Capítulo 17
Callum
Me desperté poco antes de las siete y tardé unos segundos en recordar por qué no estaba en mi cama. Mara seguía dormida de lado, con una mano metida debajo de la almohada y el pelo extendido por buena parte de la mía, así que tampoco me costó demasiado situarme.
La noche anterior había ido a su casa para revisar unos papeles y había terminado bastante lejos de cualquier plan que hubiera podido hacer.
No me arrepentía de nada. De hecho, lo que empezaba a preocuparme era lo fácil que me resultaba estar allí, desnudo en su cama y con pocas ganas de moverme, cuando hacía apenas dos semanas ni siquiera sabía qué aspecto tenía la mujer con la que llevaba años intercambiando correos.
Mara se removió a mi lado y abrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—Casi las siete.
Cerró los ojos otra vez.
—Eso no es una hora decente.
—Tengo que pasar por una obra antes de ir al hotel.
—Ese problema es tuyo.
Sonreí y me acerqué para besarle el hombro.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. Ahora déjame cinco minutos para fingir que no existes.
No duró ni dos. Cuando intenté levantarme, me agarró del brazo y me hizo volver hacia ella.
—¿No tenías mucha prisa?
—Sí.
—Pues no lo parece.
Podría haberle contestado, pero preferí besarla.
Mara respondió todavía medio dormida y me rodeó el cuello con un brazo para mantenerme cerca.
El beso empezó sin ninguna intención concreta, lento y perezoso, muy distinto a los de la noche anterior, aunque bastaron unos segundos para que su cuerpo desnudo contra el mío empezara a complicarme bastante la idea de levantarme.
Pasé una mano por su cintura y la acerqué hasta que no quedó espacio entre los dos.
Mara soltó el aire contra mi boca cuando mi mano bajó por su espalda y se detuvo en su culo, pero aquella vez no había ninguna urgencia.
Me gustaba poder tocarla así, sin tener que preguntarme si iba demasiado lejos ni detenerme justo cuando los dos empezábamos a querer más.
Ella deslizó una pierna entre las mías y el roce me hizo cerrar los ojos un instante. Cuando volví a besarla, su mano recorrió mi pecho con calma antes de bajar por el abdomen, pero la atrapé antes de que llegara más lejos y entrelacé nuestros dedos.
—Como sigamos, no voy a llegar a ninguna parte esta mañana.
Mara abrió los ojos y sonrió.
—Ese problema sigue siendo tuyo.
—Empiezo a sospechar que eres tú el problema.
—Pues anoche no parecías demasiado preocupado.
Me reí contra su boca y le di otro beso, esta vez más corto, antes de apartarme lo suficiente para mirarla.
Tenía el pelo revuelto, los ojos todavía cargados de sueño y una expresión relajada que no le había visto muchas veces desde que había llegado a Escocia.
Me dieron ganas de quedarme allí bastante más de los cinco minutos que acababa de pedirme y aquello, por algún motivo, me preocupó más que la posibilidad de llegar tarde.
Le aparté un mechón de la cara y volví a besarla, despacio, antes de obligarme a salir de la cama.
—Ahora sí.
Mara protestó por lo bajo y se tapó hasta la barbilla.
—Traidor.
—Tengo una empresa.
—Qué poco romántico.
—Y gente que espera que aparezca a trabajar.
Eso pareció convencerla un poco más. Se incorporó, recogió del suelo la primera camiseta que encontró y se la puso antes de levantarse. Era la mía.
No pude evitar quedarme mirándola.
—Esa es mi camiseta.
Mara bajó la vista.
—Ahora mismo es mía.
—Claro.
La vi desaparecer en el baño con ella puesta y unos segundos después escuché abrirse la ducha. Durante un momento valoré seriamente seguirla, pero el problema era que no tenía allí absolutamente nada limpio que ponerme después y, a esas alturas, ya iba bastante justo de tiempo.
Recogí el resto de mi ropa, repartida entre el dormitorio, el pasillo y las escaleras como prueba bastante evidente de la poca paciencia que habíamos tenido la noche anterior. Encontré el jersey cerca de la puerta y los calcetines, milagrosamente juntos, cerca de la cocina.
Tendría que pasar primero por casa para ducharme y cambiarme antes de ir a la obra, lo que convertía mi intención inicial de llegar temprano en algo cada vez menos probable.
Miré la hora y solté el aire; estaba claro que iba a llegar tarde.
Y lo peor era que, mientras escuchaba cómo corría el agua de la ducha, no conseguía arrepentirme demasiado.
La mesa del comedor seguía exactamente como la habíamos dejado: carpetas abiertas, hojas separadas por fechas, la libreta de Alasdair y varios papeles que habíamos ido apartando. Miré todo aquello y recordé que, antes de distraernos bastante, habíamos quedado en ir a hablar con mi tío.
Mara bajó unos minutos después con el pelo todavía húmedo, unos pantalones cómodos y una camiseta.
—Voy a hacer café.
—Yo debería irme.
—Entonces desayuna rápido.
Fue hacia la cocina mientras yo empezaba a reunir los papeles que podían guardarse otra vez en carpetas. No quería mezclarlos y tampoco conocía el sistema que había empezado a utilizar Mara, así que me limité a cerrar lo que estaba claro y dejar aparte lo dudoso.
—No toques demasiado —avisó desde la cocina.
—Solo estoy recogiendo.
—Eso dicen todos antes de destrozar un sistema de clasificación perfecto.
—Tu sistema consiste en ocupar una mesa entera.
—Pero sé dónde está cada cosa.
Mara apareció con dos tazas y dejó una delante de mí. Después se sentó y empezó a ayudarme.
—Esta va con octubre. Esa con noviembre. La azul es solo para cosas relacionadas con las caballerizas.
—Veo que la hoja de cálculo ya se te ha quedado pequeña.
—Nunca subestimes mi capacidad para organizar.
—No lo hago.
Fuimos guardando documentos hasta que Mara levantó la libreta de su abuelo para meterla en una funda. Una hoja doblada se deslizó desde las últimas páginas y cayó sobre la mesa.
—Espera.
La abrió con cuidado y la dejó entre los dos. La fecha era del día anterior al accidente.
«Caballerizas cerradas. Revisión pendiente. Se mantiene prohibición de acceso hasta reparación. Aviso entregado en administración.»
Más abajo había otra anotación.
«Pendiente de confirmación por escrito.»
Mara la leyó dos veces antes de mirarme.
—Esto es bastante más claro que lo que vimos ayer.
—Sí. Según esto, tu abuelo no solo detectó el problema. Dejó constancia de que había cerrado la zona y entregado el aviso.
—Pero seguía esperando una confirmación por escrito.
—Eso parece.
Mara se sentó mejor y volvió a leer la hoja.
—Y al día siguiente murió Peter MacRae allí.
—Si la fecha del accidente que recuerda el padre de Jamie es correcta, sí.
—Entonces alguien abrió las caballerizas o dejó entrar a gente.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
No quería sacar conclusiones solo con las notas de Alasdair. Una cosa era lo que él había escrito en su libreta y otra saber qué había ocurrido después de entregar aquel aviso, pero al menos empezábamos a tener una secuencia bastante clara.
Mara guardó la hoja en una funda transparente aparte.
—Quiero hablar con tu tío.
—Yo también.
—¿Cuándo podemos verlo?
Pensé en el día que tenía por delante.
—Esta tarde debería estar en casa. Lo llamo cuando salga de la obra y le pregunto.
—Voy contigo.
No sonó a petición y tampoco esperaba que lo fuera.
—Te aviso en cuanto hable con él.
—Perfecto.
Terminamos de guardar las carpetas y desayunamos de pie en la cocina porque yo ya iba tarde. Antes de marcharme, Mara me acompañó hasta la puerta y se apoyó en el marco mientras me ponía la chaqueta.
—Nos vemos luego en el hotel —dije.
—Sí. Y cuando hables con tu tío, me cuentas.
—En cuanto sepa algo.
Mara asintió y durante un momento ninguno de los dos hizo ademán de moverse.
Finalmente me acerqué para besarla. Ella apoyó una mano en mi pecho y yo la sujeté por la cintura, alargando el beso bastante más de lo que pretendía.
Cuando me separé, seguía teniendo esa expresión que empezaba a complicarme demasiado marcharme de allí.
—Tengo que irme —murmuré.
—Eso llevas diciendo desde antes de las siete.
Sonreí y le di un último beso antes de obligarme a apartarme.
—Hasta luego.
—Adiós.
Durante todo el trayecto hasta mi casa tuve que recordarme varias veces que aquello llevaba menos de veinticuatro horas y que, aun así, ya estaba pensando en volver a dormir en su casa como si lleváramos semanas haciéndolo.