Capítulo 13
Callum
Mara apareció en el hotel a primera hora con una carpeta bajo el brazo y una fotografía en la mano. Yo estaba hablando con Ross sobre una de las puertas de la planta superior, así que esperó a unos metros hasta que terminé de darle las indicaciones y, en cuanto se marchó, vino directa hacia mí.
—Buenos días. Tengo una pregunta.
—Buenos días. Dime.
Me tendió una fotografía y reconocí el edificio enseguida. La fachada estaba bastante más descuidada, el jardín poco tenía que ver con el actual y en una de las alas se veía una construcción que ya no existía, pero era la misma casa que llevábamos semanas restaurando.
—Es mi abuelo —explicó Mara—. La encontré anoche entre sus papeles.
—¿Alasdair?
—Sí. Sabía que había trabajado durante años en mantenimiento, pero no recordaba que hubiera trabajado aquí. Igual me lo contaron alguna vez y se me olvidó.
Le di la vuelta a la fotografía. Solo aparecían su nombre y una fecha escrita a mano: 1998.
—¿Encontraste algo más relacionado con la casa?
—Varias carpetas, aunque anoche no avancé demasiado. Hay facturas, notas, órdenes de trabajo y bastantes papeles que todavía no sé ni qué son. Algunas cosas llevan el nombre de la finca.
—Podemos echarles un vistazo luego.
—Esa era la pregunta.
Mara guardó la fotografía en la carpeta y añadió que había dormido poco porque, una vez empezó a revisar documentos, le costó dejarlo.
Estuve a punto de decirle que después de la noche anterior podía haber esperado, pero me acordé a tiempo de la facilidad que tenía para cabrearse cada vez que sonaba como si estuviera diciéndole lo que debía hacer.
—A las seis terminamos aquí. Si quieres, podemos mirar entonces lo que has traído. Conozco bastante bien la casa y quizá pueda ayudarte a identificar algunas de las zonas que aparecen en los papeles.
—Perfecto. Así quizá consiga entender algo sin tener que buscar en internet cada tres minutos.
—Eso también sería una opción.
—Sí, pero te tengo aquí y sales más barato.
—No tienes ni idea de lo que cobro por hora.
—Después de años recibiendo tus presupuestos, me hago una idea.
Mara sonrió y se marchó hacia la escalera porque Ewan la esperaba arriba.
Yo volví al trabajo y durante buena parte de la mañana apenas coincidimos.
La vi un par de veces cruzar de un ala a otra con la tableta en la mano, primero con Ewan y más tarde con Graham, pero cada uno llevaba suficiente encima como para no tener demasiado tiempo para hablar.
Cerca de las seis, cuando la mayor parte del equipo estaba recogiendo, Mara apareció en la zona donde estábamos terminando. Llevaba el pelo sujeto con un lápiz y parecía bastante más cansada que cuando había llegado por la mañana.
—Necesito café —dijo mientras dejaba la carpeta sobre una mesa.
—Eso sí puedo solucionarlo.
Fui hasta la pequeña cocina de obra y volví con dos tazas. Mara había empezado a sacar los documentos y los tenía separados por fechas, así que me senté frente a ella y cogí el primero que me acercó.
Había facturas de proveedores, órdenes de mantenimiento, presupuestos y bastantes anotaciones escritas a mano por su abuelo. Algunas eran simples listas de trabajos y otras incluían nombres de zonas de la finca que habían cambiado con los años.
—¿Esto qué era? —preguntó, señalando una de las hojas.
—La antigua lavandería. Estaba donde ahora queremos hacer parte del spa .
—Vale. Eso explica varias cosas.
Anotó algo en una libreta y seguimos. Poco a poco quedó claro que Alasdair no había ido allí para trabajos puntuales. Durante aquellos años se había ocupado de buena parte del mantenimiento de la propiedad: cubiertas, ventanas, calefacción, humedades y reparaciones en distintas dependencias.
—Aquí aparecen varias veces las caballerizas —dijo Mara.
Cogí la hoja.
—Estaban detrás de la casa. Todavía queda una parte, aunque ahora no entran en esta fase del proyecto.
Mara sacó otra documentación de la carpeta.
—Pues mi abuelo debió pasar bastante tiempo allí. Tengo varias órdenes de trabajo de la misma zona.
Revisé una de ellas. Era de noviembre de 1998 y hablaba de una inspección en una estructura de madera y de restringir el acceso hasta que pudiera revisarse con más detalle.
—Aquí había algún problema estructural —dije.
—Eso parece.
—Con los años que tiene esta casa, tampoco sería raro.
—Ya, pero al menos ahora empiezo a entender qué hacía mi abuelo aquí.
Siguió ordenando papeles mientras yo le iba explicando dónde estaba cada zona.
No encontramos nada que aclarara por qué alguien había entrado en su casa, pero al cabo de casi dos horas ya sabíamos bastante más de la relación de Alasdair con la finca de lo que Mara sabía cuando había llegado aquella mañana.
—Deberíamos dejarlo por hoy.
Mara comprobó la hora y soltó el aire.
—Pensaba que era bastante más temprano. Ahora entiendo por qué tengo hambre.
—Hay un pub a cinco minutos.
—Donde estuvimos con Jamie.
—No, otro.
—Mientras sirvan comida, me vale.
Guardamos los documentos de la finca y ella volvió a meter los suyos en la carpeta. Al salir, había empezado a llover y su coche estaba aparcado bastante más lejos que mi furgoneta, así que le propuse ir juntos y traerla después.
—Puedo caminar cien metros sin disolverme —dijo.
—No he dicho lo contrario. Solo que mi furgoneta está aquí.
Miró hacia el aparcamiento y después al cielo.
—Vale, pero que conste que acepto porque no pienso llegar al pub chorreando.
—Me parece un motivo más que razonable.
Subimos a la furgoneta y llegamos pocos minutos después. El local era pequeño, de los que apenas habían cambiado en años, con una barra larga y varias mesas de madera. Mara miró alrededor mientras nos quitábamos los abrigos.
—Jamie no me había traído nunca aquí.
—Porque casi siempre va al otro.
—¿Y tú?
—Depende de con quién esté.
—Vaya. Me siento especial.
—No te emociones. Este sirve comida hasta más tarde.
Mara soltó una risa y eligió una mesa al fondo. Pedimos algo sencillo y ella añadió una copa de vino al pedido, aunque antes de que la camarera terminara de apuntarlo ya me estaba mirando como si esperara algún comentario.
—Puedes beber lo que quieras —le dije.
—Gracias por concederme permiso.
—Mara…
—Es broma. Más o menos.
Cuando la camarera se marchó, se apoyó en el respaldo y me observó durante un momento. Yo ya sabía por dónde iba a salir antes de que abriera la boca.
—Llevas dos días preguntando si he cerrado bien, si estoy sola, a qué hora me acuesto y cómo voy a volver a casa. Entiendo por qué lo haces, pero tienes que bajar un poco el modo guardaespaldas.
—No sabía que tuviera un modo.
—Pues lo tienes y es bastante molesto.
No lo dijo enfadada, pero tampoco estaba bromeando del todo. Después de vivir tantos años sola y organizarse la vida sin depender de nadie, era lógico que no quisiera sentir que de repente tenía que dar explicaciones cada vez que hacía algo.
—No pienso que necesites que te cuide —le dije—. Pero alguien entró en tu casa hace dos noches y todavía no sabemos por qué. Me preocupa.
—A mí también, y agradezco que estés pendiente. Lo que no quiero es acabar teniendo que convencerte cada vez de que puedo hacer algo sola.
—Entendido.
—¿Así de fácil?
—Puedo discutir si lo prefieres.
—No, gracias. Guardemos fuerzas para el hotel.
La comida llegó poco después y la conversación cambió por sí sola.
Hablamos primero del proyecto y acabamos, sin saber muy bien cómo, hablando de Milán.
Mara me contó que los primeros meses allí había compartido un piso diminuto con dos chicas porque apenas podía pagar otra cosa y que había tardado bastante más de lo que reconocía entonces en sentirse cómoda viviendo lejos de casa.
—No te imagino compartiendo piso —le dije.
—Yo tampoco, ahora. En aquel momento no tenía muchas alternativas.
—¿Tan mal fue?
—Una de mis compañeras tenía un novio que prácticamente vivía con nosotras y la otra cocinaba a cualquier hora. Hubo una temporada en la que me despertaba oliendo a pasta tres noches por semana.
—Estabas en Italia.
—Eso no significa que sea normal hacer carbonara a las tres de la mañana.
Me reí y Mara siguió contando algunas historias de aquellos primeros años, incluido el día en que consiguió dejar sin electricidad medio piso justo antes de una reunión importante.
No parecía avergonzarle haber empezado de aquella manera; al contrario, hablaba de esa época con el cariño de quien sabe que fue difícil pero también importante.
—¿Y tú? —preguntó cuando terminamos de comer—. Siempre acabamos hablando de mi vida fuera, pero tú también has estado en bastantes sitios.
Le conté algo de los años en los que fui alternando trabajos y formación: temporadas en Edimburgo, York, algunos meses en Francia y proyectos más cortos en otros lugares.
Nunca había sentido que aquello implicara marcharme definitivamente.
Me gustaba aprender, trabajar fuera durante una temporada y volver después.
—Entonces nunca tuviste ese momento de querer largarte y empezar de cero —dijo Mara.
—No. Supongo que no lo necesitaba.
—Yo sí.
Lo respondió sin dudar, y entendí que Milán no había sido una huida ni una etapa que hubiera alargado demasiado. Era la vida que había querido construir y lo había conseguido.
—¿No echabas esto de menos? —pregunté.
—A veces. A mi madre, a Jamie, algunas cosas del pueblo... pero eso no significa que quisiera volver. Estaba bien allí.
—Y sigues estándolo.
—Sí.
La respuesta me dejó pensando más de lo que quería reconocer.
Sabía desde el principio que Mara estaba allí por un proyecto y que volvería a Milán cuando terminara.
Lo había dejado claro desde el principio y, después de apenas unos días, tampoco tenía sentido pensar en otra cosa.
Aun así, desde la conversación en el pub con Jamie, me sorprendía pensando en que se marcharía más veces de las que me gustaba.
La camarera retiró los platos y pedimos café.
Mara me preguntó entonces si alguna vez me había planteado vivir en una ciudad de verdad y acabamos discutiendo sobre lo que cada uno consideraba imprescindible para vivir bien.
Ella defendía poder bajar andando a casi cualquier sitio; yo prefería abrir la puerta y no encontrarme con quinientas personas.
Ninguno convenció al otro, pero tampoco era necesario.
Cuando salimos eran casi las diez. Había dejado de llover y el aire estaba bastante más frío, así que volvimos a la furgoneta y conduje hasta el hotel para que recogiera su coche. El aparcamiento estaba prácticamente vacío, con solo algunos vehículos del personal que todavía seguía dentro.
—Gracias por la cena —dijo Mara mientras recogía la carpeta del asiento trasero.
—La próxima pagas tú.
—Hecho.
Bajó de la furgoneta y caminó hacia su coche. Me quedé allí mientras buscaba las llaves en el bolso y, cuando levantó la vista y me vio todavía dentro, señaló hacia la salida.
—Puedes irte. Prometo avisarte si aparece alguien detrás de un arbusto.
—Estoy intentando respetar lo del guardaespaldas.
—Pues empieza arrancando.
Sonreí, pero en lugar de hacerlo abrí la puerta y bajé.
Mara dejó de buscar las llaves y me miró acercarme.
No sé qué esperaba que dijera porque yo tampoco tenía demasiado claro qué estaba haciendo, aunque después de pasar toda la tarde con ella empezaba a cansarme de fingir que la única razón por la que quería seguir allí era asegurarme de que llegara bien a casa.
Me detuve delante de ella y durante unos segundos ninguno dijo nada. El viento le había soltado parte del pelo y Mara se lo apartó de la cara sin dejar de mirarme.
—Esto no parece mucho lo de bajar el modo guardaespaldas —dijo.
—No tiene nada que ver con eso.
La sonrisa desapareció poco a poco de sus labios, aunque no se apartó.
Habíamos pasado días acercándonos más de la cuenta, notando roces que no tenían ninguna importancia y alargando conversaciones que podían haber terminado mucho antes.
Aquella noche, después de horas juntos y sin nadie alrededor, ya no tenía demasiado sentido seguir fingiendo que ninguno sabía lo que estaba pasando.
Le acaricié la mejilla con los dedos y esperé un instante, dándole tiempo de sobra para apartarse si quería. Mara hizo justo lo contrario: acortó la distancia que quedaba entre los dos y me agarró de la chaqueta antes de besarme.
La primera vez apenas tuvimos tiempo de reaccionar. La segunda fue distinta. La sujeté por la cintura y Mara se pegó más a mí mientras el beso se hacía más lento, más profundo y bastante menos prudente de lo que había pretendido unos segundos antes. Cuando nos separamos, ninguno se alejó demasiado.
—Esto sí que no estaba en el planning —murmuró.
—Puedes añadirlo a tu hoja de cálculo.
Se echó a reír todavía con las manos en mi chaqueta.
—Acabas de cargarte el momento.
—Pensaba que así sería más fácil.
—Pues no lo ha sido.
—Mejor.
Esta vez no hizo falta que me acercara yo. Mara volvió a besarme y, mientras la estrechaba contra mí, tuve bastante claro que aquello llevaba días viniéndose encima y que ninguno de los dos tenía ya muchas ganas de apartarse.