Capítulo 8
Mara
Salí del hotel cerca de las seis con la agradable sensación de haber aprovechado bien el día.
La visita a Fraser Heritage Restoration me había servido para cerrar varias decisiones, después había conseguido avanzar con Ewan en dos de las suites y, por primera vez desde que había llegado, mi lista mental de cosas pendientes para la mañana siguiente no llegaba a veinte; se había quedado en diecisiete, pero algo era algo.
Antes de volver a casa tenía que pasar por la inmobiliaria.
Jamie me había escrito a mediodía para decirme que todavía guardaba allí una carpeta con documentación del último alquiler, las copias de las llaves que habían entregado los inquilinos y un par de cartas que habían llegado después de que se marcharan.
Podía haberlo dejado para otro día, pero la oficina me pillaba prácticamente de camino y empezaba a apetecerme tener controlado todo lo relacionado con la casa.
Aparqué en la calle principal y tardé unos segundos en bajar. Había pasado por allí al llegar, pero conducir pendiente de no meterme por el lado equivocado de la carretera no era lo mismo que caminar sin prisa por un lugar que conocía de memoria y, al mismo tiempo, ya no del todo.
Algunas cosas seguían exactamente donde las recordaba.
La panadería conservaba el mismo escaparate estrecho, el pub de la esquina continuaba ocupando un edificio de piedra que parecía llevar allí desde antes de que alguien inventara las reformas y hasta el banco junto a la plaza seguía ligeramente torcido.
Otras habían cambiado de nombre, de dueño o directamente habían desaparecido, y me sorprendió descubrir que podía distinguir unas de otras sin pensarlo demasiado.
La oficina de Jamie estaba unos metros más adelante. El rótulo era nuevo y el interior también había cambiado bastante desde la última vez que había entrado, aunque a él lo encontré igual que siempre, hablando por teléfono detrás de una mesa mientras hacía señas a alguien al otro lado del local.
Me vio nada más cruzar la puerta, levantó un dedo para indicarme que esperara y terminó la llamada unos segundos después.
—Mira quién se acuerda de que existo.
—Me has escrito tú.
—No me estropees el recibimiento.
Sonreí mientras se levantaba para dar la vuelta a la mesa. Jamie MacLeod seguía teniendo esa facilidad para comportarse como si hubiéramos hablado el día anterior aunque hubieran pasado meses o incluso años desde la última vez que nos habíamos visto con calma.
Nos dimos un abrazo y se apartó para mirarme.
—Milán te sienta bien.
—A ti vender casas tampoco parece haberte sentado mal.
—Eso es porque cobro comisiones indecentes.
—Por lo menos tú lo reconoces.
—Callum te está pegando malas costumbres.
—Callum y yo ya discutíamos dinero mucho antes de vernos la cara.
—Créeme, lo sé. He estado en medio demasiadas veces.
Fue hasta un armario y sacó una carpeta bastante más gruesa de lo que esperaba.
—Aquí tienes el inventario final, lecturas de suministros, documentación del depósito, las llaves que devolvieron y algunas cosas que fueron llegando después. Te envié casi todo por correo, pero como ahora estás aquí pensé que preferirías tener también los originales.
—Has pensado bien.
—Sigues siendo igual de controladora.
—Organizada.
—Claro.
Abrí la carpeta por encima y comprobé que estaba todo separado por apartados. Jamie podía bromear lo que quisiera, pero sabía perfectamente cómo me gustaban las cosas.
—¿Devolvieron todas las copias? —pregunté mientras miraba el pequeño sobre donde estaban las llaves.
—Sí. Las dos que constaban en el contrato.
Asentí y cerré la carpeta.
—¿Vosotros seguís teniendo la vuestra?
—La copia de gestión, sí. Y Callum conserva la que usa cuando hay alguna reparación, como siempre. Si quieres que retiremos alguna, dímelo.
—No, no hace falta.
Jamie me observó un momento.
—¿Algún problema?
—Ninguno. El otro día encontré abierta la puerta del despacho cuando estaba casi segura de haberla dejado cerrada y uno de los cajones también estaba un poco abierto. Me dio por pensar en las llaves, pero seguramente fui yo.
—¿Faltaba algo?
—No.
—Entonces no me preocuparía demasiado.
—Gracias por la tranquilidad que transmites.
—De nada. Para tranquilizarte estás tú sola; yo me dedico a vender casas.
Me reí y dejé la carpeta sobre la mesa mientras él recogía un par de cosas del escritorio.
—¿Ya cierras?
—Llevo diez minutos intentando hacerlo. Entonces has aparecido tú y he tenido que fingir profesionalidad.
—No te he visto fingirla en ningún momento.
—Porque lo hago muy bien.
Se puso la chaqueta y apagó una de las lámparas.
—¿Has comido algo decente hoy?
—Sí.
Me miró.
—Eso ha sonado demasiado rápido.
—He comido.
—No he preguntado eso.
—Jamie.
—Voy a tomar algo antes de volver a casa. Vente.
Miré la hora.
—Tengo que comprar cuatro cosas.
—El supermercado no va a desaparecer en los próximos cuarenta minutos.
—Eso espero, porque no tengo prácticamente nada en la nevera.
—Perfecto. Así tienes otra razón para venir.
—No entiendo la lógica.
—No hace falta.
Salimos de la oficina y esperé mientras cerraba. El pub estaba al otro lado de la calle y ya iba a decirle que aceptaba una cerveza rápida cuando vi a Callum acercarse desde la plaza con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
Esta vez no llevaba ropa de trabajo ni traje, sino vaqueros oscuros y un jersey, y empezaba a preocuparme un poco poder reconocerlo desde tan lejos con tanta facilidad.
Jamie siguió mi mirada.
—Ah, perfecto.
—¿Perfecto por qué?
—Porque había quedado con él.
Me volví hacia Jamie.
—Podrías haberlo mencionado.
—¿Para qué?
—Para saberlo.
—Ahora ya lo sabes.
Callum llegó hasta nosotros y miró primero a Jamie y después a mí.
—Hola.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
Levanté la carpeta.
—Recuperando oficialmente la custodia de mi casa.
Jamie abrió la puerta del pub .
—Y yo voy a conseguir que los dos dejéis de hablar de trabajo durante al menos media hora.
—Ambicioso —dijo Callum.
—Siempre.
Entramos y elegimos una mesa junto a una de las ventanas.
No había demasiada gente todavía y agradecí que Jamie no se empeñara en recorrer el local saludando a medio pueblo antes de sentarse, aunque tardó menos de cinco minutos en levantar la mano dos veces y responder a alguien que lo llamó desde la barra.
—Esto no ha cambiado nada —comenté.
—¿El qué?
—Tú conociendo a todo el mundo.
—Ventajas de no largarte diez años a Italia.
—Casi diez.
—Perdón. Fundamental la precisión.
Callum me miró por encima de su vaso.
—Lo es para ella.
—No empieces tú también.
Jamie sonrió.
—Me gusta esto.
—¿El qué? —pregunté.
—Nada.
Callum lo señaló con un gesto.
—No le preguntes. Luego habla durante veinte minutos.
—Y aun así sigues quedando conmigo.
—Tengo pocos amigos.
—Eso explica mucho —dije.
Callum soltó una risa y Jamie se llevó una mano al pecho.
—Me habéis hecho daño entre los dos y todavía no llevamos ni cinco minutos.
La conversación siguió sin demasiado esfuerzo.
Jamie me contó un par de cambios del pueblo que yo no conocía, me puso al día sobre gente que recordaba del colegio y descartó varias historias antes de terminarlas porque, según él, necesitaban alcohol más fuerte que una cerveza.
Yo acabé riéndome más de lo que esperaba y, sobre todo, descubrí una versión de Callum bastante distinta de la que veía cuando estábamos trabajando.
Con Jamie hablaba y se reía más, además de no parecer tan pendiente de medir las palabras antes de soltarlas.
Seguía siendo el mismo hombre seco capaz de responder con tres cuando cinco le parecían un exceso, pero allí estaba mucho más relajado y me sorprendí mirándolo varias veces mientras discutía con Jamie por alguna tontería que ninguno de los dos parecía tener intención de tomarse en serio.
—¿Qué tal el proyecto? —preguntó Jamie en algún momento.
—Bien —respondí—. Mucho trabajo, pero bien.
—¿Y cuánto tiempo vas a estar?
—En principio, unos ocho meses. Dependerá de cómo avance la obra.
Jamie silbó.
—Eso ya no es una visita.
—No. Por eso dije que no volvierais a alquilar la casa.
—¿Y después?
Me encogí de hombros.
—Después volveré a Milán.
Lo dije sin darle demasiada importancia porque, a día de hoy, era exactamente lo que iba a ocurrir. Tenía mi trabajo allí, mi piso, mis amigos y una vida que me gustaba. El proyecto tenía principio y final, aunque todavía faltaran muchos meses para terminarlo.
Callum dio un trago a su cerveza y no dijo nada; Jamie, en cambio, nunca había tenido ningún problema con los silencios y tardó muy poco en llenarlo.
—En ocho meses te va a dar tiempo a recordar por qué esto también era tu casa.
Aquello me pilló un poco desprevenida.
—No lo he olvidado.
Jamie sostuvo mi mirada un instante y, por una vez, no hizo ninguna broma.
—Ya.
Agradecí que no siguiera por ahí. No me apetecía explicar qué significaba volver ni mucho menos hacerlo delante de Callum, así que agarré mi vaso y señalé a Jamie con él.
—Cambia de tema o me voy al supermercado.
—Amenaza seria.
—Muchísimo.
Jamie obedeció y empezó a contarme que la antigua profesora de química seguía viviendo a dos calles de allí y continuaba aterrorizando adolescentes aunque llevara años jubilada.
Diez minutos después estábamos hablando de otra cosa y yo había dejado de pensar en la casa, en mi madre y en todo lo que no tenía ninguna intención de remover aquella tarde.
Cuando miré la hora había pasado bastante más de la media hora prometida.
—Tengo que irme.
—El supermercado sigue en pie —dijo Jamie.
—Gracias por comprobarlo.
—Es un servicio que ofrecemos en la inmobiliaria.
Me puse la chaqueta y Callum se levantó también.
—Yo me voy.
Jamie nos miró a los dos con una sonrisa que conocía demasiado bien.
—Qué casualidad.
—Hasta mañana, Jamie —respondió Callum.
Decidí hacer exactamente lo mismo antes de que se le ocurriera añadir algo.
Salimos los tres y Jamie se despidió casi en la puerta porque vivía en dirección contraria. Callum y yo seguimos unos metros por la calle hasta llegar donde había dejado mi coche.
—Así que ocho meses —dijo.
—Aproximadamente.
—No sabía que después pensabas volver a Milán.
—¿Qué pensabas que iba a hacer?
Se encogió de hombros.
—No lo había pensado.
—Pues volver a mi vida.
Callum asintió como si aquello fuera la respuesta más lógica del mundo.
—Tiene sentido.
No sé por qué me molestó un poco que lo aceptara con tanta facilidad. Era exactamente lo que acababa de decir y tampoco esperaba que un hombre al que conocía desde hacía cuatro días se pusiera a discutir mis planes de futuro, así que el problema era exclusivamente mío.
Abrí el coche y dejé la carpeta en el asiento trasero.
—Mañana te mando la propuesta de las puertas del ala norte.
—Pensaba que ya habíamos dejado de trabajar por hoy.
—No estamos trabajando. Te estoy avisando para que mañana no puedas decir que te pillo por sorpresa.
—Eso suena bastante a trabajo.
—Buenas noches, Callum.
Sonrió.
—Buenas noches, Mara.
Subí al coche y lo vi alejarse por el retrovisor antes de arrancar.
Había salido de la inmobiliaria pensando en comprar comida y volver a casa, y había acabado tomando una cerveza con dos hombres a los que conocía desde hacía años de maneras completamente distintas, aunque ninguno hubiera formado realmente parte de mi vida durante mucho tiempo.
Con Jamie era fácil entenderlo: pertenecía a una etapa anterior y simplemente habíamos seguido caminos distintos.
Con Callum resultaba bastante más raro. Habíamos pasado años reducidos a correos, llamadas y presupuestos y, en menos de una semana, empezaba a costarme recordar cómo había sido posible no saber siquiera qué cara tenía.