a pensar que deberíamos haberte dejado con la pizza —dije.

—Todavía no he visto la comida.

—Dale tiempo —murmuró Jamie.

Giulia giró la cabeza hacia él.

—No estás ayudando.

—No era mi intención.

La camarera se acercó y Callum pidió varios platos para compartir. Giulia aceptó encantada hasta que empezó a señalar nombres en la carta y a preguntar qué era cada cosa.

Yo apenas intervine. Conocía aquellos platos de sobra, aunque hacía tantos años que no probaba algunos que volver a tenerlos delante resultaba casi como hacerlo por primera vez.

—Bien —dijo Giulia cuando la camarera se alejó—. ¿Qué habéis pedido exactamente?

—Has dicho que querías probar comida de aquí —le recordó Callum.

—Y quiero. Pero también me gusta saber a qué me enfrento.

—No preguntes demasiado —le aconsejé—. Hay cosas que es mejor probar antes de saber qué llevan.

Giulia me miró con desconfianza.

—Eso, viniendo de ti, me preocupa todavía más.

—Yo sobreviví.

—Eras una niña. Los niños comen cosas del suelo.

Jamie soltó una carcajada y yo cogí mi copa de vino.

—Retiro el consejo. Pregunta todo y arruina la experiencia tú sola.

La conversación cambió mientras esperábamos.

Jamie quiso saber cuánto tiempo pensaba quedarse y Giulia le explicó que regresaba a Milán el domingo, aunque después de haber pasado menos de un día allí todavía no sabía si aquello le parecía demasiado o demasiado poco.

Acabaron hablando del viaje desde el aeropuerto y de su incapacidad para entender al taxista, algo que Jamie encontró especialmente divertido.

—No era inglés —insistió ella—. Acepto que se pareciera, pero no era inglés.

—Probablemente él piensa lo mismo de tu acento.

—Mi acento es precioso.

—No he dicho que no lo sea.

Giulia pareció dispuesta a contestar, pero la llegada de los primeros platos la distrajo.

Durante unos minutos se olvidó de Jamie y se concentró en inspeccionar todo lo que fueron dejando sobre la mesa. Había salmón ahumado, una sopa espesa que Callum identificó como cullen skink , unas pequeñas porciones de carne y, en el centro, el plato que hizo que Giulia frunciera el ceño.

—Eso es el haggis , ¿verdad?

—Sí —respondió Callum.

—Lo sabía.

—¿Cómo?

—Tiene aspecto de llamarse haggis .

Jamie soltó una carcajada.

—¿Y qué aspecto se supone que tiene una cosa que se llama haggis ?

—Ese.

Señaló el plato con absoluta convicción y yo tuve que dejar la copa antes de que se me escapara el vino al reírme.

—Pruébalo —dijo Jamie.

—Primero dime qué lleva.

—No.

Giulia lo miró con desconfianza.

—¿Por qué no?

—Porque entonces no vas a probarlo.

—Eso no resulta tranquilizador.

Callum cortó una pequeña porción y la dejó en el plato de Giulia.

—Hazle caso. Primero pruébalo.

—Los dos estáis demasiado interesados en que me coma esto.

—Yo también quiero que lo pruebes —dije.

—Tú no cuentas. Sigues resentida por lo de la pizza .

—Muchísimo.

Giulia miró el trozo que tenía delante, después a los tres y finalmente cogió el tenedor.

—Como muera, llamáis a mi madre.

—¿Y qué le decimos? —preguntó Jamie.

—Que Escocia me mató.

Lo probó bajo la mirada expectante de los tres y masticó despacio durante unos segundos antes de decir nada.

—Bueno —dijo finalmente.

—¿Bueno bien o bueno mal? —pregunté.

—Bueno... sigo viva.

Jamie se rio.

—Eso es un avance.

Giulia tomó un poco de agua.

—Ahora dime qué lleva.

Jamie empezó a explicárselo y la expresión de ella fue cambiando a medida que avanzaba.

—Para.

—Todavía no he terminado.

—Precisamente. Ya no quiero saber más.

Esta vez nos reímos los cuatro.

—¿Sabes qué? —añadió, empujando el plato unos centímetros hacia el centro—. La pizza empieza a parecerme una idea excelente.

Me recosté en la silla.

—Perdona, ¿puedes repetirlo?

—No.

—Creo recordar que hace unas horas alguien me llamó muermo.

—No mezcles asuntos.

—Y se burló de mi pizza .

—He cometido un error. La gente madura sabe reconocerlos.

—Qué rápido has madurado.

Giulia cogió un trozo de salmón de otro plato.

—Esto está mucho mejor.

—Eso también es escocés —señaló Callum.

—Entonces Escocia y yo todavía podemos arreglarlo.

A partir de ahí dejó de preguntar qué llevaba cada cosa y empezó a probar por su cuenta, aunque mantuvo una distancia prudencial con el haggis .

Para mi sorpresa, la sopa le gustó tanto que terminó apropiándose del cuenco que compartía con Jamie y él tuvo que recordarle que la idea inicial era repartir.

—Has tenido tu oportunidad —dijo ella mientras acercaba el plato hacia sí.

—He tomado dos cucharadas.

—Y espero que las hayas disfrutado.

—Muchísimo. Sobre todo ahora que sé que eran las últimas.

Giulia le ofreció otra con una sonrisa.

—Puedes pedírmelo educadamente.

—Prefiero pasar hambre.

—Orgulloso.

—Ladrona.

La discusión continuó sin ninguna hostilidad mientras Callum se inclinaba hacia mí.

—Creo que se llevan bien.

—No estaría tan segura.

—Le está dando su sopa.

Miré hacia ellos justo cuando Giulia le acercaba la cuchara a Jamie para que probara algo que acababa de añadirle.

—Eso sí es preocupante.

Callum sonrió y dejó una mano sobre mi muslo bajo la mesa. El gesto fue tan natural que continué comiendo sin darle importancia, aunque unos minutos después fui yo quien buscó su mano y entrelacé los dedos con los suyos.

La cena se alargó bastante más de lo previsto.

Pedimos otra botella de vino, compartimos un postre y, en algún momento, Jamie empezó a recordar algunas historias de antes de que me marchara a Italia.

Giulia, encantada de descubrir una versión de mí que no conocía, no tardó en animarlo a seguir mientras yo intentaba averiguar en qué momento había perdido por completo el control de aquella conversación.

—No pienso volver a traeros juntos a ningún sitio —les advertí.

Giulia se rio.

—¿Estás de broma? Esto es maravilloso. Llevo años conociéndote y resulta que me faltaba toda una temporada.

—Y va a seguir faltándote.

—Eso ya no depende de ti.

Jamie levantó su copa con una sonrisa y yo comprendí que acababa de encontrar un aliado demasiado dispuesto a colaborar.

Cuando salimos del restaurante, Giulia ya había olvidado por completo la pizza .

—¿Y ahora?

—Ahora podríamos irnos a dormir —dije.

Se volvió hacia Callum.

—Dime que hay un pub .

—Hay un pub .

—Sabía que podía confiar en ti.

—No sé por qué sigo intentando ayudarte —murmuré.

Callum me pasó un brazo por los hombros mientras echábamos a andar.

—Porque en el fondo te alegras de haber salido.

—No pienso reconocerlo.

—No hace falta.

El pub estaba mucho más lleno que el restaurante.

Nada más abrir la puerta nos envolvieron el calor, las conversaciones y una canción que un grupo tocaba en un pequeño espacio junto a una de las paredes.

Había un violín, una guitarra y varios instrumentos más que no conseguí distinguir entre la gente.

Giulia se detuvo delante de mí.

—¿Y tú querías darme Netflix?

—Todavía podemos volver.

—Ni se te ocurra.

Jamie apareció a su lado y le señaló una mesa que acababa de quedar libre. Ellos se abrieron paso entre la gente mientras Callum y yo fuimos a por las bebidas.

—Creo que acabas de ganar muchos puntos con mi amiga —le dije.

—Solo he propuesto un pub .

—Después del haggis necesitabas recuperar terreno.

—Ha repetido sopa.

—Porque no sabía lo que llevaba.

—Tampoco se lo hemos dicho.

Me reí y esperé mientras pedía las bebidas.

Cuando llegamos a la mesa, Giulia y Jamie estaban discutiendo sobre música. O eso parecía al principio. Diez minutos después habían pasado a viajes, luego a comida italiana y, de alguna manera que no conseguí seguir, terminaron hablando de conducir por aquellas carreteras.

La primera ronda dio paso a una segunda y la música fue subiendo de ritmo. Varias personas empezaron a apartar algunas sillas para dejar espacio delante del grupo y Giulia no tardó demasiado en fijarse.

—Quiero bailar.

—Pues baila —le dije.

—Ven.

—Estoy perfectamente aquí.

—Mara.

—Giulia.

Jamie se levantó antes de que aquello empezara.

—Yo bailo contigo.

Ella lo miró.

—¿Sabes bailar?

—No.

—Perfecto.

—¿Por qué es perfecto?

—Porque si haces el ridículo, parecerá que es culpa tuya.

Jamie se rio y la siguió entre la gente. Mientras los veía alejarse, Callum se acomodó a mi lado.

—Ahora sí que parece que se llevan bien.

—Dales otra copa y mañana tendremos un problema.

—Has venido hoy con uno y ya estás buscando otro.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Perdona?

—El logístico.

Me eché a reír al entenderlo.

—Ese problema es de Giulia.

—Eso has dicho antes.

—Y pienso mantenerlo.

La canción terminó y empezó otra bastante más animada. Giulia seguía allí con Jamie y, aunque ninguno de los dos parecía tener demasiada idea de lo que estaba haciendo, se lo estaban pasando demasiado bien como para importarles.

Callum dejó su vaso sobre la mesa y se levantó.

—Vamos.

—No.

—¿No sabes bailar?

—Sé perfectamente.

—Entonces demuéstralo.

Me tendió la mano.

—Eso es muy infantil.

—¿Tienes miedo?

Lo miré unos segundos antes de aceptar.

—Ahora vas a enterarte.

Su sonrisa me hizo sospechar que aquello era exactamente lo que pretendía.

Nos abrimos paso hasta donde estaban los demás y durante un rato no hubo mucho más que música, risas y gente chocando entre sí.

Giulia me agarró de las manos en cuanto me vio y consiguió separarme de Callum durante media canción.

Después apareció Jamie, ella se fue con él y Callum volvió a encontrarme.

Esta vez no me soltó.

Bailamos sin preocuparnos demasiado por seguir ningún ritmo concreto. En algún momento terminé con los brazos alrededor de su cuello y él con las manos en mi cintura, riéndose contra mi boca cuando alguien nos golpeó al pasar.

—Esto es culpa tuya —le dije.

—¿El qué?

—Todo.

—Tendrás que ser más concreta.

—Salir, beber, bailar...

—Lo estás pasando fatal.

—Horrible.

Me besó y durante unos segundos me olvidé de la música, de Giulia y de cualquiera que hubiera alrededor.

Cuando nos separamos, tenía esa sonrisa que empezaba a conocer demasiado bien.

—¿Seguimos bailando?

—Creo que necesito otra copa.

—Eso también puedo solucionarlo.

Volvimos a la mesa y los otros dos aparecieron poco después. A partir de ahí perdí la cuenta exacta de cuánto tiempo estuvimos allí. Hubo otra ronda, más música y una canción que Jamie y Callum conocían y que Giulia y yo intentamos cantar sin tener la menor idea de la letra.

Hacía mucho que no me reía tanto.

Cuando finalmente salimos, el aire frío me golpeó la cara y agradecí haberme puesto el abrigo antes de abandonar el local. El pueblo estaba mucho más tranquilo que unas horas antes y nuestras voces parecían demasiado altas después del ruido del pub .

—Necesito mi cama —dije.

Giulia, que caminaba junto a Jamie unos pasos por delante, se volvió.

—Yo todavía no.

—Tú mañana vas a necesitar un trasplante de hígado.

—Exagerada.

Seguimos hasta llegar al punto donde debíamos separarnos y fue entonces cuando Giulia se acercó a mí.

—Me voy con Jamie.

Durante un instante pensé que no la había entendido bien.

—¿A dónde?

Giulia se limitó a sonreír. Miré a Jamie, que esperaba a unos metros hablando con Callum, y después volví a mi amiga.

—¿En serio?

—Vamos a tomar la última en su casa.

—Claro.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando muy fuerte.

Me reí y la abracé.

—Haz lo que te dé la gana.

—Ese era el plan.

—Y escríbeme mañana para saber que sigues viva.

—Mamá, por favor.

—Giulia.

—Te escribiré.

Me dio un beso en la mejilla y se apartó. Jamie se acercó para despedirse y, poco después, los vimos alejarse juntos.

Me quedé observándolos unos segundos.

—Ha venido esta mañana con una maleta enorme para pasar tres días en mi casa y ni siquiera va a dormir allí la primera noche.

Callum se colocó a mi lado.

—Parece que tu problema logístico se ha solucionado solo.

—No pienso hacer ningún comentario sobre eso.

—Yo tampoco.

Empezamos a caminar y apenas habíamos dado unos pasos cuando sentí su mano buscar la mía.

—Mara.

—¿Qué?

—Menos mal que dejé el cepillo de dientes en tu casa.