Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 15
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Capítulo 15

Callum

Mara ya estaba esperándome cuando llegué al hotel a las nueve menos cinco. Había dejado su coche junto a la entrada y estaba apoyada en él con un vaso de café en la mano, mirando al móvil. Levantó la cabeza al verme aparcar y guardó el teléfono en el bolso antes de acercarse.

—Cinco minutos antes. Estoy impresionada.

—Habíamos quedado a las nueve.

—Por eso. Hay gente que utiliza esa hora como una referencia aproximada.

—Tú no.

—Yo jamás.

Subió a la furgoneta y dejó el bolso a sus pies. Llevaba vaqueros, jersey y unas zapatillas que no le había visto hasta entonces, una elección bastante más sensata que algunos de los zapatos con los que había aparecido por la obra durante los primeros días.

—Veo que empiezas a adaptarte a las Highlands.

Siguió mi mirada.

—No te emociones. Mis tacones siguen perfectamente a salvo.

—Me quedo más tranquilo.

Salimos poco después. Teníamos algo más de una hora hasta Inverness y, durante los primeros kilómetros, hablamos de trabajo.

Mara quería aprovechar la visita para ver en persona varios acabados que el proveedor nos había enviado en fotografías y yo necesitaba revisar unas piezas de madera recuperada antes de decidir si servían para dos de las zonas comunes.

La conversación fue desviándose sola después. Ella me contó que Giulia ya había decidido que aquel viaje era una cita y yo tuve que contener la risa cuando explicó, bastante indignada, que ir a ver puertas y materiales con un restaurador no entraba en ninguna definición razonable de romanticismo.

—Depende del restaurador —dije.

Mara giró la cabeza hacia mí.

—Mira qué rápido te has venido arriba.

—Solo digo que Giulia quizá tenga una visión más amplia.

—Giulia necesita menos tiempo libre.

Seguimos hablando hasta llegar al almacén del proveedor, una nave enorme a las afueras de la ciudad donde trabajaban con madera recuperada, piedra y piezas procedentes de edificios antiguos. Mara tardó poco en olvidarse de que aquello, según ella, no tenía nada de interesante.

La perdí durante unos minutos entre varias muestras de roble y la encontré después hablando con uno de los encargados sobre el acabado de unas tablas que habían recuperado de una casa del siglo XIX. Cuando me acerqué, ya había conseguido que sacara otras tres piezas para compararlas.

—Pensaba que esto no era tu idea de pasar una mañana divertida.

—No he dicho que no me guste trabajar.

—Claro.

Me enseñó dos muestras.

—¿Cuál aguantaría mejor en la zona de recepción?

Le expliqué las diferencias y terminamos descartando una por el desgaste que iba a tener.

Después pasamos casi una hora revisando material, tomando fotografías y cambiando una de las decisiones que habíamos dejado prácticamente cerrada la semana anterior.

Mara tenía bastante claro lo que quería, pero no le costaba cambiar de opinión cuando veía una opción mejor delante.

Eso facilitaba mucho trabajar con ella, aunque no pensaba decírselo demasiado a menudo por si empezaba a confiarse.

Cuando terminamos, eran más de las dos.

—Necesito comer —dijo mientras salíamos—. Y antes de que se te ocurra decirlo, sí, he desayunado.

—No iba a preguntarlo.

—Estás haciendo grandes progresos.

Fuimos a un sitio que conocía cerca del centro y conseguimos una mesa sin esperar demasiado. Nada más sentarnos, Mara dejó el móvil bocabajo y se quitó la chaqueta.

—Vale. Esto ya se parece un poco más a lo que Giulia llamaría una cita.

—Podemos hablar del aislamiento térmico mientras comemos.

—Ni se te ocurra.

Pedimos y, por primera vez desde que habíamos salido, dejamos el hotel completamente fuera de la conversación.

Mara me preguntó por la empresa, no por cómo había terminado quedándome con el negocio de mi tío, porque eso ya lo sabía, sino por el momento en que había decidido empezar a contratar gente y convertir algo pequeño en lo que era ahora.

Le expliqué que no había existido un gran plan.

Habíamos empezado a aceptar trabajos más especializados; después llegó uno demasiado grande para hacerlo entre tres y, cuando quise darme cuenta, tenía empleados, vehículos, proveedores que me llamaban a todas horas y una oficina que seguía utilizando bastante menos de lo que debería.

—¿Nunca te arrepentiste? —preguntó.

—Algún lunes.

—Eso cuenta.

—Los martes suele pasarse.

Mara sonrió y siguió comiendo.

—A mí me pasó algo parecido cuando empecé a llevar proyectos completos. Durante años pensé que lo que quería era que dejaran de supervisarme cada decisión y, cuando por fin ocurrió, descubrí que ser tú la que tiene que responder por todo tampoco era exactamente el paraíso.

—Pero te gusta.

—Mucho.

Eso se notaba cada vez que hablaba de su trabajo. Mara podía quejarse de un cliente, de una entrega o de pasar media vida en aeropuertos, pero nunca hablaba de Milán como algo de lo que quisiera escapar. Había construido allí exactamente la carrera que buscaba.

—¿Has tenido alguna vez una relación que te hiciera plantearte volver? —pregunté.

Mara dejó el tenedor un momento.

—Vaya cambio de tema.

—Puedes no contestar.

—No, no me importa. He tenido relaciones, pero ninguna que me hiciera pensar en cambiar de país.

—Eso es bastante definitivo.

—Es que nunca llegó a plantearse así. Mi vida estaba allí, la suya también y, cuando se acabó, se acabó. ¿Tú?

Sabía que acabaría devolviéndome la pregunta.

—También he tenido relaciones.

—Gracias por el nivel de detalle.

Me reí.

—Una bastante larga hace años. Vivíamos juntos.

—Eso ya es información.

—Duró casi cuatro años. Al final queríamos cosas distintas y lo dejamos.

—¿Bien o con platos volando?

—Bien. Sin platos.

—Qué decepción.

—Nos costó un tiempo, pero no hubo ningún desastre.

Mara jugueteó con la copa de agua.

—¿Y desde entonces?

—Nada tan serio.

—¿Por elección?

Pensé la respuesta antes de dársela.

—En parte. La empresa empezó a crecer justo después y durante bastante tiempo fue fácil decirme que no tenía espacio para complicarme demasiado.

—¿Y ahora?

La pregunta salió tranquila, pero ninguno necesitó preguntar a qué se refería.

—Ahora no estoy tan seguro.

Mara mantuvo mi mirada unos segundos y después cogió otra vez el tenedor.

—Eso sí que ha sonado peligrosamente parecido a una cita.

—Culpa de Giulia.

—Siempre.

No volvimos a hablar de relaciones durante la comida, pero algo había cambiado. No era incómodo; simplemente ya no estábamos fingiendo que lo ocurrido en el aparcamiento se limitaba a un beso que podíamos guardar en un cajón hasta que nos apeteciera volver a sacarlo.

Después de comer caminamos unos minutos antes de regresar a la furgoneta. Mara quiso entrar en una tienda para comprar café y salió también con una bolsa de dulces que aseguró que eran para el camino. Diez minutos después ya había abierto uno.

—Eso no va a llegar a las Highlands.

—He comprado varios.

—Previsora.

—Siempre.

En el trayecto de vuelta habló con Giulia durante un rato sobre una entrega y después se quedó mirando por la ventanilla mientras atravesábamos una zona de carretera más estrecha.

—Ayer Jamie me llamó para saber cómo estaba —dijo Mara después de un rato—. Le conté que estaba revisando los papeles de mi abuelo y que había encontrado una fotografía suya delante de la casa. Me pidió que se la mandara porque iba a enseñársela a su padre, por si recordaba algo de aquella época.

—¿Te ha dicho algo?

—Todavía no. Me dijo que hablaría con él y me contaría si conseguía acordarse de algo.

Seguimos hablando de otra cosa y no volví a pensar en ello hasta casi una hora después, cuando el teléfono de Mara empezó a sonar. Miró la pantalla.

—Es él.

Contestó y durante los primeros minutos me limité a conducir. Por lo que oía, Jamie estaba contándole algo que había hablado con su padre. Mara dejó de hacer comentarios y empezó a escuchar con más atención.

—¿En las caballerizas? —preguntó al cabo de un momento.

La miré de reojo.

—Sí... No, de eso no me acuerdo. ¿Y sabes cuándo fue?

Hubo otra pausa.

—Vale. Pregúntale si recuerda el nombre.

Mara terminó la llamada y dejó el móvil sobre sus piernas.

—¿Qué pasa?

—El padre de Jamie recuerda que hubo un accidente en la finca cuando mi abuelo trabajaba allí. Cree que fue en las caballerizas y que murió un trabajador.

Eso encajaba demasiado bien con las anotaciones que habíamos revisado el día anterior.

—¿En 1998?

—Eso dice. No recuerda el mes, pero está bastante seguro del año.

—Tu abuelo tenía varias órdenes sobre problemas estructurales allí.

—Ya.

Mara volvió a mirar hacia la carretera y permaneció callada durante unos segundos.

—¿Nunca habías oído hablar del accidente?

—No que recuerde. Mi abuelo murió años después y en casa jamás se habló de algo así delante de mí. Al menos no de una forma que yo entendiera.

—Podrías haber sido demasiado joven.

—Puede.

No parecía asustada, solo concentrada, como si estuviera revisando mentalmente todo lo que había encontrado en las cajas.

—Cuando lleguemos quiero volver a mirar esas notas.

—Hoy tienes bastante con lo que has hecho.

Giró la cabeza hacia mí con tanta calma que entendí enseguida que acababa de volver a meterme donde no debía.

—No empieces.

—No estaba...

—Callum.

—Vale. Retiro lo dicho.

Mara sonrió un poco.

—Mucho mejor.

El mensaje de Jamie llegó antes de que alcanzáramos el hotel. Mara lo abrió y leyó en silencio.

—Se llamaba Peter MacRae.

—¿El hombre que murió?

—Sí. Su padre se acuerda porque conocía a la familia.

Me pasó el teléfono para que pudiera leer el mensaje cuando nos detuvimos en un semáforo. Jamie no tenía muchos más datos: accidente en las caballerizas, finales de 1998, Peter MacRae fallecido y Alasdair trabajando entonces en la propiedad.

—Voy a buscar el nombre entre los papeles —dijo Mara cuando guardó el móvil—. Si mi abuelo estaba llevando el mantenimiento de esa zona, puede que aparezca.

—Tiene sentido.

—Y mañana podemos preguntarle a Ewan si en los planos antiguos aparece alguna reforma de las caballerizas después de esa fecha.

—Sí.

Llegamos al hotel cerca de las seis. Apenas quedaba gente y Mara recogió su bolso del suelo antes de bajar. Yo hice lo mismo, aunque ninguno parecía tener demasiada prisa por terminar el día.

—Gracias por llevarme —dijo.

—Has trabajado más tú que yo.

—Eso no es verdad, pero voy a dejarte creerlo.

Nos quedamos junto a la furgoneta unos segundos. Después de pasar casi todo el día juntos, despedirnos con un simple «hasta mañana» habría resultado bastante ridículo.

Mara tampoco parecía muy convencida de hacerlo.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

En cuanto salió de mi boca, supe que era una respuesta inútil.

—Eso no te pega nada.

—Lo sé.

Me acerqué y esta vez no hubo ninguna duda ni necesidad de esperar demasiado.

Mara dejó el bolso sobre el asiento de la furgoneta y me agarró de la camiseta cuando la besé.

El beso empezó más lento que el de la noche anterior, pero duró poco así.

Llevábamos demasiadas horas solos, hablando de cosas que no tenían nada que ver con el trabajo y fingiendo bastante mal que no estábamos pendientes el uno del otro.

Le pasé una mano por la cintura y la acerqué más. Mara me rodeó el cuello y, cuando se separó apenas unos centímetros para coger aire, siguió tan cerca que pude notar su respiración.

—Esto empieza a repetirse —murmuró.

—No parece que te moleste.

—No he dicho eso.

Volvió a besarme antes de que pudiera contestar. Esta vez mis manos bajaron un poco más y Mara soltó una risa corta contra mi boca antes de apartarse lo justo para mirarme.

—Como sigamos, voy a acabar perdiendo bastante más que la dignidad en un aparcamiento.

—Podemos buscar un sitio mejor.

La forma en que me miró dejó claro que la idea no le disgustaba.

—Hoy no.

No sonó a rechazo. Sonó a que los dos sabíamos perfectamente que habría otro momento.

La solté despacio y ella recogió el bolso.

—Además, tengo una cita con Peter MacRae.

—Eso ha conseguido estropearlo bastante más que mi hoja de cálculo.

Se echó a reír.

—Mañana te cuento qué encuentro.

—Y si ves algo que te parezca importante...

Mara levantó un dedo.

—Cuidado.

—...me mandas una foto. Eso era todo.

—Así sí.

La vi caminar hacia su coche y esta vez sí subí a la furgoneta sin quedarme pendiente de cuándo arrancaba. Después de la conversación de aquellos días sobre mi supuesto modo guardaespaldas, al menos podía demostrar que era capaz de dejarla irse a casa sin vigilar cada movimiento.

Cuando llegué a la mía, guardé las cosas que había traído de Inverness y aproveché para responder un par de mensajes de trabajo que tenía pendientes desde la tarde. Estaba terminando cuando sonó el móvil.

Mara: He encontrado el nombre.

Debajo había una fotografía de una hoja escrita a mano por Alasdair. Amplié la imagen y pude leer dos líneas con bastante claridad.

P. MacRae. Caballerizas.

Y justo debajo:

Mantener cerradas hasta nueva revisión.

Leí el resto de la hoja intentando entender las anotaciones, pero la letra y las abreviaturas de Alasdair no ayudaban demasiado.

Callum: Mañana me la traes y la vemos con calma.

Su respuesta llegó casi enseguida.

Mara: Eso pensaba hacer. Y hay más papeles de esa misma semana.

Dejé el móvil sobre la mesa. Hasta aquella mañana solo sabíamos que Alasdair había trabajado durante años en la propiedad; ahora teníamos un accidente mortal en las caballerizas, varias advertencias sobre problemas estructurales y el nombre de Peter MacRae apareciendo en sus propias notas.

Y empezaba a estar claro que, si queríamos saber qué había pasado allí en 1998, todavía nos quedaba bastante por encontrar.