Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 9
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Capítulo 9

Callum

A la mañana siguiente llegué al hotel poco después de las ocho y encontré en el correo la propuesta que Mara había prometido enviarme para las puertas del ala norte.

Había cumplido su amenaza antes de las siete y media, lo que confirmaba dos cosas: que madrugaba bastante más de lo que había imaginado y que aquello de dejar de trabajar al salir del hotel le duraba aproximadamente lo mismo que a mí.

Abrí el archivo mientras terminaba el café.

Había mantenido tres de las puertas en madera, propuesto pintura para otras dos y añadido varias notas sobre herrajes, tonos y pequeños cambios que quería revisar conmigo antes de cerrar nada.

La solución tenía sentido y respetaba bastante bien las diferencias entre las habitaciones, así que marqué un par de puntos y le respondí antes de guardar el teléfono.

Ver su nombre consiguió que volviera a acordarme de la conversación de la tarde anterior.

Mara regresaría a Milán cuando terminara el proyecto y no había nada extraño en eso: había venido a trabajar durante unos meses y tenía allí una vida que, por lo que contaba, le gustaba bastante.

Lo raro habría sido que, después de cuatro días en las Highlands, hubiera anunciado que pensaba dejarlo todo y quedarse.

Aun así, aquella respuesta me había acompañado más de lo necesario desde que salimos del pub, seguramente porque hasta entonces no me había parado a pensar en una fecha de salida y, de momento, prefería seguir sin hacerlo.

Tenía bastante trabajo por delante y uno de los equipos había empezado esa mañana a desmontar parte de los revestimientos de una antigua zona administrativa de la planta baja, que acabaría convertida en dos pequeños salones privados.

Según los planos, detrás de una de las paredes había un armario empotrado que llevaba años inutilizado y queríamos comprobar el estado de la madera antes de decidir si merecía la pena integrarlo en el nuevo espacio.

Cuando llegué, Ross y Neil, ya habían retirado parte del revestimiento.

—Buenos días —saludé.

Ross señaló hacia el hueco que habían dejado al descubierto.

—Creo que tenemos entretenimiento.

—Eso nunca significa nada bueno cuando lo dices tú.

—Depende de cuánto te gusten los papeles viejos.

Me acerqué y entendí a qué se refería. El armario era bastante más profundo de lo que indicaban los planos y estaba lleno de cajas, carpetas y libros de registro apilados sin demasiado orden.

Algunas cajas parecían relativamente recientes; otras llevaban allí el tiempo suficiente para que el polvo hubiera dejado de ser una capa y empezara a formar parte de ellas.

—¿Estaba cerrado?

—Atascado. Hemos tenido que sacar la moldura para poder abrirlo.

Cogí una de las carpetas que había en la parte superior y leí la etiqueta. Facturas de suministro de hacía casi veinte años.

—No tiréis nada.

—Ni lo había pensado.

—Sacadlo con cuidado y dejadlo todo en la sala pequeña de al lado. Que Ewan decida con Graham qué quieren conservar y qué puede tirarse.

Ross miró hacia el interior.

—Hay para entretenerse una temporada.

—Entonces procura no leer nada.

—Me conoces poco.

Lo dejé con aquello y fui a revisar una de las ventanas del pasillo. Apenas había empezado cuando oí la voz de Mara detrás de mí.

—Espero que hayas leído mi correo.

Me volví.

Llevaba el pelo recogido, pantalones oscuros y una chaqueta ligera que se quitó mientras se acercaba.

—Buenos días a ti también.

—Eso no responde.

—Lo he leído.

—¿Y?

—Tres puertas bien. Dos discutibles.

Entrecerró los ojos.

—¿Discutibles por qué?

—Porque quiero ver primero qué aparece debajo de la pintura.

—Eso ya estaba previsto.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No empieces a acostumbrarte.

Sonreí.

—Tranquila. Ayer ya gastamos el cupo de coincidencias de la semana.

Mara iba a responder cuando Ross salió de la habitación con una caja entre los brazos.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Archivos viejos —expliqué—. Había un armario empotrado detrás del revestimiento.

Naturalmente, cambió de dirección.

—¿De qué tipo?

—Del tipo que lleva veinte años acumulando polvo.

—Qué útil.

—Había facturas, registros, documentación de mantenimiento… todavía no lo sabemos.

Entró detrás de Ross y tuve que seguirla porque, si la dejaba sola, era perfectamente capaz de abrir las cajas una por una antes de que Ewan apareciera.

La sala contigua estaba casi vacía y los chicos habían empezado a dejar allí lo que sacaban del armario. Mara se agachó frente a una de las cajas abiertas sin tocar nada.

—Esto es bastante antiguo.

—Algunas cosas sí.

—¿Lo vais a conservar?

—Eso tendrá que decidirlo Graham. Es documentación del edificio.

Cogí uno de los libros de registro que Ross había dejado sobre una mesa y pasé un par de páginas. Fechas, proveedores, reparaciones, entregas de materiales. Nada especialmente emocionante, aunque para reconstruir intervenciones antiguas podía resultar útil.

Mara se acercó.

—Déjame ver.

Le pasé el libro.

—Años noventa.

—Ya veo.

Fue avanzando varias páginas mientras leía por encima algunas anotaciones.

—Aquí hay reparaciones de las caballerizas.

—Probablemente haya de todo.

—¿Te serviría para saber qué partes se tocaron?

—Si está bien documentado, sí. Sobre todo en zonas donde ahora no tenemos claro qué pertenece al edificio original y qué se añadió después.

Mara cerró el libro.

—Entonces no dejéis que se tire nada hasta revisarlo.

—Gracias por la orden.

—De nada.

—Precisamente acababa de decirles lo mismo a los chicos.

—Me alegra comprobar que vas aprendiendo.

Antes de que pudiera responder, apareció Ewan por la puerta.

—¿Qué habéis encontrado?

Le expliqué lo del armario y hojeó un par de carpetas antes de sacar el teléfono.

—Voy a llamar a Graham. Seguro que quiere ver esto antes de que movamos nada más.

—Ya lo hemos sacado casi todo —dijo Ross desde el pasillo.

Ewan lo miró.

—Entonces antes de que lo saquéis del edificio.

Mara y yo volvimos al trabajo mientras esperábamos. Teníamos que revisar las medidas de una de las puertas del salón y comprobar cómo afectaría el nuevo revestimiento a un marco que yo quería conservar, así que durante casi media hora nos olvidamos de las cajas.

Graham llegó poco después acompañado de Ewan. Yo estaba ayudando a Mara con una medida en la pared contraria cuando los vi entrar en la sala donde habíamos dejado las cajas.

—Han aparecido detrás del revestimiento, en un armario antiguo —le explicó Ewan—. Hay facturas, libros de registro y bastante documentación de los noventa.

Graham se acercó a la mesa y cogió uno de los libros.

—Pensaba que toda esta documentación se había trasladado hace años.

—Pues parece que no toda —respondió Ewan.

Pasó algunas páginas mientras Ross entraba con otra caja y la dejaba junto a las anteriores.

—¿Queda mucho dentro?

—Un par de cajas y algunas carpetas sueltas —contestó él—. El fondo del armario es bastante más profundo de lo que parecía.

—Sacadlo todo antes de continuar con esa pared. No tiréis nada hasta que sepamos qué hay.

Ross asintió y volvió al pasillo.

Mara se acercó con la cinta métrica todavía en la mano y echó un vistazo al libro que Graham había dejado abierto.

—Si hay registros de reformas anteriores, algunos podrían venirnos bien. Hay zonas donde todavía no sabemos exactamente cuándo se hicieron determinados cambios.

—Claro —respondió Graham—. Separaremos todo lo que tenga relación con el proyecto.

—Sobre todo mantenimiento, modificaciones estructurales y carpinterías —añadí—. Cualquier cosa que nos ayude a saber qué se tocó y cuándo.

Graham cerró el libro.

—Entonces será mejor que alguien lo revise con un poco de orden.

Ewan se agachó junto a una de las cajas y sacó una carpeta.

—Aquí hay de todo. Facturas, suministros, reparaciones…

—Pues suerte —dijo Mara.

—Gracias por ofrecerte.

—Ni hablar. Tengo bastante con mis propios papeles.

—Hace cinco minutos que querías abrir todas las cajas —le recordé.

—Curiosidad profesional.

Graham sonrió mientras su teléfono empezaba a sonar.

—Tengo que coger esta llamada. Avisadme cuando terminéis de sacar lo que queda.

Se alejó por el pasillo y Ewan dejó la carpeta otra vez en la caja.

—Vamos a necesitar una mesa más grande.

—O una cerilla —dijo Ross desde el armario.

—Ni se te ocurra —respondimos Mara y yo al mismo tiempo.

Ross asomó la cabeza.

—Da miedo cuando hacéis eso.

—Sigue trabajando —le dije.

Mara sonrió y volvió conmigo hacia el marco que estábamos revisando.

Durante la siguiente media hora nos centramos en algo bastante más manejable que treinta años de documentación.

El nuevo revestimiento añadía unos milímetros que, en principio, no parecían gran cosa, pero eran suficientes para dejar demasiado escondida una parte del marco original que yo quería conservar.

—Si quitamos aquí —dijo Mara señalando el plano—, ¿ganamos lo suficiente?

—Depende de cuánto quieras quitar.

—Lo mínimo.

—Esa respuesta me gusta más.

—No te acostumbres.

Medí otra vez el lateral y anoté la cifra sobre el plano.

—Podemos reducir el grosor en esta zona sin afectar al acabado. Con eso recuperas casi todo el marco.

Mara se acercó para comprobar la medida.

—¿Y no me vas a decir dentro de dos días que hemos condenado un trozo de madera del siglo XVIII?

—Del XIX.

Me miró.

—Sabía que iba a arrepentirme de preguntar.

—Y no lo condenamos. Solo ajustamos el revestimiento.

—Entonces me sirve.

Ewan volvió poco después para confirmar que la solución no interfería con ninguna instalación y seguimos hacia una de las habitaciones contiguas. Cuando regresé más tarde porque quería comprobar una grieta que había aparecido detrás del armario, las cajas ya no estaban en la sala.

—¿Las habéis movido? —pregunté.

—Graham ha pedido que las suban a su despacho temporal —respondió Ewan mientras se agachaba junto a la pared—. Las revisará antes de que empecemos a clasificar nada.

—Vale.

Me agaché a su lado y pasé los dedos por la grieta.

—No parece profunda.

—Eso creo. Ha aparecido al sacar el último panel.

Golpeé suavemente alrededor y comprobé el resto de la superficie.

—Es del revestimiento. La pared está bien.

—Mejor. Ya tenemos suficientes sorpresas por hoy.

—No digas eso muy alto.

Nos levantamos y fui a buscar a Mara, que estaba en uno de los futuros salones revisando el espacio bajo las ventanas. Durante el resto de la mañana seguimos con el proyecto y no volvimos a hablar de las cajas.

Antes de marcharme pasé otra vez por la antigua zona administrativa. Ross había terminado de retirar el armario y estaba limpiando el hueco cuando vi una carpeta fina atrapada entre la pared y uno de los tablones que acababan de desmontar.

—Se os ha quedado esto.

La recogí y le quité parte del polvo con la mano. En la portada había una fecha escrita a bolígrafo y dos palabras debajo.

1998 Mantenimiento. Incidencias.

—Otra para la colección —dijo Ross.

La abrí para comprobar si pertenecía al mismo archivo. Las primeras hojas estaban llenas de anotaciones breves: humedades, reparaciones eléctricas, problemas con una caldera, revisiones de cubierta y pequeñas intervenciones repartidas por distintas zonas del edificio.

Pasé una página más.

Caballerizas. Acceso restringido hasta revisión estructural.

Debajo aparecía una fecha y unas iniciales que no reconocí.

—Callum —me llamó Ewan desde el pasillo.

Cerré la carpeta y salí con ella en la mano.

—Esta se había quedado detrás del armario.

Ewan la cogió.

—¿También es de los noventa?

—Del noventa y ocho.

—La subo con las demás.

Se la llevó bajo el brazo y yo fui hacia la salida. Todavía tenía que pasar por el taller antes de volver a casa y comprobar cómo habían avanzado con dos de los paneles de la biblioteca, así que guardé las herramientas en la furgoneta y salí del hotel.