Capítulo 18
Callum
A media mañana llamé a mi tío.
No necesité explicarle demasiado. En cuanto mencioné la antigua propiedad y el nombre de Alasdair Sinclair, se quedó unos segundos callado.
—¿Por qué preguntas por Alasdair?
—Ha aparecido su nombre en unos papeles de la casa de Mara.
Se quedó en silencio unos instantes.
—¿Qué clase de papeles?
Le conté lo justo: Mara estaba revisando papeles de su abuelo; habían aparecido referencias a un accidente en las caballerizas y queríamos saber qué recordaba él de aquella época.
—Venid esta tarde —respondió—. Eso no se cuenta bien por teléfono.
Quedamos a las seis.
El resto del día pasó más despacio de lo que me habría gustado. Terminé en la otra obra, fui al hotel y apenas vi a Mara porque estaba encerrada con Ewan revisando varias propuestas. Le envié un mensaje con la hora y recibí un «perfecto» casi inmediato.
A las cinco y media la encontré guardando el portátil.
—¿Lista?
—Desde hace una hora.
—Podrías haber seguido trabajando.
—Podría, pero llevo toda la tarde pensando en lo mismo.
Salimos juntos y esta vez no discutimos sobre coches. Mi tío vivía a unos veinte minutos y resultaba bastante absurdo ir cada uno por su lado, así que Mara subió a la furgoneta sin decir nada.
—Esto es nuevo —comenté mientras arrancaba.
—¿Qué?
—No has defendido tu derecho a conducir.
—No abuses. Simplemente no sé llegar.
—Me quedo más tranquilo.
—Callum.
—Ya paro.
Mis tíos seguían viviendo en la misma casa desde hacía más de treinta años, a las afueras de un pueblo algo mayor que el nuestro. Cuando llegamos, él ya estaba esperándonos y salió al porche antes de que hubiéramos terminado de bajar.
Gordon Fraser tenía casi setenta años y seguía pareciendo capaz de ponerse a trabajar en cualquier momento si alguien le acercaba una caja de herramientas. Se había jubilado porque mi tía prácticamente lo obligó, aunque él seguía sosteniendo que había sido una decisión conjunta.
—Así que tú eres Mara Sinclair —dijo en cuanto nos acercamos.
—Sí. Encantada.
—Yo conocí a tu madre y a tu abuelo.
Mara sonrió.
—Últimamente estoy descubriendo que aquí los conocía todo el mundo menos yo.
—Tú estabas fuera.
—Sí.
Mi tía apareció detrás de él y nos hizo pasar antes de que la conversación empezara en la puerta. Diez minutos después teníamos café delante y Gordon había cogido la fotografía de Alasdair que Mara había llevado.
—Esta fue tomada en la propiedad —dijo—. Me acuerdo de esa época.
—¿Trabajabas allí? —preguntó Mara.
—Alguna vez. Alasdair llevaba el mantenimiento general, pero cuando necesitaba más manos o había un trabajo que no podía hacer con su gente, nos llamaba. Nos conocíamos desde hacía años.
Mara sacó la copia de la hoja que habíamos encontrado por la mañana.
—Esto es de finales de 1998.
Gordon se puso las gafas y leyó despacio.
—Las caballerizas.
—¿Te acuerdas del accidente?
Levantó la vista.
—Claro que me acuerdo. Murió Peter MacRae. Era joven, aunque tampoco un crío. Tendría treinta y tantos.
—El padre de Jamie nos dijo que trabajaba en mantenimiento —comentó Mara.
—Sí. Trabajaba con Alasdair desde hacía un tiempo.
Gordon dejó la hoja encima de la mesa y se quedó pensando.
—Aquello fue un desastre. Hubo mucho lío después.
—¿Por mi abuelo?
—En parte. Él era el responsable del mantenimiento y, cuando murió Peter, las primeras preguntas fueron para él.
Mara mantuvo las manos alrededor de la taza.
—¿Se pensaba que había hecho algo mal?
—Eso acabó diciendo mucha gente, pero Alasdair estaba convencido de que había dejado aquella zona cerrada.
—Tenemos varias notas suyas diciendo lo mismo —le expliqué.
Mi tío volvió a mirar la hoja.
—No me extraña. Era muy pesado con esas cosas.
Mara sonrió un poco.
—Eso suena bastante a él.
—No permitía que nadie trabajara en una zona si no la veía segura. Podías discutir con él por muchas cosas, pero con eso no.
—¿Sabes qué problema había? —preguntó ella.
—La estructura de una parte del altillo estaba tocada. Madera podrida, humedad... No recuerdo todos los detalles después de tantos años. Sí recuerdo que se habló de apuntalar antes de hacer una reparación seria.
—¿Llegasteis a hacerlo vosotros?
Gordon frunció el ceño mientras intentaba ordenar el recuerdo.
—Después del accidente, sí.
Mara y yo nos miramos.
—¿Después? —pregunté.
—Nos llamaron para reforzar una parte antes de que entraran a trabajar allí otra vez. Eso seguro.
—¿Y antes?
—Antes habíamos hecho cosas en las caballerizas, pero no sé decirte si en esa misma zona. Tendría que mirar papeles.
Mara se inclinó un poco hacia delante.
—¿Conservas documentación de entonces?
Mi tío soltó una risa.
—Tu tía lleva veinte años intentando que la tire.
Desde la cocina llegó la voz de ella.
—Porque guardas hasta facturas de tornillos.
—Y luego sirven para estas cosas —respondió él antes de mirarnos otra vez—. Cuando cerré la empresa, metimos casi todo lo antiguo en cajas. Callum se llevó una parte al nuevo local, pero yo me quedé con bastante documentación anterior.
—¿Sabes dónde está? —pregunté.
—En el garaje o en el altillo. Tendría que buscar.
Mara sacó el móvil.
—¿Te importaría hacerlo?
—No. Pero no prometo encontrar nada.
—Con que mires es suficiente.
Mi tío volvió a coger la hoja de Alasdair.
—Hay otra cosa que sí recuerdo.
Mara dejó el móvil.
—¿Qué?
—Alasdair estaba muy enfadado después del accidente. No solo destrozado por Peter, que también. Repetía que había avisado y que aquello no tendría que haber estado abierto.
—¿Dijo quién lo abrió? —pregunté.
—Si lo sabía, nunca me lo contó. O yo no lo recuerdo.
—¿Y la investigación? —preguntó Mara—. ¿Qué pasó con él?
—No hubo cargos penales, que yo recuerde, pero quedó señalado. En un sitio pequeño tampoco hace falta que un juez diga nada para que la gente empiece a hablar.
Mara bajó la mirada hacia la hoja.
—En casa nunca me contaron nada.
—No me sorprende. Tu madre odiaba hablar de aquello.
Eso hizo que Mara levantara la cabeza.
—¿Mi madre sabía todo?
—Claro. Era su padre.
—Ya, pero...
No terminó la frase.
Mi tío la observó unos segundos y suavizó un poco el tono.
—Fiona era muy joven cuando pasó, pero estaba aquí y sabía lo que había ocurrido. Después no quería que nadie sacara el tema.
Aquello explicaba bastante por qué Mara podía haber crecido sin saber apenas nada de un accidente que había marcado a su abuelo.
Seguimos hablando durante casi una hora.
Mi tío recordó nombres de trabajadores, algunas reformas y detalles sueltos, pero nada que aclarara quién había permitido volver a utilizar las caballerizas.
Tampoco quise apretarlo demasiado. Habían pasado casi treinta años y los recuerdos no eran documentos.
Antes de marcharnos, prometió revisar las cajas antiguas.
—Si encuentro facturas de aquella obra, te llamo —me dijo.
—Y cualquier cosa de las caballerizas o de Alasdair.
—Lo miraré.
Mara le dio las gracias y salimos poco después. Durante los primeros minutos de camino apenas habló y, aunque no parecía triste exactamente, estaba más callada de lo habitual.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí. Solo estoy intentando encajar que mi madre sabía todo esto y jamás me habló de ello.
—Quizá pensó que no necesitabas saberlo.
—Puede ser. O quizá era una de esas cosas que en mi familia se resolvían no mencionándolas.
No tenía respuesta para eso. Mara apoyó la cabeza en el respaldo y se quedó mirando por la ventanilla mientras yo seguía conduciendo.
—Pero si tu tío encuentra una factura de reparación posterior al accidente, tendremos algo más que recuerdos.
—Sí. Aunque primero tendrá que encontrarla.
—Ya. No pienso emocionarme todavía.
Sonreí porque, por cómo lo había dicho, estaba claro que ya lo había hecho un poco.
Seguimos unos minutos en silencio hasta llegar al cruce que llevaba hacia el hotel. Mara miró en esa dirección y después volvió la cabeza hacia mí.
—Mi coche sigue allí.
—Puede quedarse una noche más.
—¿Y mañana?
—Vamos juntos.
Me miró de lado.
—Lo tienes todo pensado.
—No exactamente. Antes tengo que pasar por mi casa.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana he tenido que vestirme con la misma ropa de ayer y no pienso repetirlo mañana.
Mara tardó apenas un segundo en entenderlo y una sonrisa empezó a aparecer en su boca.
—Vaya. Qué previsor.
—Qué práctico.
—Claro.
No añadí nada más y tomé el desvío que llevaba a mi casa. Mara seguía sonriendo a mi lado y yo preferí dejar las cosas ahí.
Aparqué delante de casa y apagué el motor.
—No tardaré.
Mara se desabrochó el cinturón.
—¿No puedo entrar?
La miré.
—Claro que puedes.
Bajó de la furgoneta y esperó a que sacara las llaves. Abrí la puerta y la dejé pasar delante de mí, consciente de que era la primera vez que Mara entraba en mi casa.
Se detuvo en el recibidor y echó un vistazo alrededor.
—Así que aquí vive Callum Fraser.
—A veces.
—¿A veces?
—Últimamente paso más horas en las obras que aquí.
Dejó el bolso sobre una silla y avanzó hacia el salón mientras yo iba detrás.
Mi casa no tenía nada especial. Piedra en algunas paredes, madera, muebles sencillos y demasiadas cosas que llevaba años diciendo que cambiaría cuando tuviera tiempo.
Mara, sin embargo, la observaba con la atención profesional que ya empezaba a conocerle.
—Ni se te ocurra —le advertí.
Se volvió hacia mí.
—¿Qué?
—Empezar a pensar qué cambiarías.
—Ya he empezado.
—Mara.
—Esa lámpara tiene que irse.
Miré la lámpara.
—Esa lámpara lleva aquí más tiempo que yo.
—Eso no la hace bonita.
Negué con la cabeza y subí a la habitación antes de que decidiera reformarme la casa entera.
Saqué una bolsa del armario y metí unos vaqueros, una camiseta, ropa interior y un jersey limpio para el día siguiente.
Después cogí el neceser del baño y, cuando regresé abajo, encontré a Mara junto a una de las estanterías mirando unas fotografías.
—Has dicho que no tardarías —comentó sin apartar la vista.
—Han sido cinco minutos.
—Siete.
—¿Los has contado?
—Me aburría.
Me acerqué y vi qué fotografía tenía delante.
Mi tío y yo aparecíamos frente a una casa en la que habíamos trabajado muchos años atrás.
Yo debía de tener poco más de veinte años y todavía llevaba la ropa de trabajo que él solía prestarme porque por entonces ni siquiera tenía suficiente para comprarme la mía.
—¿Ese es tu tío?
—Sí.
—Eras muy joven.
—Lo era.
Mara miró otra vez la fotografía y después a mí.
—Estabas guapo.
—Estaba lleno de polvo.
—Una cosa no quita la otra.
Le pasé un brazo por la cintura y la acerqué.
—¿Has terminado de inspeccionar mi casa?
—Ni siquiera he empezado.
—Entonces será mejor que nos vayamos antes de que hagas una lista.
—Ya es tarde para eso.
La besé antes de que pudiera seguir y Mara sonrió contra mi boca. Cuando nos separamos, cogió el bolso y salimos de casa.
Dejé la bolsa con mi ropa en el asiento trasero y emprendimos el camino hacia su casa. Cuando llegamos, ya había oscurecido, así que la cogí de nuevo y la dejé junto a la escalera mientras Mara iba directamente a la cocina.
—Tengo hambre.
—Eso sí que es una novedad.
—He tenido un día complicado.
—Yo también estaba allí.
Mara abrió la nevera y se quedó unos segundos mirando el interior.
—Podemos hacer pasta.
—Podemos.
—O pedir algo.
—También.
Cerró la nevera.
—Pedir algo.
—Me parece una decisión muy sensata.
Terminamos cenando en la cocina con un par de platos que ninguno había tenido que cocinar y hablando de cualquier cosa menos de los papeles, Alasdair o la nota. Después de las últimas horas, agradecí que Mara tampoco pareciera tener ganas de seguir buscando respuestas aquella noche.
Cuando acabamos, recogimos entre los dos y Mara subió las escaleras sin decirme que la siguiera, aunque tampoco hacía falta. Cogí la bolsa que había dejado junto a la escalera, apagué las luces y fui detrás de ella.
La encontré en el baño lavándose los dientes. Dejé primero la ropa limpia para el día siguiente sobre una silla del dormitorio y regresé con el neceser. Cuando saqué mi cepillo de dientes y me coloqué a su lado frente al espejo, Mara bajó la mirada hacia lo que llevaba en la mano.
—¿También has traído cepillo?
—Te he dicho que soy práctico.
—Eso empieza a parecer una excusa para todo.
—Funciona bastante bien.
Mara negó con la cabeza, aunque sonreía, y terminó de lavarse los dientes. Unos minutos después estábamos otra vez en la cama.
Aquella noche fue diferente. No hubo la urgencia de la anterior ni esa sensación de estar cruzando por primera vez una línea que llevábamos días bordeando.
La besé cuando se acercó a mí y Mara se acomodó contra mi cuerpo con una facilidad que hizo que todo pareciera mucho más sencillo de lo que probablemente era.
Le acaricié la espalda mientras hablábamos un rato en voz baja, hasta que las respuestas empezaron a espaciarse y el cansancio terminó imponiéndose.
—Callum.
—¿Qué?
—Tu lámpara sigue siendo horrible.
Solté una risa y la abracé con más fuerza.
—Duérmete.
—Solo quería que lo supieras.
—Buenas noches, Mara.
—Buenas noches.
Poco después su respiración se volvió más lenta y regular. Me quedé despierto un rato más, con ella pegada a mi pecho y una de sus manos apoyada sobre mi abdomen, disfrutando de una tranquilidad que no esperaba encontrar después de todo lo ocurrido aquel día.
La noche anterior había acabado allí por todo lo que había pasado entre nosotros.
Aquella, en cambio, habíamos terminado en la misma cama sin necesitar hablarlo ni decidirlo y, mientras la abrazaba un poco más antes de cerrar los ojos, descubrí que lo verdaderamente inquietante era lo natural que me resultaba.