Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 11
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Capítulo 11

Callum

Dormir en el sofá de Mara había parecido una idea bastante mejor la noche anterior que a las seis y media de la mañana, cuando abrí los ojos con un brazo dormido y el cuello convencido de que llevaba varias horas intentando doblarse en una dirección para la que no había sido diseñado.

Me incorporé despacio y miré hacia el pasillo. La casa seguía en silencio y la claridad gris que entraba por las ventanas apenas alcanzaba para iluminar el salón, así que me quedé sentado unos segundos antes de levantarme y doblar la manta que Mara me había dejado.

La noche había sido tranquila. No había oído nada más interesante que la calefacción arrancando un par de veces y la lluvia golpeando los cristales, aunque reconocía que había dormido con un oído bastante más pendiente de la casa de lo habitual.

Fui hasta la cocina y puse café. Ya sabía dónde lo guardaba después de la tarde que había pasado allí arreglando la ventana y no me pareció que utilizar la cafetera fuera a considerarse una invasión de la intimidad después de haber dormido en su salón.

Estaba sirviéndome la primera taza cuando oí pasos en la escalera.

Mara apareció poco después con unos pantalones de pijama, una camiseta de manga larga y el pelo suelto, bastante lejos del aspecto perfectamente organizado con el que llegaba cada mañana al hotel. Se detuvo al verme junto a la encimera y miró primero la cafetera y después mi taza.

—Te has apropiado rápido de la cocina.

—Buenos días.

—Eso no es una negación.

—Necesitaba café.

—Justificación aceptada.

Se acercó, cogió otra taza y se sirvió mientras yo intentaba no prestar demasiada atención a lo distinta que se veía así, con el pelo suelto y todavía medio dormida.

Nada que ver con la Mara que llegaba cada mañana al hotel con la tableta en la mano y todo bajo control, aunque empezaba a sospechar que esa versión me gustaba tanto como la otra.

—¿Has dormido algo? —preguntó.

—Sí.

Mara miró hacia el salón.

—No tienes cara de haber disfrutado especialmente de la experiencia.

—Tu sofá y yo tenemos algunas diferencias de opinión.

—Te avisé.

—Y yo decidí ignorarte.

—Eso también empieza a convertirse en costumbre.

Se apoyó en la encimera y dio un sorbo al café.

—¿Has oído algo?

—Nada. Ha estado todo tranquilo.

Asintió y durante unos segundos miró hacia el pasillo que llevaba al despacho. La noche anterior había conseguido mantener bastante bien el tipo, pero con la luz de la mañana resultaba más fácil notar que aquello seguía rondándole la cabeza.

—Tengo que ir a por las cerraduras y el cierre de la ventana —le dije—. Ayer tomé las medidas antes de que se fuera la policía.

—¿Cuánto tardarás?

—Menos de una hora.

—Entonces voy a trabajar desde aquí hasta que vuelvas. Le escribiré a Ewan.

—¿Estás segura de que quieres quedarte sola?

Mara dejó la taza sobre la encimera.

—Callum, son las siete de la mañana, hay gente entrando y saliendo por las casas de alrededor y alguien se llevó anoche una buena colección de fotografías de mi despacho para comprobar si había dejado huellas. Creo que puedo sobrevivir cuarenta minutos.

—Solo preguntaba.

—Y yo solo te estoy evitando otra noche en el sofá.

—Eso sí te lo agradezco.

Sonrió y abrió uno de los armarios.

—¿Quieres tostadas?

—¿Ha aparecido por fin tu compra?

—No. Ayer, después de pedir la cena, me llegó un mensaje diciendo que intentarán entregarla esta mañana.

—Entonces estamos progresando.

—Muchísimo. De momento tengo pan, mantequilla, café y una paciencia limitada.

—Con eso creo que se puede sobrevivir.

—Tú porque no has visto mi lista de la compra.

Desayunamos en la cocina sin demasiada ceremonia. Mara abrió el portátil mientras terminaba el café y respondió un par de mensajes de Giulia antes de enseñarme una fotografía de una de las habitaciones del hotel con dos opciones de color superpuestas.

—¿Cuál?

Miré la pantalla.

—La de la derecha.

—¿Por qué?

—Has preguntado cuál, no por qué.

—Error mío. ¿Por qué?

—Porque la otra compite con la piedra.

Mara volvió a mirar la fotografía.

—Eso mismo le he dicho a Giulia.

—Entonces puedes comunicarle que los dos tenemos razón.

—No pienso darle semejante disgusto a estas horas.

Cogí las llaves de la furgoneta y terminé el café.

—Voy a por el material.

—Aquí estaré.

Me detuve antes de salir de la cocina.

—Cierra después de mí.

—Sí, papá.

La miré.

—Retiro todo lo que acabo de decir sobre tu criterio profesional.

—Demasiado tarde. Ya está documentado.

Salí riéndome y volví algo menos de una hora después con dos bombines nuevos, varios juegos de llaves y un cierre para la ventana que había sido forzada. Mara me abrió vestida ya con vaqueros y un jersey, aunque seguía sin haberse recogido el pelo.

—Has vuelto.

—Era el plan.

—Preguntaba porque he descubierto que tengo comida suficiente para desayunar, pero no necesariamente para alimentar a un restaurador durante varios días.

—Tranquila. Mi intención es marcharme hoy.

—Menos mal.

Dejé las herramientas junto a la entrada y empecé por la puerta principal.

El bombín antiguo llevaba años instalado y no me costó demasiado retirarlo.

Mara se sentó en el último peldaño de la escalera con el portátil sobre las piernas mientras yo trabajaba, alternando entre responder correos y mirar lo que hacía.

—¿Vas a vigilarme todo el rato?

—Estoy aprendiendo.

—¿A cambiar cerraduras?

—Nunca se sabe cuándo puede ser útil.

—Preferiría que no tuvieras ocasión de practicar.

—Yo también.

Quité el bombín y comprobé el interior antes de colocar el nuevo.

—La policía te llamará si encuentra algo en la ventana.

—Eso dijeron.

—¿Y los papeles?

Mara dejó de teclear.

—He estado pensando en eso. Esta mañana he mirado un poco por encima la caja que abrieron y sigo sin saber si falta algo. Hay demasiadas cosas que no conozco.

—No tienes por qué revisarlo todo hoy.

—Ya, pero ahora quiero saber qué había allí.

Era lógico. Hasta que alguien había entrado, aquellos papeles podían haber esperado otros cuatro años sin que a Mara le importara demasiado. Ahora cada carpeta tenía la posibilidad de contener algo que otra persona había considerado suficientemente importante como para colarse en su casa.

Terminé con la puerta principal y pasé a la trasera. Mara cerró el portátil y vino conmigo.

—La mayoría de la documentación es de mi madre y de mi abuelo —comentó mientras me agachaba junto a la cerradura—. Hay recibos, cosas de la casa, cartas... Ni siquiera sé por qué siguió guardándolo todo.

—Tu madre guardaba bastante.

Mara me miró.

—¿Cómo lo sabes?

Tardé un momento en darme cuenta de que nunca habíamos hablado realmente de Fiona.

—Porque la conocí.

—Ya sé que venías a hacer reparaciones, pero pensaba que era algo puntual.

—Al principio lo era. Mi tío ya se ocupaba de la casa antes de que yo llegara al pueblo y luego empecé a venir yo cada vez más.

Mara se apoyó en la pared.

—Nunca me habló de ti.

—No tenía demasiados motivos. Yo era el hombre al que llamaba cuando una ventana no cerraba o decidía que una tubería llevaba demasiado tiempo funcionando bien.

Sonrió.

—Mi madre podía ser bastante exigente con esas cosas.

—Eso lo descubrí pronto. Tenía muy claro cómo quería que estuviera la casa y no le costaba decirlo.

—Sí, esa parte la recuerdo perfectamente.

Seguí trabajando mientras Mara permanecía allí.

—Una vez me hizo volver porque no le gustaba cómo había quedado un tirador —añadí.

—¿Estaba mal?

—No.

—Entonces definitivamente era ella.

Me reí.

—Dijo que quedaba dos milímetros más alto que el otro.

Mara me miró muy seria.

—Dos milímetros pueden arruinar una habitación.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—No empieces.

Terminé de ajustar la cerradura y me puse en pie.

—Hablábamos mientras trabajaba. De la casa, del pueblo, de cualquier cosa que surgiera. Tu madre podía pasarse media hora sin decirme prácticamente nada y, de repente, decidir que tenía una opinión muy concreta sobre lo que estaba haciendo.

Mara sonrió.

—Eso me lo creo.

—Una de las primeras veces que vine solo quería cambiar una de las ventanas de arriba. Estaba bastante mal y, en aquel momento, sustituirla era lo más sencillo.

—Déjame adivinar. No te dejó.

—Ni siquiera terminé de explicárselo. Me dijo que aquella ventana llevaba allí más años que yo y que, si pretendía dedicarme a restaurar cosas, podía empezar por demostrar que sabía salvarla.

Mara soltó una carcajada.

—Sí. Esa era mi madre.

—Tardé casi el doble de lo que había calculado y mi tío estuvo una semana recordándome que habríamos ganado más dinero poniendo una nueva.

—¿Y la salvaste?

—Sigue arriba.

Mara levantó la vista hacia el techo como si pudiera localizarla desde allí.

—¿Cuál es?

—La del dormitorio del fondo, la que da al jardín.

—Sé cuál dices.

—Pues esa. Y durante años, cada vez que venía a hacer algo en la casa y le proponía sustituir una pieza, tu madre me preguntaba si ya me había vuelto un vago.

Mara volvió a reírse.

—Qué pesada podía llegar a ser.

Lo dijo sonriendo, de una forma que no se parecía en nada a cómo había hablado de ella otras veces.

—Bastante —admití—. Pero tenía buen ojo. Muchas de las cosas que siguen en esta casa están aquí porque se negó a que alguien eligiera la solución fácil.

—Ahora entiendo por qué os llevabais bien.

—¿Por qué los dos somos insoportables?

—Porque los dos necesitáis discutir antes de admitir que el otro puede tener razón.

—Eso también podría aplicarse a ti.

—Estamos hablando de mi madre, Fraser. No desvíes el tema.

Sonreí mientras terminaba de guardar las herramientas de la puerta trasera y fui hacia la ventana del pasillo. Mara vino conmigo.

Retiré el cierre antiguo y comprobé otra vez la marca que habían dejado al forzarlo.

—¿Puedes poner algo que no pueda abrirse así otra vez?

—Eso voy a hacer. Tendrán que esforzarse bastante más.

—Qué reconfortante.

—Puedo mentirte y decir que nadie volverá a intentarlo.

—Prefiero la versión anterior.

—Me lo imaginaba.

Mara se agachó a mi lado para mirar el mecanismo nuevo que había sacado de la caja.

—¿Y eso qué hace?

—Bloquea también la hoja desde aquí. Aunque consigan forzar el pestillo exterior, no podrán abrirla sin romper bastante más.

—Y haciendo ruido.

—Exacto.

Me tendió uno de los tornillos cuando extendí la mano y nuestros dedos se rozaron apenas un instante. No fue nada, pero los dos dejamos de movernos el tiempo suficiente para que resultara evidente que lo habíamos notado.

Mara retiró la mano primero.

—Creo que este trabajo es demasiado peligroso para mí.

—Te lo advertí.

—No me refería al tornillo.

Levanté la vista hacia ella, que ya sonreía como si supiera perfectamente lo que acababa de provocar, y volví al cierre antes de que aquella conversación acabara llevándonos a un terreno que, en realidad, empezaba a sospechar que no tenía demasiadas ganas de evitar.

Terminé poco después, probé la ventana varias veces para asegurarme de que quedaba bien y recogí las herramientas antes de volver con Mara hacia la entrada.

Dejé todos los juegos de llaves nuevas sobre la consola.

—Estas son de la puerta principal y estas de la trasera. No me quedo con ninguna copia.

Mara miró los dos grupos.

—Jamie necesitará una.

—Eso lo decides tú. A partir de ahora solo tendrá llave quien tú quieras.

Asintió y pasó un dedo por uno de los llaveros.

—Gracias.

—Me vas a pagar.

—Sabía que acabarías estropeándolo.

—No quería que te acostumbraras.

Mara sonrió y me acompañó hasta la puerta. Antes de salir miré otra vez hacia el pasillo.

—¿Vas al hotel?

—En cuanto termine dos cosas. Y sí, voy a cerrar correctamente detrás de ti.

—No iba a decir nada.

—Ya.

Abrí la puerta.

—Callum.

Me volví.

—Lo de mi madre... gracias.

Asentí.

—No hay de qué.

Salí y esperé hasta oír la cerradura nueva antes de caminar hacia la furgoneta.

Había ido aquella mañana a cambiar dos bombines y un cierre y había terminado hablando con Mara de Fiona, rozándole la mano junto a una ventana y pasando demasiado tiempo intentando decidir cuál de las dos cosas me había dejado más descolocado.

Por suerte, tenía todo el trayecto hasta el hotel para fingir que ninguna.