Capítulo 10
Mara
Aquel día salí del hotel más tarde de lo previsto porque Ewan había decidido que las cinco y media de la tarde era un momento estupendo para descubrir un problema con la distribución del pequeño spa .
Callum, que todavía seguía por allí, opinó que la culpa era del arquitecto por mirar los planos a esas horas; Ewan respondió que al menos él los miraba antes de que construyéramos nada y yo acabé sentada entre los dos intentando conseguir que dejaran de discutir el origen del problema y se centraran en resolverlo.
Lo conseguimos poco antes de las siete, después de mover una puerta, reducir un pequeño almacén y confirmar que nadie tendría que derribar nada al día siguiente. Teniendo en cuenta cómo había empezado la conversación, podía considerarse un éxito.
—Mañana quiero revisar otra vez las medidas —dije mientras guardaba la tableta.
Callum me miró desde el otro lado de la mesa.
—Las hemos comprobado tres veces.
—Pues mañana serán cuatro.
—¿Ves por qué no debería haberte enseñado nunca a usar una cinta métrica?
—Sabía usarla antes de conocerte.
—Eso dices tú.
Ewan cerró su portátil.
—Me voy antes de que empecéis con otra cosa.
—Buena decisión —le dije.
Callum cogió su chaqueta y salimos prácticamente al mismo tiempo. Nos despedimos en el aparcamiento y, por una vez, conseguí llegar a casa sin hacer ninguna parada, sin que una oveja me cortara el paso y sin discutir con nadie sobre madera, piedra o centímetros.
Mi única intención para aquella noche era preparar algo de cenar, llamar a Giulia y no volver a abrir el portátil.
El plan duró aproximadamente quince segundos.
Nada más entrar dejé el bolso sobre la consola y vi la puerta del despacho abierta.
Me quedé mirándola un momento porque ya había tenido exactamente la misma sensación unos días antes, pero esta vez no necesitaba preguntarme si podía haber sido un despiste.
Antes de salir aquella mañana había entrado para dejar dentro la carpeta que Jamie me había entregado en la inmobiliaria y recordaba perfectamente haber cerrado después.
Me acerqué sin tocar nada y asomé la cabeza.
Uno de los cajones del escritorio estaba completamente abierto y había varios papeles sobre la superficie que no estaban allí cuando me fui.
Una de las cajas que la inmobiliaria había dejado junto a la estantería también tenía la tapa en el suelo y parte de su contenido estaba colocado encima de otra, como si alguien hubiera empezado a revisarlo y después hubiera vuelto a guardarlo deprisa.
Aquello ya no tenía nada que ver con mi memoria.
Entré un poco más y reconocí algunos documentos de la casa, facturas antiguas, correspondencia de mi madre y varias carpetas que llevaban años en aquel despacho.
No parecía que hubieran tirado nada ni que alguien se hubiera dedicado a revolver por revolver.
Precisamente por eso me inquietó más: habían abierto cajones y cajas, habían movido papeles y después habían intentado dejarlo todo razonablemente parecido a como estaba.
Salí al pasillo y recorrí el resto de la planta baja. La cocina seguía igual, las puertas estaban cerradas y no vi nada fuera de lugar en el salón. Subí después al dormitorio y comprobé por encima los pocos objetos de valor que había llevado conmigo. Tampoco faltaba nada.
Volví al despacho con una sensación bastante desagradable instalada en el estómago.
Cogí el teléfono y llamé a Jamie.
—Dime, Mara.
—Creo que alguien ha entrado en casa.
Hubo un silencio al otro lado y, cuando volvió a hablar, había desaparecido por completo el tono de broma habitual.
—¿Estás segura?
—Esta vez sí. El despacho está revuelto.
—¿Estás sola?
—Sí.
—¿Has revisado la casa?
—Por encima. No hay nadie.
—No toques nada más. Voy para allá.
—Jamie…
—Mara, estoy a diez minutos.
Colgó antes de que pudiera discutirle nada.
Me quedé junto a la puerta del despacho intentando reconstruir mentalmente cómo lo había dejado por la mañana.
La caja abierta contenía sobre todo papeles de mi madre relacionados con la casa, recibos antiguos y documentación familiar que yo todavía no había tenido tiempo de revisar con calma.
En el cajón había más de lo mismo: carpetas, sobres, algunas fotografías y un par de cuadernos que habían pertenecido a mi abuelo.
No faltaba el portátil porque lo tenía conmigo. Tampoco había dinero allí ni joyas ni nada que pudiera tener demasiado interés para un ladrón.
Y, si aquello había sido un robo, el ladrón tenía unas prioridades bastante extrañas.
Jamie llegó antes de lo que había prometido. Abrí en cuanto llamó y lo encontré con el móvil en una mano y expresión seria.
—Enséñamelo.
Fuimos directamente al despacho. Entró sin tocar nada y recorrió la habitación con la mirada.
—¿Esto estaba cerrado?
—La puerta, sí. Y la caja también.
—¿Y el cajón?
—Cerrado.
Se agachó un poco para mirar la cerradura del escritorio, aunque ni siquiera tenía llave.
—¿Falta algo?
—Que yo sepa, no.
—¿Has mirado arriba?
—Sí. Parece que solo han tocado esto.
Jamie se incorporó y miró hacia el pasillo.
—La puerta de entrada estaba cerrada cuando llegaste.
—Sí.
—¿Y las ventanas?
—No las he comprobado todas.
Fue hacia la cocina y lo seguí. Revisó la puerta trasera y un par de ventanas antes de sacar el teléfono.
—Voy a llamar a Callum.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque sabe bastante más que yo de cerraduras, ventanas y de esta casa en general. Si alguien ha forzado algo, lo verá antes que nosotros.
No había nada raro en lo que acababa de decir, pero la conversación que habíamos tenido en su oficina unos días antes me vino a la cabeza de inmediato.
—Jamie.
Me miró y supe que había pensado exactamente lo mismo.
—Tengo una copia de gestión y Callum tiene otra. Nadie más debería tener llave.
—¿Debería?
—Los últimos inquilinos devolvieron las dos que tenían y no consta ninguna otra.
No respondí. No porque creyera que Callum hubiera entrado en mi casa a revolver papeles, porque la idea me parecía absurda, sino porque tener que reconocer que apenas había tres juegos de llaves convertía aquel detalle en algo imposible de ignorar.
Jamie marcó igualmente.
—Soy yo. ¿Dónde estás?... Pues necesito que te pases por casa de Mara.
No oí la respuesta.
—No, no es el grifo. Parece que alguien ha entrado.
La expresión de Jamie cambió un poco mientras escuchaba.
—Sí. Estamos aquí... Vale.
Colgó.
—Viene.
—Perfecto.
Jamie me miró.
—No pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—La que usas cuando algo no te parece perfecto.
—Alguien ha entrado en mi casa. Dame un poco de margen.
—Concedido.
Callum tardó algo menos de veinte minutos. Cuando abrí la puerta llevaba la ropa que había usado en el hotel y una chaqueta encima.
—¿Estás bien?
—Sí.
Fue lo primero que preguntó y, por algún motivo, consiguió que una parte de la tensión que llevaba acumulada desde que había llegado disminuyera un poco.
—Enséñame qué has encontrado.
Volvimos al despacho y le expliqué exactamente lo mismo que a Jamie. Callum no tocó los papeles; se limitó a mirar el cajón, la caja abierta y después la ventana.
—¿Estaba cerrada cuando llegaste?
—Creo que sí.
Probó el pestillo sin abrirla y luego se volvió hacia nosotros.
—¿La puerta de entrada tenía alguna marca?
—No hemos visto ninguna —respondió Jamie.
Callum asintió y durante un momento ninguno dijo nada.
—Yo tengo una llave —dijo finalmente.
—Lo sé.
Me sostuvo la mirada.
—Ha estado conmigo todo el día.
—No he dicho que no.
—Ya.
La incomodidad duró apenas unos segundos, pero estuvo allí. Me molestó que la situación nos obligara siquiera a tener aquella conversación después de los últimos días, aunque tampoco sabía qué otra cosa podíamos hacer con la información que teníamos.
Callum fue el primero en dejarlo atrás.
—Voy a revisar todas las ventanas y las puertas exteriores.
Lo seguimos durante parte del recorrido hasta que Jamie acabó diciéndome que nos estábamos comportando como dos aprendices detrás del profesor y me obligó a quedarme en la cocina mientras Callum terminaba de comprobar la planta baja.
Tardó unos minutos en llamarnos.
—Venid.
Estaba junto a una ventana pequeña situada al fondo del pasillo que comunicaba la cocina con una estancia que durante años se había utilizado como despensa. A simple vista no vi nada extraño hasta que Callum señaló uno de los laterales del marco.
—Aquí.
Me acerqué. La pintura tenía una marca fina y la madera estaba ligeramente levantada junto al cierre.
—¿Eso estaba así?
—No puedo asegurarlo.
—Yo sí —dijo Callum—. Revisé esta ventana hace unos meses porque los inquilinos dijeron que entraba aire. Esa marca es nueva.
Jamie se inclinó.
—¿La han forzado?
—Eso parece. No demasiado. El cierre es antiguo y con una herramienta fina puedes hacer palanca sin romperlo. Después vuelves a cerrar y desde fuera apenas se nota.
Lo miré.
—Entonces han entrado por aquí.
—Es lo más probable.
La respuesta debería haberme tranquilizado por una razón bastante concreta, pero lo que consiguió fue que me sintiera peor.
Hasta ese momento todavía existía la posibilidad de que hubiera una explicación absurda para todo aquello.
Una llave, alguien de la inmobiliaria, cualquier cosa que terminara convirtiendo el despacho revuelto en un malentendido.
La marca en aquella ventana eliminaba casi todas.
Jamie sacó el teléfono.
—Ahora sí llamamos a la policía.
Esta vez no discutí y, mientras Jamie hablaba por teléfono, Callum volvió a revisar el cierre y recorrió con la mirada todo el marco.
—Esto hay que cambiarlo.
—Ya.
—Y las cerraduras exteriores también.
—Si han entrado por la ventana, ¿para qué?
—Porque no sabemos cuántas copias de llaves pueden existir aunque Jamie tenga controladas las oficiales. La casa ha estado alquilada durante años.
Tenía razón y no me apetecía demasiado reconocer cuántas veces estaba ocurriendo eso últimamente.
—¿Puedes hacerlo?
—Sí. Mañana por la mañana.
—Callum, tienes una empresa de restauración. Seguro que puedes mandar a alguien.
—Puedo.
Esperó un segundo.
—Pero vendré yo.
No encontré ninguna razón para discutirlo.