Capítulo 10 #2
La policía tardaría todavía un rato, así que volvimos al despacho para intentar averiguar si faltaba algo sin mover más de lo necesario.
Miré primero la caja abierta y fui enumerando lo que reconocía.
Había papeles de la casa, pólizas antiguas, correspondencia de mi madre, documentación relacionada con mi abuelo y varios cuadernos que ni siquiera recordaba haber visto antes.
—¿Todo esto estaba aquí desde antes de que volvieras? —preguntó Jamie.
—Sí. La mayoría, al menos. Cuando murió mi madre me llevé lo personal y dejé bastante documentación de la casa para revisarla después. Luego se preparó todo para alquilar y nunca volví a ponerme con ello.
Cogí con cuidado uno de los sobres que estaba encima del escritorio. Llevaba el nombre de mi abuelo, Alasdair Sinclair, escrito a mano en una esquina, pero dentro solo había recibos antiguos y un par de documentos relacionados con obras de la casa.
—¿Falta algo? —preguntó Callum.
—No lo sé. Ese es el problema. Hay cosas aquí que llevan años sin que yo las mire.
Jamie señaló hacia el resto de la habitación.
—Pero han venido a esto.
No era una pregunta.
Miré el cajón abierto, las cajas y después el resto del despacho. Había un pequeño equipo de música antiguo, un par de objetos de plata encima de una estantería y otras cosas mucho más fáciles de vender que cualquier papel amarillento de mi familia.
—Eso parece.
Callum no dijo nada, pero volvió a mirar las cajas.
La policía llegó poco después y la noche terminó siendo bastante distinta de la que había imaginado al salir del hotel.
Tuve que explicar lo ocurrido, enseñar la ventana, repetir a qué hora había salido de casa y cuándo había regresado y admitir varias veces que no podía asegurar si faltaba algún documento porque ni siquiera sabía exactamente qué había dentro de todas aquellas cajas.
Cuando por fin se marcharon, Jamie se ofreció a quedarse y le dije que no. Después insistió en que podía dormir en su casa y volví a decir que no.
—Puedo seguir otros veinte minutos —le advertí—, pero la respuesta va a ser la misma.
—Sigues siendo igual de cabezota.
—Organizada.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé. Estoy cansada.
Jamie terminó riéndose y me dio un abrazo antes de marcharse.
Callum se quedó porque todavía quería asegurar provisionalmente la ventana hasta cambiar el cierre al día siguiente y, mientras lo veía trabajar desde la puerta de la cocina, mi estómago decidió recordarme que llevaba demasiadas horas funcionando únicamente con café.
Abrí la nevera y me quedé mirando el interior.
—Tengo un problema.
Callum seguía junto a la ventana.
—Otro.
—Gracias por el apoyo.
—¿Qué pasa?
—Que tengo hambre y el pedido del supermercado que tenía que llegar esta tarde no ha llegado y, solo me queda un yogur en la nevera.
Esta vez sí me miró.
—Pide algo.
Miré el móvil que todavía tenía en la mano y después a él.
—¿Has cenado?
—Todavía no.
—Pues entonces pido para los dos. Ya que has terminado aquí por mi culpa, lo mínimo es invitarte a cenar.
—No hace falta.
—Ya. Pero voy a hacerlo igualmente, así que ahórrate la discusión.
Callum sonrió y volvió al cierre.
—Lo que tú digas.
—Eso sí quiero oírtelo más veces.
Busqué qué había abierto a aquella hora y encontré un sitio.
—¿ Fish and chips ?
—¿Eso es una pregunta?
—Llevo casi diez años viviendo en Italia. Mis estándares han cambiado.
—Entonces puedes comerte los huevos.
— Fish and chips —decidí mientras hacía el pedido—. Y no protestes, que esta noche invito yo.
—Empiezo a preocuparme por el precio de esa ventana.
—No te emociones. Esto no se va a descontar de la factura.
Callum sonrió y volvió a la ventana mientras yo hacía el pedido.
Terminó de asegurar el cierre poco antes de que llamaran a la puerta. Fui a recoger el pedido mientras Callum guardaba las herramientas y, cuando volví a la cocina con las bolsas, dejé las cajas sobre la mesa.
—He pedido demasiado.
Se acercó y miró el contenido.
—Bastante.
—La aplicación no era muy clara.
—Ponía «grande».
—Eso es un concepto muy subjetivo.
—Dos pescados, dos raciones grandes de patatas y dos guarniciones no lo son tanto.
—Ahora también eres experto en pedidos a domicilio.
—Soy un hombre con muchas habilidades.
—Cada día descubro una nueva.
Nos sentamos con las cajas abiertas entre los dos, sin molestarnos en sacar platos. Después de la noche que llevaba, no me apetecía esforzarme en convertir aquello en una cena decente y, por lo que veía, a Callum tampoco le preocupaba demasiado.
—¿Echas de menos Milán cuando estás aquí? —me preguntó.
Lo pensé un momento.
—Algunas cosas. A Giulia, sobre todo. Y mi rutina.
—¿Nada más?
—Mi cama.
—Eso es importante.
—Muchísimo. También tengo un restaurante debajo de casa que me solucionaría esta conversación sobre huevos caducados.
Callum sonrió y cogió otra patata.
—¿Y allí te espera alguien?
Levanté la vista.
—¿En Milán?
—No conozco tus otros destinos habituales.
Había preguntado con bastante naturalidad, pero no tanto como para que no entendiera perfectamente por dónde iba.
—No. Me esperan Giulia, mi trabajo, un piso que seguramente tendrá una capa de polvo considerable cuando vuelva y demasiados zapatos para una sola persona, pero nadie en el sentido que estás preguntando.
Asintió sin hacer ningún comentario y eso consiguió que sintiera todavía más curiosidad.
—¿Y a ti?
—¿Si me espera alguien en Milán?
—Muy gracioso. Aquí.
—No.
La respuesta llegó sin vueltas y tuve que reconocer que me alegró bastante más de lo razonable.
—¿Nada?
Callum arqueó una ceja.
—¿Necesitas un inventario?
—Solo estaba preguntando.
—No hay nadie.
—Vale.
—¿Te tranquiliza?
—No te vengas arriba, Fraser.
Se rio y terminé de comer antes de que pudiera seguir por ahí. No pensaba analizar por qué saber que no había ninguna mujer esperándolo en ningún sitio me había sentado tan bien. Ya tenía suficientes cosas que analizar aquella noche.
Recogimos las cajas y Callum llevó los restos a la basura mientras yo limpiaba la mesa. Cuando volvió, miró la hora y después hacia el pasillo.
—Puedo quedarme en el sofá.
Me giré.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Aquello me hizo callar un segundo.
—Mañana vas a estar aquí igualmente para cambiar cerraduras y revisar la ventana —añadió—. Y prefiero quedarme abajo esta noche por si alguien intenta volver a entrar.
—No creo que vuelva precisamente hoy.
—Yo tampoco.
—Entonces...
—Mara.
Lo miré.
—No voy a ponerme una capa ni a patrullar la casa con una espada. Dormiré en el sofá.
Señalé hacia el salón.
—Ese sofá no tiene pinta de estar hecho para un hombre de tu tamaño.
—He dormido en sitios peores.
—Eso no habla demasiado bien de tus decisiones.
—Últimamente estoy tomando algunas cuestionables.
Su mirada se quedó en la mía un instante más de la cuenta y esta vez no tuve demasiado claro si seguíamos hablando del sofá.
Decidí que era mejor no averiguarlo.
—Voy a buscarte una manta y una almohada.
—Con eso me apaño.
Subí a por ellas y se las dejé en el sofá. Callum terminó de comprobar la puerta trasera una vez más y dejó su chaqueta sobre el respaldo de una silla antes de mirarme.
—Ve a dormir.
—Qué mandón.
—Estás agotada.
—Y tú tienes que dormir doblado en mi sofá.
—Sobreviviré.
Me quedé allí un momento sin saber muy bien por qué no terminaba de subir. Probablemente porque tenerlo en casa empezaba a sentirse demasiado natural para alguien al que, una semana antes, habría sido incapaz de reconocer por la calle.
—Buenas noches, Callum.
—Buenas noches, Mara.
Subí antes de que mi cabeza encontrara otra cosa sobre la que complicarse.
Me duché con agua caliente y tardé bastante más de lo habitual, intentando quitarme de encima la sensación desagradable que me había acompañado desde que había visto el despacho revuelto.
Después me puse el pijama, me sequé el pelo por encima y fui hasta el dormitorio procurando no pensar demasiado en que Callum estaba en la planta de abajo preparándose para dormir en mi sofá.
No funcionó especialmente bien.
Me metí en la cama, apagué la luz y me quedé mirando el techo unos segundos.
En menos de una semana había vuelto a una casa que llevaba cuatro años evitando, alguien había entrado para revolver papeles de mi familia y Callum Fraser, que hasta hacía unos días no era más que una voz seca al otro lado del teléfono, estaba durmiendo en mi salón.
Si a eso añadía que cada vez me costaba menos fijarme en él y que acababa de alegrarme bastante más de lo conveniente al saber que no había ninguna mujer esperándolo, empezaba a tener bastante claro que se me estaban acumulando los problemas.