Capítulo 6
Mara
A las nueve menos cinco ya estaba en la biblioteca del hotel con un café en una mano y la tableta en la otra, repasando anotaciones del día anterior mientras esperaba a Callum.
Había llegado con la intención de empezar por la muestra de los paneles y terminar después en el ala oeste, donde una de las chimeneas llevaba dos días complicándome una distribución que, sobre el plano, había funcionado perfectamente.
Eso era lo malo de los edificios antiguos: sobre el papel se comportaban de maravilla. Luego llegabas, medías una pared y descubrías que alguien, doscientos años antes, había decidido poner treinta centímetros de piedra exactamente donde tú necesitabas que no hubiera nada.
Callum apareció unos minutos después con una pieza de madera bajo el brazo y la dejó sobre una de las mesas protegidas con plástico.
—Buenos días.
—Llegas tarde.
Miró el reloj.
—Son las nueve.
—Exactamente.
—Empiezo a entender por qué te mandaron a dirigir esto.
Me acerqué a la muestra antes de que pudiera seguir tocándome las narices. Era uno de los paneles de la biblioteca, restaurado solo en una parte para que pudiéramos comparar el acabado original con las capas que había ido acumulando durante años.
La diferencia era todavía mayor de lo que parecía en las fotografías.
—Vale —admití—. Esto cambia bastante las cosas.
Callum se apoyó en la mesa.
—¿Quieres que te deje un momento a solas para que puedas decir que tenía razón?
—No estropees el momento.
Pasé los dedos por la zona restaurada. La madera seguía siendo oscura, pero había recuperado un tono cálido que funcionaba mucho mejor con la luz de la habitación y, sobre todo, nos permitía conservar los paneles sin convertir la biblioteca en una cueva.
—Si podéis conseguir este mismo acabado en todos, mantengo la propuesta de iluminación y cambio los tejidos. Con algo más claro en las cortinas y el mobiliario debería funcionar.
—Podemos hacerlo. En dos paneles tendremos que restaurar un poco más, pero no veo ningún problema serio.
—Entonces adelante.
Me miró durante un segundo, como si esperara algo más.
—¿Qué?
—Nada.
—Callum.
—Estoy disfrutando de esto.
—Pues disfrútalo rápido, porque ahora vamos a la chimenea y ahí no pienso ponértelo tan fácil.
Sonrió, cogió la muestra y la dejó apartada para que uno de sus trabajadores se la llevara después.
—Eso ya suena más a ti.
Fuimos hacia el ala oeste mientras yo abría los planos en la tableta.
La suite ocupaba dos antiguas habitaciones que se habían unido en una reforma hacía unos años y, aunque el espacio era amplio, la distribución no daba tanto margen como parecía porque uno de los muros era estructural, las ventanas condicionaban bastante la posición de la cama y el baño tenía que mantenerse cerca de las bajantes existentes.
Para terminar de complicarlo, estaba la chimenea.
Entramos y fui directamente a ella.
—Aquí.
Callum dejó el metro y una pequeña carpeta sobre el alféizar.
—Ya sé dónde está.
—Me tranquiliza.
—Llevo trabajando en este edificio bastante más de dos semanas.
—Y yo llevo dos semanas intentando conseguir que esta habitación funcione, así que estamos empatados.
Se agachó frente a la chimenea sin responder y retiró con cuidado una de las protecciones que habían colocado durante la obra. Yo aproveché para volver a mirar el plano.
Mi propuesta colocaba la cama en la pared contigua, con un pequeño vestidor detrás y acceso al baño desde el lateral. El problema era que el volumen de la chimenea invadía más espacio del que figuraba en los planos originales y dejaba un paso demasiado estrecho entre la cama y el mobiliario.
—Si reducimos esta parte —dije señalando uno de los laterales—, recupero casi treinta centímetros y no tengo que tocar el resto de la distribución.
Callum ni siquiera levantó la cabeza.
—No.
Lo miré.
—¿Perdona?
—Has preguntado qué podemos hacer. Eso no podemos hacerlo.
—No he preguntado. Te estoy diciendo lo que necesito.
—Y yo te estoy diciendo que no puedes tenerlo.
Dejé la tableta sobre una caja cercana y me acerqué.
—¿Por qué?
Entonces sí se incorporó y señaló la zona que yo quería reducir.
—Porque esto no es añadido, aunque lo parezca. Ha revestido parte de la piedra en una reforma posterior, pero la estructura original continúa detrás. Si quitamos ese lateral para ganar espacio, nos cargamos uno de los apoyos.
—¿Y cuánto ocupa realmente?
—Todavía tengo que abrir un poco más para saberlo.
—Entonces tampoco sabes que no podamos ganar nada.
—Sé que treinta centímetros no.
—Con veinte me apaño.
—Tampoco.
—Quince.
Callum me miró con una paciencia que empezaba a tocarme bastante las narices.
—Esto no es un mercadillo, Mara.
—Y esto no es un museo, Callum.
Se hizo un breve silencio y, por la forma en que arqueó una ceja, supe que había conseguido exactamente lo que pretendía: picarlo.
—Nunca he dicho que lo sea.
—No, pero cada vez que propongo tocar algo antiguo te pones a la defensiva.
—Porque sueles querer tocar justo lo que no deberías.
—Eso lo dices tú.
—Para eso estoy aquí.
Se agachó de nuevo y retiró con cuidado parte del revestimiento de un lateral. Yo me quedé a su lado observando cómo aparecía poco a poco la piedra original.
—Mira.
Me incliné.
—Estoy mirando.
—Esto continúa hasta aquí.
Marcó con un lápiz una línea sobre la protección del suelo y después extendió el metro.
—Veintisiete centímetros.
—Fantástico.
—Te dije que treinta no.
—No hace falta que disfrutes tanto.
—No estoy disfrutando.
—Ya.
Cogí la tableta y amplié el plano. Si la chimenea se quedaba tal como estaba, la cama no podía mantenerse en aquella posición. Podía moverla a la pared contraria, pero entonces perdía la vista hacia las ventanas y convertía la entrada al vestidor en un pasillo absurdo.
Callum se colocó a mi lado.
—¿Qué necesitas exactamente?
—Que una persona pueda pasar por aquí sin tener que entrar de lado.
—Eso suele ser recomendable en un hotel.
—Gracias por tu aportación.
Le enseñé el plano y marqué la distancia entre el pie de la cama y el mueble que había previsto frente a ella.
—Con la chimenea ocupando esto, me quedo corta. Puedo reducir el fondo del mueble, pero entonces pierdo almacenamiento y ya voy justa porque el vestidor tampoco es enorme.
Callum cogió la tableta con cuidado y estudió la distribución durante unos segundos.
—¿Y si mueves esta pared?
—Detrás está el baño.
—Ya lo veo.
—Y las bajantes están aquí.
—También las veo.
—Entonces entenderás el problema.
Amplió el plano.
—No te estoy diciendo que cambies el baño de sitio. Solo que robes espacio aquí.
Señaló el tabique que separaba el vestidor de una pequeña zona de paso.
—Si desplazas esto quince centímetros, puedes mover el armario al otro lado y liberar esta pared.
Lo miré.
—Eso me estrecha la entrada.
—No si eliminas este mueble.
—Ese mueble está ahí por algo.
—¿Por qué?
Abrí la boca para responder, pero volví a mirar el plano y tuve que admitir, muy a mi pesar, que el mueble no era imprescindible. Me gustaba allí porque cerraba visualmente la entrada y me permitía apoyar una lámpara y algunas piezas decorativas, pero podía resolver esa zona de otra forma.
Callum debió de darse cuenta de que acababa de llegar a la misma conclusión porque sonrió.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Puedes tomarte tu tiempo.
—Como sigas hablando, voy a volver a los treinta centímetros.
Se rio y me devolvió la tableta.
Moví un par de elementos sobre el plano mientras calculaba medidas.
Si desplazábamos ligeramente el tabique, girábamos el armario y reducíamos el fondo de una consola, podía mantener la cama donde quería y conservar la chimenea completa.
Incluso ganaba una pared limpia para colocar una pieza de arte frente a la entrada.
No era mi distribución original, pero era mejor, y eso me molestaba únicamente porque se le había ocurrido a él antes que a mí.
—Podría funcionar —admití.
Callum sonrió.
—No conviertas esto en una victoria.
—La chimenea sigue en su sitio y tú tienes la distribución que querías. Yo diría que hemos ganado los dos.
—Qué diplomático te has vuelto de repente.
—Es el edificio. Saca lo mejor de mí.
Esta vez se echó a reír de verdad y yo también terminé sonriendo, aunque intenté disimularlo mirando otra vez la pantalla.
—Necesito que Ewan confirme que podemos desplazar el tabique esos centímetros sin afectar a las instalaciones.
—Se lo preguntamos.
—Y quiero las medidas exactas de la chimenea antes de modificar el plano.
—Te las tendré esta tarde.
—¿Ves? Cuando quieres, eres útil.
—Voy a fingir que eso ha sido un cumplido.
—Haz lo que necesites para ser feliz.
Seguimos revisando la habitación y, una vez superada la pelea por la chimenea, el resto fue bastante más fácil.
Callum detectó una zona de humedad junto a una de las ventanas que no aparecía en el último informe y yo aproveché para comprobar alturas, puntos de luz y el espacio real que tendríamos para la iluminación indirecta.
Trabajar con él tenía una ventaja que no pensaba reconocer en voz alta: veía cosas distintas a las que veía yo.
Yo entraba en una habitación y pensaba en cómo iba a utilizarla alguien, qué recorrido haría, dónde caería la luz o qué sensación tendría al abrir la puerta.
Callum miraba la misma habitación y veía qué había detrás de una pared, cuánto peso soportaba un suelo o qué parte de una ventana podía salvarse sin sustituirla entera.
Por separado seguramente los dos habríamos hecho bien nuestro trabajo, pero juntos el resultado podía ser bastante mejor, aunque eso no significara que fuera a darle la razón más veces de las estrictamente necesarias.
Salimos de la suite cerca de las once y nos encontramos con Ewan en el pasillo. Le explicamos el cambio del tabique y estuvo revisando el plano unos minutos antes de confirmar que, en principio, no veía ningún problema.
—Lo comprobaré con las instalaciones, pero esos quince centímetros deberían salir sin tocar las bajantes.
Callum me miró.
—Quince.
—Ni se te ocurra.
Ewan levantó la vista de la tableta.
—¿Me he perdido algo?
—No —respondimos los dos al mismo tiempo.
Ewan sonrió de una forma que no me gustó nada.
—Perfecto. Entonces sigo sin querer saberlo.
Nos dejó allí y siguió hacia la escalera.
—Creo que ya estamos dando espectáculo —murmuré.
—Habla por ti.
—Tú empezaste con la chimenea.
—La chimenea lleva aquí más tiempo que los dos. Si alguien empezó algo, fue ella.
Lo miré.
—Acabas de culpar a una chimenea.
—Y tengo argumentos.
Negué con la cabeza mientras echábamos a andar hacia la biblioteca.
Había algo irritante en lo fácil que resultaba pasar de discutir con Callum a estar perfectamente de acuerdo cinco minutos después, como si ninguna de las dos cosas tuviera demasiada importancia.
Quizá por eso estaba empezando a gustarme trabajar con él, aunque, por supuesto, prefería no pensar todavía en si lo que me gustaba se limitaba únicamente al trabajo.
✤ ✤ ✤ ✤
Llegué a casa algo después de las siete, cansada pero bastante satisfecha con el día.
Habíamos conseguido cerrar varias decisiones importantes, Ewan había confirmado el cambio de la suite y Giulia me había enviado tres opciones nuevas para los tejidos de la biblioteca después de que le mandara una fotografía de la muestra restaurada.
Dejé el bolso sobre la consola, me quité los botines y fui directa a la cocina pensando seriamente en cenar cualquier cosa que pudiera prepararse en menos de diez minutos.
Al pasar junto al pequeño despacho, sin embargo, me detuve porque la puerta estaba abierta y estaba casi segura de haberla dejado cerrada aquella mañana.
Entré despacio. La habitación seguía igual que el día anterior: el escritorio de mi madre junto a la ventana, las estanterías todavía llenas de libros y un par de cajas que la inmobiliaria había dejado allí con documentos de la casa que yo aún no había revisado.
Solo había algo que me llamó la atención: uno de los cajones del escritorio estaba ligeramente abierto.
Me acerqué y lo cerré con la mano. Seguramente lo había dejado así yo misma; entre el viaje, el trabajo y todo lo que llevaba en la cabeza desde que había llegado, tampoco sería raro que no recordara cada cosa que había tocado.
Antes de salir miré alrededor una vez más, más por quitarme aquella sensación absurda que porque esperara encontrar algo fuera de sitio. No parecía faltar nada o, al menos, nada que yo pudiera notar.