Capítulo 7
Callum
A las diez de la mañana ya llevaba un par de horas trabajando y empezaba a arrepentirme de haberle dicho a Mara que se pasara por allí antes de comer.
No porque me molestara enseñarle lo que estábamos haciendo, sino porque desde que había llegado parecía haber desarrollado la costumbre de querer verlo todo en persona.
Fotografías, muestras, medidas, acabados…
Si algo podía tocarse, compararse o ponerse bajo una luz distinta, Mara quería hacerlo antes de decidir.
Profesionalmente no podía reprochárselo; personalmente empezaba a sospechar que iba a obligarme a mantener aquello más ordenado de lo habitual durante los próximos meses.
Dejé sobre la mesa las dos pruebas que habíamos preparado para los paneles de la biblioteca y comparé una vez más los acabados.
La primera respetaba prácticamente por completo el tono que habíamos recuperado bajo las capas antiguas; en la segunda habíamos aplicado una protección que oscurecía ligeramente la madera y realzaba más la veta.
Las dos funcionaban, aunque yo tenía bastante claro cuál elegiría y no tanto si Mara pensaría lo mismo.
La puerta lateral se abrió poco después y uno de los chicos asomó la cabeza.
—La diseñadora de Milán está fuera.
—Tiene nombre.
—También tiene un coche que está bloqueando media entrada.
Cerré los ojos un segundo.
—Eso sí suena a ella.
Salí y la encontré junto al coche, mirando alrededor con las llaves en la mano.
—Antes de que digas nada, no había ninguna señal.
—Hay una puerta bastante grande.
—He supuesto que era para entrar.
—Lo es. Por eso conviene no dejar un coche delante.
Mara miró la puerta, después el coche y finalmente a mí.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Acabo de hacerlo.
Me lanzó una mirada que prometía discusión, pero volvió a subir al coche y lo desplazó unos metros hasta dejar libre el acceso. Cuando regresó llevaba la tableta bajo el brazo y una carpeta en la mano.
—¿Así pasa la inspección?
—Por poco.
—Menos mal. Me preocupaba decepcionar al departamento de aparcamientos de Fraser Heritage Restoration.
Entramos y la conversación terminó ahí porque Mara se quedó mirando el espacio con bastante más interés del que esperaba.
El edificio había sido originalmente un almacén agrícola y conservaba parte de la estructura de piedra y las grandes vigas del techo, aunque por dentro lo habíamos adaptado durante años hasta convertirlo en algo bastante distinto del pequeño negocio de mantenimiento que había tenido mi tío.
A un lado estaban las zonas de carpintería y tratamiento de madera; al fondo, el espacio destinado a piedra y piezas de mayor tamaño.
Había bancos de trabajo, herramientas, maquinaria, estanterías llenas de muestras y varias piezas procedentes del hotel repartidas entre las mesas.
Aquella mañana teníamos también dos puertas antiguas apoyadas sobre caballetes y parte de una barandilla desmontada esperando reparación.
Mara avanzó unos pasos.
—Vale. Esto no me lo esperaba.
—¿Tan mal concepto tenías de mí?
—Te conocí debajo de un fregadero. Reconoce que no empezaste poniéndomelo fácil.
—Y aun así has venido.
—Por trabajo, Fraser. No te vengas arriba.
La acompañé hasta la mesa donde habíamos dejado los paneles y apoyó la carpeta antes de inclinarse para observarlos.
—¿Estas son las dos opciones?
—Sí. La de la izquierda lleva solo la protección necesaria. En la otra hemos usado un acabado que marca un poco más la veta y oscurece ligeramente el conjunto.
Pasó la mano por la primera muestra y luego por la segunda, observándolas desde distintos ángulos.
—Me gusta más esta —dijo señalando la izquierda.
—A mí también.
Mara me miró.
—Qué decepción.
—¿Por qué?
—Pensaba que íbamos a discutir.
—Podemos hacerlo si te hace ilusión.
—No hace falta. Ya tendremos tiempo.
Cogió una de las muestras y se acercó a la ventana para verla con luz natural. Esperé mientras la giraba un par de veces y volvía a compararla con la otra.
—Definitivamente esta. La segunda es bonita, pero si oscurecemos otra vez la madera acabaremos compensándolo todo después con iluminación y tejidos. No tiene sentido.
—Estamos de acuerdo.
Mara me miró con desconfianza.
—No me gusta nada la facilidad con la que has dicho eso.
—Puedo llevarte la contraria si así te sientes más cómoda.
—Ahora sí te reconozco.
Sonrió y dejó la muestra en su sitio. Yo aproveché para enseñarle uno de los paneles completos que ya habíamos empezado a restaurar y estuvimos un rato revisando las zonas donde la madera estaba más dañada.
Mara preguntaba bastante, pero no por llenar silencios; quería saber qué se podía recuperar, qué acabaría viéndose y hasta dónde podíamos intervenir sin que el resultado pareciera nuevo, algo que no era tan habitual como podría parecer.
Había trabajado con diseñadores que solo se interesaban por el aspecto final y otros que pretendían conservar cada marca como si el desgaste por sí mismo tuviera valor.
Mara parecía situarse en un punto bastante razonable entre ambos extremos: quería que se notaran los años del edificio, pero no que los huéspedes tuvieran la sensación de estar durmiendo en una casa abandonada con sábanas caras.
—¿Y esto? —preguntó señalando una zona más clara en la parte inferior del panel.
—Una reparación antigua. Cambiaron ese trozo hace probablemente cuarenta o cincuenta años.
—Se nota muchísimo.
—Ahora sí. Cuando terminemos, bastante menos.
—¿Pero se seguirá viendo?
—Si sabes dónde mirar.
Mara sonrió.
—Me gusta.
—¿Que se vea una reparación?
—Que no intentéis fingir que nunca pasó nada. Tiene más sentido dejar alguna huella que convertir todo esto en una imitación perfecta de sí mismo.
La miré un momento antes de asentir.
—En eso estamos de acuerdo.
—Dos veces en menos de media hora. Esto empieza a preocuparme.
—A mí también.
Seguimos hacia la zona de carpintería y le enseñé las puertas que estábamos restaurando para el ala norte. Una tenía varias capas de pintura y la otra ya mostraba parte de la madera original después de las primeras pruebas.
Mara dejó la tableta sobre un banco de trabajo y se acercó.
—¿También queréis dejarlas en madera?
—Depende de lo que encontremos debajo. Si están bien, sí. Si no, las pintaremos otra vez.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque empezaba a pensar que ibas a obligarme a vivir rodeada de madera oscura durante ocho meses.
—No trabajo para torturarte.
—Eso todavía está por demostrar.
Iba a responder cuando uno de los operarios pasó detrás de nosotros empujando una estructura metálica con varias piezas apoyadas. Mara se apartó para dejarle espacio y acabó demasiado cerca de mí, lo suficiente para que durante un instante dejara de prestar atención a la puerta que tenía delante.
Olía a algo suave que no supe identificar y llevaba el pelo suelto, distinto del día anterior en el hotel. No había nada especialmente extraordinario en ninguna de las dos cosas, pero mi atención decidió entretenerse con ellas más tiempo del necesario.
Mara levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Te has quedado parado.
—Estaba esperando a que pasaran.
Miró hacia atrás. El operario ya estaba varios metros más allá.
—Claro.
Me aparté antes de que pudiera añadir nada y cogí la tableta que había dejado sobre el banco.
—¿Quieres ver las pruebas de piedra o has venido únicamente a cuestionar mis decisiones sobre madera?
—He venido a cuestionar todas las que me dé tiempo.
—Eso tiene más sentido.
Fuimos hacia el fondo de la nave y, por suerte, Mara volvió a centrarse en el trabajo, algo que yo también intenté hacer.
Le enseñé las pruebas que habíamos hecho con la piedra de dos chimeneas del ala oeste y se agachó para observarlas mejor.
—Esta no es la de la suite de ayer.
—No. Esa sigue en el edificio. Estas son de otras dos habitaciones.
—¿Están igual de cubiertas?
—Más. Una lleva décadas pintada.
—¿Y vais a recuperarla?
—Si debajo encontramos piedra que merezca la pena, sí.
Mara pasó un dedo por uno de los bordes.
—Me gustaría mantenerlas distintas.
—¿En qué sentido?
—No quiero que todas las suites parezcan variaciones de la misma habitación. Si una chimenea funciona en piedra, dejamos piedra. Si otra necesita pintura, buscamos un tono que tenga sentido con ese espacio. Prefiero que el edificio mande un poco.
Aquello me hizo mirarla.
—¿Qué?
—Nada. Pensaba que ibas a intentar llevarlas todas al mismo acabado.
—¿Por qué?
—Porque es lo más fácil para mantener una línea común.
—Una línea común no significa copiar y pegar doce habitaciones.
No pude evitar sonreír.
—Eso ha sonado casi como algo que diría yo.
—Deberías empezar a preocuparte.
—Ya lo estoy.
Nos quedamos allí casi una hora más revisando madera, piedra, herrajes y varias piezas que todavía no tenían un destino decidido. En algún momento Mara dejó de mirar el reloj y yo también, hasta que uno de los trabajadores pasó a avisarme de que el proveedor que esperaba acababa de llegar.
Miré la hora y comprobé que era bastante más tarde de lo que pensaba.
—Tengo que atenderlo.
—Y yo debería volver al hotel antes de que Ewan piense que me has secuestrado.
—No creo que fuera su primera hipótesis.
—No conoces a Ewan lo suficiente.
Cogió la carpeta y la tableta, pero antes de marcharse volvió hacia los paneles de la biblioteca.
—¿Cuánto tardaréis con todos?
—Si no aparece ninguna sorpresa, unas tres semanas.
—¿Y si aparece?
—Aparecerá.
—Qué optimista.
—Trabajo con edificios viejos. Es una cuestión de estadística.
Mara se rio y echamos a andar hacia la salida.
—Te mando esta tarde los cambios de la suite .
—Cuando Ewan confirme las instalaciones.
—Ya lo ha hecho.
—¿Cuándo?
—Esta mañana, antes de venir.
La miré.
—Entonces ya lo tenías decidido.
—Quería comprobar las medidas otra vez.
—Las tomé yo.
—Precisamente por eso las comprobé.
No pude discutirle eso porque habría hecho exactamente lo mismo, así que me limité a mirarla un momento antes de responder.
—Voy a recordarte esa frase.
—Apúntala. Seguro que tienes una libreta centenaria que quieres conservar.
Llegamos a la puerta y Mara abrió el coche para dejar la carpeta en el asiento antes de volverse hacia mí.
—Gracias por enseñármelo.
—Pensaba que habías venido a trabajar.
—También. Pero me ha gustado verlo.
Lo dijo sin rastro de broma y tardé un poco más de la cuenta en responder.
—Cuando quieras.
Mara asintió y subió al coche. Esperé a que arrancara y, por desgracia, consiguió salir sin bloquear ninguna entrada, atropellar ningún cono ni hacer nada que pudiera utilizar en su contra más adelante.
Volví dentro porque el proveedor seguía esperándome y tenía que revisar con él un pedido antes de que se marchara.
Aun así, durante los primeros minutos me costó bastante más de lo habitual concentrarme en lo que me estaba diciendo.
Mara parecía entrar en todas partes de la misma manera: mirando, preguntando y queriendo entender qué tenía delante antes de decidir qué hacer con ello, y empezaba a sospechar que conmigo estaba haciendo exactamente lo mismo.