Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 5
16%

Capítulo 5

Callum

A media tarde aparqué junto a la casa de Mara con la pieza de la ventana en la furgoneta y con la convicción de que, a partir de entonces, iba a tener que acostumbrarme a verla en dos sitios muy distintos.

Por la mañana había estado sentada frente a mí hablando de materiales, acabados y distribución como si llevara meses trabajando en aquel edificio, y unas horas después volvía a ser la propietaria de la casa a la que llevaba años enviando presupuestos y facturas.

Lo curioso era que las dos versiones encajaban bastante mejor de lo que habría imaginado.

Había esperado que fuera buena en su trabajo.

El estudio de Milán no habría puesto a cualquiera al frente de un proyecto así y, por lo que había visto durante las dos últimas semanas, estaba claro que sabían lo que hacían.

Lo que no esperaba era que Mara escuchara con tanta facilidad cuando alguien le daba una razón de peso para cambiar algo. Eso tenía más mérito del que parecía.

En mi trabajo estaba acostumbrado a arquitectos, diseñadores y propietarios que defendían una idea hasta el final simplemente porque había sido suya.

Mara podía discutir, y sospechaba que lo haría bastante, pero aquella mañana había mirado las fotografías de los paneles, había entendido lo que proponía y había cambiado de opinión sin montar ningún drama.

Me había gustado comprobarlo y, aunque no tuviera absolutamente nada que ver con la restauración de la biblioteca, también me había gustado verla aquella mañana en modo profesional.

Bajé de la furgoneta, cogí la caja de herramientas y la pieza que necesitaba antes de acercarme a la entrada. Llamé al timbre y tardó poco en abrir.

Se había cambiado la ropa que llevaba por la mañana. Llevaba vaqueros, un jersey fino de color claro y el pelo recogido en una coleta, bastante diferente de la mujer que había llegado al hotel con americana, tableta y cara de tener el día organizado por franjas horarias.

—Hola.

—Hola. Pasa.

Se apartó y entré con la caja de herramientas y la pieza de la ventana. Sobre la mesa del comedor había un portátil abierto, varias hojas impresas y lo que parecían muestras de tejidos y papeles de distintos tonos.

—¿Sigues trabajando?

—Intentándolo. Llevo una hora mirando dos acabados que en Milán parecían completamente distintos y aquí, con esta luz, son prácticamente iguales.

—Bienvenida a Escocia.

—Empiezo a sospechar que utilizáis la falta de luz como sistema para ahorrar decisiones.

—Funciona bastante bien.

Mara sonrió y señaló hacia la escalera.

—La ventana te está esperando.

—Qué detalle.

Subí con las herramientas y ella vino detrás de mí.

La ventana estaba en una de las habitaciones del piso superior y ya había dejado desmontada parte de la pieza el día anterior.

Solo necesitaba sustituir una sección del cierre y ajustar de nuevo la hoja, así que no debería llevarme demasiado tiempo.

Mara se apoyó en el marco de la puerta mientras yo abría la caja.

—Tengo una pregunta.

—Eso suele salir caro.

—¿Ves? Por cosas así llevo años discutiéndote facturas.

Saqué un destornillador.

—Pregunta.

—¿Cómo pasaste exactamente de arreglar grifos a tener una empresa como Fraser Heritage Restoration?

La miré.

—No pasé de una cosa a otra de un día para otro.

—Ya me imaginaba que no te levantaste una mañana y decidiste restaurar castillos.

—Mi tío tenía la empresa cuando yo llegué aquí. Entonces hacíamos mantenimiento, pequeñas obras, reparaciones… un poco de todo.

—Eso sí encaja más con el Callum que conocía.

—El Callum que tú conocías eran mis facturas.

—Y algún correo especialmente poco comunicativo.

—También.

Empecé a desmontar el cierre mientras continuaba hablando.

—Mi tío llevaba años diciendo que se jubilaría y mi tía otros tantos amenazándolo con divorciarse si no lo hacía de una vez. No tenían hijos y yo acabé metido en medio sin demasiada resistencia.

—¿Siempre quisiste seguir con la empresa?

—No exactamente. Pero me gustaba el trabajo y empecé a formarme en restauración. Primero madera, después piedra, técnicas de conservación… Fui pasando temporadas fuera y cuando volví definitivamente ya tenía bastante claro hacia dónde quería llevar el negocio.

—¿Y tu tío te dejó hacer todos esos cambios sin protestar?

—Protestó durante años. Y ahora presume de que todo fue idea suya.

Mara se echó a reír mientras yo terminaba de ajustar la nueva pieza y probaba el cierre de la ventana.

—Todavía hacemos algunas reparaciones para clientes antiguos, pero ya no es el centro de la empresa. En tu caso sigo ocupándome yo porque Jamie se empeña en llamarme cada vez que surge algo.

—Eso suena a Jamie.

—Tiene una habilidad especial para pedir favores como si te los estuviera haciendo él a ti.

—Y ya la tenía de adolescente.

Alcé la vista hacia ella.

—¿Lo conoces desde entonces?

—Desde antes. Nuestras familias se conocían y fuimos al mismo colegio durante unos años. No éramos íntimos, pero en un sitio así todo el mundo acaba sabiendo quién es todo el mundo.

Eso explicaba parte de la confianza con la que Jamie hablaba de ella, aunque nunca me había parado a preguntarle de cuándo se conocían. Tampoco era extraño. Jamie podía contar una historia durante veinte minutos y conseguir que al final supieras menos que al principio.

—Entonces ya sabes que discutir con él no sirve de nada.

—Lo sé perfectamente.

Sonreí y terminé de apretar la pieza antes de cerrar la ventana. Esta vez encajó sin resistencia.

—Prueba.

Mara se acercó, abrió y cerró dos veces y después comprobó el tirador.

—Mucho mejor.

—Procura contener la emoción.

—Estoy intentando decidir cuánto vas a cobrarme.

—Jamie ya tiene el presupuesto.

—Naturalmente.

Se apartó de la ventana y me dejó recoger las herramientas.

—Por cierto, lo de esta mañana...

Levanté la vista hacia ella.

—¿Qué parte?

—No te emociones. No voy a disculparme por haberte imaginado con cincuenta y tantos.

—Qué pena.

—Me refería a la biblioteca.

Eso me hizo sonreír.

—Ah.

—La solución de los paneles me gusta. Si la muestra queda como en las fotografías, podemos mantenerlos todos y compensar la luz con el resto del diseño.

—Eso pensaba.

Cerré la caja y me incorporé.

—Mañana llevaré una muestra al hotel.

—Quiero verla con la luz de la biblioteca antes de decidir.

—La veremos allí.

Asintió y empezó a bajar las escaleras conmigo.

—También quiero revisar contigo las chimeneas del ala oeste. Hay una que afecta directamente a la distribución de una de las suites y necesito saber cuánto espacio real tenemos.

—Ewan ya me lo comentó.

—Perfecto. A primera hora, entonces.

—¿Esto significa que a partir de ahora también vas a organizarme la agenda?

—Solo la parte que afecta a la mía.

—Mucho más tranquilizador.

Llegamos al recibidor y Mara miró hacia la cocina.

—¿Quieres un café?

La pregunta me sorprendió lo suficiente como para tardar un segundo en responder.

—¿Eso forma parte del pago de la ventana?

—No. Si formara parte del pago, te ofrecería agua del grifo.

Me reí.

—Entonces sí.

Dejó la carpeta que llevaba en la mano sobre la consola y entramos en la cocina. Mientras preparaba el café, yo aparté la caja de herramientas para no dejarla en medio y me apoyé contra la encimera.

—¿Cuánto llevas viviendo en Milán? —pregunté.

—Casi diez años.

—Es bastante.

—Sí.

No añadió nada más mientras colocaba dos tazas sobre la encimera, y no necesité preguntarle si había vuelto otras veces porque sabía perfectamente cuándo había sido la última. Fiona había muerto cuatro años atrás y Jamie se había hecho cargo de casi todo lo relacionado con la casa poco después.

Mara me tendió una taza.

—¿Azúcar?

—No.

—Bien. No tenía ganas de buscarlo.

Probé el café y la miré.

—Hospitalidad impecable.

—Acabas de cobrarme una ventana. No abuses.

Nos quedamos unos minutos hablando del hotel, aunque esta vez sin planos delante ni nadie esperando que llegáramos a una decisión.

Mara me contó algunos de los proyectos que había hecho en Italia y Francia y entendí mejor por qué el estudio la había mandado allí.

Le gustaban los edificios antiguos, pero no tenía ningún interés en convertirlos en decorados, y cuanto más hablaba más claro quedaba que había aceptado aquel trabajo porque realmente le apetecía hacerlo, aunque regresar a las Highlands no hubiera formado parte de sus planes.

—¿Y tú? —preguntó después—. ¿Nunca te has planteado trabajar fuera otra vez?

—Trabajo fuera cuando el proyecto merece la pena.

—No me refería a unas semanas.

—Ya lo hice durante bastante tiempo mientras me formaba. Ahora tengo la empresa aquí.

—Eso no responde exactamente.

—No tengo ninguna razón para irme.

Mara dio un sorbo al café.

—También es una respuesta.

No insistió y yo tampoco añadí nada, así que terminé el café y dejé la taza junto al fregadero.

—Tengo que irme.

—Gracias por la ventana.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—No te acostumbres. Mañana seguramente volvamos a discutir.

—Contaba con ello.

Me acompañó hasta la puerta y cogí la caja de herramientas antes de salir.

—Callum.

Me volví.

—¿Qué?

—La muestra de los paneles.

—Mañana.

—No te olvides.

—Mara, vivo de recordar cosas que los demás quieren que haga.

—Y de cobrarlas.

—También.

Cerró la puerta riéndose y fui hacia la furgoneta.

Había ido hasta allí para terminar una reparación que me había llevado poco más de media hora y había acabado quedándome bastante más tiempo del necesario tomando café y hablando con una mujer a la que, hasta el día anterior, conocía únicamente por una voz y unos correos demasiado correctos, y no podía decir que me hubiera molestado.