Capítulo 19
Mara
Llegamos al hotel poco después de las ocho y media. Callum aparcó cerca de la entrada y, mientras yo cogía el bolso, él sacó del asiento trasero una carpeta que necesitaba para la obra.
—Tengo que estar arriba casi toda la mañana —dijo—. Ewan quiere revisar conmigo lo de las ventanas de la segunda planta.
—Yo tengo una videollamada con Milán a las nueve.
—Entonces intentaré no molestarte.
—Eso sería una novedad.
Cerró la puerta de la furgoneta y se acercó. Esperaba alguna respuesta, pero en lugar de dármela, me rodeó la cintura con una mano y me besó.
Fue un beso breve, de esos que no deberían tener ninguna importancia, aunque precisamente por eso me dejó un instante descolocada. Callum se apartó con absoluta normalidad.
—Nos vemos luego.
—Sí.
Se alejó hacia uno de los accesos laterales y yo me quedé mirándolo hasta que desapareció dentro del edificio. Aquello empezaba a ser un problema, uno bastante atractivo, pero un problema al fin y al cabo.
Entré en el hotel intentando convencerme de que tenía asuntos mucho más importantes en los que pensar y conseguí hacerlo durante aproximadamente media hora.
A las nueve estaba conectada con Lorenzo y Francesca, repasando cambios en las zonas comunes y discutiendo sobre una distribución que sobre plano parecía perfecta y en la realidad nos había obligado a mover dos veces una pared.
La conversación se alargó más de lo previsto y, cuando terminé, tenía tres correos pendientes, dos muestras que revisar y un mensaje en el WhatsApp.
Giulia: Estoy aquí.
Fruncí el ceño, miré la hora y volví a leerlo.
Mara: Aquí, ¿dónde?
La respuesta llegó acompañada de una fotografía. Reconocí la fachada del hotel antes incluso de fijarme en la maleta que aparecía en primer plano.
Me levanté tan deprisa que la silla rodó hacia atrás.
Cuando llegué a recepción, Giulia estaba apoyada sobre el mostrador hablando con Ewan como si llevara alojándose allí una semana en lugar de cinco minutos.
Llevaba un abrigo color crema, botas, una bufanda enorme y unas gafas de sol sobre la cabeza que resultaban bastante optimistas teniendo en cuenta el cielo escocés.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
Se volvió hacia mí y abrió los brazos.
—Qué recibimiento tan bonito.
No pude evitar reírme mientras cruzaba la distancia que nos separaba y la abrazaba.
—Eres idiota.
—Yo también te he echado de menos.
—Ayer hablamos por teléfono.
—Precisamente por eso decidí venir.
Me aparté para mirarla.
—¿Has venido desde Milán sin avisarme?
—Si te hubiera avisado, no habría sido una sorpresa.
—Ese suele ser el funcionamiento de las sorpresas, sí.
—Veo que Escocia no ha afectado a tu capacidad de razonamiento.
Miré la maleta.
—¿Y has venido hasta aquí en taxi?
—Desde el aeropuerto. Un hombre encantador que no ha parado de hablarme durante todo el camino y del que he entendido aproximadamente un treinta por ciento.
Me eché a reír.
—Bienvenida a las Highlands.
Giulia volvió a abrazarme y esta vez fui yo quien la apretó con más fuerza. No me había dado cuenta de cuánto la echaba de menos hasta que la tuve delante.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—Hasta el domingo.
Me separé de golpe.
—¿Hasta el domingo?
—Tranquila, he traído ropa interior.
—Eso me deja muchísimo más tranquila.
Giulia sonrió y señaló su maleta.
—¿Dónde la dejo?
Abrí la boca para responder y entonces caí en la cuenta de un pequeño detalle: Giulia necesitaba un sitio donde dormir y mi casa acababa de dejar de ser exclusivamente mía.
No porque Callum viviera allí, por supuesto; eso habría sido una exageración bastante difícil de defender después de dos noches, pero su ropa seguía en mi dormitorio, su neceser estaba en el baño y, aquella misma mañana, había dejado su cepillo de dientes junto al mío antes de salir.
—Puedes dejar la maleta en mi despacho de momento —dije—. Luego nos la llevamos a casa.
—Perfecto.
Cogió el asa y echó a andar conmigo hacia el interior sin hacer más preguntas. Ya habría tiempo para eso.
Dejamos la maleta en mi despacho y Giulia aprovechó para echar un vistazo a todo lo que tenía repartido sobre la mesa.
—Así que este es tu centro de operaciones.
—De momento.
—No está mal.
—Es un despacho.
—En un hotel escocés en mitad de las Highlands. Déjame disfrutar del exotismo.
—Está en obras.
—No me estropees el momento.
Sonreí y aparté unas muestras para hacerle sitio en una de las sillas.
—¿Quieres tomar algo?
—Quiero que me enseñes esto. Llevo semanas oyéndote hablar del hotel y ya que he cruzado media Europa para venir a verte, pienso inspeccionarlo.
—Has venido porque te ha dado la gana.
—También.
No tenía sentido intentar convencerla de que me dejara trabajar, así que salimos del despacho y empecé a enseñarle las zonas que ya podían recorrerse sin riesgo de acabar debajo de un andamio.
Giulia había visto planos, fotografías y alguna de las propuestas que habíamos preparado en Milán, pero era distinto tenerla allí.
La llevé por la planta baja, le enseñé lo que sería la recepción, el restaurante y el salón principal, y después salimos al jardín para que pudiera ver la parte trasera del edificio.
—Vale —admitió al cabo de un rato—. Ahora lo entiendo.
—¿El qué?
—Por qué estás tan metida en esto.
Me volví hacia ella.
—Es un buen proyecto.
—No hablaba solo del proyecto.
—Giulia...
—¿Qué? No he dicho nada.
—Pero estabas a punto.
—Probablemente.
Seguimos caminando y preferí no darle la oportunidad de desarrollar aquella teoría que, conociéndola, llevaría elaborando desde que le había contado que pensaba quedarme más tiempo del previsto.
Al volver al interior escuché la voz de Callum antes de verlo. Estaba hablando con uno de los trabajadores al otro lado del vestíbulo y llevaba varios planos enrollados bajo el brazo. Giulia siguió la dirección de mi mirada.
—Ah.
Solo eso.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué he hecho?
—Ese «ah».
—Ha sido una vocal, Mara.
Callum terminó de hablar y vino hacia nosotras.
—¿Todo bien?
—Sí. Tengo visita.
Giulia le tendió la mano antes de que pudiera presentarlos.
—Giulia.
—Callum.
—Por fin.
Cerré los ojos un instante.
—No le hagas caso.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque lleva aquí menos de una hora y ya empieza a molestar.
—He venido desde Milán para verte. Un poco de gratitud.
Callum sonrió.
—Entonces eres la famosa Giulia.
Ella volvió la cabeza hacia mí.
—¿Famosa?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
—Mara habla bastante de ti —aclaró Callum.
—Espero que bien.
—Depende del día.
Giulia soltó una carcajada.
—Me cae bien.
—No necesitabas decírselo.
—Tú tampoco necesitabas hablarle de mí y lo has hecho.
Antes de que pudiera responder, Callum me tendió uno de los planos que llevaba.
—Ewan tenía razón con las ventanas. Luego te enseño lo que hemos visto arriba.
—Vale.
—¿Has comido algo?
—Callum, son las once.
—Eso no responde a mi pregunta.
Giulia guardó silencio a mi lado y yo la conocía demasiado bien para no saber que aquello era mucho más peligroso que cualquiera de sus comentarios.
—He desayunado.
—¿A qué hora?
—No eres mi madre.
—No, pero esta mañana solo has tomado café.
Noté cómo Giulia se giraba muy despacio hacia mí.
Mierda.
—Tengo que volver arriba —continuó Callum, completamente ajeno al problema que acababa de crear—. Nos vemos luego.
Se inclinó, me dio un beso rápido y regresó por donde había venido.
No esperé a que Giulia empezara. Eché a andar hacia mi despacho y ella me siguió sin decir una palabra, algo bastante impropio en ella y que duró exactamente hasta que cerré la puerta.
—Bueno, creo que me he perdido algunas cosas desde nuestra última conversación.
—No tantas.
—Mara, ese hombre sabe lo que has desayunado esta mañana, te besa delante de cualquiera y tú lo miras como si llevaras haciéndolo toda la vida. Déjame disfrutar un poco del momento.
Solté el aire y me apoyé en la mesa.
—Hemos pasado un par de noches juntos.
Giulia abrió la boca y durante un instante pareció no saber por cuál de todas las preguntas empezar.
—¿Desde cuándo?
—Desde anteayer.
—Joder. —Se quitó la bufanda y la dejó sobre una silla—. Pues sí que han cundido estos dos días.
No pude evitar reírme.
—Ha ocurrido muy rápido.
—Eso no tiene por qué ser malo. Lo que me sorprende es que ayer habláramos por teléfono y no me contaras nada.
—Porque ni siquiera yo sé muy bien qué hay que contar todavía.
Aquello consiguió que dejara las bromas durante unos segundos.
—¿Te gusta?
Bajé la vista hacia una de las muestras que tenía sobre la mesa y la moví unos centímetros sin necesidad.
—Sí.
Decirlo en voz alta resultó bastante más fácil de lo que esperaba.
—Mucho —añadí.
Giulia sonrió.
—Eso ya lo había entendido yo sola.
—Entonces no sé para qué preguntas.
—Porque una cosa es verlo y otra que tú lo reconozcas.
Me senté frente al portátil y abrí uno de los correos pendientes. Giulia ocupó la silla del otro lado de la mesa, pero no hizo ademán de sacar el móvil ni de dejarme trabajar.
—¿Y él?
—¿Él qué?
—No voy a preguntarte si le gustas porque sería insultar mi inteligencia. Me refiero a lo que está pasando entre vosotros.
—No lo sé. No hemos hablado de eso.
—¿Y te preocupa?
Pensé en la noche anterior, en Callum llegando a mi casa con una bolsa de ropa limpia, colocando su neceser en mi baño y metiéndose después en mi cama sin que ninguno de los dos hubiera necesitado plantearse si iba a quedarse.
—De momento, no.
Giulia asintió y, por una vez, no intentó sacar más de donde yo todavía no tenía respuestas.
—Pues entonces ya me contarás cuando lo sepas.
—Gracias.
—No me las des todavía. —Se acomodó mejor en la silla—. Ahora quiero saber qué va a pasar con Callum esta noche.
Me eché a reír.
—¿Y a ti qué te importa?
—Hombre, acabo de descubrir que lleváis dos noches durmiendo juntos y aparezco sin avisar con una maleta. No hace falta ser muy lista para darse cuenta de que os he desmontado el plan.
—No había ningún plan.
—Claro.
—Es verdad.
—Mucho peor. —Sonrió—. Eso significa que ya dabais por hecho que ibais a volver a dormir juntos.
Abrí el portátil.
—Tengo que trabajar.
—También me sirve como respuesta.